El jardín de algún día dustsceawung
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Cuando volví esa tarde con guantes de jardinería, tijeras y una pala para Rus, no había ni una nube en el cielo.

Parecía haber avanzado bastante con la construcción del cenador en mi ausencia, algo raro.

Había fijado las barandillas y atado las celosías a los pilares para que las trompetas trepadoras pudieran subir por ellas en los años venideros.

Le di la triste noticia de que todavía no había encontrado el jardín.

—No tienes por qué venir a visitarme todos los días —dijo. Se había guardado las gafas en el bolsillo de la camisa y estaba guiando las ramas de las trompetas trepadoras a través de la celosía con una delicadeza sorprendente.

—¿Cómo sabes que lo hago? —le pregunté con tono desafiante—. A lo mejor vengo cada dos días, cada cuatro o una vez a la semana.

Levantó la mirada y luego volvió a bajarla hacia lo que estaba haciendo.

—Todavía tienes los hombros quemados por el sol, como ayer.

Me miré los hombros. Efectivamente, seguían rojos, igual que el día anterior. No sabía muy bien qué pensar del detalle de que se hubiera fijado en algo tan insignificante.

—Ah. —¿En qué más se habría fijado que no se me había ocurrido arreglar u ocultar? A esas alturas, era demasiado tarde para avergonzarme—. Bueno, ¡y si quiero venir a verte! Seguro que te aburres aquí solo.

—Tampoco es para tanto —replicó—. De hecho, me gusta la jardinería.

Ya me había dado cuenta por sus manos. Movimientos delicados y dedos con callos, no eran las manos de un abogado.

—Es el silencio lo que me pone de los nervios —siguió al tiempo que levantaba la cabeza para mirarme, y sus ojos azul oscuro parecieron zafiros a la luz del sol—. Así que agradezco la compañía.

—En fin, pues por suerte para ti, tengo una hora libre. —Me senté en el interior del cenador para observarlo—. ¿Sigues dedicándote a la jardinería?

—No mucho. No tengo tiempo. Tengo que viajar por trabajo a menudo, así que las plantas no sobreviven mucho conmigo.

—Ah, claro. Tienes clientes muy importantes en ese teléfono tuyo tan importante —bromeé. Esbozó una sonrisilla. Pasó otra rama por la celosía—. ¿Lo echas de menos?

—No —dijo, resoplando al tiempo que seguía asegurando la planta entre los agujeros de la celosía—, pero me gusta la estructura de mi trabajo, su cadencia. La inercia me obliga a avanzar. No tengo tiempo para dudar de las cosas, y eso es agradable. Y el sueldo tampoco es malo...

—Me refiero a la jardinería —lo interrumpí en voz baja.

Detuvo el movimiento de los dedos por la sorpresa antes de que se le escapase una carcajada.

—¡Ah! En fin. A ver, era una afición y claro que echo de menos el tiempo libre —balbuceó, como si lo hubiera sorprendido—. Pero... sí. La echo de menos. ¿Qué te hizo querer ser jardinera?

—Horticultora —lo corregí.

—Claro. Eso mismo.

Me apoyé en la barandilla del cenador. Era una pregunta que me habían hecho tantas veces a lo largo de los últimos diez años que tenía preparada una respuesta (me encantaba la naturaleza, me interesaba fomentar la biodiversidad, el cambio climático), pero también era muy impersonal.

Empecé a juguetear con la barandilla de madera, quitándole una astilla.

—Cuando era pequeña, mi madre y yo nos mudábamos a menudo.

No tenía muchos amigos y siempre iba retrasada con los deberes, así que era una niña con mucha ansiedad.

Una maestra de ciencias sociales me invitó a participar en el club de jardinería.

Dijo que me ayudaría a relajarme y a hacer amigos.

—Apoyé la cabeza en la barandilla, con el recuerdo de la mujer muy borroso—.

