yoko meshi #2
Me miró en silencio, con el ceño fruncido.
Me dio la impresión de que esa era la primera vez que me miraba de verdad.
Tenía la cara muy cerca de la mía, con unos ojos de color indefinido, ni azules ni grises, no del todo, enmarcados a la perfección por unas largas pestañas cobrizas.
Tenía unas pecas suaves en la nariz y las mejillas, que se oscurecieron deprisa cuando el rubor le subió de la garganta a la cara.
—No es responsabilidad tuya —replicó, y capté una ternura que me sorprendió—. Es mía. No debería haber venido. Solo creí que... —Dejó la frase en el aire antes de menear la cabeza—. No sé qué creí.
Allí sentada a su lado, me percaté de una marca roja casi imperceptible que tenía en la frente.
Parecía que iba a acabar en moratón. Yo tuve una marca parecida a la mañana siguiente de haberme dado de frente con una puerta de cristal en la universidad.
No iba borracha, solo en las nubes. Sin pensar en lo que hacía, extendí un brazo y toqué el punto rojo.
Él hizo una mueca, más por la sorpresa que por el dolor, y se apartó.
—¡Perdón! —exclamé, avergonzada—. ¡Lo he hecho sin pensar!
—¿Tiene mala pinta? —me preguntó.
—Pues no. ¿Qué ha pasado?
—Justo lo que piensas —contestó con sequedad.
Seguía hablando en voz baja y suave, como si tuviera miedo de admitirlo en voz alta—.
Cuando atravesaste la puerta, me arrastraste contigo.
Pero, en cuanto te fuiste, la puerta se me cerró en la cara de golpe.
Literalmente. Estaba abierta y, en un abrir y cerrar de ojos...
—Se encogió de hombros—. No puedo explicarlo.
Y tampoco puedo abrirla. Lo he intentado todo.
He intentado tirar de ella. He intentado empujarla.
He intentado forzar la cerradura. He intentado cerrar los ojos.
Incluso he intentado pellizcarme para despertar. —Meneó la cabeza—. No funciona nada.
—¿Por qué pellizcarte? ¿Crees que esto es un sueño?
Soltó un suspiro anhelante.
—Si esto fuera un sueño, no tendría mi teléfono.
Me pregunté qué clase de sueños tendría. ¿Pesadillas sobre vacaciones? ¿Sobre un fin de semana relajante en la playa? ¿Sobre días libres?
Todas cosas terribles para él, supuse.
Se incorporó haciendo un esfuerzo y dijo:
—Acabo de darme cuenta de que he olvidado cómo te llamas.
La verdad, no recordaba habérselo dicho siquiera.
—Me llamo Sophie.
—Sophie... Eso. Sophie —repitió despacio, como si masticara las sílabas—. En fin, Sophie, parece que estoy atrapado aquí. O tal vez estoy muerto y esto es el purgatorio.
—Lo dudo. —Me eché hacia atrás en el asiento mientras sopesaba su situación—. Creo que los dos estamos muy vivos.
A él se le escapó una carcajada.
—Pues claro que estoy atrapado en un jardín secreto mágico en la propiedad de mi tía. Un domingo cualquiera en Lilymoor.
—En realidad, es martes.
Me miró con expresión resignada.
—Entiendo lo que quieres decir —añadió deprisa—. Ojalá pudiéramos... ¡Un momento! —Se me ocurrió algo—. ¡No puedes atravesar una puerta, pero ¿has intentado saltar el muro del jardín?
Entrecerró los ojos.
—¿Me tomas por alguien que no lo hubiera intentado de haber podido hacerlo? ¿Has visto los muros? Miden por lo menos tres metros.
—Eres bastante alto.
—Pero no tanto —replicó con deje trágico. Sin embargo, en ese momento, pareció que se le ocurría una idea, porque se sentó más derecho—. Aunque a lo mejor puedo auparte y una vez que tú estés arriba, ¿me ayudas a subir, no? Pareces fuerte.
Lo miré con sorna.
—No lo he dicho como insulto —se apresuró a añadir—. Me gustan las mujeres que puedan levantarme a pulso.
—Yo no puedo hacer eso.
—No creo que seas de la gente que se da por vencida a las primeras de cambio.
Se me escapó una carcajada. No tenía complejos con mi cuerpo; por lo menos, no como Harrie, que siempre se miraba en el espejo y siempre le preocupaba comer más tarta de chocolate de la cuenta.
Sabía que no tenía un físico delicado. Nunca lo había tenido.
