yaaburnee
viraha
Mientras salía por la puerta principal y bajaba los escalones, mi móvil vibró. A lo lejos, una fila de coches ya serpenteaba hacia la propiedad. Los aparcarían a lo largo de la carretera junto al acantilado; habría más gente allí que nunca.
El sol calentaba mientras descendía hacia el horizonte, y el viento subía por los acantilados refrescando el ambiente. Solo tenía que mantener a Cyrus alejado de los jardines hasta el anochecer. Facilísimo.
Mi móvil vibró de nuevo y lo saqué del bolsillo del vestido. Era mi madre, aunque sabía que esa noche celebrábamos la fiesta del bicentenario. No llamaría si no fuera una emergencia, así que contesté mientras rodeaba la casa por el lateral hacia el Bosquecillo de los Sauces.
—¿Mamá? ¿Pasa algo? —pregunté, preocupada.
—¿Se puede saber de quién es ese vestido? —Parecía angustiada.
Yo no entendía nada.
—¿Qué? ¿Qué pasa?
—Y Sophie Magnolia Drear, ¿en serio te has puesto unas zapatillas deportivas con eso?
—¿Se puede saber qué...? —Me quedé paralizada y bajé la mirada a lo que llevaba puesto.
Juliette me había prestado uno de sus vestidos midi.
Era de un tono rojo anaranjado que me recordaba a las amapolas, con un diseño sencillo de corte evasé, y mis zapatillas deportivas del trabajo.
Cierto que era una combinación un poco rara, pero...
—. Son los únicos zapatos que tengo —dije, impotente, antes de añadir—: Y ¿cómo sabes lo que llevo puesto?
—Porque dijiste que Maine era precioso, retoña —contestó, y sentí que se me subía el corazón a la garganta—, y he pensado que bien podría verlo en persona. Vuélvete un poco hacia la izquierda. Estamos delante de los lirios. ¡Hola!
La oí recorrer el sendero y allí estaba, en el Paseo de los Lirios, con un precioso vestido estampado con magnolias, y Eddie a su lado, con una americana y unos pantalones cargo cortos. Me saludó con la mano, sonriendo de oreja a oreja.
—¡Retoña! —exclamó mientras corría hacia mí. Me abrazó con fuerza—. ¡Ay, qué razón tenías! ¡Esto es precioso!
—No me puedo creer que hayáis venido. ¿Cómo...? Si hablé con vosotros el otro... ¿Cómo...?
Mi madre me dio un beso en la mejilla y luego Eddie se acercó para abrazarme y me levantarme del suelo.
—¡Cómo me alegro de verte, Sophie! —rugió—. ¡En la vida me habría imaginado a tu madre en una caravana, pero ¡lo he conseguido por fin!
—Sí, cariño —replicó mi madre, un poco apagada—, esto es como la película aquella que tanto te gustaba, Las vacaciones de una chiflada familia americana.
—Puede que hasta lo repitamos en plan peregrinaje anual —me dijo él, fingiendo que susurraba y guiñando un ojo.
Tenerlos allí delante, en Lilymoor, todavía me tenía pasmada.
No los había visto desde Navidad, y había sido una Navidad bastante mala, habida cuenta de las circunstancias.
Así que las lágrimas que brotaron de mis ojos estaban más que justificadas, al igual que el segundo abrazo que les di.
Sabía que los echaba de menos, pero no me había dado cuenta de cuánto hasta que olí el perfume de mi madre.
Recuperé la compostura al cabo de unos minutos y me sequé las lágrimas.
—¡Ay, retoña! ¿Qué te pasa? —me preguntó mi madre—. ¿Va todo bien?
—Todo va genial —le aseguré, aunque con un tono demasiado agudo como para que fuera verdad—. Es que... os he echado muchísimo de menos.
—Nosotros también te echábamos de menos, preciosa —dijo Eddie, que me besó en la coronilla—. Y habríamos llegado antes, pero nos ha cortado el paso un imbécil con un Lexus en el aparcamiento.
—Vamos, cariño, no pasa nada —dijo mi madre—. Que tú tampoco estabas mirando la carretera.
—Pero ¿cómo no ha visto la caravana? ¡Es enorme!
—Sí, sí, cariño. Es muy grande.
Me pregunté si ese imbécil del Lexus sería un Hale rubio, pero justo cuando iba a preguntárselo, vi que Juliette se alejaba de la fiesta por el Paseo de los Lirios, con cara de estar muy alterada. Me disculpé ante mis padres un momento y me reuní con ella a unos metros de distancia.
