mokita
Me saqué la invitación rota del bolsillo, copié la dirección de Cyrus Beck en un sobre nuevo y luego tiré las pruebas a la basura.
Tenía que darme prisa, ya que estaba en la cocina de la mansión.
Todos los huesos del cuerpo me decían que no debía entrometerme, que no me correspondía a mí y que me estaba involucrando demasiado en el tema, pero la noche anterior me pasé horas despierta preguntándome de qué otra forma conseguir que Cyrus se mantuviera alejado de Lilymoor.
Esa era mi mejor opción. Eula había dicho que se estaba pensando asistir, no que hubiera confirmado ya su asistencia, así que todavía tenía una oportunidad.
En ese momento, con la mirada fija en un bloc de notas que había tomado prestado del cajón de los trastos y un bolígrafo en la mano, había olvidado casi todo lo que había planeado decir.
Cyrus:
Por favor, no vengas al bicentenario. Es por tu propio bien.
No, tenía la sensación de que se tomaría «es por tu propio bien» como un reto y aparecería de todas formas. Parecía que le gustaba llevar la contraria.
Cyrus:
Sé que no me conoces, pero te conviene más irte de vacaciones en vez de asistir al bicentenario. Tu tía te quiere mucho y está convencidísima de que, en cambio, deberías ir a Cancún.
—¿Querrá irse a Cancún? —murmuré, porque no me imaginaba a Rus en ese tipo de ambiente festivo. La verdad, ni siquiera alcanzaba a imaginármelo en una fiesta de cumpleaños infantil. En cambio, sería el hombre contratado para entregarle al marido los papeles del divorcio.
Cyrus:
Sé que leerás esto y no me creerás, pero si asistes al bicentenario, te quedarás atrapado en un jardín mágico donde la nueva encargada de los jardines de tu tía te atormentará durante el resto de tus días. Te aconsejo que no lo hagas. (Yo soy la encargada de los jardines).
Amenazante, pero seguramente no como yo quería. Me froté la cabeza y taché también esas líneas antes de hacer una bola con el papel y tirarla a la basura. Golpeó el borde y rebotó hacia el suelo.
¿Qué podía decir para asegurarme de que no fuera?
¿Qué sabía yo de Rus a esas alturas que pudiera ayudarme?
Sabía que era un entrometido adicto al trabajo que se preocupaba más por su carrera profesional que por sí mismo; que tenía unas manos grandes y cálidas, y un sentido del humor un tanto agridulce; y que era imposible llevarse bien con él, además de ser temperamental y horrible. Espantosísimo de verdad.
A lo mejor le estaba dando demasiadas vueltas al asunto.
Seguramente era tan sencillo como…
Cyrus:
Si vienes a la fiesta, perderás el tiempo.
Eso.
Perfecto.
Y, aunque no lo fuera, no se me ocurría nada mejor. Así que, antes de que pudiera darle más vueltas, doblé la hoja, la metí en un sobre y lo cerré lamiendo la solapa.
—Ojalá funcione —murmuré mientras ponía un sello en una esquina e iba a toda prisa al vestíbulo para dejarla en la cesta del correo.
Era casi la hora de comer y el cartero pasaría pronto, así que la dejé con el resto de las cartas para enviar.
Eula le había suplicado a Wykofski que la llevara al pueblo ese día, de modo que la casa estaba en silencio.
El coche de Oliver no estaba, como era habitual a esa hora, así que supuse que Juliette también se había ido a comer.
En ese momento, la vi de pie, sola, en medio del Jardín Central, con la mirada perdida.
—¡Juliette! —la llamé, bajando los escalones de la terraza para ir a su encuentro.
Volvió en sí con rapidez, y fue como si se pusiera un abrigo. Antes tenía los hombros encorvados y la cara inexpresiva, y en un abrir y cerrar de ojos, la vi sonriente y erguida.
—¡Sonrisas! Hola. Creía que te habías ido para comer.
—Tenía que dejar una carta para que la lleven al correo —le expliqué—. ¿Estás bien?
—¿Qué? Claro. ¿Por qué no iba a estar…? —El sonido de su teléfono la interrumpió. Su sonrisa se tornó tensa. Se disculpó para contestar y, cuando volvió, no pudo disimular la expresión abrumada de su cara.
Así que hice algo que rompía todas las reglas que me había impuesto: la invité a comer.
Como llevaba una semana sin ir al supermercado y todavía no sabía a qué hora abría, solo tenía pan para dos sándwiches, y las verduras y el pavo justos. Juliette era vegetariana, así que se quedó con los pimientos y las zanahorias, y yo me las apañé con una loncha de queso y el pavo.
Bueno, Reggie y yo nos apañamos. Daba la impresión de que siempre aparecía a husmear a la hora de comer.
—Debería haberme dado cuenta de que las cosas iban demasiado bien —se lamentó Juliette mientras le daba un mordisco a su sándwich.
Estábamos sentadas en el columpio frente a mi casita, donde un rosal se había enroscado alrededor del armazón—.
A ver, que antes trabajaba para una editorial, ¿sabes?
