El jardín de algún día hiraeth
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hiraeth

Había un grupo de niños de un colegio en la Espiral.

La mayor parte del tiempo no me molestaban los niños (yo también lo fui, así que teníamos eso en común), pero desde muy joven supe que los niños definitivamente no formaban parte de mi ilustre futuro.

Así que nunca se me habían dado muy bien, a pesar de que mi mejor amiga quería tener dos hijos y medio, y a los veintitrés años ya les había puesto nombre.

Me acerqué a una de las jóvenes monitoras (que parecía una universitaria de vuelta en casa para pasar el verano) y le pedí amablemente que los niños de cinco años no corrieran sobre las piedras, porque si se caían, se harían mucho daño en las rodillas; así que se trasladaron al Paseo de los Lirios, donde corrieron entre las flores.

Por lo menos, así se salvarían las rodillas.

Los lirios, en cambio...

Suspiré y fui a pedirle a la misma monitora que, por favor, impidiera que los niños corrieran por los parterres, cuando Oliver apareció en el arco que daba al Paseo de los Lirios y se apresuró a acercarse a la chica.

Me miró, con cara de estar molesto (esperaba que no conmigo) y luego esbozó una sonrisa deslumbrante y perfecta.

—Siento molestarte —dijo con voz almibarada—, pero me preguntaba si te gustaría llevar a los niños al Jardín Central. Allí pueden jugar al escondite.

Y, por lo menos, no estropearían las flores si se caían en un arbusto. Claro que Maldición merodeaba por el Jardín Central ese día.

Que se las apañaran como pudieran.

—Ah, no —dijo la chica—. Ya están bien...

—Me preocupan más las flores —la interrumpió con la misma voz—. Sobre todo, porque algunas son bastante venenosas.

Ella se sobresaltó.

—Ah, ¿en serio?

—Mucho.

«Si eres un gato», pensé, pero decidí no corregirlo, porque obró su magia. La monitora reunió a los diez niños más o menos que había y salieron en fila del Paseo de los Lirios hasta el Jardín Central.

Oliver se colocó a mi lado mientras los observaba marcharse. Por fin, cuando se fueron, abandonó la sonrisa falsa, al igual que la voz agradable.

—A veces, me pregunto si nos han dado a todos sentido común —masculló con cansancio— o solo unos pocos fuimos los afortunados.

—Lo has hecho muy bien con ellos.

Se encogió de hombros.

—Estoy acostumbrado a lidiar con el público.

De entre todos los integrantes del estudio, soy yo al que mandan habitualmente para hablar con los clientes.

—Hizo un mohín con la nariz—. Nos especializamos en restaurar casas antiguas.

Ahora mismo hay una funeraria en funcionamiento en las dos Carolinas, en Mairmont.

Una casa preciosa de estilo segundo imperio.

Muy a lo familia Addams. Tejado negro a cuatro aguas con buhardilla, hastiales inmaculados... Preciosa, de verdad.

—Friki —me burlé.

Fingió jadear mientras se llevaba una mano al pecho.

—¡¿Yo?! Jamás. Me encantaba el fútbol americano —replicó, y puse los ojos en blanco, pero solo conseguí que se riera.

Hablar con Oliver era fácil, o eso descubrí. Quizá porque se le daban muy bien las relaciones públicas, pero me recordaba a Harrie. Una especie de camaradería reconfortante y bromista.

Era muy distinto de cualquier cosa que sintiera con Rus.

Con Oliver, tenía la sensación de que... había tan poco en juego, que el listón estaba en el suelo. Aunque me pusiera colorada con él, no me parecía lo mismo que con Rus. Con Oliver, me sentía sorprendida y alterada. Con Rus, me sentía...

Me sentía incapaz de esconderme. Me sentía expuesta.

Una madre, acompañada de sus dos hijos, entró en el Paseo de los Lirios, aunque si bien el grupo de colegiales se había desatado y había hecho lo que le había dado la gana, ellos se tomaron su tiempo, señalando las placas y las abejas. Oliver los observó un momento antes de decir:

—Echo de menos el jardín..., el de antes de que Henry muriera.

Se pasaba todo el día fuera, en cualquier parte.

Buscarlo era como un juego. Cuando llegaba la hora de la cena, entraba lleno de tierra de la cabeza a los pies, y al día siguiente encontrábamos algo nuevo.

Un seto cortado con la forma de un gato.

Un estanque recién excavado. Un parterre.

Un columpio en un árbol. El jardín siempre cambiaba con él.

Ahora echo de menos lo que ya no existe.

Vi a la niña cortar una flor mientras recorría el sendero y ponérsela en el pelo.

—Hay una palabra para eso: hiraeth.

