El jardín de algún día mono no aware
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mono no aware

No paró de llover durante los siguientes tres días.

Un lúgubre manto gris se extendió sobre los jardines, sumiéndolos en un inquietante silencio, como atormentados.

Como no podía hacer demasiado en ellos, me puse un chubasquero y empecé a quitar flores marchitas de las macetas, saltando sobre los charcos, mientras buscaba el jardín secreto tan concienzudamente como podía.

Por suerte, el cielo gris mantuvo la puerta oculta con éxito sin la hora dorada.

Todavía no tenía claro cómo enfrentarme a Rus.

Solo sabía que, tarde o temprano, tendría que hacerlo.

La primera mañana, después de recorrer la propiedad encharcada, entré en la cocina de la mansión y me encontré sentado a la mesa a Oliver, que acababa de preparar café cargadísimo.

Parecía la encarnación de la muerte, algo que, en cierto modo, se tenía merecido por invadir el Wharf la noche anterior.

Busqué pan para hacerme una tostada, pero en cuanto saqué el pan de mantequilla de la despensa, gimió con asco.

—No, por favor —suplicó—. Es que no puedo ni ver comida.

—Necesitas comer algo.

—Ya lo haré cuando muera —replicó al tiempo que cerraba los ojos con muchísimo dolor.

Sí, decidí, justo como un hermano indeseado. Lo de anoche fue un error.

—¿Se puede saber qué hacías en el pueblo? —le pregunté, y él masculló algo que no entendí mientras se masajeaba el puente de la nariz, como si así pudiera librarse de la resaca que tenía entre ceja y ceja—. A ver, que no digo que no puedas salir. Es que...

—¿Nunca me habías visto borracho?

—Nunca había visto a nadie tan borracho. Es que prácticamente ibas dando tumbos —dije, y soltó una risilla entre dientes.

—Todavía me dura la sensación.

Me serví una taza de café y me senté a la mesa de la cocina con él.

—¿Va todo bien?

Se quedó callado un buen rato, regodeándose en la resaca, antes de que abriera los ojos y me mirase con esos ojos enrojecidos.

—No me acuerdo.

—Pues sí que estás bien. ¡Seguro que no quieres un poco de...? ¡Ah, ya empezamos! —Lo vi levantarse de la silla y salir corriendo hacia el cuarto de baño del pasillo. Casi no le dio tiempo a llegar antes de vomitar. ¿Qué lo habría llevado a emborracharse tanto?

Lo descubrí esa tarde cuando me topé con una carta de confirmación de asistencia en la mesa del vestíbulo.

Habían roto el sobre, como si la hubieran abierto con prisas.

Solo se me ocurrió que hubiera sido Oliver y que, después de leer la carta, sacó sus llaves del cuenco donde siempre las ponía y se fue al pueblo.

Así que, aunque no había sido culpa mía que la noche anterior estuviera a punto de desnudarse al son de One Direction, me sentía culpable de todos modos.

Porque Cyrus Beck había respondido.

Como sabía que iba a ir a Lilymoor, me había olvidado por completo de su confirmación de asistencia, pero eso pareció reforzar la importancia de encontrar el jardín.

Una simple y clara marca de verificación en la casilla «Asistiré».

Porque ya todo cobraba un cierto peso. Iba a ir.

El tren avanzaba a toda velocidad por las vías.

Y yo tenía que hacer mi trabajo para desviarlo.

Se oyeron pasos en la planta superior, así que me apresuré a meter la confirmación en el sobre y lo dejé todo sobre la mesa, pero era Juliette quien bajaba la escalera.

—Oye, que sepas que estaba pensando... ¿El grupo de anoche? ¿En el Wharf?

—¿El grupo de Wykofski?

Asentí con la cabeza.

—¿Qué te parecen para la fiesta?

Juliette se detuvo en mitad de la escalera.

—Pues... no me lo había planteado. No son..., no sé, convencionales.

—Tampoco lo es Lilymoor —repliqué.

—Y me ahorraría todo el trabajo de buscar otro cuarteto... —dijo como si estuviera pensando en voz alta antes de darse media vuelta para subir de nuevo la escalera—. ¡Voy a preguntárselo a Eula! ¡Sonrisas, eres un genio!

No. Si fuera un genio, sabría cómo sacar a Rus del jardín. Pero, tal como estaban las cosas, me temía que solo las estaba empeorando.

En un momento dado, dejó de llover lo justo para que pudiera dar una vuelta por la propiedad antes de que empezase a llover a cántaros de nuevo.

