iktsuarpok
guānxí
El bicentenario llegó con una..., en fin, con una intensa lluvia, en realidad.
Solo fue por la mañana, menos mal, pero fue un contratiempo lo bastante gordo como para que Juliette perdiera los nervios por completo durante el resto del día.
Ni siquiera Maldición fue capaz de distraerla, y la gansa puso todo su empeño, pero a cambio consiguió que le lanzaran una Birkenstock.
Por lo menos, Juliette no tuvo que preocuparse de que los músicos llegaran tarde, porque Wykofski apareció con un esmoquin a cuestas, y cuando ella le preguntó de qué color era, él contestó:
—Del color de mi alma.
Lo cual era un buen augurio para todos los demás.
Hice mis rondas después de la lluvia para asegurarme de que el jardín estuviera regado y abonado, y de que ningún animal hubiera volcado nada durante la noche, y me mantuve alerta en busca de la puerta, la puerta de verdad, aunque sabía que era inútil.
Aun así, terminé de marcar el resto del mapa del folleto, pasando por la Rosaleda, cruzando el Puente de la Luna e incluso llegando hasta el Bosquecillo de los Sauces; asomándome a cada rincón desconocido, subiéndome a cada roca, buscando la puerta, el jardín, el sauce... , lo que fuera.
Sin embargo, el jardín secreto se negaba a dejarse encontrar.
Creo que todos en Lilymoor sabían que algo andaba mal, porque Juliette sugirió que acompañara a Eula a los jardines mientras los demás (los proveedores del catering y el personal contratado) se preparaban en el Bosquecillo de los Sauces.
Eula quería dar un último paseo por el Laberinto como administradora de Lilymoor, así que fue un honor para mí entrelazar su brazo con el mío y recorrerlo con ella.
Caminamos un poco, luego nos sentamos en un banco y seguimos un poco más.
Su cadera se había recuperado bastante a esas alturas, pero todavía necesitaba el brazo de alguien o un andador para desplazarse.
Seguramente lo necesitaría durante el resto de su vida.
A medida que avanzábamos por el Laberinto, se hizo muy evidente que, al igual que yo, estaba hecha un manojo de nervios.
—Quizá todo esto haya sido un error —se lamentó, nerviosa, mientras se sentaba en otro banco. Llevaba un vestido rosa intenso, el pelo arreglado y pendientes de perlas, y no dejaba de retorcerse los dedos—. Me duele la cadera, no consigo que el pelo me quede bien y creo que estoy incubando algo...
Me senté a su lado.
—Todo va a ir bien, Eula. Tienes a la mejor organizadora, Juliette, y a Wykofski, el mejor bajista de Maine. ¿Por qué estás nerviosa?
—No estoy nerviosa —protestó, malhumorada, evidentemente nerviosa.
Por lo menos, ya sabía de dónde habían sacado Oliver y Cyrus la terquedad—.
Es que... —Hizo un gesto con la mano. La pulsera que llevaba en la muñeca tintineó—.
A lo mejor es que no quiero dejarlo ir. Es que no estoy preparada, aunque debería estarlo.
Estoy cansada. Estoy muy cansada, Sophie.
Pero... esto es lo único que tengo. No tengo nada más. No sé quién soy si no tengo esto.
Le di un fuerte apretón en la mano.
—Eres Eula Beck, una de las personas más generosas y consideradas que he conocido en la vida.
—¡Oh, qué amable eres al decir eso, querida!
—No es amabilidad, es la verdad. Y aunque no tengas Lilymoor, nos tienes a nosotros. Tienes a Wykofski, a Juliette, a Oliver y a Cyrus —empecé y me tembló un poco la voz al pronunciar su nombre—, y a mí. No estás sola —le dije—. Vamos a ver, que esta noche van a venir más de quinientas personas.
Ella parpadeó.
—¿Qué?
—Fuiste tú la que mandó todas esas invitaciones —le recordé.
—Sí, pero ¡no creía que fueran a aparecer todos! Son una panda de aprovechados —añadió, bromeando para animarse a sí misma. Intentó contener una sonrisa, pero no lo consiguió—. Así que quinientos...
—No vendrían si no te quisieran a ti y todo lo que has hecho aquí.
Les has ofrecido un regalo a muchas personas con este jardín.
—Incluida yo, aunque hubiera pasado poco tiempo en él.
Porque por fin sabía que yo no solo era un montón de frágiles trozos rotos, sino una mujer que también podía crecer en esas condiciones.
Me aferré a la sensación de aquel Jardín de Algún Día y a la dulzura que había encontrado en mi interior entre sus muros—.
Por eso vienen todos. Bueno, y por la tabla de quesos, porque es una tabla de quesos estupenda, pero sobre todo por ti.
—Le di un empujoncito en el hombro con el mío—.
No pasa nada si dejas que otras personas se acerquen a ti.
Si dejas que otras personas te ayuden. Está bien que hagamos los jardines, pero no deberíamos ocultarnos detrás de ellos para siempre.
—Mmm —murmuró Eula—. Sabes mucho para ser tan joven, Sophie.
—He aprendido mucho este verano de alguien que me ha dado la oportunidad de hacerlo. —Aunque se estaba acabando, como les pasaba a todas las cosas... Un tren en marcha que yo no podía detener.
—Me alegro de que pienses así. —Al final, me dio un apretón en la mano en señal de agradecimiento, y nos quedamos allí sentadas en silencio a la sombra, escuchando el zumbido de los insectos, de las abejas y el viento entre los árboles.