Nunca había querido tenerlo. La delicadeza en mi opinión era para las personas que no tenían que levantar sacos de mantillo que pesaban diez kilos.
Pero tenía complejos con otras cosas; cosas que él seguramente nunca averiguaría. Me puse en pie.
—Si nos esforzamos juntos, podremos escalar un muro.
—Con suerte —replicó.
—Me encanta tu pesimismo.
Se encogió de hombros con gesto elegante.
—Nunca he dicho que no sea pesimista —replicó, y juntos salimos del cenador en busca de un trozo de muro que parecía escalable en cierta manera.
Vi las enredaderas que trepaban hacia la parte superior y me pregunté cómo iba a conseguir llegar ahí.
—Muy bien. Estamos malgastando las horas de sol que nos quedan. Aúpame —dije.
Le temblaron los labios por el asomo de una sonrisilla. Me pregunté de pasada qué aspecto tendría si alguna vez decidía sonreír. El mundo se volvería loco, estaba segura. Se acercó a la pared para apoyarse en ella.
—No te olvides de mí cuando estés arriba.
Puse los ojos en blanco.
—Si eso fuera mi intención, usaría la puerta.
—Lo sé. Es que estoy... Es una tontería, ¿no? Que esté asustado, digo. Aterrado, la verdad.
—No voy a dejarte aquí atrapado —le aseguré, porque si que parecía una tontería—. Sin importar lo que esté pasando con este jardín, te sacaré de aquí, te lo prometo. —No parecía muy convencido—. Deberías considerarte afortunado. Nunca rompo una promesa, Cyrus.
Si lo hiciera, no estaría en Lilymoor.
Levantó un poco los hombros al darse cuenta.
—Rus, si no te importa —. Luego entrelazó los dedos y apoyó la espalda en la pared—. Muy bien, arriba, Sophie.
Ese no era el mejor momento para hablarle de mi pésimo equilibrio, pero lo descubrió pronto de todas formas, cuando estuve a punto de caerme de lado. «Es fácil —me dije—. Es pan comido». El muro no era tan alto, para nada. No era alto en absoluto.
Salvo que cuando miré hacia abajo y la tierra empezó a dar vueltas, cambié de idea. Era altísimo. Desesperada, me aferré a una enredadera y me pegué a la planta. Las enredaderas me resultaban conocidas. Hojas ovaladas agrupadas de dos en dos. También habían infestado este jardín… mmm...
—Ah, mi vieja enemiga —mascullé... y esas incluso tenían capullitos en las puntas. Unos capullitos que por fin reconocí: Madreselva—. ¡Venga ya!
—¿Qué? —preguntó él desde abajo.
—Nada... Mmm... Esto te estará resultando incómodo.
—Tú llega arriba y ayúdame a subir —protestó.
Me alegré de que no pudiera ver que me aferraba a las enredaderas con tanta fuerza que tenía los nudillos blancos.
No eran fuertes (había arrancado las suficientes como para saberlo muy bien, por desgracia), pero no había otra cosa a lo que agarrarse.
Me aupó un poco más, y me encontré sentada a horcajadas sobre el muro.
En cuanto lo hice, el mundo se tornó borroso. Oí que Cyrus me llamaba, pero parecía distante. A miles de kilómetros. El sol brilló por última vez, con los últimos rayos cegadores abriéndose paso por el horizonte sulpicado de árboles.
Cerré los ojos con fuerza, pero la cabeza siguió dándome vueltas.
—Sophie —dijo Cyrus desde algún punto por debajo de mí—. Sophie, ¿estás bien?
—Sí —me obligué a me contestar y me abrí los ojos un poquito, pero el mareo empeoró.
Claro que… no era tanto vértigo como la sensación de que los colores se estaban separando.
Los verdes se separaban de los azules, de los rosas.
Intenté concentrarme en sus ojos del color de las tormentas, pero ya no sabía si eran azules, verdes o grises.
Extendí un brazo hacia él—: ¡Agárrame la mano!
Retrocedió unos cuantos pasos para tomar carrerilla. Plantó un pie en el muro y saltó hacia mí.
Debería haberlo atrapado.
Se suponía que iba a hacerlo.
Estaba justo ahí, muy cerca... y sentí que su mano pasaba junto a la mía. Que pasaba a través de la mía, en realidad. Puso los ojos como platos. Él también lo había visto.
Después, empezó a caer y...
Y yo también.
Intenté agarrarme de nuevo a las enredaderas, pero algo tiraba de mí, me arrastraba, me arrancaba del muro... y caí por el otro lado con un grito.