psithurism #2
—¡Ah, sí! Seguro que lo viste en el documental.
Eso fue cosa de Rus, que soltó un secreto familiar.
—Luego se inclinó hacia delante—. Pero ¿quieres saber lo mejor de esa historia?
Cuando por fin salí del laberinto, Henry no tenía ni idea de lo que le estaba diciendo.
Y luego, años después, se estuvo riendo de mí por haberme perdido en el laberinto cuando en realidad me había pasado todo el día en Portland de compras con mi hermana.
—¿Estaba equivocado?
—Él juraba que no. —Se encogió de hombros de nuevo—.
Cuando le conté que solo me había perdido en el laberinto una vez hacía muchos años, se echó a reír.
Dijo que los dos debíamos de haber escuchado la voz de nuestro verdadero amor en el viento.
¡Magia! —Pronunció la palabra con anhelo, porque la magia era algo bueno para ella. Algo esperanzador.
Pensaba que yo sentía la misma emoción, el mismo anhelo por un mundo que no era tan sencillo ni predecible.
Sin embargo, apreté los puños y noté el regusto amargo en los labios por todo eso. No creía en la magia (no podía), porque ¿cómo se suponía que yo existía en un mundo donde la magia era real y Harriett ya no estaba? Claro que tampoco había otra explicación posible para el jardín secreto.
Y esa era la clase de verdad que me hizo odiar Lilymoor durante un breve instante, lo justo para excusarme y salir del dormitorio de Eula antes de decir algo de lo que acabara arrepintiéndome.
Volví a la cocina con la regadera. Tomé una honda bocanada de aire para tranquilizarme junto al fregadero. La solté.
Por lo menos había descubierto una cosa. La razón por la que nadie estaba preocupado por Cyrus era porque Cyrus Beck no estaba desaparecido en ese momento.
Al parecer, él no era el único que se topaba con puertas cerradas.
Cuando
llegué al Bosquecillo de los Sauces, y gracias al mantenimiento que Wykofski hacía de la tierra, descubrí que solo necesitaba un buen cortado del césped, desalojar a los topillos que campaban a sus anchas y un poco de abono.
El bosquecillo estaba rodeado por doce sauces llorones de gran altura, de cuyas ramas colgaba el musgo.
Era un lugar precioso, de ensueño. En el extremo izquierdo del bosquecillo había un muro de piedra de color gris, oscurecido por los daños ocasionados por el fuego, aunque la hiedra había cubierto gran parte a lo largo de los últimos dieciséis años.
Había algunos montículos de topillos, pero Wykofski había dicho que se encargaría de eso.
Sentí la vibración del móvil en el bolsillo. Lo saqué y, al ver que era mi madre, contesté.
—¿Has llegado a la playa?
—¡Retoñaaaaa! —canturreó. De fondo se oyó gente coreando mi nombre.
Estaba claro que había llegado a la casa de la playa en algún lugar de la costa de Carolina del Norte…
¿Vienna? ¿Venice? Algo así. Con Eddie y su grupo de amigos.
Mi madre y yo nunca íbamos de vacaciones cuando era pequeña.
Nos mudábamos tan a menudo que decía que nuestra vida era, a fin de cuentas, unas grandes vacaciones.
Yo no lo veía así. Sobre todo, el año y medio que pasamos en una autocaravana.
Mi madre y yo nos pusimos al día mientras me recorría el Bosquecillo de los Sauces de una punta a la otra, tomando nota de todas las cosas de las que tenía que ocuparme o que había que reparar antes de que pudiéramos abrir la zona al público.
A mi madre le interesaba más la fiesta del bicentenario y decidió que yo estaba desbordada.
Detestaba reconocer que quizá tuviera razón.
—¡¿Quinientos invitados?! —dijo—. Sophie, pero ¿tú has mirado siquiera ese Cementerio de los Sauces…?
—Bosquecillo.
—Ajá.
—Lo estoy recorriendo ahora mismo —repliqué—.
Con la ayuda de Wykofski y una cuchilla nueva en la cortadora de césped, deberíamos dejarlo listo.
Eula nos ha dicho que nos mantengamos lejos del invernadero, y de todos modos está escondido detrás de un muro viejo, así que será mucho más fácil de lo que parece.
Y además, si es para su jubilación… no puedo negarme.
Mi madre suspiró.
—Esto está empezando a ser más trabajo del que pensabas.
—No me importa.
—¿Qué opina de todo esto tu jefe del Jardín Botánico?
No se lo había contado a Jeff, aunque sospechaba que me aconsejaría que no protestara demasiado y que terminase el trabajo que me habían encomendado.
Por supuesto que iba a hacerlo, pero luego, cuando regresara a Nueva York, tendría que tomar una decisión, y no estaba segura de estar preparada para tomarla todavía.
