calaccino #2
Su actividad en las redes sociales era escasa, pero las fotos que publicaba eran de vacaciones en las Islas Turcas y Caicos, en las islas griegas, en pueblecitos de España.
Deduje que las postales del dormitorio de Eula coincidían con sus viajes, y cuando fui a comprobar mi corazonada, acerté.
Él le había mandado postales desde todos los lugares en los que había estado.
Para estar tan empeñado en escapar de Lilymoor, desde luego que pensaba en la propiedad a menudo.
Estuve a punto de mandarle un mensaje por redes sociales, pero ¡qué podía decirle exactamente! ¿Que dentro de unas semanas estaría atrapado en un jardín del que no podía escapar? Quizá se lo creyera, ya que aceptó con facilidad la magia del jardín cuando encontré el diario.
Pero en ese caso, si aceptaba lo que le decía y no asistía a la fiesta del bicentenario, nunca lo conocería.
Era un hecho al que ya le había dado mil vueltas en la cabeza. Mi dedo se había quedado suspendido sobre el botón de enviar, y al final solo fue un secreto entre la mesa de la cocina, la Bola 8 Mágica y yo, porque lo borré y me fui a la cama.
Me dije a mí misma que, de todas formas, él no se creería la rocambolesca historia de una desconocida.
—Oliver dijo que te gustaban las fresas, así que se me ha ocurrido regalarte un capricho —dije mientras Rus se sentaba en la manta a mi lado.
—Bueno… —Empezó a darle vueltas a una fresa entre las manos, con expresión pensativa—. ¿Y cómo está Oliver?
—Bien. Se va a quedar hasta después del bicentenario. Eula ha dicho que puede irse cuando le apetezca, pero no creo que quiera hacerlo.
—Seguramente se esté escondiendo del trabajo.
Recordé todas las veces que se había ido al pueblo para quitarse de en medio.
—No lo creo. Solo parece preocupado por Eula y quiere estar cerca para ayudar con los preparativos del bicentenario.
Rus ni se molestó en disimular el ceño fruncido.
—Seguro que sí. ¿Sigue saliendo con la doctora esa?
—Pues no lo ha dicho. Y espero que no, porque no ha dejado de tontear conmigo.
—Pues claro que sí. A ver si lo adivino —dijo antes de comerse la fresa y tirar las hojitas al jardín—, te ha llevado a Pinch.
Lo miré.
—No estarás celoso, ¿verdad?
—¡¿De él?! —Resopló—. ¡Qué va! No estoy celoso.
—Entonces, ¿a qué viene esa cara como si hubieras chupado un limón?
Rebuscó en la cesta de fruta, negándose a mirarme a los ojos.
—¿Por qué iba a estar celoso de él?
—No lo sé, por eso te lo pregunto.
—No estoy celoso —reiteró con firmeza. Con tanta que supe que era mejor dejar de bromear. Nos quedamos callados mientras él buscaba otra fresa. Solo se comía las que tenían una forma rara y me dejaba las perfectas a mí.
Todo un detalle por su parte. Si me detenía demasiado a pensarlo, las mariposas de mi estómago se despertarían, así que me distraje. Miré hacia el jardín bañado por el sol, al tiempo que hacía girar una de las fresas perfectas entre los dedos.
—Que sepas que este jardín no tiene muy mala pinta después de lo que has hecho con él. Puede que tengas talento.
—Tampoco tiene muy buena pinta.
Puse los ojos en blanco.
—Eres de los que ven el vaso medio vacío, ¿verdad?
—Si quieres un vaso medio lleno, ese es Oliver.
Ahí estaba otra vez. Meneé la cabeza.
—No tienes que compararte con él.
Abrió la boca para discutir, pero luego la cerró de nuevo y bajó la mirada hacia su fresa.
—Es que… siempre lo he hecho. Incluso cuando éramos inseparables. Y todo el mundo nos comparaba también, ya que yo venía por parte de Henry y Oliver por parte de Eula; era normal que todo el mundo nos comparase.
—Seguro que fue difícil crecer así.
Se encogió de hombros, como diciendo que no le molestaba, pero yo no entendía cómo no iba a hacerlo.
Muchas personas me comparaban con Harrie, así que sabía lo que se sentía.
Harrie siempre fue la ambiciosa, la delegada de clase, la estrella.
Ella era la que destacaba en todo, igual que Rus, supongo.
Tenía talento para cualquier cosa que se propusiera, aunque yo era la que tenía la tenacidad necesaria como para llevarla a cabo hasta el final.