Había una certeza en el sonido de ese sitio.
La promesa de un retoño, la lentitud de un capullo al abrirse.
Había algo de paciencia en todo eso. Algo que nos permitía a mí y a mi mente agitada tranquilizarnos de una vez por todas para sentir la tierra en mis manos y el sol en mi espalda, todo funcionando en sinfonía, vibrando de vida.
Eso, justo eso, era lo que quería, me di cuenta, como un árbol que se sacudía el manto de nieve. Eso era lo que había estado buscando todos esos años.
Un amor como el cálido sol.
Había olvidado ese sentimiento, aterrada como estaba de volver a sentir. Pero una vez que lo dejé entrar de nuevo, el mundo me devolvió a la vida.
—Creo que... —susurró ella al tiempo que se llevaba una mano a la nuca.
Se desabrochó el collar (el que tenía la llave maestra) y le quitó la cadena—.
Mi Henry me dio esto. Dijo que todos plantaremos jardines algún día que nunca veremos crecer.
—Sus manos viejas y deformadas, ásperas por los callos, pusieron la llave en las mías.
Me quedé mirando la llave.
—Eula, yo...
—Solo es una llave, querida, pero me gustaría que la tuvieras tú. Además... —Me miró fijamente, con expresión penetrante y sincera—. Sophie, ¿te quedarás como encargada de los jardines durante otra temporada mientras Lilymoor pasa la transición con su nuevo administrador?
Se me subió el corazón a la garganta.
—No tienes que contestar ahora mismo. Piénsatelo —añadió durante mi prolongado silencio y me cerró los dedos alrededor de la llave. El metal pesaba más de lo que esperaba, oscuro, del color del latón, con un labrado de enredaderas alrededor—. Sea como sea, gracias.
Me había dejado sin palabras.
Y antes de que pudiera encontrarlas, se golpeó las rodillas con las manos y se puso en pie. Estiró un brazo para que yo engarzara el mío.
—Será mejor que sigamos andando o ¡se me agarrotará la cadera! Además, deberíamos ir a saludar a Cyrus. Me dijo que vendría antes de tiempo.
Me armé de valor y enganché nuestros brazos.
—Pues vamos a saludarlo.
—¡Vamos! —Y así terminamos nuestro paseo por el jardín. Fue bastante fácil llevarla de regreso a la casa, ya que todos los senderos volvían al Jardín Central. La ayudé a subir la escalera de la terraza, despacio y con cuidado. Sin aliento, dijo: —¡No recuerdo que hubiera tantos escalones!
—Ya casi has llegado —le aseguré.
—¡Estamos tardando una eternidad!
—¿Se puede saber qué haces? —nos interrumpió una voz fría y severa. Se me puso la piel de gallina. Conocía esa voz. Miré hacia lo alto de la terraza...
Y allí estaba Cyrus Beck.
No había nada familiar en su cara. Iba bien afeitado, con el pelo cobrizo peinado hacia atrás, arreglado a la perfección, y con una mirada inexpresiva en sus ojos azul oscuro.
Las capas que el jardín había despojado habían regresado, ocultando toda su naturaleza salvaje detrás de unos rasgos refinados.
De pie debajo de él, con mis zapatillas deportivas y mi vestido de segunda mano, sentí que me juzgaba en cuanto su mirada me recorrió el cuerpo. Apreté los puños. Apartó la mirada de mí y bajó con rapidez los escalones hacia su tía, tomándola del otro brazo.
—¿Puedes subir escaleras?
—¡Ah, venga ya! Mi querida Sonrisas solo me estaba ayudando —respondió Eula mientras él la ayudaba a subir el resto de escalones sin mí.
—Todavía no has contestado a la pregunta, Eula.
—¡Estoy bien! —protestó ella mientras la sentaba en una de las mecedoras, pero luego Eula sonrió agarrándolo del brazo y dándole un fuerte apretón—. Me alegro de verte, Rus.
La indiferencia de su cara se difuminó un poquito. Parecía que ni siquiera el gran Cyrus Beck era inmune al poder de Eula.
—Yo también me alegro de verte, tía Eula.
Ella se esturó y lo abrazó con fuerza por el cuello.
—¡Estás en los huesos! ¿Qué has estado comiendo? ¿Has comido acaso?
—He comido, sí —le aseguró con sorna.
Seguramente, tristes ensaladas de oficina y barritas proteicas entre reunión y reunión.
—¡Ah, te presento a la señorita Sophie Drear! Es de quien te he estado hablando —dijo, señalándome—. Tiene mucho talento.
Su mirada volvió por fin hacia mí, penetrante e irritada. Resistí el impulso de hacer una mueca al recordar la carta.
—Señorita Drear —dijo a modo de saludo, tan frío como la tundra ártica.
—Señor Beck —repliqué, y entre nosotros vibró una intensa energía. «¿Qué te ha contado Eula de mí?», pensé y también me pregunté si estaba a la altura, tanto allí como en el jardín.
Eula nos miró a uno y a otro.
—En fin, qué bonito. Rus, ¿Tienes el nuevo contrato de Sophie?
—Te lo he dejado en la mesa, arriba —contestó él, aunque me estaba mirando las zapatillas deportivas. Supuse que no las aprobaba. Se oyó una vibración, y se llevó una mano al bolsillo en busca del móvil. Frunció el ceño al ver el número.