psithurism
Oliver se convirtió en un habitual de Lilymoor, y encajaba tan bien que ya ni me acordaba del mes que pasé en la propiedad antes de que se instalase en el dormitorio de la esquina de la planta superior; además, desde que rechacé su invitación a cenar sin querer, había empezado a encontrármelo en los momentos más inoportunos...
como si la casa quisiera atormentarme recordándome lo que había rechazado.
Y lo que seguía rechazando. Porque solo iba a estar allí un mes más.
No quería involucrarme con nadie, ni siquiera superficialmente.
Ni siquiera con alguien tan simpático y amable como Oliver.
Ningún hombre había demostrado tanto interés por mí en...
años. Y no tenía claro cómo afrontar la situación.
Para empeorar las cosas, Oliver estaba por todas partes, la verdad.
En la cocina preparándose el café de la mañana con unos pantalones de chándal raídos; de camino del cuarto de baño a su habitación tapado solo con una toalla y luciendo unos abdominales de infarto, y en la terraza discutiendo con alguien por teléfono.
—Es que me da igual que no me devuelva las llamadas, porque voy a dejarle un millón más de mensajes en el buzón de voz hasta que se le llene y luego voy a dar con el sitio donde esté a través del GPS de su móvil y...
¡Ah, Sophie! —dijo al verme en los escalones superiores de la terraza, con los ojos como platos.
Se apartó el teléfono de la oreja y cubrió el micro con una mano—. Mmm... Hola.
—Solo voy a la habitación de Eula —dije para explicar por qué estaba allí en la terraza, en el peor momento posible, con una regadera.
Era viernes, y aunque ya había oído sin querer otras conversaciones a lo largo de esa semana, porque siempre hablaba por teléfono en la terraza, en esa ocasión, tenía un deje que no le había oído antes.
Durante los últimos días había empezado a conocer a Oliver un poco mejor (pantalones de chándal viejos, demasiados abdominales y buen talante).
¿Quizá alguien del trabajo? La verdad, salvo por lo de «restaurar casas antiguas», no sabía muy bien lo que eso implicaba, y me había topado demasiadas veces con su esculpido abdomen (una vez, aunque era más que suficiente, porque no cabía duda de que me había dejado una gran impresión) como para preguntarle sin más... No era mi intención interrumpir.
—Tú nunca interrumpes —replicó, guiñándome un ojo como acostumbraba a hacer, lo que consiguió que me ruborizara desde los pies hasta la raíz del pelo.
Me apresuré a salir huyendo de la terraza, regadera en mano, mientras él retornaba su conversación, mascullando con deje seco y apasionado al teléfono.
En el dormitorio, Eula estaba fulminando el reloj de pared con la mirada.
Se había sentado en su sillón orejero preferido, junto a una mesita llena de documentos referentes al bicentenario, aunque habían quedado olvidados en su guerra con el reloj.
Lo miraba con los ojos entrecerrados y los brazos cruzados por delante del pecho.
—Buenos días, Eula —la saludé al entrar—. Solo he venido para regar las...
—¿A qué hora viene el correo? —me preguntó.
Me acerqué a la lengua de suegra para regarla.
—Mmm, sobre las once.
—Pues llega tarde —sentenció, pero luego encorvó los hombros y apartó la mirada del reloj—. ¿Crees que la gente que ha contestado que va a venir lo hará de verdad?
Así que era eso lo que la preocupaba. Pasé al poto de la estantería.
—¿La confirmación de asistencia no es para eso?
Eula agitó una mano en el aire.
—Sí, sí, pero ¿crees que van a venir de verdad? A ver, que es a finales de verano y cada uno tiene su vida. —Frunció el ceño—. A lo mejor si que me he pasado...
—Creo que van a venir —contesté—. Sé que yo vendría, aunque no me hubieran ofrecido el puesto. Lilymoor es especial para muchas personas.
Apretó los labios, como si no quisiera confiar en mí del todo, así que terminé de regar las plantas.
Eula había cambiado de sitio la foto en la que Henry y ella estaban con sus sobrinos, y la había colocado en su mesa.
Oliver y Rus parecían muy jóvenes en ella, y Rus tenía una especie de sonrisa ladina que habría sido incapaz de imaginar en el hombre del jardín.
¿Qué había pasado en esos diecisiete años para que la perdiera por completo?, me pregunté.
Por lo menos, Oliver conservaba esa sonrisa de oreja a oreja, perfecta y simétrica, aunque parecía más sincera en la foto. Durante los años que habían pasado, había practicado lo suficiente como para convertirla en un arma.
Un sobrino usaba su encanto, el otro usaba su apatía, pero, de alguna manera, daba la sensación de que ambos trabajaban para alcanzar el mismo objetivo.
—Ah, hablando de invitaciones —siguió Eula al tiempo que se quitaba las gafas—, he tenido que reenviar unas cuantas, incluida una a mi sobrino, ¡porque la suya no había llegado! ¿Te lo puedes creer?
Me quedé paralizada. Seguramente no la había recibido porque estaba rota por la mitad en la mesa de la cocina de mi casita.