—¿Pasa algo, Jules?
—¡Todo! ¡Nada! No lo sé. Tengo la sensación de que se me está escapando algo y, justo cuando necesito a Oliver, ¡ha desaparecido! No lo encuentro por ninguna parte.
—Creía que estaría con Eula —dije.
—Yo también lo creía —convino ella—, pero tampoco lo ha visto hoy. Estoy preocupada.
Se me ocurrió una idea y me volví hacia Eddie.
—¿Te acuerdas de cómo era el hombre que te cortó el paso?
Eddie se hinchó de orgullo.
—¡Sí! Rubio y un poco escuálido, ¿por qué?
—¿Tan guapo que da asco mirarlo? —preguntó Juliette.
—¡Sí! ¡Ese es el imbécil!
—Que sepáis que lo he visto hace poco —añadió mi madre—, alejándose hacia allí con un hombre alto y pelirrojo. —Señaló el sendero hacia el Jardín Central—. Parecía muy simpático..., el pelirrojo —añadió—. Hay muchos hombres guapos por aquí, retoña.
Sabía por dónde iba y no le hice ni caso, porque solo me importaba una parte de la frase...
—¿Se han ido hacia los jardines?
—Sí, ¿por qué?
Ay... ¡Ay, no!
—Oliver... —gemí y le dije a Juliette que le diría que ella lo estaba buscando si me hacía el favor de acompañar a mis padres a la fiesta, tras lo cual eché a correr en la dirección que mi madre me había indicado. Tenía la sensación de que iba a pasarme toda la vida persiguiendo a Cyrus Beck.
Enfilé el sendero que llevaba al Jardín Central, pero Oliver y él ya se habían ido.
Atravesé corriendo el Jardín de las Flores Silvestres y la Rosaleda (incluso eché un vistazo por el túnel secreto que llevaba al invernadero), pero habían desaparecido, así que miré en el último lugar que se me ocurrió.
El Laberinto.
Después de equivocarme dos veces de camino, me encontré a Oliver sentado en un banco. Era el mismo rincón en el que me descubrí yo misma hacía tantos años, frente a un busto de William Shakespeare. Sin aliento y desesperada, agarré a Oliver por los hombros.
—¿Dónde está?
Me miró con expresión cansada.
—¿Quién?
—¡Rus! ¿A dónde ha ido?
Se zafó de mí con un gesto.
—Que no lo sé, ¿entendido? —Apretó los dientes, irritado—.
Y que me da igual. Creía que iba a hablar conmigo de verdad.
Que iba a decirme algo en plan «Oye, colega, ¿qué tal te ha ido?
», pero es que le importa una mierda. Parece que me va a dejar atrapado aquí para siempre si se sale con la suya.
Y siempre lo hace —añadió con tono sombrío.
El pánico me atenazó el estómago con fuerza, provocándome dolor. Iba a vomitar.
Me alejé de él.
Todavía podía encontrar a Rus, me dije.
Iba a encontrarlo.
Dejé a Oliver en el banco y me topé con todos los caminos sin salida del Laberinto.
No me rendí, no me rendía en ningún momento, ni cuando seguramente debería hacerlo.
Ni cuando debería haberme ido a casa. Ni cuando las enfermeras me dijeron que me fuera a la sala de espera, mientras veía el reloj hacer tic-tac, tic-tac, tic-tac, esperando lo inevitable.
Me aferré a la esperanza de que... de que tal vez...
No me iba a rendir.
—¡Piensa! —me dije—. Piensa.
El viento que subía de los acantilados era más frío a esas alturas, arrancando pétalos de flores y lanzándolos al aire. Desde el Bosquecillo de los Sauces, me llegaban el murmullo de las conversaciones y luego las risas. Seguramente un velador se volcó o la brisa levantó un mantel.
Doblé una esquina en el Laberinto, y otra, adentrándome cada vez más.
Oí un ruido a mi espalda.
El corazón me estalló por el alivio cuando me di la vuelta.
La ajada puerta azul estaba allí, bañada por una gloriosa luz dorada. ¿Era la verdadera? Tenía que serlo. Era la puerta que Rus había atravesado, la puerta con la que Lilymoor lo retenía.
—Rus... —susurré.
Una ráfaga de viento atravesó el jardín y una nube cubrió el sol...
Y la puerta desapareció.