calaccino
—¡Ya está! —gritó Wykofski cuando entró en tromba en la cocina, con las manos en alto. Asustó a Juliette, que gritó y soltó los papeles, que salieron volando—. ¡Y vive!
Levanté la mirada mientras me servía una taza de café matutino.
—¿Quién vive? —pregunté al tiempo que Oliver dejaba su manzana en la encimera para ayudar a recoger los papeles a Juliette, que había impreso una lista de todas las confirmaciones de asistencia hasta el momento y las estaba revisando, anotando las restricciones alimentarias.
—¡El Bosquecillo de los Sauces! —contestó Wykofski, orgulloso—. Ya no hay topillos, no hay maleza y está de infarto.
—¡Increíble! —Chocamos los cinco.
Oliver terminó de ayudar a Juliette con los papeles y dijo:
—Hazme el favor de no decir de nuevo que un prado está de infarto.
—Pues está que se te cae la baba —se corrigió Wykofski, que le hizo un gesto con el pulgar.
Oliver arrugó el ceño.
—No estoy lo bastante despierto para esto —decidió antes de irse de nuevo a su habitación.
Juliette miró a Wykofski con expresión cansada.
—Deberías dejar de espantarlo, en serio.
—¿Por qué? ¡Si ni siquiera ha mirado el prado antes de juzgarlo!
—Ya sabes a lo que me refiero.
Puso los ojos en blanco.
—Tendrá que acostumbrarse a nosotros si va a heredar la propiedad —replicó, y era la primera vez que uno de nosotros expresaba en voz alta esa posibilidad—. Así que voy a introducirlo poco a poco en la locura.
—Si decide quedársela —masculló Juliette.
Wykofski agitó una mano en su dirección.
—¡Shhh! ¡No verbalices esa idea! Me gusta mi trabajo.
—A mí también —convino ella.
A mí también me gustaba el mío, pero daba igual. Quedaba menos de un mes hasta el bicentenario, y seguía sin encontrar El Jardín de Algún Día.
Durante los siguientes días, tuvimos un tiempo soleado y maravilloso, así que lo aproveché para llevar a cabo algunas tareas de jardinería (quitar las flores marchitas y las malas hierbas y cosas así) mientras buscaba la puerta e intentaba averiguar dónde podría estar.
Había encontrado «espacios» deshabitados, claro.
Unos cuantos en los alrededores de la propiedad, más allá del Bosquecillo de los Sauces y al otro lado de la Rosaleda; uno encajado entre el Laberinto y el Jardín de las Flores Silvestres; y otro con forma rara en el Jardín Central.
Pero esos lugares solo contenían malas hierbas, una bomba de agua para la Balsa o era el hogar de una familia de ardillas.
Y eso me agobiaba. Más de lo que quería admitir.
Mucho me temía que a Rus le había tocado la tarea más fácil.
Cuando la puerta apareció una hora antes del atardecer, fui a verlo al jardín.
Había terminado el cenador y estaba empezando el trabajo en los parterres de flores, pero en cuestión de días, el jardín se había transformado tanto que casi no lo reconocía.
Había una glicina creciendo por los sauces, los rosales empezaban a florecer y los narcisos, las margaritas y los delfinios empezaban a abrirse camino por el suelo.
Rus estaba intentando decidir qué semillas plantar en uno de los parterres que rodeaban el cenador.
—¿Puede que unas margaritas de otoño y unos cosmos?
Algo que florezca sin complicaciones —sugirió mientras rebuscaba en los saquitos de papel marrón, con los nombres escritos con la letra de Henry—, aunque quizá el jazmín estrellado iría mejor.
Y podemos llenar el sendero que va hasta el sauce con tomillo rastrero…
—Señaló las piedras del sendero—. Creo que quedaría muy bien.
—Pareces feliz —susurré, mirando los rosales en flor y la glicina.
Le cambió la cara.
—¿Qué? No. Solo estoy aburrido y, además, debería estar trabajando. Estoy perdiendo el tiempo —dijo con una mueca—. Tiempo que no facturo y demás.
Quizá podría haber mentido si el jardín no tuviera… En fin, si no tuviera ese aspecto.
—El tiempo es mucho más que dinero, que lo sepas.
Se encogió de hombros.
—He aprendido que el tiempo me obliga a ser responsable. Me impide ser imprudente. Me impone una estructura. Y eso me gusta.
¿O solo le daba miedo en quién se convertiría si se dejaba llevar? El mismo se parecía mucho a ese jardín: descuidado, aunque con un poco de mimo, quizá algo más. Al fin y al cabo, a mí no me parecía el hombre frío y distante que fingía ser.
—Creo que estás mintiendo —mascullé, más para mí que para él, aunque lo oyó de todos modos.
Levantó las cejas.
—¿Ah, sí?
—Creo que estás mintiendo —repetí, reafirmándome.
Cerró el diario con gesto paciente y se lo guardó en el bolsillo trasero antes de concentrarse por completo en mí. Cruzó los brazos por delante del pecho.
—Sigue.
«Mira a tu alrededor», quería decirle, pero él se habría limitado a restarle importancia a las flores, atribuyéndolas a la magia de Lilymoor, sin que tuvieran nada que ver con él.
