El jardín de algún día pochemuchka
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Habían pasado unos días desde que le mandé la carta a Cyrus, y no había vuelto a ver la puerta desde entonces.

Lo que significaba que, tal vez, había funcionado.

Claro que casi todas las tardes habían estado nubladas.

No tenía claro cómo funcionaba esa magia del jardín, pero estaba casi segura de que solo encontraba la puerta en días soleados.

Esa tarde, al menos, hacía mucho sol, y seguía sin haber rastro de ella.

Así que quizá la carta había surtido efecto y él había decidido no asistir a la fiesta.

Eso también significaba que nunca volvería a verlo.

(¿O que nunca lo conocería en realidad? Demasiado confuso).

No había motivo para que visitara Lilymoor si no era por el bicentenario, y yo me marchaba al día siguiente.

Como barcos que se cruzaban en la noche, destinados a no encontrarse nunca.

Triste, pero una cosa menos de la que preocuparme, decidí.

Sentada en el Laberinto, clavé la pala en el suelo a mi lado y me tomé un descanso.

El cielo pasó poco a poco de un celeste a un rosa suave y luego a naranja, y la brisa que bajaba de los acantilados llegaba cargada de salitre.

Me froté la cadera izquierda, porque todavía me dolía un poco de cuando me caí del muro.

El corte de la mejilla se estaba curando bien, aunque seguramente no tuviera nada que ver con Oliver, pero estaba convencida de que él se atribuiría el mérito de todos modos.

Me pregunté si, de no haberse quedado atrapado Cyrus en el jardín, Oliver y él habrían hablado en la fiesta. Si habrían aclarado las cosas.

—Ahora ya da igual —murmuré por lo bajo y, justo cuando estaba decidiendo dar por terminada la jornada, se oyó un ruido. ¿El crujido de una puerta?

Eché un vistazo a mi alrededor, pero no vi nada.

El viento agitó los setos y allí estaba de nuevo. Suave, pero real. Me puse de pie de un salto, dejando la pala y el sombrero de ala ancha junto al banco, y me apresuré a seguir el sonido más allá del Laberinto, hacia el Jardín Central.

Allí, pegada a un viejo muro de piedra, estaba la puerta azul. Así que la carta no había funcionado.

Entré en el jardín, que no había cambiado y seguía tan inmutable como siempre.

—Mierda

—susurré y me dejé caer en el banco de piedra junto a la puerta, apoyando la espalda en el muro cubierto de enredaderas. Solté un hondo suspiro.

Cyrus estaba tumbado sobre unos tréboles junto al sauce, con los brazos cruzados detrás de la cabeza y los ojos cerrados.

Cuando me levanté y me acerqué a él, entreabrió un ojo y esperó a que yo dijera algo.

Pero no tenía nada que decir. Me sentí tonta por haber estado tan convencida de que la carta iba a funcionar, de que iba a ser tan fácil.

La puerta seguía allí, y él también.

Se quedó en silencio durante un buen rato.

—No es culpa tuya que esté atrapado aquí, Sophie —dijo al final.

—No —reconocí mientras me sentaba a su lado—, pero no entiendo por qué no ha funcionado.

Titubeó.

—Es que... no ha funcionado, ya está. —Capté un deje frustrado en su voz, así que lo miré, esperando a que continuara. Al principio, no lo hizo y luego, con un bufido, se incorporó—. La verdad es que me enfureció, ¿sabes?

Eso sí que fue una sorpresa.

—¿Qué parte te enfureció?

Me lanzó una mirada elocuente.

Levanté las manos.

—¡No lo sé, Rus!

Así que apoyó una mano en los tréboles mientras se inclinaba hacia mí, con los ojos entrecerrados.

—Sophie —dijo en voz baja—, me dijiste que sería una pérdida de tiempo. ¿Qué creías que iba a pasar?

—Que estarías de acuerdo, Rus.

En silencio, se masajeó el puente de la nariz.

Me ardían las mejillas de vergüenza. Oh.

—¿Y cómo se suponía que iba a saber que te lo tomarías como un reto? —protesté, alterada, mientras me decía que quizá debería haber optado por la carta que hablaba de Cancún—. Es muy injusto. ¿Por qué no me dijiste que no funcionaría cuando te conté mi plan?

A lo que él respondió: —Te dije que no lo veía claro.

Sin embargo, ya me había dado cuenta...

—¡Lo sabías! —exclamé con tono acusador, señalándolo con un dedo—. ¡Sabías que escribiría algo que te iba a cabrear! ¡Y me dejaste hacerlo de todas formas!

Puso los ojos en blanco y miró al cielo.

—La esperanza es lo último que se pierde...

—¡Pues deberías haberme dicho que no iba a funcionar!

¡Quizá si no la hubiera mandado, no habrías venido!

A ver, que Eula dijo que estabas pensando asistir, no que fueras a hacerlo.

