El jardín de algún día trygghet
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Justo cuando volví a la Rosaleda, la voz de Juliette llegó a través de la radio de onda corta que llevaba sujeta al cinturón, diciéndome que volviera a casa. Eula quería que regásemos las plantas de interior, y Juliette ya la había pillado en fraganti intentando hacerlo ella misma.

En fin, por lo menos era mejor que seguir pinchándome con los rosales.

Así que le contesté por radio que estaría allí enseguida, llené de agua una regadera oxidada en la cocina y subí la escalera. El dormitorio de Eula estaba en el extremo más alejado de la casa, así que anduve un buen trecho con la regadera chapoteando hasta que llamé a su puerta antes de entrar.

Nunca había estado en su dormitorio (no entraba en mis competencias, y Juliette se había encargado de regar las plantas durante la ausencia de Eula), pero cuando entré, me llamó la atención lo...

distanciado que parecía del resto de Lilymoor.

Mientras que el resto de la propiedad estaba impecable y con una decoración esmerada, el dormitorio de Eula estaba muy desordenado y lleno de trastos, hasta el punto de que parecía que algunos estaban a punto de caerse.

Era como si Henry hubiera dejado allí la buena mano que tenía con las plantas, que se habían extendido por la recargada moldura del techo, la vieja chimenea de piedra y las estanterías empotradas, llevando la naturaleza al interior solo para Eula.

Había frascos con tierra, cráneos blancos de animales muertos y marcos acristalados con escarabajos, mariposas y polillas.

En los grandes ventanales, había preciosas vidrieras que proyectaban colores por toda la habitación cada vez que el sol las iluminaba en el ángulo adecuado.

Y entre las plantas, los recuerdos y las postales, había fotos, muchísimas fotos, de familiares y amigos y, sobre todo, de Henry.

Aunque no lo hubiera visto en la foto del muro de benefactores del Jardín Botánico de Nueva York, habría adivinado que era él.

En su juventud era alto y larguirucho, con una mata de pelo rojo que, con el paso de los años, se volvió blanco y rulo, y su altura se encorvó.

Había tantas fotos que resultaba casi abrumador.

Henry en la Rosaleda. Henry posando, con un pie apoyado en un barril de vino.

Henry sentado junto a los cimientos de la casita del jardinero.

Henry fumando su pipa en una mecedora en la terraza.

Henry riendo mientras un niño rubio de ojos brillantes le enseñaba una rana, y otro niño, de pelo cobrizo y más robusto, lloraba al fondo.

Había fotos de bodas. Aniversarios. Fiestas...

Era un relicario viviente, y cuanto más lo miraba todo, más agridulce me resultaba.

Había un jardín fuera del que yo cuidaba, pero ese jardín tenía el mismo encanto.

—Buenas tardes —dije con jovialidad, entrando en la habitación—. Jules me ha dicho que tus plantas necesitaban un poco de cuidado.

Eula estaba sentada en una mullida cama de matrimonio, aunque se había vestido y se había rizado el pelo, y hojeaba una pila de papeles en una bandeja que tenía delante.

—Ah, sí, sí, pasa. Menos mal que está Jules, porque ha sido un encanto al cuidarlas mientras yo no estaba, pero me temo que, aunque tiene muchos talentos, la jardinería no es uno de ellos.

—Los jardineros florecen con el tiempo... Estoy segura de que podría aprender.

Ella resopló:

—Lo dudo... oh. —Puso los ojos como platos y luego apareció un brillo alegre en su mirada—.

¡Un juego de palabras! ¡Ingeniosa y con talento!

Mi Oliver tendrá que andarse con ojo —añadió a modo de elogio, y contuve una sonrisa mientras intentaba no sentirme demasiado orgullosa—.

Bueno, supongo que si tengo que dar mi brazo a torcer y aceptar ayuda, podemos hablar de trabajo mientras estás aquí.

Hay otro contrato modificado para ti, para incluir tu nuevo trabajo en el Bosquecillo de los Sauces.

—En serio, no es necesario que sigas modificando mi contrato...

Hizo un gesto con la mano para restarle importancia.

—No ha sido cosa mía, querida. Ha sido todo idea de mi abogado. Se ha mostrado inflexible. Le gusta ser minucioso con el papeleo y cobrarme por el tiempo que le lleva —añadió en voz baja.

Dejé la regadera y me acerqué al contrato que había sobre la mesa. En esa ocasión, había una margarita de otoño blanca junto a él. La flor de la paciencia. Hice girar la flor entre mis dedos mientras leía los pasajes resaltados. Parecía bastante sencillo, así que firmé donde debía y listo.

—¿Estás pensando en esto para los ramos? —pregunté, refiriéndome a la flor.

—Bueno, ya sabes, lo sugirió él —contestó Eula, pensativa—.

A Henry le encantaban las margaritas blancas, los cosmos y los lirios estrella.

Cualquier cosa con un nombre que recordara al cielo.

Le gustaba la ironía de ponerle un nombre así a una flor arraigada en la tierra y que nunca tocaría el cielo.

Pero —siguió, encogiéndose de hombros—, el blanco es tan... típico de boda, ¿sabes?

—Supongo...