No recordaría su nombre ni aunque mi vida dependiera de ello, pero me cambió la vida.

Cada vez que me sentía abrumada o que me resultaba imposible controlar mi vida, rescataba una planta que alguien había tirado o me iba al jardín trasero para plantar flores que nunca vería, porque nos mudaríamos antes de que florecieran. Pero daba igual. Me sentía a salvo.

Rus me miró a través de la celosía durante un buen rato antes de retomar lo que estaba haciendo.

—Cada vez que llegaba el verano, mis padres estaban encantados de librarse de mí durante unos meses, así que venía a Lilymoor y me quedaba con Eula y Henry. Mis padres estaban convencidos de que aquí no podía meterme en problemas.

—¿Y podías? —me pregunté en voz alta.

—¡Pues claro! —contestó mientras miraba las trompetas para ocultar una sonrisa—, pero me metía en muchos más antes.

El colegio me aburría, así que buscaba la manera de entretenerme.

Pero, cuando estaba aquí, nadie me trataba como si fuera un niño, así que no buscaba los líos a propósito.

Si metía la pata, Henry me ponía a trabajar ensuciándome las manos, como echar el mantillo a todo el césped delantero.

—¡Uf!

—Lo sé. Aprendí deprisa.

—Debería haberme imaginado que eras uno de esos niños —dije en voz alta, y se echó a reír—. A ver si lo adivino: ¿en el colegio la liabas y hacías explotar cosas en clase de química? ¿O empezaste a organizar juegos en el patio?

Me miró a través de las rendijas de la barandilla, con la boca abierta por la sorpresa.

—Perdona, fue una timba de póquer —contestó al cabo de un rato, indignado—. Recién llegado al instituto. Y el único motivo por el que me metí en problemas fue porque un padre se quejó de que su hijo apostaba todo el dinero para el almuerzo. No era culpa mía que no supiera jugar.

Puse los ojos en blanco.

—Sois todos iguales.

—¿En serio? —Levantó una ceja con gesto desafiante—. ¿Sabes mucho de alborotadores?

—Mi mejor amiga lo es —respondí, pero luego me quedé callada. Me entraron ganas de darme una patada. Llevaba meses sin cometer un desliz de esa manera... Era —me corregí en voz más baja.

Esperé la expresión tristona. La lástima. Pero no lucieron acto de presencia.

—Harrie —supuso.

Asentí con la cabeza sin hablar.

Ladeó la cabeza con gesto pensativo.

—¿Ella organizaba el juego?

No era una pregunta que me pidiera repetir un panegírico. Era una pregunta que me permitía recordarla como persona. Sentí que algo se me aflojaba en el pecho.

—Intercambio de tarjetas Pokémon —contesté, y él se echó a reír, encantado. Era la primera vez que oía ese sonido ligero y feliz brotar de sus labios. En lo que a carcajadas se refería, no estaba mal.

Por encima de él, en las vigas del cenador, floreció uno de los capullos de las trompetas trepadoras.

¿El jardín... respondió a él?

Como si hubiera oído mi pregunta, Rus dijo en voz baja:

—Lo hacen cuando menos te lo esperas. Los manzanos silvestres también. Y las margaritas de otoño que crecían junto al muro. Y las trepadoras.

En mi opinión, no sucedía por casualidad.

—Seguro que Harrie desplumaba a los otros chicos durante el recreo —dijo después de carraspear.

—Pues sí —contesté, bajando la mirada hacia él de nuevo—. Si le fue solo la mitad de bien que le fue con su trabajo de fin de carrera en la universidad, pobres de aquellos críos. Te habría caído bien.

Se sentó sobre los talones.

—Si era tan brillante como tú, seguro que sí.

—Era mejor —le aseguré—. Irradiaba una especie de energía que era... contagiosa. Siempre tenía la sensación de que podía hacer cualquier cosa cuando estaba a mi lado.