Tenía un jefe que siempre me decía: «Juliette, si me lloras en el baño, por lo menos asegúrate de que la puerta está cerrada» y «Si las cosas van demasiado bien, prepárate para el golpe» —Miró su sándwich, desanimada.
Le di otro trocito de pavo a Reggie.
—¿Qué ha pasado?
—Que he dejado la puerta abierta demasiadas veces —contestó, y luego se dio cuenta de a qué me refería—: ¡Ah! El cuarteto de cuerda no puede actuar. Al parecer, el chelista salió a correr por la noche en el bosque, se cayó y se hizo un corte en el pie y en la mano que sujeta el arco.
—¿Se puede saber qué hacía corriendo de noche en el bosque?
—Me dijo que le apetecía.
Abrí la boca. La volví a cerrar. Y luego me encogí de hombros.
—Bueno, es válido. Así que ¿no hay cuarteto de cuerda?
—No, y ni siquiera tenían, no sé, ¡un chelista sustituto! —Se comió un trozo de pimiento con rabia—. Y todos los demás a los que he llamado me han dicho que no hay suficiente antelación o que están, no sé, ocupados hasta Navidad. Menudo chasco.
Detestaría ser alguien que decepcionara a Juliette.
—¿Hay alguien en la zona a quien podamos llamar?
—La verdad, no conozco muy bien a la gente de la zona.
Solo llevo aquí un año más o menos —Le dio un trocito de zanahoria a Reggie, que el perro se comió con tantas ganas como el pavo que yo seguía sacrificando—.
En fin, que gracias por escucharme. Ya se me ocurrirá algo.
No sé, siempre lo hago. Pero tú estás bien, ¿verdad?
A ver, con eso de haber añadido el Bosquecillo de los Sauces y todo… seguro que estás estresadísima, no sé.
El Bosquecillo de los Sauces era algo fácil de llevar. Era el descubrimiento de un jardín secreto que no dejaba de desaparecer con un hombre dentro que no podía escapar lo que me tenía preocupada. Me encogí de hombros.
—Solo han sido un par de semanas raras.
—Sí que lo han sido —admitió ella—. Y lo de Oliver no ayuda.
Pensé en sus abdominales y en el buen culo que le hacían los pantalones de chándal.
—No… No, desde luego que no ayuda.
Se inclinó hacia mí con los ojos brillantes.
—Pero, no sé, es un bombón, ¿a que sí?
Recordé el momento en su coche, con él inclinado hacia mí, el sol reflejado en el parabrisas que convertía su pelo rubio en oro y sus ojos del color del caramelo mientras clavaba la mirada en mi boca a modo de pregunta sin respuesta.
—Es muy guapo.
—Que se quede aquí me tiene de piedra. Según lo que he oído, nunca lo ha hecho antes. Por lo menos, no más de unos cuantos días seguidos. Que sepas que dirige el estudio de arquitectura de la familia, así que, no sé, está ocupadísimo.
«¿Oliver?», me pregunté. ¿El hombre que parecía dispuesto a ausentarse del trabajo todo lo posible dirigía un estudio de arquitectura?
—Solo me ha dicho que ayudaba a restaurar casas antiguas.
Juliette puso los ojos en blanco.
—¡¿Que ayudaba?! Es el puto jefe. Eula y su difunta hermana fundaron la empresa.
Es, no sé, superfamosa en su campo, según parece.
—Ladeó la cabeza con expresión pensativa—.
No he oído mucho sobre su otro sobrino, eso sí.
Creo que es un abogado o lo que sea, ¿no?
¿Crees que también va a aparecer? —preguntó en un tono más apropiado para «¿Crees que pasará algo relevante? ».
Le di a Reggie el resto del sándwich y se lo zampó encantado de la vida.
—No, no lo creo.
Por lo menos, eso esperaba.
—Yo tampoco lo creo —convino Juliette—. Es muy triste, ¿sabes? Lo del invernadero. Ya era triste con el señor Beck, pero…
Había oído algunos rumores sobre el invernadero de Lilymoor en hilos de Reddit y por los comentarios que se hacían en el Jardín Botánico de Nueva York, pero nada concreto.
Sabía que Henry Beck guardaba allí todos sus brotes y sus semillas, y la mayoría de sus planes utópicos para Lilymoor en el cobertizo contiguo.
Hasta que, trágicamente, falleció de un derrame cerebral mientras estaba en el Jardín Central un día de otoño, y al verano siguiente el invernadero se incendió.
Me habría gustado saber más, pero no parecía un tema que a la gente le gustara sacar… jamás.
Había una palabra para eso. La conocía de sobra, ya que llevaba tantos meses desde la muerte de Harriett bailando alrededor del tema que, a esas alturas, me parecía algo natural.
Mokita.
Darle la espalda a la verdad, sin importar lo dolorosa que fuera.
—Me siento mal por esta familia —admitió en voz baja mientras rascaba a Reggie detrás de las orejas antes de que empezara a gimotear de nuevo—.
Pero también la entiendo. Entiendo por qué Eula se quedó y por qué sus sobrinos se fueron.