—Ah, claro —repliqué en un intento por parecer normal—, el correo es... impredecible. —Sobre todo, cuando no se mandaba—, ¿La... mmm... contestado?
«¿Desde el jardín?», me pregunté.
Se animó por la pregunta.
—Ah, sí, ¡me ha dicho que se lo está pensando!
—Mmm... ¿En serio?
Al percatarse de mi confusión, se corrigió enseguida.
—A ver, que sigue siendo poco probable que venga, pero me encanta la idea.
Llevo años sin verlo, aunque intentó que hiciéramos esa cosa rara de una videollamada una vez.
Lo odié. Es brillante, de verdad, igualito que Ollie.
Aunque Rus es un poco más meticuloso y centrado, y es muy particular con respecto a su trabajo.
«Meticuloso» y «centrado» eran dos palabras para referirse a «pedante» y «frío», pero me estaba yendo por las ramas.
En cuanto Eula empezó a hablar de sus sobrinos, fue como si no pudiera parar, y me pareció más animada de lo que la había visto desde que volvió a casa subida al camión de bomberos.
Le brillaban los ojos mientras hablaba de ellos de la misma manera que le brillaban a mi madre cuando hablaba de mí.
Eula quería con locura a sus sobrinos. Los quería muchísimo.
Eso hacía que sus infrecuentes visitas fueran más trágicas.
—Ollie es un arquitecto de mucho talento, aunque nunca lo admitiría, y Cyrus es un abogado muy famoso.
De hecho, es el que redacta mis contratos —me anunció, orgullosa, algo que me sorprendió, claro que nunca le había prestado mucha atención a la letra pequeña, solo a lo que me aferraba a mí.
A lo mejor debería hacerlo—. Aunque me sorprendí muchísimo cuando decidió seguir ese camino.
Me lo imaginaba haciendo algo... más emocionante.
Menos estructurado. Pero la gente te sorprende.
En fin, siempre fue un niño muy quisquilloso; de hecho, ¡antes era más travieso que Ollie!
—Se echó a reír al recordarlo. Hizo que yo lamentase la pérdida de aquel niño, al que sustituyó el hombre en el que se había convertido—.
Creo que Henry y él estaban cortados por el mismo patrón.
Se metían en un sinfín de problemas juntos en ese jardín.
Creo que la muerte de Henry afectó muchísimo a Rus, aunque él no lo admitiría nunca.
—Meticuloso y centrado —repetí.
Sonrió.
—¡Eso mismo! Pero algunos tenemos memoria, y a él no le hace ni pizca de gracia.
Supongo que eso habría sido motivo suficiente para irse de Lilymoor y no volver jamás.
—Entiendo por qué lo echas de menos.
—A veces —dijo ella—, pero me lo compenso hablando con él por teléfono. Al fin y al cabo, está ocupado. De hecho, ayer mismo hablé con él.
«¿Ayer?». Me dijo que no tenía cobertura en el jardín.
—¿Estás segura?
—Pues claro, querida —respondió, desconcertada—.
Estoy vieja y chocha, pero no tanto. Que sepas...
que estoy casi segura de que podría venir a la fiesta.
—Extendió el brazo hacia la mesita para hacerse con su taza de té.
Llevaba tanto tiempo infusionando que el agua tenía un color ámbar—. Por lo menos, espero que lo haga.
Salvo que él ya estaba en los jardines. La situación empezaba a volverse muy confusa.
Al principio, creía que Oliver se equivocaba, pero al parecer no era así, ya que Eula sí estaba en contacto frecuente con Cyrus.
Entonces, ¿quién era el Cyrus del jardín?
Parecían ser la misma persona, pero nadie podía estar en dos sitios a la vez.
Eula sacó la bolsita de té de la taza y la dejó en el platillo.
—Hablando del bicentenario, ¿has descubierto ya de dónde salen las enredaderas? ¿O qué problema hay en la zona de las flores silvestres?
—Bueno, sé que son madreselvas.
Eula suspiró.
—Ya me lo temía. Hay muchas por toda la propiedad. Las cosas de Lilymoor, ya sabes.
Claro, como la voz de mi verdadero amor en el aire y las puertas que se movían. A lo mejor las enredaderas también tenían sus raíces en el jardín secreto.
Todas las tonterías atrapadas en un solo lugar.
Debía de parecer tan frustrada como me sentía, porque Eula siguió hablando:
—Siento no poder ayudarte más, querida. Henry era quien entendía el jardín, y Rus, por extensión.
Eran los que salían y jugaban en la tierra durante horas.
Lilymoor les mostró a ellos sus secretos, a nadie más.
—Desvió la mirada hacia la ventana que daba a los jardines, con una expresión pensativa—.
Una vez, cuando Henry y yo acabábamos de comprar Lilymoor y yo intentaba podar el crecido laberinto de setos, me perdí durante un segundo.
Y luego oí la voz de Henry a lo lejos. La seguí hasta que pude salir.
Después de eso, puse flechas en el laberinto primero y luego las estatuas, que ya sabes para qué son, ¿verdad?
—Sigue las miradas —contesté.
Le relampaguearon los ojos.