Y a esas alturas tenía la sensación de que apenas podía echar raíces en ningún sitio, porque estaba demasiado asustada como para hacerlo.

Si lo hiciera... Si demostrara que podía vivir sin ella, que podía crecer y cambiar, incluso cuando ella ya no estaba...

Me costaba aceptarlo. ¿Y si cuantas más cosas hacía (cuantas más cosas experimentaba, cuanto más aprendía, cuanto más vivía), más desaparecía lo que conservaba de ella?

Me miró con expresión pensativa, observando mi cara como si fuera una obra de arte colgada en la pared de un museo, reparando en cada detalle. Sus ojos eran del color del océano al atardecer, y bajaron hasta mi boca. Luego, hasta el suelo.

—¿Me cuentas más? —se atrevió a pedirme.

Solté un suspiro exagerado y aparté la mirada.

—Los muros son altos —dijo al tiempo que señalaba el perímetro cubierto de hiedra—. No creo que haya ningún secreto que pueda trepar por ellos. Nosotros desde luego que no podemos.

No, eso lo habíamos descubierto los dos. Se me escapó una carcajada.

Aunque los secretos no pudieran salir de allí, sí que reverberaban, y eso podría ser incluso peor. Pero... nadie me había preguntado antes por ella. Solo me habían dado el pésame, algo que no quería y que no necesitaba. El pésame no podía resucitarla. Pero su pregunta...

—Le encantaban los girasoles —comencé— y comer en Cheesecake Factory, y también el olor de los libros viejos, y coleccionaba palabras intraducibles. Su preferida era dustceawung.

Cruzó los brazos sobre la barandilla y apoyó la cabeza en ellos mientras me escuchaba con atención.

—Eso suena como un estornudo —comentó.

Sonreí, porque creo que yo le dije algo parecido a Harriett la primera vez que oí la palabra.

—Es inglés antiguo e implica la idea de que venimos del polvo y en polvo nos convertiremos. Ella siempre decía que parecía poético, como si la vida fuera una rueda enorme que no paraba de dar vueltas y vueltas.

—Como un tiovivo —replicó él.

—Una noria. Esas también le encantaban.

Y se montó en una mucho antes de que le tocara hacerlo.

Se le ocurrió otra pregunta.

—¿Cuál era su canción preferida de Taylor Swift?

Me eché a reír.

—No tenía ninguna.

—¡¿No era fan?!

—Es que no podía elegir. ¿Tú sí?

—«Out of the Woods» obviamente.

—Perfecta con la temática, ¿no?

Se encogió de hombros.

—Me gusta que las cosas me combinen —contestó sin más.

—Ah, sí, con tus zapatos de Tom Ford, tu camisa de Ralph Lauren y tus calcetines de Dollar Tree —me burlé, y en represalia, se puso en pie y se inclinó hacia mí por encima de la barandilla.

—Perdona, vamos a ver —replicó antes de chasquear la lengua. La luz dorada del atardecer brillaba en su pelo, que pasó de un tono cobrizo a parecer latón—. Eso te lo dije en confianza.

—Lo dijiste confiadamente —lo corregí.

—Eres exasperante —dijo, pero a juzgar por la calidez de su voz, quería decir algo totalmente distinto.

Un escalofrío me recorrió la espalda cuando se inclinó todavía más hacia mí, con esos ojos del color de las tormentas oscurecidos por la sombra.

Por encima de nosotros, las flores de color coral se extendían y caían por los laterales del cenador.

La estructura empezó a crujir a medida que las enredaderas crecían, deslizándose por la celosía hasta el suelo, cargada de hojas de un verde intenso y de flores, pero estaba tan concentrada en su mirada que casi ni me di cuenta.

Al cabo de un momento, se apartó de mí y dijo:

—Se está haciendo tarde. ¿Nos vemos mañana?

—Nos vemos mañana —convine.

Y las trompetas trepadoras siguieron floreciendo.