lítost
Había una palabra checa para el tormento que uno se inflige a sí mismo al ver la desdicha propia: «
».
Eso era justo la sensación que yo tenía (me estaba atormentando a mí misma) mientras Oliver abría la puerta del acompañante de su elegante Lexus ES plateado.
El problema no era que no quisiera almorzar, sino que las mariposas que me aleteaban en el estómago habían vuelto con fuerza, de manera que no estaba segura de cuánto tiempo aguantaría antes de suplicar que la tierra me tragase por completo.
No solo no estaba acostumbrada a que la gente me abriera la puerta del coche, sino que tampoco lo estaba a fraternizar con el sobrino nieto de mi jefa.
¿Eso era fraternizar? Mejor no darle demasiadas vueltas al tema.
Fuera como fuese, a Eula no parecía importarle.
Era en momentos como ese cuando echaba de menos Nueva York, aunque solo fuera por el anonimato absoluto que ofrecía.
Allí podía ir con la cabeza gacha y nadie sabía que existía.
A veces, eso hacía que me sintiera sola, pero luego entraba en aplicaciones de citas, salía unas cuantas veces y me sentía un poco mejor.
Desde el funeral, mi invisibilidad había sido como un bálsamo.
Sin embargo, en ese preciso momento, cuanto más tiempo pasaba en Lilymoor, más me veía obligada a existir.
Me levanté como pude del asiento de cuero y lo seguí de mala gana hasta el puesto de bollitos de langosta del pueblo.
Pinch, el puesto en cuestión, estaba abarrotado esa tarde, pero encontramos una mesa debajo de una sombrilla de rayas rojas y blancas, y nos llevaron los bollitos de langosta y las Coca-Colas Light mientras nos sentábamos a la sombra.
Me sorprendió que la primera hora de la tarde resultara tan agradable, y mucho más fresca que durante los últimos días.
Un grupo de adolescentes se sentó a la mesa de al lado, encorvadas sobre uno de sus teléfonos, absortas mientras veían un vídeo.
Se reían de vez en cuando e intercambiaban miradas, todas ellas con pulseras de la amistad a juego.
Oliver se zampó el bollito de langosta de unos cuantos bocados y empezó con la cesta de patatas fritas que decidimos compartir.
—No lo vayas diciendo por ahí, pero Pinch tiene los mejores bollitos de langosta de Maine. Todo el mundo dice que es Red's, pero se equivocan. ¿Qué tal está? —añadió, emocionado.
La carne de langosta era dulce y tierna.
—Está bueno —contesté.
Él puso los ojos en blanco.
—¡Que está bueno! —repitió, ofendido—. Es el mejor que he probado. Siempre vengo a primera hora cuando visito a Eula. El dueño anterior sabía mi nombre, pero Claude se jubiló hace unos años. Los bollitos de langosta siguen siendo los mismos, eso sí.
Tomé un trozo de carne de langosta y me lo comí. Había tanta cantidad metida en el panecillo que amenazaba con salirse cada vez que intentaba darle un bocado. Ya entendía por qué incluían un tenedor en la bandeja.
En la mesa de enfrente, las adolescentes chillaron cuando una gaviota se abalanzó para robar un trocito de bollito abandonado. Las vimos sentarse de nuevo y enzarzarse en una conversación sobre su último año de instituto.
—¿Qué te trae por Lilymoor? —oí que me preguntaba Oliver al tiempo que apoyaba la barbilla en la mano. Parpadeé, sorprendida por su franqueza. Bebió un sorbo de Coca-Cola Light mientras esperaba mi respuesta.
—Trabajo —contesté con sinceridad.
En esa ocasión, resistió el impulso de poner los ojos en blanco.
—Claro, pero te ofreciste voluntaria para esto, ¿no? A ver, que Lala no paraba de hablar de que venías muy recomendada por el Jardín Botánico de Nueva York.
Ah. Eso. Me encogí de hombros y decidí usar el tenedor para picotear la carne de langosta como un pájaro, por lo menos hasta que pudiera comerme el bollito sin que la mitad se cayera en la bandeja.
Sin embargo, él siguió insistiendo.