Podría haber corrido hasta la casa, pero todo lo que había leído sobre correr bajo la lluvia decía que cuanto más rápido ibas, más te mojabas, así que no lo hice.

Además, era la clase de bicho raro a la que le gustaba caminar bajo la lluvia.

El agua era fresca sobre mi piel y me resbalaba por el pelo corto.

Wykofski estaba sentado en una mecedora en el porche cuando subí los escalones, empapada.

—¡Sonrisas! —me saludó con voz cantarina—. Estás un poco mojada. Sienta bien, ¿a que sí?

—Mis zapatos no dicen lo mismo —repliqué antes de sentarme en la mecedora a su lado. Me quité los calcetines para que no se me arrugaran los pies.

—Oye, que a mí me encanta cuando llueve. —La vieja mecedora de madera crujió mientras se mecía adelante y atrás—. Me gusta cómo huele... Es fresco, como el detergente de la naturaleza.

Supuse que era una manera de describirlo.

—Sí que huele bien —admití. Esperaba que el parón de lluvia significase sol, pero solo veía un gris lúgubre a lo lejos. No tendríamos más sol ese día.

Wykofski se meció un poco más mientras empezaba a tararear «Claro de luna».

Lo miré con expresión pensativa.

—Llevas aquí ya un tiempo, ¿no?

—Unos ocho años —confirmó.

Me resultaba increíble estar a punto de preguntarle lo que iba a preguntarle, pero de todas las personas que trabajaban allí, estaba segura de que Wykofski sería el que menos importancia le daría al tema.

—Sé que no estabas hace tanto tiempo, pero ¿alguna vez te has topado con un proyecto secreto de Henry? ¿Un jardín o algo así en el que estuviera trabajando antes de morir?

Levantó las pobladas cejas castañas hasta la visera de su gorra de «El mejor papá ganso».

—Pues siempre he oído que dejó un montón de cositas sin terminar, pero no me acuerdo de nada grande. Vamos, que no se me ocurre nada, y casi todo lo inacabado lo terminó Eula o lo eliminó.

—¿Lo eliminó?

—Les dio de lado a todas esas cosas. Ya sabes, como el invernadero. Si dejas de hablar de algo el tiempo suficiente, te olvidas de que está ahí.

Me desinflé un poco mientras estrujaba los calcetines.

—Claro...

—Pero, a ver —siguió—, Lilymoor... Creo que la propiedad no olvida nada.

Nos quedamos en silencio mientras yo secaba mis zapatos y él observaba la lluvia.

Era un ruido blanco suave y relajante. Yo lo detestaba.

Me ardían los dedos por la necesidad de hacer algo, de me cavar, de podar, de trabajar en el jardín, de modo que pudiera mantenerme ocupada.

Los días lluviosos me condenaban a la paciencia, y nunca había sido una de mis virtudes, ni siquiera como jardinera.

—Jules me ha pedido que toque en el bicentenario con los chicos —dijo al cabo de un rato—. Supongo que tú no has tenido nada que ver, ¿verdad?

Fingí ignorancia.

—¿Te ha pedido que toques en la fiesta? ¡Es increíble! ¿Vas a hacerlo?

Se echó a reír.

—No se te da bien mentir.

Me encogí de hombros.

—La práctica hace al maestro.

Meneó la cabeza mientras sonreía y luego miró de nuevo el jardín.

—Que sepas que hace un tiempo estupendo para comer sopa. Podría preparar la sopa de boda italiana de mi madre para que todos entremos en calor. ¿Qué te parece?

Me rugió el estómago al pensar en comida.

—Tengo comida en el congelador... —Me estremecí cuando una ráfaga especialmente fuerte recorrió el porche.

Wykofski negó con la cabeza.

—De eso nada, te vas a comer mi sopa. Te reconfortará enseguida —dijo con firmeza al tiempo que se levantaba.

—No, de verdad creo que volveré a...

Wykofski ya se dirigía a la cocina.

—Creo que hay zanahorias frescas y repollos del huerto, y un poco de perejil... Va a quedar para chuparse los dedos —añadió al tiempo que se besaba las puntas de los dedos y le preguntaba a Eula a voz en grito mirando hacia arriba si quería sopa para cenar.

Pues claro que quería.

Oliver se inclinó por el balcón.

—¡Quién la va a preparar?

Wykofski parpadeó de forma exagerada.

—¡¿Tú?!