—Es una palabra muy bonita. Hiraeth —repitió él despacio, dejando que la palabra languideciera en su lengua. Luego sonrió, como si la creyera agridulce—. Me gusta. Conoces un montón de palabras raras.

—Mi mejor amiga las coleccionaba —le expliqué al tiempo que me daba pellizquitos en las uñas—. Así que supongo que ahora yo también lo hago.

Hizo una mueca.

—Ah, ¿ya no os habláis? Eso me suena.

—Algo por el estilo —contesté, aunque no se lo expliqué y él no preguntó.

Qué diferente era Oliver de Rus. En vez de abordar el tema, lo dejó pasar sin más. No tenía claro qué me gustaba más, aunque dejarlo pasar me parecía más seguro. Así llevaba mucho tiempo comportándome: escabulléndome de la incomodidad antes de que pudiera analizarla al detalle.

Se volvió hacia mí con expresión rara.

—Tengo una pregunta.

—Tengo una respuesta —repliqué.

—¿Cuándo quieres cenar?

—Cuando tenga un hueco en la agenda —contesté, porque la verdad era que tenía las tardes muy ocupadas con mis visitas durante la hora dorada. Aunque Rus frunciera el ceño y mascullase que yo estaba perdiendo el tiempo.

Oliver contuvo una sonrisa y meneó la cabeza.

—Eres irresistible, ¿lo sabes?

—No sé a qué te refieres.

—Mmm... —Levantó un trozo de papel—. Bueno, doña Encargada de los Jardines, supongo que debería explicar por qué he salido a buscarte.

—¡Ah! ¿No ha sido solo para ahuyentar a los niños?

—Por desgracia, me han ascendido a asistente personal de compras. —Me mostró la lista escrita en el papel. Con la letra elegante y alargada de Eula—. Y me preguntaba si sabes qué té le gusta. Solo ha escrito «London Fog», y a mí no me gusta mucho el té.

—A mí tampoco me gusta, pero creo que es de hojas sueltas.

El que viene en un botecito de este tamaño —dije, indicándole con las manos—.

Creo que está en el rincón del fondo del supermercado, en la sección de productos importados.

—Asintió con un gesto contrariado y parecía más perdido que un momento antes.

Una actitud que he llegado a conocer como «incompetencia estratégica», aunque lamentaba admitir que le sentaba muy bien.

De momento. Ojalá que no acabara siendo molesto—.

Si quieres que te acompañe, solo tienes que pedírmelo.

Levantó las cejas.

—¡Vaya!

—¿O quieres que lo sugiera yo? —añadí al tiempo que cruzaba los brazos por delante del pecho.

Meneó la cabeza.

—¡Lo ves! Ya te lo he dicho. Eres irresistible.

Le quité la lista de la compra de la mano.

—Podemos ir en el Jeep. Llevo un tiempo sin conducirlo.

El único supermercado del pueblo era una tiendecita familiar en el corazón de Odette, en frente de una ferretería y de una tienda de segunda mano que a menudo hacía las veces de punto de información turística.

En la esquina estaba la única cafetería del pueblo, un restaurante italiano y Pinch, el puesto de los bollitos de langosta.

También estaba el Barnacle, un motel que olía a queso viejo (lo sé porque cuando me registré, me llegó el olor inconfundible del Gouda a la habitación y no había ni una sola tabla de quesos a la vista) junto al bar de mala muerte iluminado con neones, que se llamaba Wharf y que seguramente servía cerveza fría incluso en medio de una tormenta de nieve.

Más allá del pequeño núcleo del pueblo, había casas salpicadas entre amplias franjas de árboles de hoja perenne y una carretera que serpenteaba hasta la autopista costera.

Así que, básicamente, era casi imposible perderse.

Todas las tiendas del pueblo tenían horarios muy raros, así que no me sorprendió que, una vez que aparcamos en la calle y llegamos al supermercado, la única cajera nos informara de que cerraría dentro de cinco minutos.

Rompí la lista de la compra por la mitad y le di una parte a Oliver.

—Tú te encargas de eso y yo de esto. ¿Nos vemos en la caja dentro de cinco minutos?

Me arrebató el papel de las manos.

—Ya has hecho esto antes.

—Nos vemos dentro de cinco minutos —repetí—. ¡Preparados, listos, ya!

La lista de la compra de Eula incluía muchos de los productos básicos que la había visto comer durante la última semana: pan de mantequilla, mantequilla de cacahuete, manzanas, una tableta de chocolate Hershey's y su caja de té Earl Grey.

Taché todo lo de la lista, volví a la caja antes que Oliver y lo dejé todo sobre el mostrador.