—¿Es por las flores bonitas? ¿Por los setos? ¿Por la gansa?
Eso me arrancó una carcajada.
—Por la gansa, está claro.
—Lo sabía. —Meneó la cabeza—. Siempre es por la gansa. A todo el mundo le encanta la gansa.
—¿Qué te trae a ti por Lilymoor? —le pregunté, devolviéndole la pregunta.
En caso de que lo sorprendiera, disimuló bien mientras bebía otro sorbo de Coca-Cola Light, retrasando el momento de contestar.
—¿Tú qué crees? —En ese momento, alzó la mirada hacia mí. Allí, a la sombra, sus ojos tenían el color de la tierra recién labrada, suaves, marrones y profundos.
Meneé la cabeza.
—Creo que estás esquivando la pregunta.
Se le escapó una carcajada sin querer.
—Supongo que sí. —Pasó el pulgar por el vaso, limpiando la condensación—. Quiero mucho a mi tía abuela. Debería haber venido antes, ya lo sé.
—¿Y por eso has vuelto?
—Claro —contestó sin más—, y me da miedo que se caiga de nuevo.
Debería haber estado con ella la primera vez, y no quiero volver a cometer ese error.
—Se pasó los dedos por el pelo—. Es que es culpa mía que se hiciera daño.
Sabía que no debería vivir sola. Es solo que...
no quería poner mi vida patas arriba. Mudarme aquí.
Vivir en esa casa vieja y destartalada. Pero debería haber estado aquí.
Sabía lo que tenía que hacer. Siempre lo sé, es que nunca hago caso —añadió para sí mismo antes de acomodarse en la silla con un suspiro.
Solté el tenedor después de decidir que ya no quería más langosta, aunque solo me había comido la mitad del bollito.
—Sea como sea, sé que ella agradece que ya estés aquí.
Hizo una mueca.
—Sí, el problema es que es un momento muy inoportuno. Seguramente crea que también quiero heredar Lilymoor.
—¿Y no es así? —le pregunté, sorprendida.
—A ver... ¿No te vas a comer eso? —Señaló el resto de mi bollito, y se lo ofrecí para que se lo terminara.
No dudó ni un segundo y se lo comió en tres bocados—.
Mi primo y yo veníamos a la casa todos los veranos —dijo, chupándose los dedos—.
Siempre hablábamos de lo que haríamos cuando la propiedad fuera nuestra; los jardines que crearíamos, los que arrasaríamos, las casas en los árboles, las casitas y las instalaciones artísticas.
Incluso diseñé una montaña rusa cuando tenía diez años —añadió con tono conspirador al tiempo que se inclinaba hacia mí.
Intenté controlar mi expresión.
—Uf, guau. Eso sería...
—Una idea espantosa, lo sé —terminó él, y asentí con la cabeza mientras me encogía de hombros—, pero es el asunto: el cielo era el límite.
Estoy convencido de que mi tía cree que quiero este sitio más que nada en el mundo.
—Se limpió las manos en la servilleta que había en la bandeja—. Pero no lo deseo en absoluto.
Casi me atraganté con el refresco.
—Oh.
Hizo ademán de comerse otra patata frita, pero luego se lo pensó mejor y suspiró.
—No quiero quedarme atrapado aquí.
—¿No te da miedo quién podría heredarlo en tu lugar? —me atreví a preguntar—. ¿O qué pasaría si se lo vendiera a alguien a quien no le importe Lilymoor?
A nuestra espalda, las adolescentes decidieron por fin levantarse de la mesa y dejarla libre para que se sentara una pareja.
La mujer se había recogido el pelo rizado en una complicada trenza que me recordó a Harrie.
Su novio también tenía el pelo rizado, de color rubio ceniza, y ella le pasó los dedos para intentar peinárselo un poco.
—Lo admito, no me gusta la idea de que ella venda la propiedad —contestó Oliver, frunciendo el ceño—. Si las alternativas son que Lala renuncie a Lilymoor o que yo lo herede… no dejaré que la venda. No soy un monstruo.
—Pero no quieres hacerte responsable de la propiedad.
—No —admitió—. Por lo menos, no yo solo.
