iktsuarpok #2
—Siempre trabajando —dijo Eula con retintín.
—Perdón —se disculpó y contestó el teléfono mientras bajaba los escalones de nuevo.
Resistí el impulso de detenerlo, y tuve que recordarme que todavía no era la hora dorada, aunque de todas formas fue un alivio cuando se detuvo al pie de la escalera y decidió pasearse de un lado para otro sin moverse del lugar.
Eula me tomó una mano.
—Querida —dijo en voz baja—, tengo una petición un poco tramposilla para ti. ¿Le enseñas lo que has hecho en los jardines? Si una persona tan apasionada como tú le muestra lo que se está perdiendo, a lo mejor entonces... —Dejó la frase en el aire, con un deje esperanzado.
En realidad, mi idea era mantenerlo alejado de los jardines.
—Claro, me encantaría —mentí.
Ella sonrió y me soltó la mano.
—Creo en ti. ¡Bueno! ¿Dónde está Juliette?
Seguramente debería resucitar y buscar algo para picar y un poquito de champán antes de la fiesta.
—Meneó las cejas y se puso en pie despacio.
Fui en busca de su andador a la cocina y me encontré con ella a medio camino, antes de que lo aceptara y me hiciera un gesto para que me reuniera con Cyrus.
—Voy —articulé con los labios, con lo que esperaba que fuese un entusiasmo creíble, y ella me levantó ambos pulgares en silencio y se perdió por el pasillo.
Mi sonrisa falsa desapareció en cuanto me volví hacia él.
Estaba discutiendo con alguien por teléfono, agitando las manos con frenesí, aunque no levantó la voz en ningún momento.
Era la clase de persona que discutía con mucha cabeza y consideración.
Me sentí mal por quienquiera que estuviese al otro lado de la línea.
Se apartó cuando un grupo de invitados pasó junto a él para subir a la terraza, y los saludé con un «hola» y un gesto de la cabeza.
A medida que los invitados a la fiesta iban llegando, la mayoría decidía pasear por la propiedad.
Los jardines estaban más bulliciosos de lo que los había visto nunca.
Había risas en la Rosaleda y pasos corriendo en el Laberinto.
Había una familia (creo que reconocí a Nicole del supermercado) debajo del viejo roble en el Jardín Central, posando para hacerse fotos delante de la cascada de madreselvas que por fin habían florecido.
Ojalá pudiera pararme a absorberlo todo, porque así era justo como se suponía que había que disfrutar Lilymoor, y Cyrus estaba... ajeno a todo.
Como si se hubiera dado cuenta de que lo miraba fijamente, levantó la cabeza y me miró por encima del hombro, con el ceño fruncido por la irritación y cubriendo el teléfono con una mano.
—¿Qué? —preguntó en voz baja.
La frialdad de su tono fue como una puñalada en el estómago, aunque, como sabía muy bien lo cálida que podía llegar a ser su voz, no me dolió tanto como podría haberlo hecho.
—Tu tía me ha dicho que te enseñe los jardines.
Me dio la impresión de que iba a decir algo, pero luego le dijo a quienquiera que estuviera al teléfono:
—Lo consultaré con mi secretaria y te volveré a llamar. —Y se guardó el teléfono en el bolsillo del traje—. No hace falta. Ya los he visto antes —me dijo—. Seguro que ha hecho un buen trabajo... ¿Qué es ese ruido?
Parpadeé.
—¿Qué ruido? —Y en ese momento yo también lo oí.
El inconfundible sonido de una gansa abriéndose paso entre la maleza. Después, silencio.
—¡Ah! —exclamé—. Creo que deberías...
Maldición se abalanzó hacia él desde el centro de las hortensias. A continuación, se produjo una sucesión de palabras malsonantes («¡Maldita sea, Maldición!») mientras la gansa le picoteaba las espinillas.
—¡Sube la escalera! —me apresuré a gritar.
Cyrus corrió escaleras arriba para acercarse a mí. Con las prisas, se le cayeron las gafas del bolsillo de la chaqueta. Las agarré antes de que Maldición pudiera hacerse con ellas y corrí de nuevo a lo alto de la escalera.
La gansa siseó a los pies de la escalera, derrotada una vez más.
Cyrus miró al animal con el ceño fruncido.
—¡Pero si me conoce! No sé por qué hace esto.
—Da igual —repliqué.
Como si me diera la razón, la gansa volvió a graznar. Un pobre invitado desprevenido entró en los Jardines Centrales desde el Paseo de los Lirios, vio a la gansa y se dio media vuelta, pero ya era demasiado tarde. Maldición se fue a por él.
—Por lo menos, odia por igual a todo el mundo —dije y le arranqué una carcajada breve. Aunque, tan pronto como la oyó, recuperó la compostura. Le devolví las gafas al bolsillo del pecho sin pensarlo siquiera. Él bajó la mirada ante ese gesto tan familiar.
Me aparté a toda prisa de él.
—¡Lo siento! Lo siento.
—No pasa nada —murmuró, y se metió las gafas un poco más dentro del bolsillo. Adoptó una expresión pensativa—. ¿Podemos decir que me ha enseñado los jardines y dar esto por zanjado? —preguntó.
