toska
La puerta, ya entornada, apareció a la vuelta de una esquina en la Rosaleda a la tarde siguiente.
Después de decirle a Wykofski que cortara el agua que iba al grifo del invernadero, el parterre ya había empezado a secarse.
Eso no salvaría las flores silvestres de esa sección, ni la rescataría para el bicentenario (Wykofski dijo que podía improvisar una escultura floral y plantarla en esa zona, aunque yo tenía mis dudas), pero podría sembrar nuevas flores para el otoño.
Aunque yo no estuviera para cuidarlas, podría dejar una nota para quienquiera que lo hiciese.
Me parecía una tontería llamar a la puerta, pero lo hice de todos modos mientras me apresuraba a entrar.
—¡Rus! Tenías razón. Creo que ya sé qué es este lugar —anuncié en voz alta, levantando el diario estropeado.
Al oír su nombre, él levantó la mirada de su teléfono y me miró. Estaba sentado de nuevo en el banco de piedra, el que estaba cerca del manzano silvestre.
—Sophie —dijo, parpadeando, como si acabara de regresar de un lugar lejano, perdido en sus pensamientos—. Hola.
Me senté a su lado y le ofrecí el diario. Lo aceptó, presa de la curiosidad, y pasó despacio las quebradizas páginas.
—Es uno de los diarios de tu tío. Lo encontré ayer. Tiene planes, planos, todo... Mira, mira —añadí, deteniéndome en una página en concreto—. Son planos para un jardín. Para este jardín, Rus. Estoy segura.
Se levantó y se acercó a su chaqueta, que seguía colgada de un nudo del manzano silvestre (¡aunque ¡estaba antes en flor!
No me acordaba, pero en ese momento estaba cuajado de capullos blancos y rosas) y sacó unas gafas del bolsillo del pecho.
Luego volvió para sentarse y se las puso.
Eran redondas y se las colocó en la punta de la nariz.
Eso, junto con el mechón rizado de pelo cobrizo que le caía sobre la frente, le daba un aire imperfecto de lo más tierno, un poco menos acartonado que antes, como si cada visita estuviera eliminando una a una las capas con las que se había envuelto.
—Bonitas gafas —comenté—. No sabía que las usabas.
—Solo son para leer —replicó antes de añadir con aire pensativo—: Creo que se las quité a Eula.
—La verdad es que me resultan conocidas —convine.
—Pero a mí me quedan mejor, ¿verdad?
—¡Por supuesto! —repliqué al tiempo que ponía los ojos en blanco, y él contuvo una sonrisa mientras miraba de nuevo el diario.
Examinó la página en cuestión un buen rato, deteniéndose en el nombre, «El Jardín de Algún Día», situado en la parte superior.
Recorrió con gesto tierno los bocetos a lápiz del perímetro.
Entusiasmada, lo miré y me quedé paralizada. Se le había suavizado la mirada.
Titubee.
—¿Pasa algo?
Él negó despacio con la cabeza.
—Me acuerdo de esto. Recuerdo a Henry escribiendo en este diario.
Lo recuerdo hablando de estos planes: de los parterres de flores, del columpio en el sauce llorón, del cenador de trompetas trepadoras...
Lo quería listo para el bicentenario. —Se quedó sin aliento y se sentó un poco más erguido—.
Dijo que quería hacer un jardín especial para Eula...
, un jardín de la hora dorada. Por eso siempre es el atardecer aquí.
—Y por eso solo puedo entrar por las tardes —añadí al darme cuenta de ese hecho.
El término «hora dorada» hizo que me acordase de un detalle...
, de un detalle que Harrie dijo en una ocasión, en todas sus historias idealizadas.
La «hora dorada» era otra manera de llamar a la «hora mágica», un momento en el folclore durante el cual lo inexplicable se amplificaba.
El límite entre el día y la noche. Como las antiguas leyendas de umbrales a otro lugar, de playas donde la tierra y el mar se encontraban, y de acantilados donde la tierra y el cielo se mezclaban.
