esprit de lescalier
Mientras subía con la regadera al dormitorio de Eula, analicé los sentimientos que el jardín secreto me provocaba.
Después de llorar delante de Rus la otra tarde, me había escapado casi de inmediato sin trazar un plan siquiera, pero por suerte la puerta volvió a aparecer el día anterior y decidimos ponernos manos a la obra casi de inmediato.
Él llevaría a cabo las ideas dentro del jardín, y yo intentaría averiguar dónde lo había colocado Henry.
Encontré a Cyrus justo donde me lo dejé el día anterior: sentado en el banco de piedra con el diario de Henry, que justo acababa de terminar.
El tiempo funcionaba de un modo rarísimo en el jardín. Mientras que para mí había pasado un día entero (un día defendiéndome de Maldición con una manguera), para él solo había pasado una hora. Más o menos. Era como si el jardín en sí estuviera fuera de la línea temporal por completo.
Me miró por encima de sus gafas redondas, y me pareció tan guapo al verlo tan desaliñado que de inmediato me preocupó la posibilidad de tener demasiada tierra debajo de las uñas, algo que nunca me había importado antes.
Harrie era la que siempre se volvía loquita por los hombres con gafas.
Nunca lo había entendido. No hasta ese momento, cuando me dejó clavada en el sitio mientras me miraba por encima de la montura.
—No hay mucho por lo que guiarse —dijo a modo de saludo, y de inmediato decidí que seguramente ni se daría cuenta de la tierra que yo tenía debajo de las uñas y, la verdad, daba igual.
Me acerqué a él, de modo que mi sombra cayó sobre el diario y sobre él, y me incliné un poquito hacia delante para mirarlo, aunque estuviera del revés.
—Tenemos menos de un mes para averiguarlo.
—Menuda suerte la nuestra —replicó antes de humedecerse el pulgar para pasar de página—.
Creo que el jardín podría estar en algún punto del lado oriental.
Por lo menos, a juzgar por las dimensiones.
—Luego frunció el ceño antes de preguntar—: ¿Crees que podrías alquilar un dron y encontrarlo de esa manera?
—Ya he mirado en Google Maps. No ha habido suerte —contesté—. Por casualidad no te acordarás de si Henry dijo alguna vez dónde estaba, ¿verdad?
—Por desgracia, no.
—En fin, pues menuda mierda. —Suspiré—. Un mes entonces.
Parecía muchísimo tiempo para encontrar una puerta oculta en el jardín y muy poco a la vez.
—¿Estás a la altura del reto? —me preguntó. Me miró a los ojos. La luz del sol del atardecer hacía que los suyos parecieran más azules que nunca.
Asentí con la cabeza.
—Vamos a encontrarte.
—Si alguien puede hacerlo, estoy convencido de que eres tú.
—Lo dijo con tanta ternura que tuve que apartar la mirada mientras me ponía colorada.
Al hacerlo, me fijé en unos grupitos de margaritas de otoño blancas pegados al muro.
¡¿Estaban allí antes?!—. Y, mientras tanto, supongo que me pondré manos a la obra aquí dentro.
El diario es bien claro, así que empezaré con el cenador.
—¿Estás seguro de que a Tom Ford le va a gustar eso?
Puso los ojos en blanco.
—Me estoy poniendo de los nervios por estar aquí sentado sin hacer nada.
—Ya sois dos, Oliver y tú —mascullé—. Es un milagro que no estéis emparentados.
—Mejor que no lo estemos. ¿Te imaginas si alguien fuera lo peor de Eula y también de Henry?
—O lo mejor —repliqué.
—No creo que yo sea lo mejor de mi tío.
—Creo que eres demasiado duro contigo mismo —dije al darme cuenta de que la luz había cambiado sobre su cara. El sol estaba a punto de ponerse y quería marcharme antes de que el jardín volviera a hacer ese truco de magia desorientador y me echara—. Cuando vuelva mañana, ¿quieres que te traiga algo?
Él también se puso en pie y decidió acompañarme hasta la puerta.
—Unos guantes de jardinería, una pala y unas tijeras serían un buen comienzo.
—¿Algo de comer? ¿Refrescos? ¿Novedades de tu serie preferida?
Levantó una ceja.
—Creo que te olvidas de que solo llevo aquí unas horas.
—¡Ah! Cierto. Es que para mí sí han pasado semanas.
—¿Te parece raro?
Lo pensé un momento.
—Un poco, pero seguro que para ti es más raro todavía. Yo me voy y luego me aparezco al cabo de un rato, ¿no es así?
Se metió las manos en los bolsillos y se encogió de hombros.
—Básicamente. Creo que es un poco más largo, pero no lo parece.
—Qué raro.
—Un poco. ¿Echarías de menos los programas de televisión si estuvieras en mi lugar?
—Ya casi no veo la tele —contesté. Los únicos programas que sí veía eran reality shows, y solo mientras hablaba por teléfono con Harriett.
No había vuelto ni a mirar la tele desde que ella murió, así que no sabía si Lukas había acabado con Tania o con Yasmin en la nueva temporada de The Bachelor.
Harriett tampoco llegó a enterarse nunca.
