El jardín de algún día kilig
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kilig

Acto seguido, estaba en el suelo. Por lo menos, era blandito, así que la gravedad no me dolió tanto como creía que me dolería. Y, además, el cielo era bonito, mientras los rayos de luz del atardecer se fundían hasta adquirir un precioso tono morado.

Algo debajo de mí gimió. O, mejor dicho, alguien.

Alguien con el pelo rubio, los ojos marrones y una expresión aturdida en la cara. Seguía rodeándome con los brazos, por eso la caída no me había dolido tanto. Él me había atrapado. O, por lo menos, lo había intentado. Los arbustos de boj habían hecho el resto.

Me aparté de Oliver a toda prisa y me puse de rodillas.

—Lo siento muchísimo —me disculpé al tiempo que lo ayudaba a incorporarse, quitándole una hoja de la camisa y otra de la mejilla.

Oliver se frotó la nuca como si estuviera dolorido.

—Tranquila.

—¿Estás bien?

—Lo estaré —me aseguró—. Más sorprendido que otra cosa, creo. Te he oído gritar, he doblado la esquina y, de repente, he visto que te caías. Después de eso, no he pensado mucho. ¿Qué hacías trepando por el Laberinto, por cierto? —preguntó, perplejo.

—¿El Laberinto? —Eché un vistazo a mi alrededor. Sí que estábamos en el Laberinto, cerca de un busto de William Shakespeare. No sabía cómo decirle que acababa de trepar por otro muro—. Oh.

—Me sorprende que hayas podido trepar por estos arbustos.

No son muy resistentes. —Movió los hombros e hizo una mueca de dolor—.

¿Con quién estabas hablando? Me ha parecido la voz de...

—Sin embargo, acabó haciendo un mohín con los labios, como si el nombre le dejara un mal sabor de boca y hubiera decidido no pronunciarlo.

Cyrus.

Al acordarme de repente, me puse en pie de un salto y me volví hacia el muro.

—¡Oye! ¿Puedes oírme?

No hubo respuesta.

Oliver me miró, desconcertado.

—¿A quién le gritas?

Sin embargo, yo ya estaba saliendo del Laberinto para atravesar el Jardín Central en dirección al Jardín de las Flores Silvestres, andando al principio, pero para cuando el sol se puso por detrás de la línea de árboles, corría a toda prisa.

Tardé solo un minuto. La puerta debería seguir contra el muro, y podría decirle a Cyrus que no había funcionado.

Que, de hecho, yo había caído en otra parte del jardín.

Cuando llegué de nuevo al Jardín de las Flores Silvestres, me ardían los pulmones.

Al final me detuve, con la mirada clavada en un muro vacío.

La puerta había desaparecido.

Recordé el momento vertiginoso y desorientador en lo alto del muro. Luego su mano al atravesar la mía. Bajé la mirada hacia mi propia mano, la que debería haberlo agarrado. Era real y sólida. La suya también debería haberlo sido.

No lo entendía.

Un segundo después, Oliver me alcanzó.

—¡Oye! Oye, ¿estás bien? —me preguntó mientras me sujetaba por los hombros—. ¿Pasa algo?

A ver, no podía explicarle que el otro sobrino de su tía abuela parecía estar atrapado en un jardín secreto mágico.

Me imaginé cómo acabaría esa conversación y, después de haberlo visto romper la invitación de Eula a Cyrus, y de recordar las amargas palabras que soltó en Pinch, decidí no contárselo.

—Sí, es que... creía que me había dejado algo aquí —mentí—. Supongo que me he equivocado. Lo siento. Gracias por atraparme...

Me sujetó la barbilla con suavidad y me volvió la cara hacia la izquierda.

—Estás sangrando —dijo.

Me pasé un dedo por la mejilla, que me ardía, y se me manchó de sangre. Hice una mueca de dolor.

—Pero no te toques —me regañó—. Vamos. —Me agarró de la muñeca—. Creo que hay un botiquín en la cocina.

—No, tranquilo. No creo que sea tan grave...

—Insisto

—me interrumpió con énfasis al tiempo que tiraba de mí, y yo, impotente, dejé que me llevara a la cocina de la mansión. Me sentó a la mesa y fue en busca del botiquín que había debajo del fregadero. Cuando volvió, se sentó en la silla a mi lado y empezó a limpiarme la herida.

—De verdad que no es nada —intenté protestar.

—¿Y si se infecta?

—Me he hecho cosas peores.

—Eso no es motivo para no tratarla —replicó con paciencia—. No te muevas. Termino enseguida.

Así que me quedé allí sentada y lo dejé que me limpiase la mejilla, sintiéndome tontísima.

Me había hecho cortes peores con rosales, pero que me mimase me pareció...

«Agradable» no era la palabra adecuada, la verdad.

¿Quizá halagador? Nunca había dejado que nadie me cuidase, no de esa manera. Era demasiado íntimo.

Sin embargo, sus dedos se movían con delicadeza, y me dije que no iba a pasar nada por dejar que me tratase.

La verdad era que me gustaba la cercanía entre nosotros, poder contar las arruguitas de su entrecejo, que fruncía cuando se concentraba.

Descubrir que el lunar descolorido que tenía en el labio se hacía más pronunciado cuando los apretaba.