—Intentas parecer indiferente, pero en el fondo no lo eres. No puedes serlo.
—Creo que los adversarios de mi cliente dirían lo contrario…
—Pero ese no eres tú, ¿verdad? Es la persona que intentas ser.
Ese es Cyrus Beck. Pero Rus es… es apasionado y se preocupa, y, si, no para de recordarme que está perdiendo el tiempo, pero a mí me parece que lo dices para recordarte a ti mismo que lo estás haciendo.
No creo que en el fondo te lo creas —Lo miré fijamente a la cara, y vi una sorpresa desencajada que luchaba con una emoción que no pude identificar—.
Me parece que no te lo has creído nunca —Se dio media vuelta, pasándose los dedos por el pelo, una costumbre que empezaba a darme cuenta de que lo ayudaba a tranquilizarse, pero que no funcionó en esa ocasión—.
Creo que quizá tienes miedo de algo —añadí en voz baja.
Se alejó unos metros, como si la distancia ayudara a que mis palabras resultasen más fáciles de digerir.
La rigidez de sus hombros había vuelto, esa tensión corporal que hacía que pareciera más corpulento.
Todo ángulos y aristas afiladas. Temí haberme pasado de la raya, porque no dijo nada durante mucho tiempo, y llegué a preguntarme si debería marcharme o si él querría que me despidiera a mi manera.
Hice ademán de buscar mi pala para marcharme cuando por fin habló.
—Son los recuerdos que hay aquí, sobre todo.
Dondequiera que mire, veo a la persona en quien podría haberme convertido si me hubiera quedado, pero no pude hacerlo.
No después de… —Apretó los labios, incapaz de hablar del incendio—.
He metido la pata muchas veces, Sophie, y eso fue la gota que colmó el vaso.
Arruiné el único lugar que me aceptaba y…
me niego a volver a hacerlo. Así que cuanto más me aleje de ese chico, mejor me irá.
Me he esforzado mucho para ser otra persona.
Alguien competente, digno e importante. Aquí solo soy…
—Se quitó la tierra de debajo de una uña con otra—. Solo soy ese chico que metía la pata.
Me imaginé cómo sería ese chico. Más joven que el adolescente de la foto. Pelo cobrizo revuelto, una sonrisa enorme, un millón de pecas y las rodillas llenas de barro. Sentí una opresión en el pecho al me imaginarme a ese chico que ponía el alma entera en todo lo que hacía.
—A lo mejor ese chico que metía la pata no era tan malo.
Dejó de mover las manos.
—No digas eso —susurró.
—¡Por qué no!
—Porque me he esforzado muchísimo para librarme de él —Se miró las manos y la suciedad que tenía en los dedos—. No le servía a nadie.
No era verdad.
Me incliné hacia delante y lo besé en una mejilla.
—No seas tan duro con él. Se ha convertido en un buen hombre.
Me miró con una expresión totalmente desolada.
—No soy un buen hombre, Sophie —Luego se puso en pie y se alejó.
A finales de semana, llevé una cesta de fresas, porque recordé lo que Oliver me había contado sobre lo mucho que les gustaban a Rus y a él; y después de aquella conversación tan incómoda sobre su pasado, quería compensarlo.
No había avanzado nada en la búsqueda de la puerta.
Había peinado palmo a palmo el Laberinto y la mitad de la Rosaleda, así que sabía que debía estar en algún punto de la zona más oriental de la propiedad (¡tal como él había dicho!), pero salvo por eso…
No iba a fracasar. No era una opción.
Rus estaba plantando las semillas que le había dado, así que cuando aparecí por la puerta, se acercó para recibirme.
El sol había hecho que fuera un día caluroso, pero en el jardín todavía se respiraba frescura, como siempre.
El jazmín estrellado, los cosmos y las margaritas de otoño que había plantado ya estaban brotando junto al cenador, y el tomillo rastrero había empezado ya a extenderse por el sendero en franjas moradas.
Señaló la cesta que llevaba tapada con una manta de cuadros.
—¿Qué es eso?
—¿Tienes hambre? —le pregunté antes de enseñarle las fresas que había debajo de la manta.
Una expresión rara asomó a sus ojos antes de que recuperase la compostura.
—¿Son frescas? —quiso saber.
—Recién recolectadas del huerto, ¿Te apetece un descanso?
—Tiéntame un poco más, anda —replicó.
Así que extendimos la manta de cuadros en el suelo del cenador y dejamos la cesta de fresas entre los dos.
Quería disculparme por la conversación que mantuvimos la última vez que estuve con él, aunque los dos nos habíamos comportado como adultos e hicimos caso omiso de la incomodidad, pero cada vez que intentaba sacar el tema, algo me lo impedía.
No estaba segura de si quería saber por qué él no se consideraba un buen hombre.
A ver, tampoco era como si no pudiera averiguarlo yo solita, porque lo busqué en Google unas noches antes y encontré justo lo que esperaba: la huella digital de un hombre que había sido atraído al mundo de los litigios, alguien a quien le gustaba argumentar y que era calculador y… en fin, que era bueno en su trabajo.
Buenísimo, al parecer.