mångata
Echaba de menos mi pala de apoyo emocional; sobre todo cuando Wykofski y yo decidimos arremangarnos el lunes y ponernos manos a la obra con el Bosquecillo de los Sauces.
No me había dado cuenta de lo mucho que me apoyaba en esa pala.
De lo mucho que la usaba para darle la vuelta a las piedras.
Para cavar en el suelo. Para frustrar a Maldición.
Wykofski me prestó la suya, pero tenía el mango rojo y el peso no era el adecuado.
La llevé conmigo de todas formas, porque una pala era una pala.
Wykofski conducía el cortacésped en grandes círculos, cortando todas las malas hierbas y las zarzas, mientras que yo me ocupaba de los sauces y de los parterres cubiertos de maleza en los que se encontraban.
Los parterres estaban llenos de delicados lupinos azules y ranúnculos amarillos que crecían cerca del suelo.
Sobre la hora del almuerzo, Wykofski y yo nos tomamos un descanso en el cobertizo. También hacía calor ese día, de modo que preparó una enorme jarra de limonada y se dejó caer en su silla plegable con un largo suspiro.
—Esto es vida, Sonrisas —declaró.
Aunque la gansa me estaba fulminando con la mirada, tuve que darle la razón.
Juliette apareció mientras yo sacaba una silla, así que se la di a ella.
Se dejó caer en el asiento, se quitó las bailarinas y se puso sus grandes gafas de sol cuadradas, con aspecto de estar tan harta de la sociedad como yo lo estaba de las cebolletas en los parterres donde debía haber flores.
—¿Qué… mmm, pasa? —pregunté, incómoda.
Juliette suspiró.
—Oliver.
Wykofski le sirvió un vaso de limonada.
—Oh, oh. ¿Problemas en el paraíso?
—¿Cómo puede alguien tan guapo ser un quebradero de cabeza tan gordo? —se quejó ella.
Me hice con otra silla plegable que había junto al cobertizo, espanté una arañita del reposabrazos y me senté a su lado.
—¿Qué está tramando ahora?
—Más bien qué no está tramando —se lamentó ella—. Desde que Eula mandó las invitaciones para el bicentenario, no ha dejado de entrometerse en todo. ¡Incluso ha pedido ver mi lista de catering! ¡De catering!
—Vamos a servir esos minisándwiches, ¿verdad?
—Sí —contestó ella, derrotada—. Vamos a servirlos.
—Bien, estupendo.
Para ser alguien que no quería quedarse con la propiedad, Oliver parecía muy interesado, por lo menos, en la fiesta.
Sin embargo, la limonada de Wykofski lo arregló todo, incluido el estado de ánimo de Juliette. Ese día, la bebida parecía dulce de entrada, pero dejaba un regusto ácido, y me provocó un estremecimiento involuntario.
—Imagina lo que pasaría si el otro sobrino nieto también estuviera aquí —añadió Wykofski mientras le rellenaba el vaso a Juliette.
Ella gimió.
—¡No! ¡No lo digas en voz alta por si lo invocas! Con un sobrino ya tengo suficiente. Prefiero tener mil millones de citas desastrosas.
—No, no lo prefieres —la regañé, y esbozó una sonrisa avergonzada.
—Está bien —admitió—. Tienes razón. Pero, en fin. Ojalá me dejara hacer mi trabajo y se… —Hizo un gesto con las manos como si estuviera apartando algo.
—Que sepas que conozco a Ollie desde hace años —dijo Wykofski después de pensarlo bien—, y lo que pasa es que le gusta meterse en todo, sí. No es de la clase de personas que se queda de brazos cruzados.
—Es como Eula —dije.
—El aburrimiento es como kriptonita para esta familia —convino él con un gesto serio de la cabeza.
Juliette se hundió más en la silla.
—Qué suerte la mía. Voy a intentar no estresarme mucho con esto. ¿Cómo va el Bosquecillo de los Sauces?
—Hemos cortado el césped de una cuarta parte —contestó Wykofski.
—Y hemos quitado las malas hierbas —añadí—. Tenemos que arreglar el muro del fondo del jardín y eliminar los topillos, pero no está tan mal, la verdad.
Ella soltó un suspiro.
—Menos mal, por lo menos una cosa que va según el plan.
—No nos eches sal —le advertí.
Se echó a reír.
—Perdona, perdona… —Se quedó callada un momento mientras frotaba con el pulgar la condensación del vaso—. Oliver va a heredar Lilymoor, ¿verdad?
—Seguramente —contesté, y Wykofski me dio la razón.
—Pero nunca se sabe —añadió él—, a lo mejor el otro sobrino nos sorprende.
—Sin ánimo de ofender, Ned —masculló Juliette—, pero, que sepas que los hombres llevan años sin sorprenderme.
—No me lo tomaré como algo personal. Pero ya sabes lo que dicen: la gente que no quiere al ganso acaba quedándose con la oca.
—Wykofski, no creo que nadie diga eso —repliqué.
—¡Sí que lo dicen!
Esa tarde, la puerta estaba de nuevo en el Laberinto. ¡Por fin! Había estado esquivándome durante todo el fin de semana, así que fue un regalo para la vista. Miré a mi alrededor para asegurarme de que estaba sola, abrí la puerta y entré.
El jardín secreto seguía igual que de costumbre, tranquilo, soleado y sin apenas plantas en la tierra.
La chaqueta del traje de Cyrus colgaba del nudo de un manzano silvestre junto al lugar donde yo había clavado la pala.
Toqué distraidamente la manga de su traje mientras pensaba por fin en lo raro que era que precisamente él llevase traje.
