Jijivisha
Tomé una honda bocanada de aire y abrí la puerta del jardín.
Para mi sorpresa, casi no había cambiado durante los últimos días que había estado fuera.
Las flores que habían florecido alrededor del cenador apenas se habían extendido, y el tomillo rastrero seguía estando bastante ralo en algunos puntos.
Aunque Rus había avanzado mucho con su parte del plan, el jardín en sí se había estancado.
El cenador estaba acabado, los parterres estaban delimitados y los árboles podados, pero todo parecía un poco estancado, como si el jardín ya no estuviera muy seguro de sí mismo.
Rus estaba cuidando un pequeño parterre de flores en el lado oeste cuando lo encontré.
Se levantó despacio de donde estaba arrodillado y dejó con delicadeza las semillas en el suelo antes de sacudirse la tierra de las rodillas.
En esa ocasión, me resultó muy evidente que se sorprendía de volver a verme, pero no lo dijo.
Eso hizo que el alivio que se reflejaba en su cara me resultara insoportable.
¿De verdad creía que iba a abandonarlo? Tanto la idea como mis propios actos me repugnaban tanto que me avergoncé de que hubiera dudado de mí aunque fuera durante un segundo.
«Me lo merezco», pensé, aunque...
—Ha estado lloviendo —dije en voz baja—. Lo siento. Han pasado unos días...
—Solo unas horas —me corrigió con tiento al tiempo que arrancaba un diente de león de un parterre. Luego tragó saliva con dificultad mientras le daba vueltas al tallo entre los dedos—. Sophie, si hice algo que te molestara, no lo volveré a hacer nunca más...
—¡No! —exclamé, y lo hice con tanta rapidez que me sorprendió hasta a mí. Me controlé antes de carraspear—. No, no fue culpa tuya. No tiene nada que ver contigo. Eres... eres perfecto.
«Perfecto». Mientras me enamoraba tan deprisa y de forma tan imprudente, me sentía como una planta que había estado privada del sol durante tanto tiempo que, cuando por fin lo volví a encontrar, quería que me consumiera.
Me miró fijamente con expresión titubeante y luego se quitó las gafas y se las enganchó en el cuello de la camisa, como si no soportara verme con nitidez, antes de preguntarme:
—Entonces, ¿por qué te fuiste?
Porque si me hubiera quedado más tiempo, no habría querido marcharme.
Pero cuantas más vueltas le daba a la respuesta, menos cierta me parecía, porque ya quería quedarme de antes.
Creo que quise quedarme desde que puse un pie en Lilymoor, pero me daba miedo que, al admitirlo, el tiempo empezara a correr de nuevo, porque el tiempo nunca permanecía inmóvil; y me daba miedo perder ese eterno y dulce verano en el que las horas duraban días y, por un momento, si cerraba los ojos y escuchaba al jardín, podía fingir que Harrie se sentaba a mi lado.
Creo que eso era lo que Eula amaba de Lilymoor. Todavía veía a Henry sentado con las flores. Era un sitio donde el dolor (durante un brevísimo momento) parecía tierno, suave y cálido.
Cyrus esperaba mi respuesta con la paciencia de un jardinero.
Era una pregunta justa.
Sin embargo, me avergonzaba la respuesta.
—A mi mejor amiga le encantaba este sitio —me descubrí diciendo.
Rus ladeó la cabeza, como si quisiera oírme mejor.
—Creo que ya te he hablado un poco de ella.
Se llamaba Harriett —«Se llamaba». Poquísimas letras para contener tanta historia y tanto sufrimiento.
Parecían un ancla que me hundía en un mar de dolor—.
Era mi persona especial. Nos conocimos durante el primer año en la universidad, en un grupo de estudio.
Nos hicimos amigas gracias a un documental de este sitio.
—El jardín de las grandes alturas —dijo él al recordar el título—. Recuerdo cuando la PBS pidió permiso para grabarlo. Yo tendría unos once años. El equipo se pasó aquí todo el verano.
Creo que, en una de las tomas de archivo, recordaba haber visto a un niño de pelo cobrizo corriendo por ahí, desvelando cada secreto con una alegría exuberante, y eso me llenó de una especie de nostalgia que no creía que pudiera volver a sentir.
Qué raro era darse cuenta de que el mundo era mucho más pequeño de lo que parecía cuando se era niño.
—Me encantaba ese documental. Lo veía a todas horas.
Mi madre era enfermera itinerante, así que nunca me quedaba mucho tiempo en un mismo sitio.
Nunca llegué a hacer amigos. No hasta que conocí a Harrie en la universidad; nunca había conocido a nadie como ella.
Era mágica. Mi polo opuesto. Inteligente, ambiciosa, tan organizada que parecía increíble.
Creo que habría perdido la cabeza hace años sin ella —añadí con una carcajada—.
Desde luego, no habría sobrevivido a la universidad si ella no hubiera mantenido a raya a mi yo borracho.
