goya
Me calé más el sombrero para cubrirme la cara y bloquear el sol mientras mascullaba para mí misma y contemplaba el muro que se extendía detrás de las flores silvestres.
Cerré los ojos con fuerza, imaginé la puerta entre las piedras grises y volví a abrirlos...
Nada.
Quizá la puerta solo aparecía cuando creía que yo no me lo esperaba, así que me hice con la pala y fingí que me iba al Jardín Central de nuevo. Uno, dos, tres... Conté con paciencia hasta diez, contuve el aliento y me di media vuelta...
Nada.
Me sentía cada vez más tonta.
—Sé que estaba ahí —mascullé—. ¡Lo sé!
Y, sin embargo, ya no estaba allí.
Era sábado y, si bien técnicamente libraba los fines de semana, pocas veces dejaba de trabajar.
Me gustaba cuidar del jardín, y hacer un poquito durante mis días libres evitaba que luego tuviera que hacerlo todo de golpe.
La tormenta de la noche anterior había dejado un reguero de restos por todo el jardín, así que estuve deambulando para limpiarlos, quitando más enredaderas todavía del Laberinto.
Aunque, de vez en cuando, mi mente se acordaba del jardín que no existía y del desconocido que estaba en su interior. ¿Y si seguía atrapado?
Tampoco podía contárselo a nadie. Lo intenté con Eula, pero ella estaba segurísima de que yo me había equivocado.
No podía contárselo a Juliette ni a Wykofski, porque no quería que mis compañeros de trabajo creyeran que estaba loca, y, sobre todo, no quería que le fueran con el cuento a Oliver de que la nueva encargada de los jardines se estaba volviendo loca.
Aunque era alérgica al romanticismo, tenía ojos, y él era muy guapo.
La imagen de sus ojos de color caramelo, de su sonrisa, de ese guiño tan travieso... hizo que me pusiera nerviosa de nuevo.
Era en momentos así cuando echaba de menos a Harrie en el sentido más práctico.
Ella me habría creído de inmediato, con un brillo en los ojos, y me habría interrogado sobre la puerta, el jardín y el desconocido.
No se lo habría pensado siquiera, porque para Harrie la magia era tan real como el viento.
Los fantasmas, el destino, las hadas, los hilos invisibles... ella quería creer en todo eso.
Y lo había hecho.
«Las mejores historias son las que te dejan maravillada.
Las que casi te crees —me dijo en una ocasión, colgada de mi brazo mientras hacíamos un recorrido guiado por Charleston, dedicado a historias truculentas de fantasmas.
La noche era tan fría que se nos entumecieron los dedos de las manos y no nos sentíamos los de los pies—.
Hay una palabra en urdu que lo describe: goya».
No durmió aquella noche, y se tapó con las mantas hasta la barbilla, porque juraba que había algo detrás de la cortina.
(¡No había nada! Lo comprobé tres veces.) Al final, se metió en mi cama y se tapó la cabeza con la almohada, y me desperté a la mañana siguiente con los dedos helados de sus pies clavados en el costado.
Ojalá estuviera en Lilymoor conmigo.
Pero no lo estaba, y yo miraba fijamente un muro vacío en busca de una puerta.
Cuando llegó el lunes, todavía no había encontrado la puerta y mi desconcierto se estaba convirtiendo rápidamente en decepción.
Por lo menos, conseguí abrir el Laberinto, pese a las enredaderas, algo que me pareció un pequeño triunfo cuando un niño se metió en el laberinto lanzando el grito de un pterodáctilo, perseguido por su niñera.
A la hora del almuerzo, Juliette fue a buscarme al Jardín Central, donde estaba quitando las flores marchitas de los girasoles para calmar mi frustración, y me pidió que la acompañara al interior un momento. Yafir estaba allí, y al parecer era una emergencia.
Me quité las botas sucias junto a la puerta de la cocina y me reuní con Juliette en el vestíbulo principal mientras Oliver llegaba desde la cocina, comiéndose una crujiente manzana. No lo había visto desde el sábado, y me pregunté dónde se habría metido.
—Ah, hola, señorita Encargada de los Jardines —dijo antes de mirar a Juliette—. Y hola también a su amiga.
Juliette lo miró parpadeando, nada impresionada.
—¿Y tú eres...?
—Oliver —lo presenté antes de volverme hacia ella—. Te presento a Juliette.
Él chasqueó los dedos de la mano libre.
—¡Ah, Jules! También he oído hablar de ti.
Ella se sobresaltó por el apodo y se puso muy colorada.
—¡Ah! Mmm... Espero que no haya sido..., mmm, que no haya sido nada malo.
—No voy a decirlo —replicó él, guiñándome un ojo, y le dio otro mordisco a la manzana.
