El jardín de algún día calaccino #3
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calaccino #3

Se inclinó hacia mí, apartándome las manos de la cara para deslizarlas por la curva de mi cuello y de mis hombros, serpenteando con las yemas de los dedos hasta mi cintura.

—Tu sabor es tal como me lo imaginaba —susurró, con las pupilas dilatadas, y así tan cerca por fin tuve la oportunidad de verlo, pero de verlo de verdad.

De ver las pecas que le salpicaban las mejillas como constelaciones inexploradas; el mechón de pelo rizado que era tan suave como parecía, y la ilusión del asomo de barba tan cobriza como el pelo, las cejas y las pestañas…

«Quizá —pensé— el jardín te retiene porque tú eres la hora dorada hecha realidad».

—¿Cuánto tiempo llevas queriendo besarme? —susurré.

—Desde que me desperté —contestó, unas palabras ardientes contra mis labios—. Creo que estaba famélico.

Alrededor del cenador, se produjo una explosión de color cuando las margaritas de otoño, los cosmos y los jazmines estrellados florecieron, con pétalos brillantes, suaves y preciosos, y me besó de nuevo.

Fue un beso voraz, como si durante las semanas que habían transcurrido hasta ese momento, se hubiera estado despertando y, a esas alturas, estuviera hambriento.

Me colocó una mano en la cara, enterrándome los dedos en el pelo, y me rodeó la cintura con la otra para pegarme más a él, algo que le permití.

Encantada, abandonada, fundiéndome con el beso como un cubito de hielo sobre el asfalto caliente.

Su boca se apoderó de la mía como si quisiera grabarse en la memoria mis labios, mi sabor, mi lengua.

«Esto es peligroso».

Fue una advertencia repentina y fría en los huesos.

«Esto es una estupidez».

¿Y si era incapaz de encontrar la puerta real y él acababa atrapado allí? ¿Y si nos quedábamos sin tiempo? ¿Y si no podía impedir que entrase en ese jardín y si…?

¿Y si podía hacerlo?

¿Y si me daba miedo lo que perdería si lo conseguía?

Si él nunca entraba en el jardín, si durante la fiesta del bicentenario podía impedir que se quedara atrapado, nunca tendríamos eso, fuera lo que fuese.

De momento, solo eran unos besos, tonteos inocentes, largas miradas, pero me conocía.

Sabía que si seguía besándolo, si seguía tocándolo, si seguía haciéndole cada vez más espacio en mi vida a ese hombre atrapado en el tiempo… , me enamoraría.

Me enamoraría demasiado, y me hundiría demasiado, y me acomodaría demasiado no solo con la idea de Sophie, sino de «Sophie y…

». Algo esperanzador y cruel. Una conjunción copulativa que unía dos ideas.

La idea de mi persona, con tierra debajo de las uñas y hombros quemados por el sol, y la idea de él, con unas gafas prestadas metidas en el bolsillo y una camisa remangada hasta los codos.

Pensar en eso resultaba doloroso, pero ya había sufrido demasiados abandonos para toda una vida.

Había sufrido despedidas para todo un siglo.

Y si quería eso, si lo quería a él, significaba que quería «algo» de nuevo… y se me había dado muy bien privarme de todo lo que pudiera hacerme sentir. Porque si sentía, querría sentir más, querría vivir y…

Y si quería eso, el tiempo se pondría en marcha de nuevo, y Harrie quedaría más lejos en mi pasado y…

¿Y si, al buscar algo nuevo, la dejaba atrás?

—Lo siento —susurré contra su boca.

Se quedó paralizado antes de apartarse despacio, separando nuestros cuerpos entrelazados, y de poner las manos a ambos lados de mi cuerpo, en la manta de cuadros. Me miró la cara con atención.

—¿He hecho algo mal?

—No —contesté con voz ronca, parpadeando para contener la molesta humedad que notaba en los ojos. Me sentía fatal, con los cosmos y las margaritas de otoño tan coloridas a nuestro alrededor—. Lo siento. Es que no… puedo. —Sentí un nudo en la garganta. Me ardían los labios—. Ahora no.

Tragó saliva con dificultad y una expresión dolida asomó a sus ojos. Pero luego la ocultó… ¿Por mi bien? ¿Para que no viese el daño que le estaba haciendo? No lo sabía, pero daba igual. No podía hacer eso. No podía enamorarme solo para despedirme de nuevo.

—No pasa nada —dijo con voz tensa al tiempo que se apartaba—. No pasa nada.

Y lo dijo con un tono tan tierno, tan compasivo, que lo empeoró todo.

«Cobarde —me dije—. Soy una cobarde».

Era tan cobarde que ya no podía seguir allí sentada, con él mirándome como si quisiera preguntarme si estaba bien, porque entonces me vería obligada a contarle la verdad: que no estaba bien, que llevaba mucho tiempo sin saber si estaba bien y que me había marchado de Nueva York porque creía que el aire fresco y las flores podrían curarme, y ahí estaba ese hombre que me había hecho comprender que no necesitaba curarme.

Ahí estaba una persona que veía mis defectos y que no me decía que mejorara.

Él creía que ya lo daba todo. Nadie había creído eso de mí desde…

Pues desde Harriett.

Así que lo daría todo… por él. Y eso también implicaba ponerme en pie, aunque él me pidiera que esperase. Implicaba huir del jardín con un «Lo siento» susurrado incluso mientras él se ponía en pie para seguirme, aunque sabía que era imposible.

Encontraría esa puerta y lo sacaría de allí. Era una promesa.