Mientras que ella tenía talento, yo era terca.
Me daba la impresión de que Rus también era terco, además de tener talento, pero en vez de destacar en la vida, parecía hacer lo contrario; mostrarse rígido e indiferente, aunque me daba cuenta de que no era ninguna de esas cosas.
Era como una rosa llena de espinas que necesitaba un poco de cuidado y de atención, aunque estaba acostumbrado a no recibir nada de eso.
—La comparación es la ladrona de la alegría —dije con rotundidad—. Además, no os parecéis en nada.
—Supongo que soy demasiado pelirrojo —replicó con total seriedad.
Puse los ojos en blanco.
—Vas a estar recordándomelo siempre, ¿a que sí?
Le temblaron los labios hasta formar una sonrisa.
—Pues claro.
—En fin, es que eres pelirrojo. No pienso retractarme.
—Te gusta.
—¡Madre mía! —mascullé al tiempo que apartaba la cara para que no viera el rubor que me cubría las mejillas—. Eres de lo peor.
Sonrió.
—¿Peor que Oliver?
—Muchísimo peor que Oliver, sí.
Rus chasqueó la lengua un par de veces, meneando la cabeza.
—Y eso que acabas de decir que es una tontería compararnos.
Así que estaba usando mis propias palabras contra mí. Qué vergüenza más grande. Elegí otra fresa.
—Me sacas de quicio.
—Debe de gustarte, porque vuelves a por más —bromeó él al tiempo que se inclinaba hacia mí.
Salí a su encuentro.
—¿Y qué pasa si lo hago?
¡Qué pasaba si me gustaba mucho!
Él no esperaba que yo mordiese el anzuelo; me di cuenta por el silencio que siguió y por cómo levantó las cejas. Se le abrió la boca, jadeando como un pez fuera del agua, pero no le salieron las palabras y clavó la mirada en mi boca.
El rubor que le había subido por las mejillas estaba desatado a esas alturas y le llegaba a las orejas.
—Por el amor de Dios, Sophie —susurró—, hazme el favor de reírte un poco menos de mí, ¿quieres?
—¿Reírme de ti? —parpadeé con expresión inocente y lo señalé con la fresa—. Solo digo lo que pienso, Cyrus…
Se inclinó hacia mí, mirándome a los ojos fijamente mientras mordía de nuevo la fresa. Clavó los dientes despacio en la carnosa fruta roja, dejando un reguero de jugo en su barbilla.
Tomé una brusca bocanada de aire. Sé que la oyó.
Lo sé porque se le oscurecieron mucho los ojos.
Sentí que me ardía el estómago. «Bésame», y la idea brotó como una erupción, visceral y anhelante, llegada desde un punto tan inesperado que la cabeza empezó a darme vueltas. «Por favor…»
Se comió la fresa, apartándose un poco y cerrando los ojos.
—No me había dado cuenta del hambre que tenía —dijo mientras se limpiaba la boca con las manos—. Sabe tal cual lo recuerdo, pero… le falta algo.
—Azúcar o chocolate —me obligué a decir. «Tranquilízate. Él también está tonteando. No lo ha dicho en serio…». Mi madre se las come con nata montada de bote.
—No, es otra cosa —insistió, y desde luego que parecía muy serio, al fin y al cabo. Nunca le había visto esa expresión. Me sentía exultante y clavada en una pared al mismo tiempo. Se inclinó hacia delante de nuevo y me rozó la nariz con la suya—, ¿Puedo?
—Sí —Mi voz fue apenas un susurro contra su boca.
Pegó los labios a los míos. Firme, seco, besándome con una seguridad que me tomó por sorpresa debido al descaro, al convencimiento, como si llevara semanas pensando en besarme y supiera exactamente cómo quería hacerlo.
Por dónde empezar. Adónde ir. Dónde terminar.
Como si lo hubiera planeado todo. El rumbo que trazaría, el camino que seguiría, el tiempo que se tomaría.
Y se tomó su tiempo, sí. Para ser un hombre que tenía tanto miedo de malgastarlo, me besó como si tuviera todo el tiempo del mundo.
La idea de que hubiera imaginado cómo besarme, dónde, durante cuánto tiempo, se me enroscó con fuerza en el estómago.
Me incliné hacia él y le enterré los dedos en el pelo cobrizo, deseando sentirme más cerca.
Deseando estar más cerca. Hundirme en su piel, echar raíces bajo su aroma a lavanda, a tierra fresca y a lluvia de verano. ¡Por Dios, qué maravilloso era su olor!