rire dans sa barbe
Se oyó un trueno lejano mientras salía corriendo de la Rosaleda.
Se acercaba una tormenta, tan oscura como un moratón. Un viento violento azotaba los jardines, llevando consigo una oleada de pétalos y hojas.
La puerta volvió a aparecer en el Jardín de las Flores Silvestres, como si me pidiera volver a entrar.
No le hice caso. Me palpitaban los labios y todavía tenía el dulce sabor de las fresas en la lengua.
Sabía que era una reacción infantil y que Rus necesitaba ayuda, pero supuse que podría ayudarlo al día siguiente.
Necesitaba tiempo para pensar en lo que había pasado…
o para dejar de pensar, mejor dicho. Para olvidar su beso y mi huida.
Y la expresión de su cara, como si temiera ser el culpable.
Por supuesto que no lo era.
Era yo. Siempre era yo.
Mientras escapaba al Jardín Central, Juliette me llamó desde la terraza y fui a darle las buenas noches.
«Olvida el tema», me dije mientras subía los escalones.
Por desgracia, Juliette estaba de un humor muy bueno, algo que hizo que me sintiera incluso peor.
Al parecer, había vuelto a quedar con el dentista Myke con i griega, y estaba radiante por la idea de ser ella quien pagara en esa ocasión.
—Vamos a ir al restaurante italiano ese —dijo con voz emocionada—. ¡Y creo que va a hacerlo oficial!
—¡Qué bien! —repliqué mientras me preguntaba si podría poner alguna excusa para irme a mi casita, meterme en la cama y no salir en la vida.
—¿Verdad que sí? —preguntó con un suspiro feliz.
Y luego se alejó flotando hacia su final feliz o lo que fuera a tener esa noche.
La puerta apareció tres veces más sin que yo le hiciera caso antes de que la hora dorada terminase, y cada vez fue en un lugar inesperado, en rincones cada vez más insospechados, como si se muriera porque yo entrase.
Sin embargo, yo me moría por no entrar.
Cuando volví a la casita del jardinero, me senté a la mesa. Todavía me ardía la boca por el beso, por su respiración en mis oídos, por sus manos en mis mejillas mientras murmuraba que le encantaba mi sabor…
—Para ya, Soph —me dije—. Vas a irte pronto. No merece la pena.
La Bola 8 Mágica estaba en mitad de la mesa. Hice ademán de extender el brazo hacia ella, como siempre hacía cada vez que tenía dudas, pero luego me detuve, porque no estaba segura de querer equivocarme. Claro que no me equivocaba.
Así que me obligué a ponerme en pie. Me preparé una ensalada de pepino para cenar.
Estuve viendo vídeos sin parar en el teléfono, encontrándome publicaciones en redes sociales por parte de compañeros de trabajo, de personas con las que había salido y de compañeros de la universidad, durante fiestas de cumpleaños, aniversarios y jornadas laborales normales, retazos de vida.
En mi feed, por fin apareció el anuncio de Sánchez, y eso me recordó que no llegué a contestarle. Por lo menos, tenía que hacerlo.
Así que le escribí:
Enhorabuena por todo. Ojalá tengas una vida maravillosa… y lo digo en serio. Te lo mereces 3
No tenía claro si lo decía en serio, pero quería hacerlo. Así que mandé el mensaje y fui a darme una ducha con agua hirviendo.
Comí chocolate de postre.
Sánchez me contestó.
Tú también te lo mereces, Soph. Que tengas una vida estupenda
Una vida estupenda. ¿Qué quería decir eso?
¿Una larga carrera profesional en el Jardín Botánico de Nueva York?
¿Que me publicasen artículos en el National Geographic?
¿Una casita acogedora en un bosque con un jardincito que no dejaban de comerse los conejos?
¿Una casa con valla blanca en un barrio donde había dos niños y medio por cada hogar?
A lo largo de toda mi vida, nunca había hecho planes a largo plazo porque no le veía sentido. Cuando era pequeña, siempre estaba mudándome, y ya de adulta, el mundo cambiaba más deprisa de lo que yo tardaba en imaginar un sueño.
Sin embargo, quería una vida estupenda, fuera lo que fuese.
Lo deseaba con todas mis fuerzas.
Por eso no me permitía tenerla…, aunque no pudiera sacarme el beso de la cabeza.
«¿Hice lo correcto?», quería preguntarle a la Bola 8 Mágica, aunque temía que el dado cayera en una respuesta que no me iba a gustar.
Al final, fui a por la bola, pero la solté tres veces.
Ojalá pudiera hablar con Harrie, pero acabé conformándome con lo que tenía mientras levantaba la Bola 8 Mágica por cuarta vez.
—Tomé la decisión correcta, ¿verdad? —le pregunté.
Y agité la bola.
El dado daba vueltas y vueltas en su líquido negruzco…
El timbre del teléfono me distrajo. Parpadeé, volviendo a la realidad, y dejé la Bola 8 Mágica en la mesa para contestar.
—¿Diga? —contesté sin mirar el identificador de llamadas, pensando que era mi madre.
No era ella.
—Te necesito —dijo Juliette con voz entrecortada. Parecía que estaba llorando—. Odio a los hombres. Los odio a todos.
—¿Dónde estás? ¿Qué ha pasado? —pregunté, plenamente de vuelta en el presente.