Había muchísimos rastros de Eula en la cara de Oliver, como los pómulos afilados, las largas pestañas y los ojos del color del caramelo, de modo que me pregunté cómo era posible que el amor que ella sentía por Lilymoor se perdiera en un corazón tan grande como el de Oliver.

—¿Tienes por costumbre trepar setos? —me preguntó mientras me limpiaba la herida con antiséptico. Hice una mueca por el escozor, pero él me sujetó la barbilla con delicadeza para que no la moviera—. ¿O es una afición nueva?

—¡¡Ah!! —mascullé.

Me puso un apósito sobre el arañazo y luego empezó a guardarlo todo en el botiquín mientras esperaba mi respuesta, pero cuando quedó claro que no iba a decir nada, meneó la cabeza y soltó:

—Pues guárdate tus secretitos, señorita Encargada de los Jardines.

Lo haría, aunque solo fuera porque no me creería.

Mientras lo veía guardar las cosas, me pasé los dedos por el apósito y pensé en Cyrus, en el jardín, y me pregunté si alguien lo echaba de menos. Seguro que alguien lo hacía, ¿verdad?

—Tienes una expresión rara. ¿En qué estás pensando? —me preguntó Oliver, que sacó dos Coca-Cola Light del frigorífico y regresó para sentarse a mi lado.

—Supongo que... ¿conoces algún jardín secreto?

—¡Qué! ¿Como el del libro? —replicó al tiempo que se dejaba caer en su silla. Parecía hacerle gracia el tema—. ¿Crees que Lilymoor tiene uno?

—¿No sería posible?

Se encogió de hombros y abrió la lata de refresco. La espuma subió, y se bebió el líquido que se quedó en la tapa.

—La verdad es que nunca les he prestado mucha atención a los jardines. Tendrías que preguntárselo al otro sobrino, dado que él pasaba mucho más tiempo con el tío Henry que yo, pero buena suerte para hablar con él.

—¿Cyrus? —pregunté, titubeante—. ¿Por qué?

—Odia Lilymoor con todas sus fuerzas —Se encogió de hombros—. Lleva años sin venir.

Y, sin embargo, de alguna manera estaba atrapado en un jardín mágico del que no podía salir.

—Ah.

Oliver extendió un brazo hacia el cuenco del centro de la mesa para elegir una manzana, que se lanzó a la otra mano.

—Puedes pedirle a Eula que lo llame si quieres. A lo mejor te hace un hueco en su agenda para dentro de dos años.

—Eso es...

—Premeditado. Creo que se casaría con su trabajo si pudiera. No me sorprendería que durmiera en intervalos de seis minutos.

—¿Seis minutos...? —«¿Quizá eso tuviera algo que ver con el jardín y el motivo de que estuviera atrapado? ¿Y si solo podía escapar durante los seis primeros minutos de cada hora o solo a las seis en punto o solo...?». Seis es un número raro.

—Tiene algo que ver con las horas facturables. Está obsesionado con eso. A Eula la desquicia. En fin, que no vuelvas a trepar más setos, ¿quieres? Para eso tenemos escaleras. Y a Wykofski. —Me guiñó un ojo al decir eso último y le dio un mordisco a la manzana.

—Wykofski no se va a subir a una escalera.

—¿Le dan miedo las alturas? —me preguntó Oliver.

—Los rayos —lo corregí.

—Mmm.

Mi mente volvió hacia el extraño jardín, porque si la otra persona que podía saber algo sobre jardines secretos era la que estaba atrapada en dicho jardín...

De repente, me pareció muy raro.

—¡Seguro que Cyrus está trabajando! Qué no está... en fin, desaparecido.

—Segurísimo —contestó Oliver—. A ver, que Eula habla con él a todas horas.

Claro que si Cyrus no estaba desaparecido en el mundo exterior, ¿cómo era posible que también estuviera en el jardín?

A lo mejor Oliver se equivocaba. Desde luego, no parecía tenerle mucho cariño al otro sobrino de Eula.

Debía pedirle a Eula que llamara a Cyrus, solo para asegurarme, pero ¿cómo hacerlo sin que pareciese raro?

Estaba tan sumida en mis pensamientos que no me di cuenta de que Oliver me había seguido fuera de la cocina hasta que lo oí llamarme.

—¿Sophie?

Me di media vuelta, distraída.

—¿Qué?

—¿Tienes hambre? —preguntó, mirando al suelo—. ¿Te apetecería ir a cenar?

—¡Ah, no! Tengo comida precocinada en el congelador.

Pero gracias —respondí sin prestarle mucha atención y me despedí de él.

Me llevé la Coca-Cola Light al salir de casa, mientras mi mente deambulaba en el camino de vuelta a la casita, cruzando por el Puente de la Luna.

Quizá podría sacarle con tiento el tema de Cyrus a Eula y luego guiar la conversación para que lo llamase, ¿no?

Estaba tan absorta planeando que la pregunta de Oliver no caló del todo hasta que elegí un plato precocinado del congelador y gemí de inmediato.

—Ay, no. ¿Oliver me ha invitado a salir? ¿En plan salir a cenar de verdad?

Se lo pregunté a la Bola 8 Mágica. El dado giró y giró y giró hasta que por fin salió la respuesta.

«SIN LUGAR A DUDAS», decía, pero bien podría estar riéndose de mí.