Me gustaba no saberlo. Eso me unía a ella, todavía, aunque cuanto más tiempo pasaba, más se debilitaba esa conexión, menos cosas en común tenía con ella y vivía más cosas que ella nunca llegaría a vivir.
Era aleccionador.
—¿Adónde te vas cuando pones esa mirada? —me preguntó en voz baja.
Sobresaltada, salí de mis pensamientos.
—No sé a qué te refieres.
—A veces, pareces estar a miles de kilómetros de distancia.
—La ternura de su mirada hizo que me pusiera colorada al recordar que, para él, no había pasado ni una hora desde que me abrazó mientras lloraba.
Yo había puesto distancia con ese desastre, pero para él todavía estaba fresco, y eso me avergonzó todavía más.
—No me voy a ningún sitio —protesté, obcecada. No era la vergüenza lo que hacía que me palpitase el corazón, porque no palpitaba, no podía palpitar, era solo... solo...
«Indigestión», me dije.
—La verdad es que no he pensado mucho en la comida —dijo, frunciendo el ceño—.
Pero ahora que lo pienso... Eso parece raro, ¿no?
Debo de tener hambre. Puede que sí. —Soltó una carcajada—.
La verdad es que no lo sé. Tráeme lo que quieras, supongo.
—Y esbozó una especie de sonrisa burlona, y no precisamente de las buenas—.
Cuando salgas, deberías hablar con Oliver para conocerlo mejor.
Se me quedó la mente en blanco. Me quedé paralizada en el sitio.
—Mmm... Perdona. ¿Qué?
—Oliver conoce la propiedad mejor de lo que deja entrever, créeme. Te será de ayuda. Dudo que te diga que no si le pides algo.
Pues... no lo tenía yo muy claro.
—Además —siguió al tiempo que cruzaba de nuevo los brazos por delante del pecho y apartaba la mirada—, me temo que eres justo su tipo.
Allí de pie con el mono sucio, los hombros rojos por el sol y el sombrero de ala ancha echado hacia atrás y con un aspecto nada favorecedor, me quedé boquiabierta, sin habla. Seguro que estaba bromeando.
—Que yo... ¡¿qué?!
Me puso una mano en la base de la espalda y me guio hacia la puerta. Mientras lo hacía, se inclinó sobre mí desde atrás y me susurró al oído:
—Hasta mañana, Sophie. —Luego me acompañó hasta la puerta y, antes de que tuviera tiempo de darme media vuelta y exigirle una respuesta, la puerta se había cerrado, el sol se hundía tras el horizonte flanqueado por árboles y el jardín secreto había desaparecido.
¿Que yo era el tipo de Oliver? Seguro que se equivocaba. Yo era una mujer con las uñas siempre sucias, que olía a tierra recién removida y a sudor, a quien le importaban más las flores que a casi cualquier persona que pudiera nombrar...
Me miré las manos sucias, el mono manchado y las botas de trabajo.
Seguro que se equivocaba.
Aunque a la mañana siguiente me desperté con su voz todavía en el oído, murmurando con esa voz grave y deliciosa: «Hasta mañana, Sophie».
Se me aceleró el corazón. No era indigestión, eso estaba clarísimo.
Sin embargo, Rus era intocable, no solo porque estaba emparentado con mi jefa, sino también porque estaba atrapado en un jardín donde el tiempo transcurría de otra forma y acababa de lanzarme a brazos de Oliver.
Y la conmoción que eso me provocó me había acompañado toda la noche.
Decidí que Rus solo estaba siendo amable.
Pero si era así, ¿por qué me sentía tan... tan frustrada por su sugerencia?
Al llegar al dormitorio de Eula, me desentendí de esos tiernos pensamientos y llamé a la puerta abierta.
—Buenos días, he venido a regar las plantas. He decidido mezclar el agua con un poco de abono para asegurarme de que estén sanas y demás.
Eula estaba sentada en una silla de respaldo alto en el rincón más alejado de la estancia, leyendo un libro de Ann Nichols (el más reciente y que también sería el último, al parecer).
Puso el marcapáginas y me miró por encima de sus gafas redondas.
Me recordaban mucho a las gafas que Rus llevaba en el jardín, salvo que las suyas tenían un arañazo en la esquina superior del cristal izquierdo.
—¡Ah! —exclamó Eula—. ¡Mi salvadora! Muchas gracias, querida. Me he enterado de que la limpieza en el Bosquecillo de los Sauces va bien, ¿no?
—Encontramos una colonia de topillos, pero Wykofski ya los está trasladando —contesté después de decidir no explayarme con el «método» de Wykofski para hacerlo.
Cabía la posibilidad de que hubiera alquilado un disfraz de topillo y hubiera decidido darles una serenata con canciones de Billy Joel (que según decía, no era un hombre de carne y hueso, sino una familia de topillos que hacía funcionar una especie de muñeco mecánico).
Me me negué a hacer preguntas. Siempre y cuando consiguiera el objetivo, lo demás me daba igual.
—Maravilloso. ¿Y el prado en sí?
—Tan verde y sano que parece increíble, aunque vamos a tratarlo un poco para asegurarnos del todo —contesté mientras regaba el poto primero y luego la lengua de suegra.
—Bien, bien. Y... ¿cómo va el muro?