Lilymoor tenía todo eso: playas y acantilados, mar, tierra y cielo.
—Creo... —Rus echó un vistazo por el jardín de nuevo, por las ideas inexploradas, como si su tío se hubiera marchado en mitad de una frase para nunca volver.
Cerró el diario con un leve suspiro— que Harrie siempre dijo que lo inexplicable en Lilymoor era más potente cuando las cosas se quedaban a medio hacer.
La esperanza y los sueños inalcanzados lo desatan. Ahí radica la magia de Lilymoor.
—¿Tú te estás escuchando?
Se masajeó el puente de la nariz.
—Sophie, estamos sentados en un jardín que me tiene atrapado al atardecer —señaló—. Pues claro que me estoy escuchando.
—Pero lo que dices es que... —Agité las manos mientras intentaba dar con la manera correcta de explicarlo—. ¡¿Que Lilymoor está vivo?!
Ladeó la cabeza hacia un lado primero y después hacia el otro.
—No, si... ¡No lo sé! En serio, sé que lo que estoy diciendo parece una locura. Pero Henry siempre juró que aquí había magia. No podía explicarlo. Solo decía que me daría cuenta cuando sucediera.
—¿Como las voces en el Laberinto? —pregunté con escepticismo—. ¿Te refieres a esa historia?
—Esa es una leyenda antigua, de antes de Eula y Henry. Supuestamente por eso compraron Lilymoor, por esa leyenda.
Debí de saltarme eso en el documental, ya que estaba demasiado absorta en los delfines. Harrie habría sabido más, era a ella a quien le gustaban las leyendas que rodeaban Lilymoor más que sus flores.
—Creo —siguió, pensando en voz alta—, que Lilymoor quiere que termine este jardín para el bicentenario. Por eso yo no puedo irme, pero tú sí. —Me miró con expresión pensativa y el ceño un poco fruncido—. Porque sabía que yo iba a necesitar ayuda.
Por desquiciada que pareciese la idea, también empezaba a calar en mí, pero todavía teníamos que enfrentarnos al gran dilema.
—Bueno... pero ¿dónde está el jardín exactamente?
—No lo sé —admitió Rus, que empezó a mover adelante y atrás la esquina superior de la página del diario con gesto nervioso—. Eso sí, ¿cómo íbamos a estar aquí si no estuviera en algún sitio?
En fin, ese era el meollo del asunto, ¿no?
—Muy bien —dije antes de tomar una honda bocanada de aire—, lo buscaré. Si está en algún punto de la propiedad, lo encontraré. Sin prisas.
—Ninguna —convino con deje sarcástico y cerró el diario—. Mientras tanto, supongo que tendré que... me mancharme yo las manos. —El retintín con el que lo dijo fue como si le hubiera pedido que asesinara a alguien.
—¡Ay, qué horror! —repliqué con sorna.
—Un espanto. Y ¡con estos zapatos!
Le miré los mocasines.
—Los he visto en Walmart.
Hizo una mueca como si hubiera insultado a su madre.
—Son de Tom Ford.
—Pues vas a tener que disculparte con él por ensuciarlos —repliqué antes de levantarle el cuello de la camisa—. ¿Tu camisa también tiene nombre propio?
—Ralph Lauren...
Se me escapó una carcajada.
—Esto es demasiado fácil.
—Pero estoy estupendo —dijo y, luego, se le ocurrió algo. Levantó el diario—. ¿Dónde lo has encontrado?
—Oliver me llevó al invernadero —contesté— y lo encontré en los restos del edificio, debajo del banco de trabajo.
—¡Ah! —exclamó con voz tensa.
—Me... contó lo que pasó. Lo del incendio. Dijo que tú asumiste toda la culpa —seguí— y que luego te marchaste.
Su expresión se tornó inescrutable mientras se quitaba las gafas y se las guardaba en el bolsillo de la camisa. Sobre nosotros, dio la impresión de que los capullos del manzano silvestre empezaban a marchitarse.
