dapjeongneo
Después de salir del jardín esa tarde, me encontré a Juliette sentada en el porche delantero de mi casita.
Se puso de pie de un salto cuando entré por la verja, y me sentí bastante expuesta.
¿Se había fijado en que tenía los labios rojos o en que llevaba el pelo más revuelto de la cuenta?
Si lo hizo, no dijo nada... Aunque quizá estaba demasiado absorta en sus problemas como para darse cuenta en ese momento.
—¿Va todo bien? —le pregunté mientras me acercaba al porche.
—Sí —contestó con voz tensa—. Es que... necesitaba esconderme para terminar de hacer la lista definitiva de invitados en un lugar donde Oliver no estuviera.
—¡Ah! ¿Sigue pegado a ti?
—Agradezco su ayuda —dijo con un suspiro—, pero tiene que volver a su propio trabajo, en serio. Me molesta tener una sombra.
—¿Se lo has dicho?
Hizo un mohín con la nariz.
—No.
—¡Ah! —Entré en la casita, y ella me siguió. Mientras iba a buscarle un refresco al frigorífico, la oí jadear y me di media vuelta justo cuando cogía la Bola 8 Mágica que había en la mesa de la cocina. Me quedé paralizada.
—¡Yo tenía una de estas cuando era pequeña! —exclamó con voz alegre—. ¡Llevo siglos sin jugar con una, ¡años y años! ¿Sigues usándola?
—A veces —contesté, titubeante.
Frunció el ceño mientras sopesaba su peso con una mano.
—Pesa más de lo que recuerdo.
—Es... Mmm, es especial —dije mientras volvía con dos refrescos. Tomé una honda bocanada de aire, armándome de valor—. Intenta no asustarte, pero las cenizas de mi mejor amiga están dentro.
Harriett no me dijo en persona lo que había decidido hacer con sus restos, y supuse que no había decidido nada, pero unos meses después de su muerte, un repartidor de UPS me dejó un paquete en casa. Dentro había una Bola 8 Mágica, y mi compañero de piso estaba en la cocina cuando la saqué.
«¿Para qué es eso?», me preguntó mi compañero cuando abrí la caja y saqué el juguete. Lo acompañaba la última nota que Harrie me había escrito.
En ella se leía:
Estoy aquí siempre que me necesites.
Desde entonces, le había hecho preguntas a la Bola 8 Mágica que solo le haría a Harrie, y me gustaba creer que, en algún lugar en su interior, sus cenizas sacaban las respuestas correctas, pero sabía que era una tontería.
Era justo la clase de tontería en la que creía Harrie, algo mágico y un poco excéntrico.
Cosas como tocar el techo del coche al pasar por un semáforo en ámbar, como no pisar nunca las grietas de la acera o como pedir un deseo cuando se le caía una pestaña...
Cosas que no eran reales, pero en las que ella quería creer de todas formas.
Y, a través de ella, supongo que yo también creía.
—Cuando me siento perdida, le pregunto qué hacer. Me gusta pensar que el dado es ella comunicándose conmigo desde dondequiera que esté ahora —admití.
No sabía por qué le estaba contando tanto a Juliette.
Tampoco importaba. Ella no conocía a Harriett, nunca la conocería; pero, de todas formas, me parecía importante.
Como si quizá me hubiera equivocado al guardarme los recuerdos para mí sola, tapiados en un jardín como hacía Eula.
En cambio, si se lo contaba a otra persona, a quien fuera, a lo mejor al día siguiente quedaba un poco más de Harrie.
Y luego más, y más...
Como una enredadera que iba cubriendo poco a poco un muro.
Juliette puso los ojos como platos y luego volvió a mirar pensativa la Bola 8 Mágica que tenía en las manos. Casi esperaba que la soltara enseguida (la gente a veces se comportaba de forma extraña con las cenizas), pero se limitó a acercársela a la boca.
—¿Crees que Sophie debería venir conmigo al karaoke esta noche? —susurró.
Y la agitó.
El dado dio vueltas y vueltas. A Juliette se le iluminó la cara cuando se detuvo en: «SÍ, SIN DUDA».
—Hasta tu mejor amiga está de acuerdo —anunció, soltando por fin la bola en la mesa—, así que no te queda más remedio que hacerlo. Además, ¡después del día que he tenido! Necesito una copa. Y tú también.
—Pero...
—¡Nada de peros! Tu mejor amiga lo ha dicho —añadió, señalando con un dedo la Bola 8 Mágica.
En fin, no se podía discutir eso.