margarita
Cuando estaba borracho, Oliver Hale era como un loro sin la menor capacidad de atención. Cada vez que Juliette o yo intentábamos que se dejara la camisa puesta y le explicáramos por qué, él repetía:
—¡Tengo que dejarme la camisa puesta!
—Tienes que dejarte la camisa puesta —le confirmaba yo.
—Tengo que dejarme la camisa puesta —repetía.
Asentía con la cabeza.
—Sí, eso es lo que te he dicho.
Luego guardaba silencio antes de preguntar:
—¿Y qué pasa con mi camisa?
Y la escena se repetía una y otra vez. De alguna manera, Juliette se las apañó para que se tragara una botella de agua y una barrita de cereales a fin de que se le pasara un poco la borrachera, de modo que, cuando empezó a guiñarles el ojo a los pobres turistas desprevenidos, Juliette y yo pudimos sacarlo del bar andando en vez de tener que arrastrarlo.
Lo peor fue sacarlo del Jeep bajo la lluvia, algo que ninguna de las dos hicimos con mucha elegancia y, para cuando llegamos a la mansión, estábamos empapadas y temblando.
Ella tenía uno de los brazos de Oliver sobre sus hombros, y yo el otro, y juntas, de alguna manera, subimos a ese hombre adulto de noventa kilos por la escalera y lo metimos en la habitación de invitados.
—Eres guapa —balbuceó Oliver, que se dio media vuelta en la cama mientras Juliette le quitaba los zapatos. No estábamos seguras de a cuál de las dos se refería, pero en realidad nos daba igual—. Y encima compe... compe... ¿Cómo se dice «buena haciendo cosas»?
—¿Competente?
—¡Sí! Eso. También eres lista —añadió.
Juliette puso los ojos en blanco y dejó sus zapatos embarrados en el cuarto de baño.
—Bueno, pues gracias, supongo.
—Ahora entiendo por qué me pongo nervioso.
—¿Nervioso? —sugirió Juliette.
Oliver la miró fijamente un momento muy serio. Luego le dio unas palmaditas en la mejilla.
—No te pongas así.
Ella lo miró con expresión perdida y agotada.
En cuanto lo arropamos y se quedó roncando, decidí que lo que fuera que yo sintiese por él se había convertido en una especie de amistad muy tierna y agonizante, como un hermano al que no quería. Le aparté le pelo de la frente mientras roncaba.
Juliette me dio un tironcito de la manga al tiempo que se llevaba un dedo a la boca.
—Por aquí —articuló con los labios y me hizo un gesto hacia la ventana.
Parpadeé.
—Vamos —insistió antes de abrirla sin hacer ruido.
Al otro lado había un balconcito protegido por el alero del tejado.
Si lo vieras desde el jardín, creerías que solo era decorativo, pero resultó ser muy espacioso.
Incluso había dos taburetes allí fuera y un cenicero, aunque Juliette no fumaba.
Supuse que alguien lo había usado hacía muchísimo tiempo, dado que el cenicero también parecía muy antiguo.
En silencio, salí con ella.
Los relámpagos iluminaban las nubes con cegadores haces de amarillo y blanco. La lluvia había amainado un poco, aunque seguía cayendo con fuerza.
—Antes venía aquí a todas horas para pensar —dijo—. Pero ya no puedo hacerlo porque la única manera de salir es a través del dormitorio de Oliver. —Y señaló hacia la ventana.
—Está altísimo.
—A ver, claro. Está lejos de la gente —replicó antes de mirar el reloj—. Ya son casi las dos. No quiero que tengas que conducir de nuevo hasta el pueblo para llevarme a casa...
Miré hacia abajo. Desde allí se podía ver casi todo el jardín, desde el Laberinto hasta la Espiral.
—Puedes dormir en mi sofá.
—Me quedaré en otro de los dormitorios de invitados —replicó—. A ver, que tampoco tengo que volver a casa para, no sé, darle de comer al gato o algo. Por eso me fue tan fácil dejarlo todo para mudarme aquí.
—Yo solo tengo plantas —confesé—. Es fácil moverlas.
—Creo que me gustaría tener un perro —dijo, pensativa—. Gracias de nuevo por venir al rescate esta noche. Eres una buena amiga, Sophie.
Una «amiga». No me habían llamado eso desde hacía...
Muchísimo tiempo, la verdad. Ni siquiera me consideraba amiga de nadie, no desde Harrie, y desde luego que no una «buena». Pero no detesté tanto la etiqueta como podría haber supuesto. De hecho, me pareció...
Agradable.
Probé a mirar por el borde, pero luego me lo pensé mejor y me eché hacia atrás.
—Creo que esto va en contra de todas las normas de seguridad de Lilymoor.
Se tensó.
—¡Ay, por favor, no se lo digas a Eula! A veces, vengo aquí arriba a llorar porque Yafir me pescó llorando en el cuarto de baño de los empleados hace seis meses y estoy muerta de la vergüenza desde entonces. A veces, solo necesitas una buena llorera, ya sabes. Para autorregularte.
Pues no lo sabía, pero supuse que Juliette manejaba las cosas a su manera, y que dicha manera era una buena crisis emocional.
Que seguramente fuera mucho más saludable que aceptar un trabajo en un pueblecito de Maine durante el verano antes de decidir que vas a hacer saltar por los aires diez años de tu vida y volver con el rabo entre las piernas a casa porque te asusta algo que pueda durar.
Claro que yo no conocía a nadie que estuviera pensando hacer algo así.
—Me gustan las vistas —dijo—. A ver, no ahora mismo, porque no se ve nada, pero, no sé, ¡cuando hace sol! Es pura magia.
—Me lo imagino —repliqué, y nos quedamos sentadas, sumidas en un cómodo silencio, mientras la tormenta seguía rugiendo.