Juliette estaba avergonzadísima. Yo estaba a punto de regañarlo por burlarse de ella cuando Yafir apareció en lo alto de la escalera, con la cara del color de una ciruela madura.
Llevaba una enorme saca de correo postal debajo del brazo—.
¡Al despacho! —ordenó con un tono seco que no admitía discusión—. ¡Todo el mundo!
Oliver se señaló con un dedo.
—¡Sí! ¡Esto también te incluye a ti! —Yafir hizo una pausa y lo miró con los ojos entrecerrados—. ¡Sobre todo a ti!
El rubio hizo una mueca.
—¿Se puede saber qué he hecho?
Sin embargo, Yafir ya iba camino del despacho.
Con pavor por la idea de hacerlo esperar, subimos la escalera a toda prisa detrás de él.
Yafir soltó la saca de correo con un golpe en la mesa.
Después, sin mediar palabra, la señaló. Yafir, el contable de Lilymoor, era un hombre nervioso con gafas, una enorme chaqueta de tweed y unos pantalones chinos holgados, que nunca se separaba de su cuaderno de cuero y llevaba un sempiterno bolígrafo detrás de la oreja.
Su cálida piel oscura estaba bastante pálida.
Con gesto titubeante, Juliette metió una mano en la saca de correo y sacó varias cartas antes de ojearlas.
Todas eran sobres de color blanco roto con el destinatario escrito con la letra inclinada de Eula.
Uno no estaba bien cerrado, de modo que Juliette lo abrió con un dedo y sacó la tarjeta que había dentro.
Queridísima Ann:
Te invito cordialmente al 200.º aniversario de Lilymoor el 16 de agosto. Por favor, acompáñanos mientras celebramos la vida de esta histórica casa y tus increíbles contribuciones a la biblioteca de Lilymoor durante los últimos años. Muchísimas gracias por tus novelas.
Atentamente,
Eula
—Hay más de quinientas invitaciones, ¡Quinientas! —exclamó Yafir—. El repartidor de UPS las ha dejado hoy mismo procedentes del Centro de Rehabilitación de Día y Residencia de Larga Estancia.
Juliette se mordisqueó el labio inferior.
—¡Ay, Dios!
Yafir arqueó una ceja.
—¿Solo «Ay, Dios»?
El Centro de Rehabilitación de Día y Residencia de Larga Estancia era, al parecer, el centro de rehabilitación del que Eula se había ido, y por fin habían entregado las pertenencias que se había dejado allí. Miré el montón de correo. Había debido de aburrirse muchísimo, sí.
—Me preguntó si podía encargarse ella de escribir las invitaciones para la celebración del bicentenario —dijo Juliette—, pero... —Miró la enorme bolsa de correo—. Supongo que debería haberle hecho más preguntas.
—Sí, algunas más, de hecho —replicó Yafir con sequedad al tiempo que volvía a meter de mala manera en la saca el montón de cartas que Juliette había sacado. Una de las cartas acabó cayéndose junto a mis pies—. Me dijiste que como mucho habría cien invitados.
—Pues sí —contestó ella, impotente—. A Eula se le han debido de ocurrir más personas a las que invitar.
—No tenemos presupuesto para más —dijo él, enfadado, al tiempo que cruzaba los brazos por delante del pecho con nerviosismo—. ¿Cómo voy a hacer que las cuentas cuadren si no sé lo que pasa? ¿De dónde vamos a sacar el dinero?
Me hice con la carta que se había caído al suelo. Tampoco estaba cerrada.
Queridísimo Cyrus:
Me encantaría verte en el bicentenario, aunque estoy segura de que estás muy ocupado. Si no lo haces por Lilymoor, ¿podrías hacerlo por Henry? Aunque lo entenderé si estás ocupado. Te quiero y te echo de menos.
¡Besos!
Eula
Cyrus… el otro sobrino nieto.
—¿Las ha escrito todas a mano? —me pregunté en voz alta.
—Eula es terrible cuando se aburre —comentó Oliver con voz cansada mientras leía por encima de mi hombro la carta a Cyrus. Se le crispó la cara.
Doblé de nuevo la carta y la devolví a la saca.
—Son demasiadas personas —susurró Juliette antes de cerrar los ojos y tomar una honda bocanada de aire. Después los abrió de nuevo con renovada determinación—. Nos arreglaremos. Veré de dónde puedo recortar en los gastos y a lo mejor tirar de algunos hilos.
—Va a ser un desastre —anunció Yafir, y Juliette lo miró con expresión cansada—. ¿Qué pasa? Pues claro que va a serlo...
—¡Ah! Han encontrado las cartas, ¡bien! —exclamó Eula.
Los cuatro nos volvimos hacia la señora de Lilymoor como niños a los que acababan de pillar con las manos en la masa.
Estaba inclinada sobre su andador; a esas alturas, ya lo había decorado con flores artificiales y había acolchado más las asas.