—Lo dijo con la certeza de alguien que tenía experiencia personal con ese tipo de asuntos.
En ese momento, se me ocurrió: ¿qué hacía en Lilymoor alguien tan competente y con tanto talento en su profesión como Juliette? Claro que ¿qué hacía allí Wykofski?
¿Qué hacía yo allí?
Sentí una opresión en el pecho, que me froté sin darme cuenta.
—Ajá… —No era un camino que quisiera recorrer—. En fin, ojalá que todo salga bien, pero hablando de salir bien, no me has contado nada del hombre con el que quedaste la semana pasada.
Al oír el tema, Juliette se animó y me aferró la muñeca. Le brillaban los ojos.
—¡Ay, Sophie, fue maravilloso! —soltó, emocionada—. Se llama Myke…, escrito con i griega.
—Ah, la forma normal de escribirlo.
Puso los ojos en blanco.
—Es agradable. ¡Es el dueño de una clínica dental! Y me preguntó por mi trabajo. ¿Sabes lo raro que es eso?
—Pues la verdad es que no —admití—. Llevo sin salir con alguien…
—Conté con los dedos, aunque la verdad era que no lo necesitaba.
Sabía cuánto tiempo había pasado, porque el día que Sánchez me llamó por Harrie fue el mismo día que se suponía que yo iba a salir con un chico llamado Elliot.
No llegué a verlo siquiera, porque reservé un vuelo de madrugada a California aquella misma noche—. ¿Casi dos años?
—¡Ah! Tienes más fuerza de voluntad que yo —dijo, asintiendo con gesto serio—. ¡Y luego te plantas aquí para que siga la racha! Estoy impresionada.
Se me escapó una carcajada al oírla.
—Ayuda lo de estar todo el tiempo trabajando.
—A lo mejor tienes razón —admitió—. No sé, que no me importa conocer a gente por internet, ¿sabes?
Pero ¿qué ha pasado con la forma tradicional de encontrar pareja?
¿De encontrar a alguien en una librería que se parece a Billy Crystal o a Tom Hanks?
—Con un suspiro anhelante, miró a Reggie, que le estaba babeando el bajo de la falda de tubo, y añadió—: Eres el único chico bueno de todo el pueblo.
—Myke con i griega podría disputarle el puesto —le recordé.
Se echó a reír.
—¡Podría, la que sí! Me gusta la idea. Ojalá me invite a salir de nuevo.
—¿Todavía no lo ha hecho?
Apretó los labios con fuerza.
—A ver, que está ocupado.
—Sí, buscando caries —repliqué con sequedad.
—Yo también estoy ocupada.
En otro tiempo, Harrie habría puesto los ojos en blanco y habría dicho: «Deja de poner excusas para los demás. Se las pueden inventar ellos solitos».
Sin embargo, no conocía a Juliette lo suficiente como para decir eso y, además, sí que tenía razón en algo.
Estaba muy ocupada con el bicentenario y el aluvión de peticiones de entrevistas sobre la jubilación de Eula.
No dejaba de mover las rodillas arriba y abajo con nerviosismo, como si no fuera capaz de sentarse quiera.
Muchas cosas por hacer, muy poco tiempo.
—Pero si no me manda un mensaje cuando llegue el fin de semana, creo que le diré que… ¡Ah, vaya! —dijo mientras su móvil empezaba a vibrar en su regazo. Miró la notificación y se quedó blanca—. Ay, no.
—¿Qué pasa?
—Lo siento, chico —le dijo a Reggie al tiempo que lo apartaba y se limpiaba la baba para ponerse en pie—. Tengo que irme. Better Homes and Gardens quiere organizar una entrevista sobre el bicentenario.
—Mantenme informada sobre lo de Myke con i griega. A lo mejor cumple.
Soltó una carcajada que sonó como una campanilla.
—Deberías intentar salir con alguien, aunque no funcione. Por lo menos, tendrás una buena anécdota. Mi única regla es que nada de músicos, y te prometo que no quieres saber el motivo.
—Me lo pensaré —repliqué, y ella hizo un gesto para indicarme que me estaba vigilando mientras limpiaba lo que había ensuciado.
—Pues mientras te lo piensas, si te acuerdas de que tienes un contacto en una orquesta, dímelo.
—No lo creo, pero preguntaré.
—¡Trabajar en equipo es lo mejor! —exclamó antes de alejarse a toda prisa hacia la casa para me programar la entrevista.
Me recordaba a un colibrí: aleteando deprisa, tan tierna y fugaz.
Myke con i griega no sabía lo que tenía.
La mayoría de la gente no lo sabía, eso era lo que había descubierto, hasta que lo perdía.
Te acostumbrabas tanto a tener algo (a que ese algo estuviera allí) que, cuando ya no estaba, te decías de todo mientras te preguntabas por qué no habías pasado más tiempo hablando con esa persona, compartiendo historias y grabándotelas en la memoria.
Analizar las cosas en retrospectiva siempre resultaba una experiencia amarga cuando por fin te ponías a hacerlo.