El jardín de algún día mångata #2
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mångata #2

Me miró pensativo mientras yo toqueteaba la pantalla del móvil.

—¿Tampoco tienes cobertura?

—Ni una barrita —contesté—. Y la hora tampoco va bien. Dice que todavía son las ocho, pero sé que es más tarde.

Se frotó la nuca.

—¿Ah, sí? Es que… no lo recuerdo. —Miró al cielo, donde la luz anaranjada del atardecer se iba extendiendo—. Acabo de darme cuenta de que el atardecer está durando horas. ¿Qué hora es cuando encuentras la puerta?

—Bien avanzada la tarde —contesté.

—¿Más o menos a la misma hora?

Hice memoria.

—Eso creo. Justo antes del atardecer. La puerta desaparece cuando se hace de noche y no puedo encontrarla los días que está nublado —contesté, dándome cuenta de ese detalle mientras pronunciaba las palabras.

Asintió despacio con la cabeza.

—Muy bien —dijo de la misma manera al tiempo que bajaba la mirada al reloj, que marcaba las ocho.

El minutero casi ni se movía. Despacio, como si el tiempo estuviera tirando de las manecillas, estirando un atardecer hasta hacerlo eterno.

Pasó el pulgar por la manchada esfera del reloj y suspiró—.

Digamos que te creo —añadió, apartando la mirada del reloj—.

Que estoy atrapado… ¿dónde? ¿En una sola tarde en tu futuro?

¿Y que sigues visitándome desde mi pasado? ¿Qué pasa luego?

—Pues… no he llegado tan lejos —reconocí.

—Claro —masculló, como si esperase otra cosa—. Así que incluso con esa revelación, sigo atrapado aquí.

Me retorcí los dedos, intentando pensar.

Si Harrie estuviera con nosotros, se le ocurriría una forma de salir.

Era la mejor en esas situaciones. Era capaz de arreglar cualquier historia, de resolver cualquier misterio.

Las salas de escape eran demasiado fáciles para ella, y las cajas de puzles eran como jueguecillos mentales matutinos.

Si ella estuviera en Lilymoor, Rus no estaría atrapado.

Era una idea que no podía quitarme de la cabeza.

—¿Sabes de algo más que pueda ayudar? —le pregunté, con la esperanza de que Oliver tuviera razón, de que tal vez Rus supiera de algún jardín secreto en Lilymoor—. ¿Recuerdas algo sobre un jardín de cuando venías a la propiedad o… algo que hayas notado cuando yo desaparezco?

Lo pensó detenidamente antes de responder:

—La verdad es que no recuerdo mucho de lo que pasa entre tus visitas.

—Se pasó los dedos otra vez por el pelo que, a esas alturas, ya tenía totalmente alborotado—.

Es como si… fuera sonámbulo cuando no estás aquí.

Sé que estoy aquí, pero es que… no recuerdo casi nada.

Ahora que lo digo en voz alta, parece aterrador, ¿verdad?

—Pues un poquito —contesté.

Estaba atrapado allí, con sus propios pensamientos como única compañía…

Algo que yo conocía demasiado bien. Era una sensación solitaria e imposible de explicar si no habías vivido también tu propio infierno personal.

Aunque nunca había estado atrapada en un jardín, en cierto sentido, la sala de espera de un hospital parecía exactamente igual.

El tiempo que parecía no avanzar nunca, demorándose en ese espacio liminal, en ese umbral, tambaleándose justo antes de la caída, donde tenías que aceptar el nuevo resto de tu vida.

Conocía esa clase de soledad.

No se la deseaba a nadie.

Miré de nuevo la puerta, que seguía entreabierta, ya que no la había cerrado al entrar.

—Me pregunto cuánto tiempo podré quedarme…

La idea hizo que se enfurruñara como un gato.

—¿Y si así fue como me quedé atrapado? Por quedarme más tiempo del debido. En ese caso, tú también te quedarás atrapada —dijo, meneando la cabeza—. No. Eso es una imprudencia. No.

—Pero si no conocemos las reglas, ¿cómo vamos a sacarte?

—No voy a ponerte en peligro de esa manera.

Me retorcí los dedos con más fuerza, hasta que las yemas se me pusieron blancas por la tensión.

—Pero…

Me cubrió las manos con una suya. Tenía la palma cálida y sus dedos eran delicados mientras me separaba las manos.

—No tienes que ayudarme —dijo con calma—. No va a pasarme nada. No soy responsabilidad tuya.

Me zafé de su mano y me puse en pie.

—¡No! —exclamé de forma tajante—. Te he prometido que voy a ayudarte, y siempre cumplo mis promesas.

—Sophie —dijo con cansancio—, por favor…

—¿Y si no vienes al bicentenario? —lo interrumpí.

Si en ese momento estaba atrapado, ¿qué pasaría si conseguía que no asistiera a la fiesta?

—. Estoy en tu pasado, ¿no? Así que el Cyrus de mi tiempo todavía no se ha quedado atrapado.

Podría convencerte de que no vinieras. Eso lo solucionaría todo, ¿no?

Bajó de nuevo la mirada al reloj. El segundero dio otro largo y laborioso tic.

—Merece la pena intentarlo —insistí, porque sabía que seguramente él se sentía impotente y que esa situación debía de parecerle imposible.

Pero si yo tenía razón y podía convencerlo de que…

se quedase lejos de Lilymoor, a lo mejor nunca me lo encontraría en el jardín.

Una parte curiosa de mí se preguntaba qué pasaría si llegaba a conocerlo y descubría al chico sonriente de la foto en el fondo, pero era peligroso preguntarse eso.

Se parecía peligrosamente a ser «amigos»—.

Y con un poco de suerte —añadí—, no tendremos que conocernos. Mejor para los dos.

Una expresión dubitativa apareció en su cara.

—Sophie…

—Es tan buen plan como otro cualquiera —decidí mientras me ponía en pie.

Agarré mi pala de apoyo emocional de donde estaba clavada junto al manzano silvestre; me alegraba tenerla de vuelta—.

Te veo mañana, Rus… o, si las cosas salen según el plan y consigo que decidas no venir a la fiesta, saldré de tu vida para siempre…

—Sophie… —dijo.

Me di media vuelta, con los dedos alrededor del pomo de la puerta.

—¿Qué?

Vi que no tenía claro qué decirme hasta que, al final, se decantó por un:

—Buena suerte.

Luego me di media vuelta para salir del jardín secreto, de vuelta al Laberinto, con un impulso tan fuerte de mirar atrás que casi lo hice.

Casi…