—Si puedes desnudarte al son de mi música, puedes comerte mi comida —anunció Wykofski antes de desaparecer hacia la cocina.

A lo lejos, oí que Oliver repetía, temeroso y desconcertado:

—¡Desnud...?

En algún momento, tendríamos que decirle que consiguió quedarse en calzoncillos antes de que Jules y yo lo metiéramos a la fuerza en mi Jeep, pero no me parecía que ese fuera a ser el día.

No me costaría nada irme en ese preciso momento a mi casita, cerrar la puerta y calentarme una cena precocinada.

Para mantener las distancias, ya que me había acercado peligrosamente a todo el mundo.

Para recordarme que me iba, que no formaba parte de ese sitio, que no debía hacerlo.

Al final, solo acabaría haciéndome daño. No quería sufrir más.

Sin embargo..., seguía lloviendo. Y empezaba a tener un poco de frío.

Y...

Una sopa caliente y buena compañía me parecían maravillosas en una tarde como esa.

Así que me quedé. Me dije que estuve dudando tanto tiempo que, para cuando Wykofski hubiera preparado la sopa, habría sido de mala educación irme.

Me sentí un poco mejor cuando el aroma de la sopa de boda caliente llenó la mansión, junto con el del pan recién hecho y el queso romano finamente rallado.

Wykofski tenía razón; me reconfortó enseguida.

No había nada mejor que la comida casera, dijo mientras le llevaba la sopa a Eula, y todos comimos en su dormitorio.

Habló de su madre y del gran libro de recetas que ella le había dejado.

—Solo voy por la mitad, pero leo despacio —dijo mientras comíamos.

Harrie hacía la mejor sopa de pollo con fideos. Una sopa de esas que curaban cualquier cosa, pero sobre todo la resaca. Ojalá le hubiera pedido la receta.

—Está muy buena —le aseguré, y él sonrió, radiante.

—No tanto como la de mi madre, pero te agradezco el cumplido, Sonrisas.

Cuando el sol por fin volvió a salir, fue por un breve y fugaz momento al tercer día. El suelo estaba tan empapado que la hierba chapoteaba bajo mis botas de agua mientras iba de mi casita a la casa y otra vez de vuelta.

Las gotas de lluvia brillaban en las hojas, y los destellos de cielo azul se reflejaban en los charcos, que parecían espejos.

Estaba cerca del huerto, echando un vistazo a las sandías que se habían hinchado en los últimos días con tanta lluvia, y recolecté unos cuantos tomates que tenían la piel reventada por el agua.

El sol me daba bien en la cara y los pájaros se llamaban unos a otros con sus trinos vespertinos.

Había un cuervo especialmente ruidoso en algún lugar cerca del Puente de la Luna.

Y en ese momento, rompiendo el encantamiento, llegó el sonido de las voces de Oliver y de Eula desde una ventana abierta. Intrigada, me senté sobre los talones y ladeé la cabeza hacia el sonido. Nunca había oído a Eula, ni a Oliver, tan enfadados.

—Lala, eso no es... Todavía no puedes pasear por los setos. No estás lo bastante bien...

—¡Eso lo dices tú!

—¿Te importaría parar un momento? Quiero hablar contigo sobre...

Eula no dejaba de interrumpirlo.

—No te olvides de firmar en la línea de puntos. Ha dicho que...

Y entonces fue cuando Oliver estalló.

—¡No me importa lo que haya dicho! —gritó, frustrado—. No me importa la herencia. Ni el testamento, ni lo que él crea que va a ser más fácil. —Parecía frustrado—. No me importa esta propiedad, ni el dinero. Me importas tú.

—Tengo que asegurarme de que Lilymoor se quede en buenas manos...

—¡Solo es un lugar! —gritó Oliver, enfadado—. ¡El tío Henry ya no está aquí!

—¡Sí que está!

Agarré las tijeras y la pala, y me fui a toda prisa del huerto antes de que alguien me pescara escuchando.

La frustración y el dolor de Oliver me mantuvieron alterada durante todo el camino de vuelta al cobertizo, donde me serví un vaso de la limonada de Wykofski y me lo bebí de un trago.

Ni siquiera eso pudo borrar el regusto amargo que tenía en la lengua.

Porque Oliver tenía razón. Henry ya no estaba allí, solo quedaba su recuerdo; pero cuando te enterrabas en el dolor, a veces era imposible distinguir entre el viento y alguien a quien echabas tanto de menos que creías oír su voz.

Sin embargo, la verdad era que se habían ido hacía mucho, muchísimo tiempo.