Un momento después, él apareció con un carrito de la compra lleno de papel de cocina, pasta, varios envases de comida precocinada y palomitas, y anunció:

—He ganado.

—Me he distraído —replicó haciendo un puchero mientras la cajera empezaba a teclear los números del código de barras en la caja registradora. La tienda era tan antigua que ni siquiera tenía escáner. En ese momento, levantó una caja de cartón—. Tienen fresas frescas. No he podido resistirme.

—Tenemos fresas en casa —le dije—. En el huerto.

Hizo una mueca.

—Como si con eso bastara.

La cajera, que tendría nuestra edad, negra, con delicadas trencitas y un delineado turquesa impecable en los ojos, le dio la razón.

—Oliver tiene algo con las fresas.

Él la miró con expresión offendida.

—No es «algo». Así parece un vicio perverso.

—Tu primo y tú —añadió la mujer, que añadió dirigiéndose a mí—: Todos los veranos venían y arrasaban con las fresas y las sandías. Es que no fallaba ni uno.

—A ver, es que Lula se niega a plantar sandías sin pepitas —explicó Oliver—, así que no me quedaba alternativa. —Luego añadió—: Cuando éramos pequeños, Rus me convenció de que si comía sandía con pepitas, me crecería una dentro.

Se me escapó una carcajada. Me lo imaginé diciéndole eso con cara muy seria, sin el menor remordimiento. Un alborotador, desde luego.

—¿Y durante cuánto tiempo te lo creíste?

—Puede que todavía lo haga, vete tú a saber —contestó Oliver con tono altivo.

La cajera se echó a reír por lo bajo.

—No cambias nunca, Ollie.

Él la miró con una sonrisa. Era como la que le había regalado a la monitora, aunque esa parecía un poco más cálida. Más familiar.

—Y tú estás tan guapa como siempre, Nicole. ¿Qué tal tu marido? ¿Y la niña...? ¿Qué nombre eligió? ¿Delilah?

—Están estupendamente —contestó la cajera con alegría mientras terminaba de pasar los artículos y hacía la cuenta.

Le dio el total, y él sacó la cartera y pagó en efectivo, tras lo cual metió el cambio en un bote de una organización benéfica que ayudaba a jóvenes trans.

La cajera le dio el tíquet—. ¡Ah! ¡Puedes darle las gracias a Eula por la invitación al bicentenario?

Me sorprendió mucho cuando me llegó por correo.

Ha sido todo un detalle que nos invitara.

—Me me aseguraré de decírselo, Nicole. ¿Nos vemos?

—Aquí estaré —contestó ella, que nos dio las tres bolsas de papel con la compra antes de que nos marcháramos.

Oliver me contó que la familia de Nicole era la dueña del supermercado, y como él pasaba allí los veranos, llegó a conocerla muy bien cuando eran todos niños. Iban juntos a la playa y a pescar cangrejos.

—Estaba coladita por Rus —dijo mientras se ponía el cinturón de seguridad en el Jeep y miraba la cuenta—, así que nos hacía el descuento para empleados con las fresas... ¡Ah! ¿Ves? Lo sigue haciendo —Señaló el descuento—. Seguro que Rus lleva años sin verla.

—Es bonito que te siga haciendo el descuento.

—Pues claro que lo hace. Así funcionan las cosas en Odette, Maine. Aunque te vayas, nunca lo haces del todo —Se encogió de hombros y se guardó el tíquet—. A menos que seas Rus, supongo.

—¿Lo has llamado alguna vez?

—El teléfono funciona en ambos sentidos.

Además, no tengo nada que decirle. —Rebuscó en una de las bolsas de papel y sacó el envase de fresas.

Salimos del pueblo y enfilamos la carretera estatal hacia Lilymoor.

Estaba a solo unos kilómetros, pero con lo nublado que se veía el cielo, quería volver cuanto antes.

Conducir por esas carreteras de noche no era precisamente lo que me apetecía—.

Pero basta ya de hablar de ese aburrido adicto al trabajo —añadió—. ¿Quieres una fresa?

—¿Mientras conduzco?

—Te la doy yo —dijo para tentarme mientras sacaba una.

Mantuve ambas manos agarrando el volante con fuerza.

—No, gracias.

Se encogió de hombros.

—Como quieras —dijo y le dio un mordisco—. Mmm —murmuró, feliz—. Lo único que mejoraría esto sería alguien con quien compartirlo.

Lo miré.

—Eres astuto.

Se echó a reír.

—Lo intento, señorita Encargada de los Jardines.

Y, por raro que pareciera, podría haberle funcionado, pero yo ya estaba pensando en mi próxima visita al jardín y en las fresas que iba a llevar.