A veces, la gente se arregla mucho para ir a Lilymoor, pero no tanto.
Del bolsillo de la chaqueta asomaba una bonita corbata morada. Un traje y una corbata…
Aunque era abogado, era incapaz de imaginármelo vistiendo así todos los días. Y ¿no había dicho algo de una fiesta cuando lo conocí?
Metí de nuevo la corbata en el bolsillo y me encontré a Cyrus tumbado en el cenador, con los pies apoyados en una columna y los brazos cruzados por detrás de la cabeza. Debió de oírme llegar, porque abrió un ojo y luego se apresuró a incorporarse.
—¡Sophie! Has vuelto.
—Por desgracia, la gansa no me atrapó —dije con una elegante reverencia.
—Mi salvadora —replicó con sorna.
Me senté junto a él en el cenador.
—No sabía que te asustara tanto una simple gansa.
—Una simple gan… —Se atragantó con la palabra, pero luego empezó de nuevo con voz más firme—. Es una gansa muy grande, Sophie.
—Y yo me caí desde muy alto, Cyrus.
—Rus —me corrigió.
—Rus —repetí—. Creo que tengo derecho a meterme contigo un ratito… Que me caí de un muro por ti.
—Creo recordar que trepar por el muro fue idea tuya.
—Fue idea de los dos —le recordé.
Puso los ojos en blanco y luego bajó la mirada hacia sus manos. Las entrelazó. En voz baja y con los ojos clavados en ellas, dijo:
—Gracias.
—Oh. ¿De… qué? —Di un respingo, porque no estaba preparada para que me diera las gracias. Lo miré parpadeando, con los ojos como platos.
Frunció el ceño.
—No pongas esa cara tan sorprendida.
—No estoy sorprendida —dije, sorprendida.
Hizo una mueca irritada.
Le di un golpecito en el hombro con el mío.
—Solo estoy bromeando, Rus. De nada. Además, salvarte de Maldición significa que me debes una. Ten claro que no se me va a olvidar —añadí al tiempo que le clavaba un dedo en el costado.
Se retorció para apartarse.
—¡Ay! Que sí, muy bien. Después de que me saques de aquí, lo que quieras… dentro de lo razonable, claro.
—Dentro de lo razonable —convine—. Lo que me lleva a mi siguiente pregunta.
—¿Ya has preguntado algo antes?
—Es una forma de hablar, no te me despistes —Me puse en pie y junté los dedos—. Muy bien, allá voy. Hay buenas y malas noticias. ¿Cuáles quieres primero?
—Las noticias de cómo vas a sacarme de aquí —respondió con sorna. Puse los ojos en blanco y esperé su respuesta de verdad. Suspiró y levantó una mano—. Primero las malas. Así acabamos con algo bueno.
—Qué optimista —repliqué—. Y eso que me dijiste que eras un pesimista.
—Eso lo dijiste tú. Empezar por las malas noticias solo es más práctico —adujo—. Empezar por el problema y terminar con un bálsamo para calmarlo.
Por desgracia, tenía razón. ¿Qué había dicho Eula de él? ¿Que era meticuloso? Porque lo era. Se apoyó en el respaldo del asiento, cruzando de nuevo los brazos por delante del pecho, mientras esperaba a que yo me explicase.
—Las malas noticias —dije—. No has desaparecido.
—¿Cómo? —Frunció el ceño—. ¿Qué quieres decir? ¿Que nadie se ha dado cuenta de que no estoy?
—No, quiero decir que, en realidad, no has desaparecido. Eula ha dicho que habló contigo anteayer y Oliver está convencido de que sigues por ahí…
—Ah, claro, Oliver —me interrumpió con amargura—.
Así que ahora vamos a tener en cuenta su opinión.
—Esa era casi la misma cara que puso Oliver cuando mencioné a Cyrus por primera vez.
Los amigos de la infancia, aunque ya no lo fueran, seguían compartiendo mucha historia—.
Bueno, supongo que con él aquí, no debería importarme si me echan de menos en la fiesta, ¿no?
A mi familia no le importa de todos modos y mis clientes seguramente se estén buscando nuevos representantes ahora mismo, cosa que es un mazazo para mi carrera profesional.
En ese momento, se me ocurrió algo.
—No paras de hablar de una fiesta. ¿Qué fiesta?
Me miró como si me hubiera salido otra cabeza.
—El bicentenario.
—Todavía falta un mes.
—Te aseguro que es hoy. Te he conocido hace nada, ¿recuerdas?
Me acerqué corriendo para sentarme a su lado de nuevo mientras un escalofrío me ponía la piel de gallina.
Porque, de repente, todo encajaba. Que pudiera estar allí y también fuera.
Que llevara traje. Que se comportara como si me conociera durante nuestro primer encuentro o, por lo menos, como si hubiera oído hablar de mí.
Nos habíamos conocido, suponía. Solo que todavía no.
—Rus, seguimos en julio.
Parpadeó. Luego suspiró.
—Trabajo mucho, pero no he trabajado tanto como para no saber en qué mes vivimos, Sophie.
—No, te prometo que es julio —Saqué el teléfono y le enseñé la fecha. Pero mientras lo hacía, los números empezaron a difuminarse.
Hasta que vi en la pantalla «16 de agosto».
—Espera, no. Sé a ciencia cierta que no es agosto. Todavía no. ¡Si ni siquiera he terminado todavía con el Bosquecillo de los Sauces, te lo prometo! —me apresuré a decir al tiempo que apagaba y encendía el teléfono, pero seguía con la misma fecha—. Esto es rarísimo.