rire dans sa barbe #2
Cuando conocí a Juliette, me recordó a Harrie por lo distintas que eran. Hidratante labial de cereza, no de menta; zapatos de tacón bajo en vez de bailarinas; colores brillantes en vez apagados. Eran como el reflejo de la otra en una casa de los espejos.
O se amarían, o se odiarían, sin término medio.
—¿Crees que podríamos matar a alguien sin que nos pillaran? —me preguntó Juliette mientras se apartaba el pelo de la cara y se recogía esos mechones—. Algo insignificante.
—Seguramente —repliqué con una sonrisa tranquilizadora.
Se echó a reír, porque sabía que no lo decía en serio. Pues claro que no. Aunque si alguien era capaz de lograrlo, era un jardinero. Sabíamos cómo enterrar cosas para que nunca salieran a la luz.
—Es que... debería haberlo sabido —dijo con un suspiro—. Me fui de Nueva York para escapar de todas mis malas decisiones, pero parece que me persiguen.
—Seguro que no es verdad.
En respuesta, señaló al hombre que estaba en el otro extremo de la barra.
—Jerry, treinta y siete —dijo—. Se niega a comprometerse...
y me refiero a que no lo hace ni con nada ni con nadie.
—Luego señaló a los otros dos hombres que jugaban al billar—.
Y ese de allí con el gorro rojo es Mike el del Bigote, al que no hay que confundir con Michael el del Bigote, aunque los dos buscan más o menos la misma clase de mujer.
—¿Cuál?
—La clase que no existe —contestó con sorna—. Buena en la cocina, con conversaciones banales y mala a la hora de preocuparse cuando no cumplen lo de ser monógamos. Supongo que todos los Mike, incluso los que se escriben con i griega, tienen eso en común —añadió con amargura.
Los tres se parecían mucho (altos, de hombros anchos, blancos y con un ligero olor a camisa de cuadros estilo leñador y a préstamos de estudiantes de la escuela de arte todavía sin pagar).
Y los que no olían a pintura al óleo y a película de 35 mm procedían de familias de pescadores, y cuando se acababan los bancos de pesca en el mar, aprendían a mescar en tierra.
Solo había unas quinientas personas en el término municipal, y casi todas eran orgullosas portadoras del carnet de la asociación de jubilados AARP y les encantaban las recompensas especiales.
Así que no podía culpar a Juliette por esconderse en semejante sitio; era el refugio perfecto para una mujer con problemas relacionados con los hombres.
Salvo que, claro, seguía habiendo hombres.
—A ver, que estoy abierta a una relación poliamorosa, ¿sabes? Pero dímelo primero —siguió con un suspiro decepcionado.
—En fin, ellos se lo pierden —repliqué—. Eres una joya.
—Soy muy crédula e ingenua, y confío a las primeras de cambio. —Fue contando con los dedos de una mano, como si fueran defectos.
—Y eres trabajadora, brillante y competente...
, cosas que la gente desearía poder ser —señalé al tiempo que miraba de nuevo a los hombres que jugaban al billar.
No parecían tener nada especial. Pero Juliette no parecía tampoco de las que llorasen por un hombre después de dos citas—.
No estás así solo por el dentista, ¿verdad? ¿Qué pasa?
Bebió un sorbo de cerveza, como si estuviera armándose de valor para contestar.
—Se va a casar.
—Eh... ¿Myke?
—Rob. Mi ex —añadió en voz más baja—. Nos hemos pasado años saltando y cortando hasta que por fin...
le dije que ya no podía más. Ya no podía salir con él hasta que se aburría y seguir disponible para cuando me echaba de menos.
Me mudé aquí para escapar de todo eso, pero incluso a miles de kilómetros, no puedo escapar de él.
Y ver ahora que se va a casar... —Apretó los labios con fuerza, como si la palabra le resultase amarga—.
Me pregunto si, no sé, si soy yo el problema.
—No lo eres.
—Te lo agradezco —replicó—. Ojalá pudiera me pareerme más a ti.
