El jardín de algún día yoko meshi
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yoko meshi

Después de dar un paseo con Eula por el jardín y de contarle mi plan para ponerme manos a la obra con el Bosquecillo de los Sauces y la terrible noticia de que las enredaderas ya habían invadido también la Rosaleda, la acompañé de vuelta a la casa para que Juliette y ella pudieran empezar a decidir qué se iba a servir en el bicentenario.

Oliver no estaba ese día y se había llevado su reluciente Lexus de vuelta a la ciudad.

Se había estado quejando de la conexión wifi de la vieja casa, así que supuse que se habría instalado en la cafetería para trabajar, tal como me dijo.

A diferencia de él, yo agradecía la conexión a internet y la cobertura móvil poco fiables.

Por lo menos, hasta que los satélites se alinearon y recibí veinte mensajes de texto a la vez, que fue justo lo que pasó mientras regresaba a la Rosaleda. Bueno, a ver, veinte no, pero me dio esa impresión.

Hola, soy Sánchez.

Espero que estés bien, Soph. Sé que el último año ha sido muy difícil para todos nosotros. Quería ponerme en contacto contigo, pero me parecía que no iba a servir de nada. Tú lo viviste. Yo lo viví. Pero creo que al final Harriett se alegró de que estuvieras allí. Yo me alegro de que estuvieras.

Fui andando cada vez más despacio hasta que me paré.

Sánchez. El novio de Harriett. No teníamos mucho en común...

En realidad, no teníamos nada en común. Él era demasiado bullicioso y no le gustaba que yo fuera demasiado directa y le dijera que era demasiado bullicioso.

Fue Harrie quien evitó que nos matáramos el uno al otro, y cuando ella nos dejó, nos dimos cuenta de que Harrie era lo único que mantenía nuestra amistad.

A Harrie le encantaba su risa demasiado escandalosa y su forma de animar cada fiesta en la que entraba.

O bien corría siempre tan rápido como podía, o bien se estancaba; eran los dos únicos modos que tenía Sánchez Delo.

Y conociéndolo, solo había una razón por la que se pondría en contacto a esas alturas, casi un año después de que ella muriera. No quería leer el resto, pero lo hice de todas formas, con una creciente sensación de miedo en el estómago, que se iba extendiendo como las raíces podridas.

Sé que es repentino, pero quería que lo supieras por mí antes de que lo vieras en las redes sociales. He conocido a una chica. Me hace delirar de felicidad, algo que nunca pensé que volvería a sentir.

Nos hemos comprometido y se lo contaremos a todo el mundo mañana. Sé que es rápido, pero a veces la vida es así.

Tengo que seguir adelante.

Espero que tú también encuentres la manera de pasar página.

Es lo que querría Harriett.

Me quedé mirando los mensajes de texto mientras las palabras se emborronaban.

No, se equivocaba. Harriett querría vivir. Querría un marido, una casita con valla blanca e hijos. Querría una novela superventas y ver su nombre en la sección de novela romántica, entre Heather Fawcett y Carley Fortune. Y querría cumplir su promesa.

Eso era lo que habría querido.

Sin embargo, ya no estaba para quererlo.

Y el que fue su novio durante cinco años se había comprometido con otra en menos de once meses.

Debería haber apagado el móvil y haber vuelto al trabajo; en cambio, abrí las redes sociales y fui a su cuenta de Instagram.

No la había mirado desde unas semanas después del funeral, sobre todo porque él seguía publicando cosas.

Fotos de sus perros. Fotos del piso del que se mudó unos meses antes.

Fotos de viajes, de comida nueva y de su vida...

Y, al igual que tantos meses atrás, fui incapaz de comprender cómo podía...

continuar sin más. Mantener el mismo rumbo, el mismo camino... seguir viviendo.

No tuve que buscar mucho en su cuenta para encontrar fotos de la mujer en cuestión.

Sánchez y ella parecían felices en todos los sitios en los que esperas que alguien sea feliz: durante cenas, vacaciones, fiestas de cumpleaños y festividades.

Toda su cuenta reflejaba que había pasado página, que había rehecho su vida.

Si en eso consistía lo de pasar página (entregarse de tal modo a una persona desconocida que dejabas de ser tú mismo), yo no quería hacerlo.

Me negaba.

Una suave brisa estival agitó las flores silvestres, llevando consigo el aroma de la dulzura y la tierra...

Se oyó el chirrido de unas bisagras oxidadas.

Al principio, no le presté atención, ya que estaba mirando la foto más reciente de Sánchez y su nueva pareja, ambos sonriendo durante un concierto en penumbra.

Ella se parecía un poco a Harriett, con el pelo oscuro y los ojos grandes, pero eran las únicas similitudes.

Se me revolvió el estómago mientras volvía a sus mensajes de texto y mis pies me llevaban por iniciativa propia hacia la Rosaleda.

«¿Cómo sabes lo que habría querido Harrie?», quería preguntarle, deseando con todas mis fuerzas poder hacerle esa pregunta.

Eso era lo único que necesitaba. Solo una pregunta.

«¿Cómo sabes que pasar página era lo que ella habría querido? ¿Cómo sabes lo que ella habría opinado? ¿Cómo sabes que no habría odiado quedarse atrás? ¿Cómo lo haces?».

