taaradhin
—¡Ay! —grité al tiempo que apartaba con brusquedad la mano enguantada de los rosales trepadores.
La Rosaleda era un frondoso amasijo de espinas, y me reafirmé en esa opinión mientras intentaba quitar la dichosa enredadera de sus ramas.
Creía que solo estaba en el Laberinto, pero las retorcidas enredaderas se habían colado en los jardines favoritos de Eula, y ni loca iba a permitir que acabaran también con las rosas.
Así que me puse manos a la obra, aunque a esa altura me arrepentía de la decisión, por culpa de los arañazos que tenía en los brazos.
Me quité el guante y vi que brotaba una gota de sangre de mi dedo índice.
Me lo metí en la boca y fui a sentarme en uno de los bancos.
Intentaba contener la irritación, pero las rosas no se estaban portando bien y yo era incapaz de me sacarme de la cabeza el almuerzo del día anterior con Oliver (¿fue una cita?).
Por no hablar de la extraña puerta, y encima las enredaderas, y seguía sin entender por qué había tanta agua acumulada en las flores silvestres...
—Estás pensando demasiado —murmuré, mirando las rosas. El atardecer pintaba el cielo de tonos rosas, amarillos y naranjas. Cerré los ojos y tomé una honda bocanada de aire para tranquilizarme. Se oyó un susurró a mis espaldas y, acto seguido, Wykofski asomó la cabeza a la Rosaleda.
—Creo que necesitas un descanso para tomarte una limonada —dijo sin rodeos.
—No, estoy bien —le me aseguré, pero me interrumpió de inmediato.
—¡No era una pregunta! —exclamó y salió enseguida de la Rosaleda—. ¡Mueve el trasero hasta el cobertizo o mando a mi hija para que venga a buscarte!
Suspiré.
Tenía razón. Me vendría bien un descanso.
Así que dejé los guantes junto a las tijeras de podar y salí de la Rosaleda en pos de Wykofski, por un estrecho sendero de guijarros que conducía al cobertizo del jardín.
Estaba casi oculto detrás del Laberinto, pegado a uno de los depósitos de agua de la propiedad.
Las puertas del cobertizo estaban abiertas, y Wykofski tenía una mesa preparada con una jarra de limonada.
Me hice con un vaso y me dejé caer en una silla plegable, sin apartar la mirada de Maldición, que estaba en su cama para mascotas, aunque decidí que la gansa estaba demasiado a gusto como para perseguirme y me relajé para disfrutar de la bebida. La ira fue remitiendo poco a poco.
Era difícil seguir enfadada mientras bebía la limonada de Wykofski.
Me había dicho que no medía los ingredientes, por lo que nunca podía garantizar el sabor. La verdad, creo que eso la mejoraba. Había días en los que no te dabas cuenta de que necesitabas una limonada ácida hasta que la bebías.
—Siento haberte amenazado con la gansa, pero me pareció que necesitabas beber algo —dijo mientras sacaba su silla plegable (una de esas elegantes que se usaban para sentarse en los aparcamientos antes de los partidos) y se dejaba caer en ella como si no quisiera volver a levantarse nunca más—.
Te aseguro que a mí sí me hace falta. —Acto seguido y para enfatizar su estado de ánimo sombrío, se bebió el vaso de limonada de un solo trago.
Se lo rellené. Y casi se lo bebió también entero.
Luego chasqueó los labios, visiblemente más contento, y dijo—: Bueno, ¿qué te tiene tan frustrada, Sonrisas?
—He encontrado enredaderas entre las rosas —contesté, derrotada.
Gruñó.
—¿En serio? Pero ¿tienes alguna idea de lo que son? ¿Kudzu?
—No... —Me froté la nuca—. No es kudzu. Y tampoco es una mala hierba... y no creo que sea glicinia. Tiene hojas dobles como la bignonia trepadora... —Me encogí de hombros—. ¿Quizá madreselva? ¿Jazmín de Carolina? No lo sabré hasta que florezca, pero, hasta que eso pase, va a asfixiar todo lo demás.
Él asintió con gesto serio de la cabeza.
—Menudo enredo tienes en el jardín, ¿eh?
—Qué broma más mala —protesté mientras intentaba mantener una expresión seria, pero luego él soltó una risilla y perdí la batalla.
Empezamos a reír, y fue estupendo reconocer sin más lo ridículo que era todo.
En el gran esquema del universo, tener que ocuparse de unas enredaderas no era el fin del mundo.
Me serví otro vaso de limonada, y él se puso a hablar de lo que haría falta para abrir el Bosquecillo de los Sauces.
Había estado cortando el césped, pero tenía que ocuparse de los topillos y podar los sauces.
No sería difícil ponerlo a punto, el problema estaba en la extensión, porque era muy grande.
—Me pregunto por qué fue uno de los primeros que Eula cerró —dije al tiempo que me hundía en la silla—. No estamos hablando del Laberinto ni de la Rosaleda. No requiere mucho esfuerzo.
Él se encogió de hombros.
—Supongo que porque está cerca del invernadero. Uno de los muros está pegado a él. A lo mejor no quería desenterrar esos recuerdos. —Bebió un sorbo de limonada—. Tengo la sensación de que ha cerrado muchas cosas que le recuerdan a Henry. Algunas de las cuales seguramente ya ni siquiera recuerde.
Algo que hacía nuestro trabajo mucho más difícil. Suspiré con la mirada clavada en el cielo azul. Una suaves nubes como algodón de azúcar flotaban sobre nuestras cabezas, lentas y serpenteantes.
—¿Qué harás cuando Eula se jubile? ¿Te quedarás?
Se le movió el bigote.
—No lo sé. Soy incapaz de imaginarme este lugar sin ella. Pero a lo mejor Oliver no es tan malo... Creo que nos sorprenderá.
—Ojalá tuviera tu optimismo —dije al recordar mi conversación del día anterior con el susodicho—, pero las personas son egoístas por naturaleza. Te decepcionarán si depositas demasiada confianza en ellas.
—Claro, Sonrisas, pero ¿no es agotador ir así por la vida? Vivimos en un mundo al que le gusta tomar, pero al mundo también le gusta dar. A muchos se nos olvida eso. Quizá, a lo mejor, haya una forma de que todos ganemos.
—Taaradhin —susurré.
—¿Mmm?
—Creo que es árabe. —Sequé con el pulgar la condensación del vaso de plástico—. Quiere decir algo así como alcanzar un compromiso feliz. Un compromiso en el que nadie pierde.
—Conque taaradhin, ¿no? —Pronunció la palabra despacio mientras se acariciaba el bigote—. Me gusta cómo suena. Esa es buena. Así que seré optimista por los dos —anunció—. Y por Maldición.
La gansa, sentada en su cama junto al cobertizo, tenía el pico metido debajo de un ala y estaba durmiendo. Creo que nunca había estado tan cerca de ella sin que me persiguiera como si quisiera matarme. A lo mejor me toleraba cuando llegase el final del verano.
No, seguramente no.
Me terminé la limonada y me puse en pie.
—En fin, pues esta pesimista tiene que resolver el misterio de las molestas enredaderas. Gracias.
—Hay limonada todos los días —replicó, pero creo que los dos sabíamos que le estaba agradeciendo mucho más que la limonada.