—Eso hice. Y él también.
—Creo que te echa de menos —dije al recordar la expresión distante que Oliver ponía a veces cuando hablaba de Rus—. Y no creo que se dé cuenta siquiera.
Chasqueó la lengua.
—Lo dudo. Hace años que no hablamos.
—Bueno, si hubieras hablado con él, sabrías que también se culpa por el incendio. Se odia tanto a sí mismo que no ha podido pasar página. Está atrapado aquí, como tú.
Resopló.
—Supongo que en un jardín también, ¿no?
—No, pero se puede estar atrapado de diferentes maneras.
—¡Como tú estás atrapada ayudándome!
—Qué suerte la mía. Me toca quedarme atrapada con el sobrino que es demasiado grosero, demasiado alto y demasiado... demasiado... pelirrojo.
Levantó las cejas.
—¿Demasiado pelirrojo? —repetió, incrédulo.
No le hice caso.
—No me malinterpretes —seguí—, no lo hago de forma desinteresada.
También lo hago por Harrie. Hicimos una promesa que no pudimos cumplir.
Así que quiero cumplir mi promesa contigo, y si consigo sacarte de este sitio, quizá eso signifique que, al fin y al cabo, puedo salvar algo...
algo más que flores —Me removí en el banco por la incomodidad—.
Y quizá, si te encuentro, pues... a lo mejor dejo de estar atrapada.
Su expresión se suavizó, y el veneno que había en su voz un momento antes desapareció.
—¿Quién es Harrie?
Abrí la boca para contestar, pero las palabras se me atascaron en la garganta.
Había hablado de ella sin pretenderlo siquiera.
No recordaba la última vez que había pronunciado su nombre en voz alta delante de un desconocido; la había mantenido encerrada en mi interior durante tanto tiempo que me parecía que era un secreto.
¿Quién era Harrie?
Era patatas fritas con vinagre y algodón de azúcar pegado al paladar. Era limonada ácida, risas contagiosas y novelas románticas con el lomo roto allí donde estaban las escenas de sexo. Era buena, ruidosa y exuberante, de modo que cuando se fue, se llevó también todo el aire de la habitación.
—Es... Era...
«Era», pensé.
Era, ya no estaba.
El dolor brotó tan deprisa y con tanta fuerza que fui incapaz de me controlarlo como hacía normalmente. Unas lágrimas ardientes me quemaron los rabillos de los ojos. ¡Ay, no! Se suponía que aquello no iba a ser así. Me limpié los ojos con las manos, pero dio igual.
Él ya lo había visto.
Qué vergüenza más grande.
Pensé en salir corriendo del jardín para que no pudiera verme la cara bañada en lágrimas, pero, de repente, levantó los brazos y me dio un abrazo.
Era fuerte y envolvente. Seguro. No recordaba la última vez que me habían abrazado, ni la última vez que alguien me había dejado llorar en su hombro.
Le pegué la cara al torso, odiándome por echarme a llorar a lágrima viva.
Harrie siempre me decía que mi cuerpo estaba tan tenso que, cuando por fin estallaba, era como una presa que reventaba.
Y él se limitó a sujetarme para que no me descompusiera,
rodeándome con los brazos, dejando que echara todo lo que tenía en el corazón con sollozos grandes y entrecortados.
No me dijo que me acompañaba en el sentimiento ni que sentía que estuviera llorando, y fue un alivio que tampoco me dijera que no pasaba nada.
Me dejó llorar sin más, hasta que ya no me quedó nada dentro, abrazándome de un modo que, por raro que pareciera, me hacía sentir tan a salvo y cálida que no estaba segura de querer marcharme.
Al cabo de un rato, me secó las lágrimas de las mejillas con los pulgares y me tomó la cara entre las manos.
—Mis calcetines —susurró, como si fuera un secreto—, son de Dollar Tree.