Wykofski estaba justo detrás de ella, con expresión preocupada, mientras Eula sonreía de oreja a oreja.
—¡Tenía la esperanza de que me ayudaran a cerrarlas todas! —anunció—. Creo que Ollie sabe dónde está la cera y el sello de Lilymoor, ¿a que sí, querido?
Oliver la miró con expresión cansada.
—Lala, ¿no se supone que tienes que estar recibiendo tu sesión de fisioterapia?
—He salido antes —contestó ella como si tal cosa mientras Wykofski hacía un gesto como si se rebanara el pescuezo.
Oliver miró a su tía abuela.
—¿Estás segura?
—Es que era aburridísima —se quejó—, así que me excusé, ¿entendido?
—Puede que necesitemos buscar a otro fisioterapeuta —anunció Wykofski.
—¡Lala! —la reprendió Oliver.
Eula agitó una mano, a la defensiva.
—Vamos, no me vengas con esas. ¡Hay demasiadas cosas que hacer!
Como podéis ver todos —añadió, refiriéndose a la saca de correo sobre la mesa—.
Y siento muchísimo las invitaciones sorpresa, pero empecé a pensar...
que si va a ser mi última fiesta, ¿por qué no invitar a todas las personas a las que conozco?
—Son muchas personas, Eula —dijo Juliette.
—Demasiadas —convino Oliver.
—Con la mitad vamos bien —terció Yafir—. Es imposible que podamos meter a tanta gente en la propiedad, ¿verdad?
Y todos se volvieron hacia mí.
Por supuesto. Porque lo normal sería preguntarle a la encargada de jardinería por la propiedad.
Titubeé. Por un lado, estaba de acuerdo en que quinientas personas era más que una multitud, pero por otro lado...
era la fiesta de jubilación de Eula además de la conmemoración del bicentenario de Lilymoor.
Después de pensármelo un momento, se me ocurrió un sitio... Aunque iba a requerir mucho trabajo.
—Podríamos meterlos a todos en el Bosquecillo de los Sauces si lo reabriéramos, ¿no?
De inmediato, Oliver empezó a negar con la cabeza.
—No, no creo...
Sin embargo, Eula lo interrumpió con un entusiasmo:
—¡Es una idea maravillosa!
Oliver me miró con expresión seca.
—Lala, lleva cerrado más de diez años.
—Razón por la que deberíamos reabrirlo —replicó ella—. Que entre vida nueva.
—Pero...
—Oliver. Ollie... —se corrigió, mirándolo con ternura—. No pasa nada.
Si él tenía algo más que decir, se lo tragó mientras cruzaba los brazos por delante del pecho para atrapar las palabras que tuviera rebotando por dentro.
—Además —siguió Eula—, quienquiera que vaya a heredar Lilymoor lo heredará todo.
Las cosas buenas y bonitas, y las cosas que habría que olvidar, ¿verdad?
—Y miró de reojo a su sobrino nieto. Él tensó los hombros y apartó la mirada.
Parecía la opción evidente para heredar la propiedad.
¿Por qué parecía tan desencantado por la idea?
Durante la siguiente media hora, hablamos de lo que tendríamos que hacer para reabrir el Bosquecillo de los Sauces, desde cortar el extenso césped hasta limpiar los restos que se hubieran acumulado allí durante todos los años transcurridos, pasando por la propia salud de los árboles.
Solo lo había visto de pasada, así que no tenía claro a qué me estaba comprometiendo.
—Y, por supuesto, habrá que cambiar tu contrato de nuevo —añadió Eula.
Meneé la cabeza.
—Ah, no, no pasa nada...
Ella levantó una mano para interrumpir mis protestas.
—Insisto. Ahora... —dijo y miró por encima del hombro a Wykofski—. ¿Qué les parece si almorzamos todos? ¿No tienen un poco de hambrecilla? Luego podemos empezar a lacrar esas cartas para mandarlas, ¿sí?
—Parece un plan estupendo —respondió el encargado de mantenimiento y, con una mirada silenciosa muy elocuente, la sacó de la estancia.
Todos se fueron, dejándonos a Oliver y a mí de pie en el despacho vacío. Él se hizo con la carta que yo había abierto (la que iba dirigida a Cyrus) y la rompió en dos sin titubear. Luego la tiró a la papelera que había junto a la mesa de Yafir, se volvió hacia mí y me preguntó:
—¿Has almorzado ya? Me apetece un bollito de langosta.
—No he...
—Pues vamos a comernos unos bollitos de langostas —decidió, y cuando intenté detenerlo, ya había salido del despacho e iba casi por la mitad de la escalera.
Supuse que no me quedaba alternativa. Aunque antes de irme, saqué la invitación rota de la papelera y me la metí en el bolsillo.