psithurism #3
Sin embargo, eso no impedía que tuviera la sensación de que estaba desperdiciando el tiempo.
Estaba en mi mejor momento y, en vez de pasar el verano en Nueva York, saliendo y conociendo a gente y grabándome recuerdos en la cabeza, estaba allí rellenando agujeros de topillos y dejando que una gansa me persiguiera.
Echaba de menos sentarme en el porche trasero y hablar con mi madre mientras nos tomábamos un café o un té dulce.
Las conversaciones telefónicas estaban bien, pero nunca sentía más cerca el hogar que cuando cerraba los ojos y me imaginaba el olor de los cigarros mentolados Virginia Slims Menthols que ella fumaba y el suave murmullo del juego de su teléfono mientras estábamos sentadas en las incómodas sillas de hierro forjado del porche trasero.
—Ojalá sigas diciendo lo mismo cuando por fin vengas a ver este sitio —repliqué después de decidir cambiar de tema. Me quité del calcetín algo que pinchaba—. Creo que los lirios florecerán pronto.
—Ah, retoño, sobre eso… —dijo, titubeante—. Hemos estado hablando después de llegar a la playa y hemos decidido que quizá sea mejor que no vaya.
Se me cayó el alma a los pies.
—Oh.
—Es que queda muy lejos en coche y ya sabes lo que opina Eddie de los aviones… No es muy viable. ¿Y qué me dices de los perros? No podemos dejar a los perros.
—No pasa nada —repliqué, tragándome lo que sentía de verdad.
—¿Estás segura? —me preguntó.
Allí sentada bajo el sauce, el susurro de las hojas movidas por el viento, lo que en inglés llamaban psithurism, resultaba relajante y suave, y mitigaba mi decepción.
—Sí, es un viaje largo en coche —contesté, aunque Harriett y yo habíamos hecho ese mismo viaje hacía diez años. Fue un viaje por carretera precioso. No lo habría cambiado por nada del mundo.
—Es solo que… me siento fatal —siguió mi madre—, pero es que Eddie no tiene vacaciones después de este viaje, y tiene que empezar a preparar el presupuesto para el próximo trimestre y…
—¡Maldición! —gritó alguien que no era ni Wykofski ni Oliver, y Yafir no trabajaba ese día. ¡Uno de los voluntarios!—. ¡No te…! ¡Fuera! ¡Que pares ya!
No… Conocía esa voz.
—Mamá, lo siento, tengo que dejarte —dije al tiempo que me levantaba de la silla plegable y agarraba la pala—. Creo que alguien está persiguiendo a la gansa.
—¿A la gansa? ¿No es la gansa la que persigue a la gente?
—Sí, eso —me corregí y me despedí de ella antes de colgar y salir a toda prisa del Bosquecillo de los Sauces en dirección al Puente de la Luna. Examiné la zona, en busca de una puerta…
Allí, en la valla que ocultaba la Balsa. Ya estaba entreabierta. Me agaché para pasar.
Y encontré a Cyrus de pie sobre un banco de piedra, con las manos extendidas hacia la gansa mientras el animal le picoteaba las espinillas.
—¡Ay, ay! ¡Para ya! ¡Me conoces, bicho horrible!
—Eso no significa nada para ella —dije al tiempo que clavaba la pala en el suelo y me apoyaba en ella. Cyrus me miró de repente y levantó las cejas—. Hola —lo saludé.
—Hola —murmuró con los ojos como platos, como si no tuviera claro si yo era real o una alucinación—. Creía que nunca… ¡Ay!
Maldición le dio un picotazo en la espinilla. Cyrus soltó una retahíla de palabras malsonantes. Hice una mueca, porque sabía muy bien lo mucho que dolía.
—¡Se puede saber por qué me odias! ¡Si fui yo quien te salvó! —exclamó él.
Maldición extendió las alas y volvió a atacarlo. Tenía que alejarla antes de que lo matara. Las cosas que era capaz de hacer por gente que ni siquiera estaba segura de que me cayera bien. Me armé de valor, chasqueé la lengua y le di un toquecito a Maldición en el trasero con la punta de la pala.
Ofendida, la gansa se volvió hacia mí, hecha una auténtica fiera.
—Muy bien —le dije al tiempo que arrastraba la pala hacia mí, haciéndola chirriar cuando pasaba por las piedras que encontraba en su camino. La gansa siseó, sacando la lengua rosa, y se lanzó a por la pala.
Luego volvió a picotearla.
Despacio, la fui alejando del banco.
Cyrus se relajó, aliviado.
—No quiero chantajearte con esto ni nada parecido, Rus —dije mientras conducía a Maldición hacia la puerta—, pero que sepas que me debes una muy gorda.
Él se pasó los dedos por el pelo.
—Dime lo que quieres.
Levanté la mirada un segundo decisivo para clavarla en sus ojos.
—¿Lo que quiera?
Le relampaguearon los ojos. Lo que me provocó un escalofrío en la espalda.
—Dentro de lo razonable, Sophie.
Me gustaba su forma de pronunciar mi nombre, suave al principio y ronco al final.
Ojalá pudiera regodearme en el sonido, pero al parecer Maldición decidió que detestaba la idea, porque siseó de nuevo, extendió las alas y…
madre del amor hermoso, recordó que era capaz de volar.
Grité y solté la pala mientras la horrible gansa me perseguía hasta el otro lado de la puerta, de vuelta a los jardines.
—Volveré pronto —le prometí, gritando por encima del hombro, con la esperanza de que me oyera.
Maldición se rindió a medio camino del prado, pero para cuando volví al Puente de la Luna, la puerta había desaparecido.