—Así que la búsqueda continúa —siguió, y yo me coloqué la margarita de otoño detrás de la oreja—. Y ahora que ya hemos acabado con ese asunto tan vulgar, ¿por qué no vienes a ver mi Dracaena trifasciata? Parece un poco mustia, ¿no?

Señaló una maceta junto a la ventana que tenía muy buen aspecto, con sus hojas en forma de lanza asomando triunfales pese al intento de Juliette de ahogarla.

Era solo una lengua de suegra normal, casi imposible de matar.

Me acerqué para me examinarla de todos modos y para quitarle el polvo de las hojas.

Seguía tan sana como siempre, igual que las demás plantas de la habitación.

Por la ventana, vi a Juliette ahuyentando a Maldición con una manguera en el camino de gravilla de la entrada.

—La lengua de suegra tiene muy buen aspecto. Está un poco seca, pero yo no me preocuparía. ¿Ha mandado Juliette las invitaciones? —añadí.

—Mmm —respondió Eula mientras, fuera, la coordinadora de eventos y relaciones públicas soltaba la manguera y echaba a correr hacia la casa.

Eula me pidió que le llevara sus analgésicos, así que me ocupé de eso durante los siguientes minutos, le rellené el vaso de agua y la ayudé a ahuecar las almohadas.

—Ay, ay, ay. Mis viejos huesos siguen envejeciendo —se quejó con un gemido—. Sophie, querida, nunca envejezcas. Te conviertes en una carga.

—No eres una carga, Eula —repliqué con firmeza—. ¿Alguien ha dicho que lo eres?

Se hundió de nuevo en las almohadas con una mueca de dolor.

—Nadie tiene que decírmelo. Puede que sea vieja, pero todavía no he tenido la desgracia de volverme senil. Esta parte de la vida es un trabajo horrible. Sobre todo cuando eres la última.

Arranqué una hoja amarillenta de un poto y luego me volví hacia ella, confundida.

—Mi hermana murió hace unos años —dijo al verme la cara—.

No pude ir a Boston para el funeral debido a la pandemia.

Soy la última veterana que queda —añadió a modo de broma, tratando de aligerar el ambiente—.

Estoy agradecida de seguir viva, pero es agotador cuando todas las personas con las que has compartido la mayor parte de tu vida ya no están.

—Desvió la mirada hacia la ventana, apretando los labios como si estuviera contrariada—.

A veces, solo deseas poder irte también.

—Eula...

En ese momento, parpadeó y apartó la mirada del lejano cielo azul.

—¡Ay, no me mires así, querida! Todavía me quedan algunas cosas por las que vivir y no voy a permitir que una cadera acabe conmigo de ninguna de las maneras. Cuando vaya al infierno, lo haré pataleando y gritando.

No pude contener la risa al oírla.

—¿Sabes lo que creo?

—¿Que solo soy una anciana triste?

Solté la regadera en la mesa y me acerqué a la cama.

—Creo que necesitas un poco de aire fresco.

—Pues ábreme una ventana.

—Y un poco de hierba.

—Puedes traerme un trozo del jardín.

Acerqué el andador al borde de la cama y le hice un gesto para que se pusiera en pie. Ella se limitó a cruzar los brazos por delante del pecho y apartó la mirada.

—Eula —dije.

—Sophie, querida —replicó con la misma ligereza.

—Solo estoy haciendo mi trabajo. Quiero llevarte a ver los progresos que hemos hecho hasta ahora y creo que en la sección dos del contrato dice que tengo que consultarte cada cambio que haga en el jardín y su flora.

Agitó una mano.

—Confío en ti. Ya está, ¿ves? No necesito ir a ningún sitio.

—Le diré a tu abogado que estás incumpliendo el contrato —la amenacé.

Ella dio un grito ahogado.

—¡No te atreverías!

—Ya lo creo que sí.

—Muy bien —refunfuñó mientras se levantaba despacio de la cama y se apoyaba en el andador—, pero tendré que llamarlo de todos modos para modificar el contrato otra vez.

—¿Por qué? —pregunté.

—Por hacer de niñera de una anciana.

—¡Ja!

Echamos a andar hacia la puerta del dormitorio, pero luego me detuvo y me pidió las gafas de sol que estaban en el tocador, así que fui a buscarlas.

Estaban junto a una foto pequeña de dos adolescentes altos ataviados con sendos trajes negros, con Eula y su marido en medio.

Reconocí primero al rubio que estaba al lado de Eula, aunque fue el que estaba junto a Henry el que me sorprendió.

Una mata de pelo ondulado de color cobrizo y unos ojos penetrantes, desgarbado como la mayoría de los adolescentes antes de alcanzar su estatura definitiva.

Y yo sabía que ese chico en concreto lo haría.

Eula se dio cuenta de mi interés por la foto.

—Nos la hicieron la última vez que estuvimos todos juntos, justo antes de que Henry muriera —Esbozó algo parecido a una sonrisa triste—. Hace ya casi diecisiete años. Entonces éramos felices.

Porque el joven que estaba frente a Oliver, mirándome fijamente desde la foto con el pelo al viento y una sonrisa descarada y torcida, era el desconocido del jardín secreto.

Cyrus…