El jardín de algún día ciğerpare
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ciğerpare

commovente

Grité por la frustración y me dejé caer de rodillas. Me llevé las palmas de las manos a los ojos y presioné hasta ver estrellitas, sintiendo el escozor de las lágrimas.

Había fracasado.

¡Había fracasado!

No supe cuánto tiempo estuve allí sentada, deseando ser tan pequeña, tan insignificante, que me arrastrara la siguiente ráfaga de viento.

—¡Oye! ¡Sonrisas! —Wykofski me sobresaltó al acercarse.

Seguramente se había ido de la fiesta para asegurarse de que su cobertizo estuviera cerrado antes de que arreciara la tormenta que se mecinaba.

Me froté los ojos con las palmas de las manos, sorbiendo por la nariz, mientras me levantaba.

Me puso una guirnalda de flores en la cabeza—.

¡Preciosa! Mmm... Oye, no pareces muy contenta. ¿Qué te pasa?

—Lo he intentado todo —murmuré, aunque casi me ahogué con un sollozo—. Y no ha funcionado nada.

Titubeó.

—¿A qué te refieres? Oye... Oye, no pasa nada —dijo al tiempo que me estrechaba entre sus brazos. Seguramente quería consolarme, pero solo consiguió resquebrajar el último ápice de determinación que me quedaba.

Le había fallado a Rus, y eso era lo principal.

Aunque, en realidad, lloraba porque ese día ya no podía más; echaba mucho de menos a Harrie, me había enfrentado a un hombre que ya no me conocía y me había esforzado al máximo para nada.

Me había visto obligada a reconocer lo que más odiaba: que yo seguía allí.

Que llevaba a Harrie conmigo adondequiera que fuese, lo horrible que era eso, hasta el punto de desgarrarme el alma.

Sin embargo, también reconocía lo maravilloso que fue haberla tenido como mi mejor amiga durante todo el tiempo que la tuve.

Después del funeral, mi madre me preguntaba a menudo si estaba bien, porque no me veía llorar.

En realidad, no lloré en serio. No lloré con esos sollozos profundos, entrecortados y desgarradores.

No me permití hacerlo, porque temía que si me permitía desmoronarme, nunca volvería a recomponerme...

No sabía cómo hacerlo. Harrie siempre me ayudó.

Siempre estuvo a mi lado para recolocarme el relleno y remendar los jirones.

Si me permitía desmoronarme sin que ella estuviese conmigo, solo sería una mujer que no sabía cómo recomponerse.

Sin embargo, estaba cansada de mantener siempre la compostura.

Estaba cansada de ahogarme con medios sollozos.

Quería a Harrie de vuelta. La echaba muchísimo de menos.

Y aunque Wykofski estaba allí, frotándome la espalda con movimientos circulares, solo quería el bombeo de Harrie para llorar.

Y nunca podría volver a llorar en su hombro.

—Tranquila, Sonrisas —dijo Wykofski con ternura mientras me daba palmaditas en la espalda—. Desahógate. Te sentará bien. Ha sido un verano importante. Casi hemos llegado al final. Ha sido difícil, amiga. Muy difícil.

Sollocé con fuerza, soltando mocos, contra su camisa blanca. Todavía no se había puesto el traje, seguramente porque no quería ensuciárselo, y me temía que yo le estaba estropeando la camisa con mis lágrimas.

—No te preocupes, diré que se me ha caído la baba —dijo, y me atraganté con una carcajada que también era un sollozo.

Al cabo de unos minutos (no supe cuántos con exactitud), por fin me aparté de él y me sequé los ojos.

—Gra-gracias, Ned. —Seguía viendo borroso y no dejaba de secarme las lágrimas, pero me sentía mejor de todas formas. Aunque me doliera el pecho por los sollozos.

—Aquí me tienes cuando quieras, Sonrisas —replicó él y me enderezó la guirnalda de flores que me había puesto en la cabeza.

Por fin pude echarle un buen vistazo: madreselva y paniculata blanca.

Había perfeccionado el arte—. Oye, ¿las madreselvas de las que no nos podemos librar?

Estás muy dulces todo el año y casi todas las plantas están en mitad del dichoso Jardín Central.

¡Rarísimo todo! Salen de la nada cerca del viejo roble. ¡Cómo es que no las hemos visto!

—Las cosas de Lilymoor —contesté, repitiendo la coletilla que tantas veces me habían dicho a lo largo de esos últimos meses. Era demasiado tarde para podarlas. De todas formas, ya se había acabado mi jornada laboral.

Y me iría al día siguiente si no firmaba el contrato para quedarme más tiempo. No estaba segura de querer hacerlo.

Sorbí por la nariz y me sequé de nuevo los ojos, hasta que él se sacó un pañuelo del bolsillo y me lo ofreció.

La verdad era que se había arreglado mucho.

Se había puesto gomina en el pelo para adecentarse el pelado ochentero y se había recortado el bigote.

Estaba muy guapo y lo haría genial esa noche.

—Oye, ¿sabes por qué te llamo «Sonrisas»? —me preguntó mientras veía cómo me limpiaba la máscara de pestañas corrida.

—¿Porque es una ironía con lo que significa mi apellido?

—No. Porque, pase lo que pase, acabas deslumbrando con una sonrisa. ¿Te acuerdas de tu primer día en Lilymoor? Maldición te persiguió tres veces y luego encontramos un nido de avispas en el cobertito y una familia de ardillas viviendo en la casita.