—Te pareces a Oliver —se lamentó él—. No se habría graduado de no ser por mí.
—Y estoy segura de que te lo agradece todos los días.
Esbozó una sonrisa agridulce.
—No todos podemos ser perfectos.
—Harrie lo era. Incluso cuando no lo era —añadí—, lo era.
Porque se negaba a fracasar, y cuando lo hacía, decía que solo estaba aprendiendo.
Nunca fracasas si nunca te rindes o, por lo menos, ese era su lema.
Creo que eso era lo que resultaba tan trágico de todo el asunto.
El último año y medio de fracaso tras fracaso tras fracaso, mientras su cuerpo se rendía en contra de su voluntad.
Levanté la mirada al cielo. Estaba azul y despejado. Durante meses, detesté esa clase de cielo. Porque ¿cómo podía parecer tan hermoso, tan azul y tan amplio el día que había muerto mi mejor amiga? Debería haber estado lloviendo. Debería haber habido tormenta.
De haber sido así, pensé, no la echaría de menos ni la mitad en los días bonitos.
—Murió hace unos once meses —seguí—. Y yo...
pues ya no sé lo que estoy haciendo. Todos empiezan a pasar página.
Su novio está a punto de casarse. La casa de sus sueños la ha comprado una familia con un niño pequeño y un perro.
Donaron sus libros a la biblioteca local, metieron su manuscrito en un cajón.
Y aquí estoy yo..., parada sin más. Con miedo.
La única vez que vinimos juntas de visita, prometimos volver dentro de diez años.
Ella traería a sus hijos. Yo traería mis suculentas o lo que fuera...
—Apreté los labios para que no me temblaran—.
No es justo, ¿sabes? ¿Qué hizo que yo tuviera la suerte de estar sana y viva?
Tengo la sensación de que hice trampa, aunque sé que es imposible que la hiciera.
Es que... tengo la sensación de que cualquier cosa buena que hago, que siento o que consigo... no me la merezco.
Ahí estaba. Esa verdad tan horrible. Era una cobarde. Tal cual.
Cerré los ojos con fuerza, a la espera de que me juzgara, a la espera de que me dijese que era tonta y egoísta, que estaba consumida por la culpa y traumatizada.
Todas las cosas que ya sabía que eran verdad, claro, pero que me habría destrozado viniendo de él.
Sin embargo, mientras me preparaba para sus palabras, me sorprendió la caricia de sus dedos al entrelazarse con los míos.
Atónita, miré nuestras manos unidas.
Se me llenaron los ojos de lágrimas y parpadeé deprisa para contenerlas.
—Pero... besarte hizo que me sintiera egoísta —añadí—.
Besarte significaba que estaba haciendo algo por mí, y se me da fatal hacer cosas por mí.
Besarte, desear besarte, significa que soy una persona distinta a la que Harrie conocía cuando estaba viva.
Significaba que sigo cambiando, que ahora soy Sophie «después de Harrie», y ¿qué pasa si sigo cambiando y cambiando, tanto que me convierto en alguien a quien Harrie no reconocería?
Entonces, ¿quién quedaría para demostrar que Harrie vivió?
Que dejó huella. Que... estuvo aquí. —Parpadeé para contener las ardientes lágrimas y luego me froté los ojos con el dorso de una mano—.
Lo siento, lo siento... Soy una cobarde.
Me gustas mucho, Cyrus, y me da miedo que me me gustes.
—Si eres una cobarde, yo también lo soy —replicó en voz baja, como si fuera un secreto—.
Volví a Lilymoor porque pensé que me querían de nuevo, pero luego...
dije algunas cosas imperdonables, y fui a atender una llamada, pero me quedé sin cobertura y fui...
demasiado cobarde como para volver a salir y enfrentarme a lo que había dicho.
Así que me quedé aquí. Supongo que me quedé dormido.
—Ojalá estuviéramos en la posición del otro —dije, parpadeando para contener el escozor de los ojos—. Tú quieres pasar página. Yo solo quiero quedarme aquí. Si el tiempo se detuviera para mí, sería feliz.
Levantó una mano con delicadeza y me colocó un mechón de pelo detrás de la oreja antes de colocarme la cálida palma en la mejilla.
—Tus visitas lo hacen más llevadero.
Me temblaron los labios.
—¿Por qué siempre dices lo que hay que decir?
—Es un don —contestó, y solté una trémula carcajada.
Me secó las lágrimas de los rabillos de los ojos y luego me abrazó.
Sus brazos eran fuertes y su cuerpo, cálido, y olía a lavanda, a miel y a tierra suelta.
Como si estuviera hecho solo para mí. Y qué terrible era la idea—.
Me alegro de que fueras tú quien cruzó esa puerta —susurró—. Me alegro de que fueras tú.
Y en esas palabras oí el permiso que no me había dado en muchísimo tiempo... Permiso para ser un desastre, para estar hecha un lío, para estar destrozada. Para ser humana. Para sufrir.
Para estar viva.