«¿Cómo lo hago yo?».

El viento sopló con más fuerza en esa ocasión, agitando las flores silvestres mientras pasaba junto a ellas hacia la Rosaleda y haciendo que sus pétalos giraran bajo el cielo dorado y brillante. Se oyó un traqueteo, como la brisa contra una puerta...

¡Una puerta!

Levanté la mirada del teléfono y me volví hacia el sonido. Y allí, contra el muro de piedra gris, estaba la puerta azul. Encajaba a la perfección con la luz del sol, como si gritase: «¡Estoy aquí! Hazme caso».

Como si pudiera obviarla.

De alguna manera, el misterio del jardín me parecía más fácil de desentrañar que los mensajes que tenía en la mano, así que los borré y me guardé el teléfono en el bolsillo. Luego respiré hondo para armarme de valor y atravesé las flores silvestres para entrar.

El jardín tenía el mismo aspecto que la otra tarde, aunque en esa ocasión lo examiné con un poco más de escepticismo mientras intentaba averiguar qué era ese sitio.

No veía ningún punto de referencia (ni el Bosquecillo de los Sauces ni el viejo roble del Jardín Central) y decidí que no era porque los muros fueran demasiado altos.

De hecho, no veía nada al otro lado de dichos muros.

Tampoco oía nada, como si no existiera nada al otro lado.

Rarísimo, la verdad.

La puerta se cerró con un chirrido a mi espalda.

—Hola —dije al tiempo que me adentraba en el jardín. Luego, en voz un poco más baja, como si quisiera comprobar que tenía razón, añadí—: ¿Cyrus?

Seguí sin obtener respuesta. ¿Había conseguido irse? Sentía una opresión en el pecho, algo raro, porque debería de sentirme aliviada, aunque en realidad estaba nerviosa.

Deambulé hacia el cenador a medio terminar, con las grandes trompetas trepadoras que caían desde el techo, brotando donde les apetecía. Desde allí, veía hasta el sauce. La forma del jardín creaba la ilusión de ser más grande de lo que era en realidad.

Mientras entraba en el cenador, con la mirada clavada en las trompetas trepadoras que se enredaban en las vigas, oí una voz a mi espalda.

—Bueno, ¿me crees ya?

Sobresaltada, me di media vuelta.

El desconocido estaba a pocos pasos, con la misma camisa color gris oscuro y los pantalones, y con el pelo cobrizo alborotado a medida que iba perdiendo el peinado elegante, como si se hubiera pasado los dedos por él más veces de la cuenta.

Se parecía mucho al chico de la foto, aunque quince años mayor, con arruguitas alrededor de la boca y de los ojos.

Había perdido las ondas del pelo, al igual que la sonrisa torcida que las acompañaba; las había cambiado por algo refinado y domesticado.

Desde luego que era Cyrus Beck.

—Creo que sí —contesté.

Apretó los labios como si estuviera nervioso, y estoy segura de que tenía un comentario mordaz en la punta de la lengua, pero fue como si, de repente, no le quedaran fuerzas para mantener la irritación. Dejó caer los hombros y se pasó de nuevo una mano por el pelo.

—Han pasado horas... Seguro que alguien me echa de menos a estas alturas.

«¿Horas?». Meneé la cabeza.

—Han pasado días. Te ví la semana pasada.

Le apareció un tic nervioso en el mentón.

—No tiene gracia.

—¿Tú ves que me esté riendo?

La irritación se transformó en preocupación mientras me miraba fijamente de arriba abajo.

—Sí que llevas una camiseta distinta... pero podrías habértela cambiado fuera. Me acordaría si llevara días aquí. —Cruzó los brazos con fuerza por delante del pecho, pero tampoco parecía creerse lo que estaba diciendo—. ¿O no me acordaría?

—No lo sé —mascullé.

Se dejó caer en el asiento del interior del cenador y enterró la cabeza entre las manos.

—Esto no puede ser real. No puedo estar atrapado aquí. ¡No puedo! ¿Se puede saber qué está pasando?

Me senté a su lado.

—Lo siento —dije, porque era lo único que se me ocurrió.

—A lo mejor se lo puedes contar a alguien —se apresuró a sugerir, esperanzado—. ¿A las autoridades? ¡Sí! A la guardia costera... A quien sea. Me encontrarán. Me rescatarán por aire. ¡Algo!

Eso era algo en lo que yo ya había estado pensando, por desgracia, y era un gran plan, salvo que...

—El jardín no deja de moverse.

Frunció el ceño.

—¿Qué?

—La puerta no aparece siempre. Solo aparece... de vez en cuando. Y nunca en el mismo sitio. La primera vez, la vi en el Laberinto. Luego en el Jardín de las Flores Silvestres. Ya he intentado contárselo a Eula, pero no sabe nada. De hecho, casi se rió de mí.

Con los ojos como platos, él se echó hacia atrás y se apoyó en la barandilla.

—Pues vaya mierda.

Asentí con la cabeza.

—Sí.

Eso no nos dejaba muchas opciones. Desde luego que a mí no se me ocurría ninguna.

—Lo siento —repetí.