El dentista la había llevado al Hook, el restaurante italiano de Odette, y en mitad de la cena le dijo que estaba saliendo con otra y que había decidido ser monógamo con ella. Para colmo, seguía esperando que Juliette pagase la cena.
Por supuesto que lo hizo, pero no soportaba la idea de que él la llevara a casa, así que le exigió que la dejara en el restaurante aduciendo que ya se las apañaría para llegar a casa.
El Uber más cercano estaba a media hora, y llovía demasiado como para que pudiera volver andando a su habitación alquilada, así que le dije que estaría allí dentro de veinte minutos.
No tenía claro que pudiera consolarla; nunca se me habían dado bien las citas. No salía a menudo. No sabía lo que ella necesitaba, ni cómo podía ayudarla, pero no podía recurrir a nadie más.
—No quiero quedarme aquí —dijo entre sollozos—. ¿Te pasas por el Wharf a buscarme?
El único bar del pueblo. Donde había bebidas.
Beber, eso sí que sabía hacerlo.
Así que me puse a toda prisa unos vaqueros y una vieja camiseta de manga corta de la universidad, agarré las llaves del Jeep y salí por la puerta a toda prisa. Debería haberme llevado un paraguas (o un chubasquero por lo menos), porque para cuando llegué al aparcamiento, también estaba diluviando.
El trayecto hasta Odette me llevó unos diez minutos, y fui con los dedos en tensión todo el tiempo, planeando formas de matar a Myke con i griega, dentista imbécil integral. Por lo menos, así me distraía de Rus.
Los árboles empezaron a inclinarse peligrosamente a medida que se acercaba la tormenta y los relámpagos iluminaban el cielo como si fueran ciempiés. Conducir a cualquier sitio con esa clase de tormenta era imprudente. Quizá sería mejor que nos quedáramos en el Wharf hasta que pasara lo peor.
Además, me iría bien una copa después de lo de ese día, porque no dejaba de recordar en mi cabeza los besos de Rus. Su forma de sujetarme la cara. Sus susurros contra mis labios…
«Creo que estaba famélico».
Las palabras se me clavaron, voraces y ardientes, en las entrañas. Algo a lo que no estaba acostumbrada. Algo que me asustaba por su intensidad… Me asustaba no porque me diera miedo, sino porque no me lo daba.
No como me había dicho que debía dármelo.
—Para ya —mascullé, apretando con más fuerza el volante.
Encontré el aparcamiento a pie de calle del bar y entré corriendo. Claro que dio igual. Aunque acababa de darme una ducha, estaba sucia, mojada y sudorosa. De nuevo.
Una obra de arte, evidentemente.
Por suerte, no había mucha gente en el Wharf, salvo por un grupo de hombres que jugaba al billar y Wykofski con su bajo y el batiburrillo que era su grupo, cuyos integrantes parecía haber sacado de Craigslist esa misma mañana; así que no me costó ver a Juliette en la barra, dibujando flores en la condensación de su botellín de cerveza.
Ya se había bebido dos y le había pedido a Wykofski que cantara «What Makes You Beautiful», de One Direction, porque nada mejor que te recitaran lo que te hacía hermosa, y al parecer todos los grandes éxitos de su discografía.
El camarero parecía estar decidiendo si la situación era una película de terror o una comedia romántica.
Ninguna de las dos cosas, por desgracia.
Me acerqué a la barra y me senté en el taburete junto a Juliette. No parecía estar destrozada, solo un poco mojada y triste.
—Hola —la saludé en voz baja.
Me miró y luego siguió dibujando flores con gesto deprimido en su botellín.
—Hola —masculló.
Me cambié de postura en el taburete.
—Pues Wykofski no toca mal, ¿no?
—Es genial. Siempre es genial —contestó con voz amarga y resopló antes de borrar las flores con el pulgar—. Me siento tontísima, Sonrisas.
—No eres tonta —le dije.
—Mmm.
—Él sí que es tonto.
—No es tonto.
—Pues tú tampoco —insistí.
Bajó la cabeza.
—Gracias.
Le hice un gesto al camarero para que me sirviera y le dije a Juliette que deberíamos quedarnos un rato. Al fin y al cabo, la tormenta rugía fuera y yo conducía un Jeep.
—No es lo más apropiado para el agua —añadí muy seria antes de pedir dos chupitos de lo más barato que tuviera, porque trabajar como encargada de jardinería en una casa histórica no era tan lucrativo como se creía.
El camarero nos sirvió dos chupitos de Jimmie Beam barato, y le pasé mi tarjeta de crédito para abrir una cuenta. Levanté el vaso y Juliette me imitó. En el rincón, Wykofski berreaba «Night Changes».
—Por que a Myke con i griega se le pudran todos los dientes —dije.
—Un cariepocalipsis —convino.
Brindamos y nos bebimos los chupitos de golpe.
Hice una mueca por el sabor. No mejoraba nunca, ni en la universidad y mucho menos en ese momento.
Claro que Juliette se lo bebió sin inmutarse.
Me daba la sensación de que aguantaba muchísimo mejor el alcohol que cualquiera de los hombres que había allí.
Parecía la persona que nadie se esperaba que pudiera hacerlo.
A Harriett le gustaba esa clase de sorpresa; gente de la que suponías algo y que acababa siendo otra cosa.
Le encantaba equivocarse. Era irónico, la verdad, porque casi nunca lo hacía.