—Por desgracia —murmuré.

—¿Recuerdas lo que hiciste?

—Seguramente intentar no llorar, ¿verdad?

—Te echaste a reír, Sonrisas. Con la barbilla en alto —dijo al tiempo que me daba un apretón en un hombro—. Y sin importar lo que te haya puesto triste, pégale una patada en los huevos.

Estallé en carcajadas sin querer.

—¡Qué pasa? ¿Crees que esto es un programa de televisión con moraleja para adolescentes? —Se puso en pie con una mueca—. Soy un papá ganso, no un padre normal.

—Gracias, Ned. Eres un buen amigo.

Sonrió con timidez y se frotó la nariz.

—No me hagas llorar, que tengo que impresionar a un montón de personas. En fin —dijo y me tendió el brazo—, vamos a impresionarlas.

Después de echarle un último vistazo al seto donde antes estaba la puerta, me colgué de su brazo y me alejé del Laberinto.

El pueblo entero asistió a la fiesta.

Reconocí a los bomberos, a casi todas las familias que nos visitaban cada fin de semana y a los monitores de los campamentos de verano de la zona.

Allí estaban el camarero, el tendero y el grupito de pescadores apiñados junto a la mesa de la cerveza, hablando de peces. Toda la lista de invitados de Eula.

Oliver tenía razón: todos habían llevado a un acompañante, o más.

—Dilo —le canturreó Oliver a Juliette antes de comerse otra aceituna del bufet del catering—. Diiilo.

Juliette levantó las manos.

—¡Muy bien! Tienes razón.

—Di que he salvado la fiesta.

Lo miró irritada.

—Que he salvado un poco la fiesta —rectificó él.

Meneé la cabeza, terminé de llenarme un plato en la mesa del bufet y me alejé para ponerme debajo de un sauce.

La noche era cálida; las luciérnagas brillaban en la distancia; el viento era suave y fresco; y si prestaba atención al murmullo de la fiesta, habría jurado que la risa de Harrie se elevaba por encima del estruendo, brillante, aguda y alegre.

Y Rus no estaba allí.

Mi madre se acercó para acompañarme, y nos quedamos en silencio observando el desarrollo de la fiesta.

Eula estaba de pie, bailando, en medio de un círculo de bomberos, echando la cabeza hacia atrás con una carcajada salvaje y voraz.

También llevaba una guirnalda flores, de un rosa intenso a juego con su resplandeciente vestido, y nadie podía pasarla por alto aunque lo intentara.

Los pétalos volaban sobre la hierba oscura como copos de nieve y la lluvia se estaba conteniendo, pero el cielo seguía oscuro por las nubes.

En el escenario, Wykofski entonó una melodía dulce y alegre con su mandolina.

Garden Songs,***** de John Denver. Después de acompañarme a la fiesta, sacó su chaqueta de lentejuelas con los colores del arcoíris de debajo de una mesa, donde también había escondido la mandolina, y se la puso con una floritura.

Las lentejuelas brillaban en ese momento bajo las luces iridiscentes que colgaban de los sauces.

Todos buscaron pareja y empezaron a bailar al son de la música, lenta y delicada.

Oliver salió a la suave hierba con Juliette, y empezaron a moverse al compás de la melodía.

A mí nunca me había mirado con la adoración con la que la miraba a ella, y Juliette ni siquiera se daba cuenta, porque tenía los ojos clavados en los pies para asegurarse de que no lo pisaba.

—Pareces un poco perdida, retoña —me dijo mi madre.

La miré.

—Estoy bien —repliqué, aunque se dio cuenta de que mentía.

—Lo has conseguido. ¿No estás orgullosa? Porque yo sí. El jardín es precioso. Eddie y yo hemos estado paseando un rato, y ahora se ha ido en busca del baño, pero nadie es perfecto —añadió con un suspiro. Luego chocó el hombro con el mío—. Lo has hecho bien, retoña. Estoy orgullosísima de ti.

—Gracias por venir.

—Sabía que tenía que hacerlo... Eddie, también. Nunca has hablado de un sitio como lo hacías de Lilymoor, y de Eula, de Juliette y del hombretón ese... ¿Cómo se llama?

—Wykofski.

—Eso, Wysocki.

Casi. Pese al nudo que tenía en el estómago, tuve que luchar contra una sonrisa.

—No me puedo creer que hayáis venido en coche hasta aquí.

—Salimos hace una semana —dijo. Lo que significaba que la última vez que había hablado con ella, me había mentido sobre ir a la peluquería a la mañana siguiente.

Qué ladina—. Pensé que si mi única hija era capaz de conducir hasta Maine, yo también podía hacerlo.

Y tenías razón en todo: esto es precioso.

No me entra en la cabeza que puedas marcharte.

Recordé el contrato que había sobre la mesa de Eula y el testamento, y se me revolvió el estómago.

Mi madre me puso una mano tranquilizadora en el brazo.

—Dime qué te pasa.

—Le he hecho una promesa a una persona, pero no creo que pueda cumplirla —logré decir, con la mirada clavada en la hierba. Me ardían los ojos por las lágrimas de frustración, pero las contuve parpadeando—. No sé cómo hacerlo. Creía tenerlo claro, pero...

Pero las nubes se interpusieron y, luego, el tiempo, y ya era demasiado tarde.