«Esto». Y se refería a mí. Se refería a la situación. Recordé que había dicho que, de no ser por el jardín, no me habría dedicado el tiempo que yo merecía. Era evidente que, para él, muy pocas cosas merecían la pena en Lilymoor.
Cambié el peso del cuerpo de un pie a otro, incómoda.
—Como prefieras. No quiero hacerte perder el tiempo.
—Usted misma dijo que sería una pérdida de tiempo —replicó con sorna.
Lo miré a los ojos en busca de cualquier rastro de mi Rus.
—¿Me equivoqué, Rus?
—Cyrus —me corrigió mientras se alisaba las solapas de la chaqueta y se quitaba una pelusa invisible de la manga—. No tenemos una relación tan íntima.
Me ardieron las mejillas por la vergüenza.
—Cyrus —dije con retintín—, perdona.
Él apretó los labios con fuerza. Al cabo de un rato, dijo:
—Y todavía no está claro que esta velada vaya a ser o no una pérdida de tiempo para mí, señorita Drear.
—Sophie, por favor —dije, animándolo a que me tuteara—.
Y la fiesta empieza pronto. Juliette ha pedido una fondue estupenda para la tabla de quesos y Wykofski tiene un talento increíble con el banjo, te aconsejo que no te lo pierdas.
—Si iba al Bosquecillo de los Sauces, estaría rodeado de gente y, con suerte, distraído de los jardines.
Miré el reloj. Faltaban treinta minutos para la hora dorada, así que por lo menos estaría a salvo hasta entonces—. Puedo acompañarte si quieres.
—Sé dónde está el Bosquecillo de los Sauces. No necesito que me cuides —dijo.
—Vaya por Dios, y yo que iba a tirarte por los acantilados —repliqué. Me dirigió otra de esas miradas indescifrables, y añadí—: Es broma. Más o menos.
Su postura se suavizó un poquito. Quizá fuera mi imaginación, pero su voz sonó un poco más amable cuando dijo:
—Tu nuevo contrato está en la mesa de Eula. Antes de que decidas quedarte, te sugiero que lo leas. —Después, pasó a mi lado y entró en la casa, y eso fue todo.
Sin despedidas. Sin un «Encantado de conocerte».
Se fue sin más.
Cerré los ojos y conté hasta diez, solo para dejar que se alejara lo suficiente como para poder subir al dormitorio de Eula. Contar también me ayudó a centrarme. El dolor era agudo en el uno, pero al llegar al diez se había vuelto agridulce. Porque los recuerdos seguían siendo míos.
Siempre serían míos.
Así que subí al dormitorio de Eula, agradecida por la tranquilidad.
Rus se había ido, y eché un vistazo por la ventana para asegurarme de que se dirigía hacia la fiesta en el Bosquecillo de los Sauces.
Seguro que decidió salir por la puerta principal para evitar a Maldición por completo, rodear la casa y atravesar el Paseo de los Lirios.
No podía culparlo. Pero, aunque no se topó con Maldición, sí se encontró con Wykofski, y parecía que se estaban presentando.
También parecía que Cyrus quería irse de allí como fuera.
El dormitorio de Eula estaba iluminado por la luz del atardecer, y les eché un vistazo a sus potos, sus lenguas de suegra y su hiedra antes de acercarme a la mesa. El corazón me latía con fuerza en la garganta.
Abrí mi carpeta y miré el contrato, esperando encontrarme algo horrible, pero era bueno, con un sueldo más alto y prestaciones sanitarias, incluso dentales.
Era solo hasta enero, pero había una cláusula que sugería que podría prorrogarse si mi empleador me necesitaba.
La redacción me resultó rara, y volví a cerrar la carpeta.
Mi último contrato mencionaba a Eula por su nombre. Fue un varapalo que ese no lo hiciera.
Junto a mi nuevo contrato había otra carpeta y, al principio, pensé que quizá fuera otro documento que yo tenía que firmar, pero cuando la abrí, me di cuenta de que no era para mí en absoluto.
El papel estaba viejo y amarillento. Bastó con echarle un vistazo para darme cuenta de lo que era: el testamento de Eula.
El que mencionó la noche anterior. Debajo había un testamento más reciente, recién salido de la impresora.
«No soy un buen hombre», me había advertido Rus.
Había un esqueje de sauce, con hojas de un verde azulado oscuro, y una nota pegada en la parte superior, escrita con una elegante letra inclinada:
Sé que tenías una gran visión de nosotros dos al frente de este sitio, pero esto es mejor.
En el documento, Cyrus se había excluido por completo de la herencia y había nombrado a Oliver como único beneficiario.
El sauce significaba tristeza en el lenguaje de las flores, como si eso fuera algo que él quería, pero no creía merecer.
Se me encogió el corazón por el dolor. Eula tenía un buen plan, pero todos seguían interponiéndose de una manera o de otra.
Oliver con sus rencores, Rus con su culpa, Eula con su dolor...
Rus no quería eso. Era imposible que quisiera eso, no de verdad.
Claro que no me correspondía a mí decidir y había algunas cosas que yo no podía hacer crecer aunque quisiera.
Cerré la carpeta, me di media vuelta y bajé la escalera sin firmar el contrato.