¿Y si el hecho de haberte mandado esa carta es la razón por la que has venido?

—pregunté en voz alta con creciente horror—. ¡Ay, por Dios! Es culpa mía.

—No me habría cabreado de haber creído que el mensaje venía de una persona conocida —explicó, y el pánico se me enroscó en el estómago.

—¿Es que... —dije con un hilo de voz—, firmé la carta como Sophie?

—Pues sí —confirmó él con un murmullo casi inaudible.

Tenía las mejillas ardiendo a esas alturas. Me cubrí la cara con las manos.

—Dios mío.

—Mmm... —convino él, que se inclinó todavía más hacia mí, de modo que nuestros ojos quedaron a la misma altura.

Sentí un cosquilleo en el estómago, como mariposas revoloteando por lo cerca que estaba, por lo alborotado que se le había puesto el pelo desde el último encuentro, por lo muchísimo que me moría por seguir con un rotulador la constelación de sus pecas...

Y todo eso eran pensamientos peligrosos que tener con un hombre que estaba atrapado en un jardín—.

Así que —siguió—, ¿Qué se suponía que debía hacer?

Creí que iba a besarme cuando bajó esos ojos del azul de una tormenta a mi boca.

Creí que quería hacerlo por un instante.

Creí que yo también quería que lo hiciera.

Sin embargo, acabó apartándose mientras se humedecía los labios con la lengua y luego se puso en pie.

¿Los tréboles estaban más verdes de repente?

Parpadeé y me froté los ojos. Seguro que era una ilusión óptica.

Me llevé las manos a las mejillas, que tenía ardiendo, con la esperanza de que se enfriaran.

—Pues de vuelta a la casilla de salida —dijo, pasándose los dedos por el pelo cobrizo, antes de empezar a pasearse de un lado para otro.

—No sé qué más hacer —admití—, salvo esposarte a un radiador en la casa o algo así durante la fiesta.

—No me amenaces con pasármelo bien —replicó, rechazando el comentario, antes de añadir con un deje práctico—: Gritaría lo bastante fuerte como para que alguien me oyera.

—Sí que tienes un grito muy gracioso.

Me miró otra vez con expresión de reproche.

Me encogí de hombros.

—A ver, es verdad. Además, seguro que el jardín nos fastidiaría el plan.

Él meneó la cabeza mientras se daba media vuelta para acercarse a mí.

—No, no lo creo. Lilymoor no es tan beligerante.

Por lo menos, no a propósito. —Lo dijo con sinceridad, como alguien que conocía bien el jardín.

Cierto que Eula había dicho que la persona que mejor conocía Lilymoor, además de Henry, era Rus—.

Este jardín se usaba para algo. Estoy seguro.

Uno de los proyectos inacabados de Henry.

—¿Cómo lo sabes?

Abarcó el jardín con un gesto de la mano.

—Tiene su huella. Su forma de distribuir los jardines, el momento en el que brotan las plantas, las semillas que iba a plantar en la cesta... Incluso el sauce. —Frunció el ceño—. Creo que hablaba de este jardín. Cuanto más tiempo paso aquí, más cosas recuerdo.

—Estabas muy unido a Henry, ¿verdad?

Dejó de pasearse de un lado para otro y se quedó clavado en el sitio, indeciso, antes de contestar:

—Sí. Venía todos los veranos cuando era pequeño. Este sitio antes era mi hogar. Luego dejó de serlo.

Me puse en pie.

—Quizá eso tenga algo que ver con... Oh. —Contuve el aliento porque se me nubló la vista. El jardín se volvió borroso, como una de esas fotos en tres tonos. Perdí el equilibrio, pero él se apresuró a sujetarme. Me pegó a él. El jardín daba vueltas, pero por lo menos él era firme.

—¿Estás bien? —me preguntó, preocupado.

Parpadeé mientras me tambaleaba contra él, mientras intentaba aclararme la vista, pero no me fallaban los ojos. Era el jardín: estirándose y tirando, haciendo que viera doble a Cyrus.

—Creo... que se está poniendo el sol —dije, porque era lo mismo que había pasado en lo alto del muro del jardín antes de caerme—. Creo que el jardín me está diciendo que me vaya.

—Pues deberías hacerlo —replicó él, y oí su voz con eco, primero por un oído y luego por el otro.

Asentí con la cabeza mientras daba un paso hacia la puerta al otro lado del jardín, pero él me levantó en brazos y me llevó el resto del camino.

Me dejó en el suelo junto a la puerta y dijo—: Creo que esto tiene algo que ver con Henry. Pero no sé de qué se trata.

—Lo investigaré —le prometí antes de salir por la puerta. Acto seguido, me tambaleé y caí al suelo en el Jardín Central, raspándome las rodillas en la dura gravilla del suelo, y vi que las alargadas sombras del atardecer se extendían sobre el gran roble que tenía por encima.