—Cree que es factible —mentí al tiempo que le daba una patada a una seta.
—En ese caso, yo me fiaría de él.
La tarde había caído sobre los jardines. Unos rayos de color naranja rosáceo cruzaban el cielo. Eran tan espectaculares que tuve que hacer una foto.
Se la envié a mi madre, que se quedó boquiabierta…
—¡Oh, es precioso! Eddie, Eddie, mira esto. ¿A que es bonito? —Se oyó un murmullo de asentimiento a través del teléfono—. Parece magia de verdad —dijo con un suspiro melancólico.
Allí estaba de nuevo: «magia». Eso me hizo pensar en la puerta azul.
—¿Puedo hacerte una pregunta?
—¿Qué pasa, retoño?
—¿Qué harías si encontraras un jardín secreto que no parara de moverse…?
—¡Dios mío! —exclamó mi madre con una carcajada estridente—.
¡Deja de tirarte gases, Eddie, o te juro que te voy a rociar con ambientador Glade!
—Oí que se levantaba de la mesa donde estaban jugando a las cartas y que salía al porche.
El viento azotaba el micrófono, pero por lo menos ya no tenía que esforzarme por hacerme oír por encima de los gases de mi padrastro—. Lo siento, ¿qué has dicho de un jardín?
—Da igual —contesté, avergonzada por el simple hecho de haber sacado el tema—. Creo que solo estoy un poco estresada. Por todo esto. Sabía que tendría que trabajar mucho para reabrir todos los jardines después de que Eula los hubiera cerrado casi todos a lo largo de los años, pero…
Oí que se encendía un cigarro y que daba una larga calada.
—Por eso mismo sé que merece la pena.
—¿Tú crees?
—Sí. —Soltó el humo—. ¿Te acuerdas de cuando vivíamos en el lago Michigan? Tenías, no sé, ¿siete años o así? ¿Y que podías ir andando al colegio?
—Incluso cuando nevaba —dije—. Vagamente, ¿por qué?
—Volví a casa después de un turno de doce horas y había una planta prácticamente muerta en la encimera. Tú estabas empeñada en salvarla, aunque tenía las raíces podridas y estaba infestada de algún bicho.
—La lengua de suegra… Me acuerdo de aquella planta.
—Estuviste cuidándola durante semanas. Te negabas a darte por vencida.
—Si te digo la verdad —dije—, las lenguas de suegra son casi imposibles de matar.
—Daba igual. Tú la cuidaste como si fuera una suculenta rarísima.
Comprobaste la calidad de la tierra. Monitorizaste el riego.
Incluso compraste una «comida para plantas» carísima…
No sé si supuso algún cambio al final. Pero el hecho es que le dedicaste tiempo y cuidados…
—Dio otra calada—. Estoy segura de que la fiesta por la jubilación y el bicentenario saldrá estupendamente si Evie…
—Eula.
—Si decide llevarla a cabo. Y estoy segura de que cualquiera lograría que el Bosquecillo de los Sauces estuviera presentable, pero tú lo convertirás en un lugar mágico, porque así eres tú.
Aunque fuera fácil, tú te comprometerías al cien por cien de todas formas.
Hace mucho que no lo haces, comprometerte con algo con toda el alma. No desde…
«No desde que murió Harriett» era la frase que no terminó.
—Es que es duro —admití—. Tengo la sensación de que estoy perdiendo el tiempo.
—Lo sé, y ya sabes lo que pienso de las cosas duras.
Se me escapó una carcajada.
—Mmm…
—¡Venga ya, sabes a lo que me refiero! —me reprendió, aunque capté la sonrisa en sus palabras—. Las cosas difíciles de conseguir suelen ser las que merecen la pena.
—Lo de la lengua de suegra no fue difícil —le aseguré al tiempo que pasaba por debajo de una cortina de hojas de sauce. A la sombra del árbol, había una silla plegable que no era vieja en absoluto. Si tuviera que adivinar, diría que Wykofski iba allí de vez en cuando. No tenía claro quién más iba.
—No, pero tener que cuidar de la planta sí, sobre todo porque no estabas obligada.
Porque estabas cargada de deberes para ponerte al día en el colegio.
Porque teníamos que hervir el agua dado que la casa tenía las cañerías oxidadas.
Y la planta murió de todas formas, ¿no te acuerdas? Estaba demasiado mal.
Me senté en la silla, que crujió. Sí que era un sitio bonito, con la luz del sol atravesando las ramas y las hojas del sauce.
—Lo sé. Pero tenía que intentarlo.
—A eso voy. Así que no fue tiempo perdido. Si lo que vas a hacer te importa, nunca será tiempo perdido.