Mordisqueé la pajita de mi Coca-Cola Light mientras pensaba.
—¿Y el otro sobrino nieto de Eula?
Resopló.
—Claro. Qué gracioso. Tendría que dejar de dedicarle tiempo a su «importantísimo trabajo» —contestó, dejándome claro que él no lo encontraba importante en absoluto—, y volver a Lilymoor, y eso no va a pasar en la vida.
—Supongo que no se llevan bien —dije, pensando en la carta que llevaba en el bolsillo trasero, la que él había roto en dos.
Se encogió de hombros.
—Nos llevábamos bien. Antes. Básicamente crecimos juntos —me explicó, aunque detecté un deje en su voz que no supe interpretar porque no lo conocía lo suficiente—.
Pero creía que lo conocía mejor y resulta que no es así.
O, por lo menos, ya no lo conozco. —Se terminó el refresco y se puso en pie—.
Y da igual, nunca volverá a aparecer por Lilymoor.
Pero gracias por el almuerzo —añadió al tiempo que lo ponía todo en la bandeja para tirarlo a la papelera—. Te lo agradezco.
—Me he limitado a escucharte. —Lo seguí mientras nos alejábamos de la terraza, de vuelta a su coche—. Has pagado tú.
Soltó una carcajada.
—Aún así, la compañía ha sido agradable. —Cerró la puerta del coche en cuanto me senté y luego lo rodeó hacia el lado del conductor. Se inclinó sobre la consola central, sonriendo—. Eres divertida, ¿lo sabes?
El corazón me dio un vuelco. «Te estás acercando demasiado», me advirtió mi traicionero sentido común, aunque la vocecilla estaba casi apagada por los fuertes latidos de mi corazón.
El coche estaba en silencio, y él estaba cerca, y su boca estaba justo ahí...
y mi mente insistía en imaginar lo que podría pasar.
Harrie me habría dicho que me lanzara de cabeza. Que aprovechara el momento. Que me inclinara y...
La emoción se agrió, y me acomodé en el asiento.
—Creo que... deberíamos volver a la casa.
Si mi reacción lo decepcionó, lo disimuló muy bien.
—Como desees —replicó, y nos pusimos en marcha. El trayecto de vuelta a Lilymoor resultó más cómodo de lo que me esperaba.
Hablamos sobre dónde había estudiado él (en la Universidad de Boston, un grado en estudios arquitectónicos) y que trabajaba en una empresa que restauraba casas antiguas en la otra punta del país.
En la actualidad, disfrutaba de una larga excedencia por motivos familiares aunque, por desgracia, estaba obligado a mantener reuniones a través de Zoom con clientes durante todo el verano, así que si desaparecía, era bastante probable que estuviera en la única cafetería del pueblo, usando su estupenda red wifi.
Su color preferido era el verde. Le encantaba salir a correr y una vez fue a Nueva York para participar en una maratón, y lo más sorprendente de todo era que estaba soltero, aunque admitió que tuvo novia formal hacia unos años.
—Por lo menos mi novia me dijo que sí cuando le pedí matrimonio. He oído que a Cyrus le han dado calabazas —dijo con orgullo. Aunque estaba enfadado con el otro sobrino de Eula, conservaba esa competitividad tan infantil. Me dije que no podía ser perfecto—. Creo que fue el día de San Valentín.
Hice una mueca.
—Uf, qué golpe tan bajo.
—Seguro que se lo tomó con calma. Según tengo entendido, estaba casado con su trabajo —replicó mientras atravesábamos la verja de hierro forjado y entrábamos en el camino privado, que serpenteaba por el bosque hasta la casa situada en los acantilados.
Wykofski estaba en la entrada arreglando el grifo cuando llegamos y aparcamos frente a la fuente.
Levantó de golpe las cejas, que desaparecieron debajo de su gorra verde con el lema «El mejor papá ganso».
Me levantó los pulgares sin que Oliver se diera cuenta, después de que pasara por su lado para entrar en la casa, y asintió con la cabeza, sonriendo.
—A por él, chica
—articuló con los labios y meneó las cejas.
Me dieron ganas de meterme debajo de una piedra y morirme.