El jardín de algún día esprit de lescalier #2
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esprit de lescalier #2

«El muro», sospechaba yo, era la parte quemada del Bosquecillo de los Sauces, junto al invernadero.

Tuvieron que derribar unos metros para que los bomberos llegasen al invernadero en sí, razón por la que seguramente se calentó por completo, pero la naturaleza se había adueñado de la zona hasta tal punto que de no saber que habían derribado el muro, habría supuesto que los sauces llevaban allí diez años porque los habían plantado a propósito.

—Creo que nadie se dará cuenta. Si queremos repararlo, tendremos que arrancar todo eso, así que no creo...

Relajó los hombros por el alivio.

—No, no. Parece... lo apropiado —añadió con el atisbo de una sonrisa—. El fuego arrasó con muchas cosas. Me alegra saber que el jardín se ha curado pese a todo. Ojalá nosotros fuéramos la mitad de resistentes.

Yo también deseaba lo mismo a menudo.

—Me gustaría que nunca hubiera pasado, claro, pero me gustaría todavía más haber manejado el asunto de otra manera —siguió mientras soltaba el libro en la mesita que tenía al lado y levantaba la tetera de florecitas para servirse una taza—.

Ver las cosas pasadas con la perspectiva del presente es una maldición, querida.

Recordé mi última conversación con Harrie, la frialdad de sus dedos, el suave y tenue susurro de sus palabras.

«Volveré mañana», le dije, cuando podría haberle dicho cualquier cosa...

, cuando podría haberle dicho otra cosa.

Que la quería. Que la echaría de menos. Que ya lo hacía.

Pero seguía dándole patadas a la lata, creyendo que si retrasaba el momento, que si me negaba a aceptar el final, este nunca llegaría.

«Sophie...», me dijo ella, como si quisiera decir otra cosa, pero estaba muy débil y sus palabras pesaban demasiado. «Mañana», le repetí.

Pero aquel momento nunca llegó.

Parpadeé, sorprendida por las lágrimas que hacían que me escocieran los ojos.

—Lo siento, debería volver al trabajo. —Me excusé a toda prisa y bajé al vestíbulo para darle a Yafir el recibo del mantillo que había comprado para el Jardín de las Flores Silvestres.

«Olvídalo», me dije al tiempo que me secaba los ojos. Llevaba mucho tiempo sin pensar en aquel último día..., a menudo me negaba a hacerlo. En ese momento, fue un error. Solo estaba cansada y estresada.

Nada más.

A medio camino del despacho, me arrepentí de haber ido a la mansión ese día, porque Yafir soltó una especie de gruñido estrangulado mientras salía al pasillo, señalando con un dedo hacia atrás.

—Ese... ¡ese niñato rubio está destrozándome el despacho! —exclamó—. ¡Lo está desmontando!

—¡¡Lo estoy organizando!! —fue la réplica de Oliver desde dentro, a todo pulmón.

—¡Yo sé dónde está todo! —protestó Yafir, que entró de nuevo a la carrera, presa del pánico—. ¡No te atrevas a tocar nada! ¡Todo está en su sitio!

—Eso no ayuda cuando otra persona busca algo, colega.

—No soy tu colega.

—¡¿Lo que hay al fondo de ese archivador son galletas con trocitos de chocolate?! ¿Y por qué hay tanto papel triturado aquí? Un momento, ¡eso es...!

Se oyó un chillido, y ambos salieron corriendo del despacho tan rápido como pudieron y cerraron la puerta. Oliver no sabía bien cómo echarle la llave, pero Yafir buscó una silla del pasillo y la apoyó en el pomo. La puerta se abría hacia dentro, así que era una mierda de barricada de todas formas.

—Vamos a necesitar dinamita —le dijo Oliver a Yafir.

—Un lanzagranadas como poco —convino él.

—Puede que unos cuantos machetes. A la guardia nacional. ¿Has visto ese bicho? Era enorme. Como un gato de grande.

—Sabía que se oía algo por ahí, pero creía que solo eran los crujidos de la casa. Has sido muy valiente.

—Gracias, colega. He visto pasar mi vida por delante de los ojos.

Mientras se consolaban el uno al otro, Juliette subió la escalera con el portapapeles pegado al pecho.

—¿Qué pasa? —me preguntó.

Suspiré.

—Creo que han encontrado un ratón.

Juliette parpadeó.

—¿En el despacho?

—Por desgracia.

Esperaba que jadease y se uniera a los hombres en su exagerada reacción por el hecho de que un roedor les ganara la partida, pero se limitó a pedirme que le sujetase el portapapeles y echó a andar hacia la puerta. Apartó la silla y examinó el campo de batalla.

—Voy a necesitar un cepillo y unas manoplas —les dijo, como un cirujano que se estuviera preparando para operar, mientras cerraba la puerta—. Y algún recipiente.

Una hora más tarde, Juliette había capturado al ratón y lo había soltado en el exterior.

Cuando Oliver le preguntó cómo había conseguido ser tan valiente, ella se limitó a encogerse de hombros y le dijo que había vivido en Nueva York la mayor parte de su vida, y que allí las ratas eran como gatos de grandes.

—Y a algunas incluso les gusta la pizza —añadí.

—No pienso mudarme a Nueva York mientras viva —declaró Oliver.

—Solo necesitas a alguien que sepa controlarlas —dijo Juliette.

—Menos mal que conozco a una persona —replicó él con un guiño.

Juliette ocultó el rubor detrás del portapapeles y se despidió para bajar. Miré a Oliver con expresión elocuente, pero se limitó a encogerse de hombros.

—¡¿Qué?! Solo he dicho la verdad.

—Te gusta tontear —le dije.

Esbozó una sonrisilla torcida y se inclinó hacia mí.

—Y a ti te gusta —replicó con voz grave antes de echar a andar por el pasillo hacia su dormitorio.

Me me alegré de verlo alejarse, porque creo que me puse tan roja como la falda que Juliette llevaba ese día, así que salí corriendo de la casa y me metí en el jardín, donde seguramente tendría que enfrentarme a Maldición y no a cualquier emoción que desde luego no quería examinar.

No me imaginé que el verano en Lilymoor sería un momento de primeras experiencias, pero creo que esa fue la primera vez en la vida que me emocionaba no ya por un hombre, sino por dos.

La voz de Rus resonó en mi cabeza: «Me temo que eres justo su tipo».

Si eso era verdad, ¿cuál era el tipo de Rus?

¿Y qué me importaba a mí?

En algún lugar, allí donde fuera la gente que moría, estaba segura de que Harriett se estaba riendo de mí. Ojalá le gustaran las vistas.