Me sobresalté y me volví en el taburete para mirarla.
—¿Qué...? ¿Por qué? —Yo estaba fatal. Era un desastre.
—Porque..., no sé, eres genial. Nada te altera, ¡ni siquiera la gansa!
Yo tengo la sensación de que solo hablo de hombres contigo, y me siento muy tonta.
Es, no sé, como algo obsesivo, ¿no? Pero tú nunca hablas de nadie —Nada más decirlo, frunció el ceño—.
Oye, que es verdad que nunca hablas de nadie.
Me encogí de hombros, aunque sentía un nudo en el pecho. Esperaba que la incomodidad no se me notase en la cara.
—No tengo mucho de qué hablar.
—Seguro que no es verdad.
Esbocé una sonrisa forzada.
—¿Por qué no?
—Porque eres demasiado brillante y, a veces, pareces demasiado triste.
—Vaya, ¡¿demasiado triste?!
Por el micrófono, Wykofski presentó su siguiente canción, «Story of My Life», que me pareció un pelín demasiado apropiada para el momento, porque estábamos hablando de mi vida.
Convirtió la canción pop en una especie de introspección con toques de blues.
En otra vida, estoy segura de que habría sido un músico folk bastante bueno.
Me pregunté por qué no lo había sido en esa.
—Que sepas que se me da muy bien escuchar —añadió con una sonrisa amable, que hizo que me avergonzara de ocultarle tantas cosas—. De hecho, no sé, se me da de maravilla. Hay quien dice que soy la mejor.
—¿La mejor a la hora de escuchar a los demás?
—He afinado el oído después de pasar años escuchando audiolibros mientras corría por Central Park —replicó con seriedad—. Nací para esto.
Me eché a reír. Fue una carcajada real, ligera y chispeante.
—Lo tendré en cuenta. Y para que lo sepas, tú no eres el problema. Tu ex parece un hombre que nunca te apreció. Preferiría pasar el resto de mi vida sola antes que con alguien así.
—Sé que tienes razón. Pero de todas formas me duele.
—Bien. Eso significa que no eres una asesina en serie.
Echó la cabeza hacia atrás para soltar una carcajada, pero luego se puso seria.
—No, supongo que no. Pero, no sé, ¡te digo una cosa? ¡Que les den a los hombres! No quiero malgastar ni un poquito más de aliento en ellos esta noche. ¿Qué tal te ha ido el día? ¿Ha pasado algo emocionante que no tenga nada que ver con el bicentenario?
Hice ademán de desahogarme otra vez sobre las enredaderas, pero me di cuenta de que eso era parte del bicentenario.
También lo era el Jardín de las Flores Silvestres encharcado, y quitar las malas hierbas de los parterres alrededor del viejo roble en el Jardín Central y la gansa.
Madre del amor hermoso, ¡qué íbamos a hacer con la gansa durante la fiesta?
Por no hablar de mi preocupación por Rus, pero yo había huido de él.
Me daban ganas de pegarme una patada cada vez que lo pensaba.
Debería haber hablado con él. Debería haberme explicado.
O, por lo menos, debería haberme disculpado por ser tan cobarde.
Sin embargo, Juliette solo estaba desahogándose de sus problemas sentimentales. No necesitaba oír hablar de los míos.
—Estoy intentando averiguar por qué las dalias Mingus del Jardín Central no quieren...
—Levanté las manos.
—¿Hacer lo que hacen las Mingus? —sugirió ella.
—Eso mismo —convine, y nos echamos a reír.
Juliette se secó las lágrimas de los ojos.
—¡Ay, eres la mejor! Gracias... Madre mía, ¡¿ese es Oliver?! —preguntó con un jadeo, y me di media vuelta para mirar hacia la puerta principal.
Porque era Oliver, sí, y estaba a punto de desnudarse borracho en medio del Wharf al son de la impecable interpretación de «Best Song Ever» que estaban haciendo Ned Wykofski y los Heat Wave, porque desde luego parecía que era la mejor canción del mundo.