El jardín de algún día cafuné
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—¡Rickroll, por favor! —anunció Wykofski.

Los siete (Juliette, Oliver, Eula, Yafir, la gansa, el perro y yo) estábamos de pie al borde del Bosquecillo de los Sauces mientras Wykofski iluminaba los árboles.

La visión de Juliette para esa zona era sencilla.

Una empresa de entretenimiento ya había montado un escenario en el lado izquierdo, junto con unos altavoces, y había una fila de mesas a la derecha para el catering.

En los laterales, había unos cuantos veladores altos.

Pero lo más mágico de todo eran las guirnaldas de luces que Wykofski había colgado minuciosamente en las ramas de los sauces con una plataforma elevadora alquilada.

Sostuvo los dos extremos de los cables alargadores y esperó el momento clave.

Todos miramos hacia Yafir, que espabiló en el último momento con un jadeo y sacó el teléfono. Abrió YouTube y empezó a reproducir un vídeo.

«Never Gonna Give You Up», de Rick Astley, sonó a todo volumen desde el teléfono.

Y con gran aplomo, Wykofski unió los dos extremos de los cables alargadores. A su espalda, los sauces cobraron vida con destellos de luz brillantes y parpadeantes.

Eula aplaudió, encantada.

—¡Oh, es perfecto! ¡Perfecto! —exclamó.

Intenté disfrutar del momento, sentirme agradecida por estar allí, pero tenía un nudo en el estómago provocado por la angustia mientras que todos los demás parecían estar deseando que llegara la noche del día siguiente.

Poco después, me fui a mi casita, presa de los nervios.

Empecé a pasear de un lado para otro, con náuseas y hambre a la vez, pero demasiado nerviosa como para hacer otra cosa que no fuera quejarme.

Debería me alegrarme por mi trabajo (debería sentirme orgullosa del trabajo que había hecho para la celebración del bicentenario), porque los jardines nunca habían tenido mejor aspecto.

Sin embargo, era incapaz de pensar en eso. Y tampoco podía pensar en todo mi esfuerzo ni en mi trabajo. No dejaba de pasar las manos por cada superficie sólida, por debajo de cada celosía, a través de cada arco, en un intento por dar con la puerta azul del jardín donde Rus estaba atrapado.

Me senté a la mesa de la cocina y cogí la Bola 8 Mágica.

—No sé qué hacer —le dije.

Ya había experimentado antes el dolor que provocaba la impotencia de ese tipo con Harrie, pero me negaba a quedarme de brazos cruzados mientras volvía a suceder.

No pude salvar a mi mejor amigo, pero podía salvar a otra persona.

Podía salvar a Rus... Iba a salvar a Rus.

El dolor no me mató la última vez, y tampoco lo haría en ese momento.

No sería tan terrible y, aunque lo fuera... , valdría la pena.

Rus se merecía un futuro, aunque yo no formase parte de él.

Un golpe en la puerta me sacó de mis pensamientos. Dejé la Bola 8 Mágica, me miré en el espejo de la entrada y abrí la puerta.

Eran casi las nueve, así que no me imaginaba quién podría ser.

¿Juliette, sumida en otro ataque de ansiedad? ¿O Wykofski? Fuera quien fuese, yo no estaba de humor.

Cuando abrí la puerta, me sorprendió encontrar a Eula con una botella de vino.

Sonrió y la levantó, con su andador decorado con luces parpadeantes, vestida con un pijama de flamencos y unas sandalias Birkenstock.

La seguía de cerca Reggie, el perro incapaz de espantar gansos, que cuando no seguía a la gansa parecía decidido a acompañar a Eula en su lugar.

—Siento molestarte —dijo—, pero estamos casi al final del verano y me gustaría celebrar todo tu esfuerzo.

¿Qué te parece? —preguntó con esa amabilidad que me desarmaba por completo.

Se percató de mis ojos hinchados y de mi nariz roja, pero no hizo ningún comentario—.

Hace una noche preciosa, y hay un banco justo ahí que me encanta.

—Y señaló un pequeño rincón en el jardín de la casita, donde había un banco debajo de una pérgola cubierta de glicinias—.

Y si tenemos suficiente paciencia, quizá incluso haya luciérnagas.

—¿Vi-vino y luciérnagas? —pregunté antes de sorber por la nariz para contener un sollozo fugaz.

—¿Solo un ratito, querida?

No me apetecía, pero recordé la Bola 8 Mágica que tenía en la mano. El dado había caído en «SÍ, SIN DUDA». Así que me armé de valor y dije:

—¿Cómo voy a decir que no?

Eula sonrió de oreja a oreja.

—¡Excelente! Hay unas copas de vino en el armarito de arriba de la cocina y un sacacorchos en el cajón. Reggie y yo te esperamos en el banco, ¿sí?

—Claro, ahora mismo voy.

Así que, mientras ella se dirigía muy despacio hacia el banco, yo fui en busca de las copas, me puse las Birkenstock con los calcetines y me sequé la cara.

No tenía muy mal aspecto en el espejo, pero se notaba perfectamente que había estado llorando.

Daba igual, decidí antes de salir y atravesar el jardín cubierto de maleza hasta el lateral de la casita donde Eula se había acomodado.

Reggie estaba tumbado en la hierba alta a un lado, boca arriba, con la lengua rosa fuera, mirando al cielo.

No tenía nada de nada en esa cabecita. Me daba envidia.

Me ofrecí a abrir la botella de vino, pero Eula rechazó el ofrecimiento con un gesto de la mano y lo hizo ella misma.

—Si alguna vez me hago tan mayor como para necesitar ayuda para abrir el vino, lánzame al mar —anunció y descorchó la botella con un giro—. ¡Ya está! Es un tinto seco de la bodega. No sabría decirte cuántos años tiene, la etiqueta se ha borrado.

Lo olí.

—Nunca he tomado vino caro, así que en mi casa no dura lo suficiente como para que se eche a perder.

Eula se echó a reír y sirvió dos copas.

—Detesto admitir que el mejor vino que he probado fue la botella más barata con los mejores amigos.

Sonreí al oírla, recordando todos los vinos baratos que Harrie y yo nos bebimos durante nuestro último año de universidad juntas, y todos los chardonnays de «Compra 2 y llévate 1 gratis» que le llevaba a su apartamento cada vez que la visitaba.

—Creo que en eso tienes razón.

Levantó su copa para indicar que estaba de acuerdo, acerqué la mía para brindar y bebimos. El vino era seco, fresco y agradable.

—Bueno —dijo—, aquí estamos. En el final.

—En el final —repetí.

—Espero que lo hayas disfrutado, aunque sea un poquito.

Has sido un auténtico revulsivo para esta vieja propiedad —siguió, mirando con expresión pensativa su copa de vino—.

La verdad, cuando llamé a algunos de los colegas de mi difunto marido, temía un poco que se rieran de mí y me dijeran que debería haberle cedido este sitio hace años a alguien que supiera cuidarlo.

Eso me sorprendió.

—No creo que nadie se hubiera reído de ti.

—Eres muy amable, pero me alegro de que te mandaran a ti.

Has despertado este jardín. Le has devuelto la vida cuando yo llevaba tanto tiempo atrapada en mi propio dolor que no me daba cuenta de que las flores se estaban muriendo.

—Bebió un sorbo de vino de su copa, meneando la cabeza—.

Que sepas que podría haberme jubilado discretamente (muchos de mis amigos creían que era la mejor manera de hacerlo), pero, para ser sincera, me gusta la pompa y el boato —añadió en voz bastante alta—.

Y estaba bastante harta de que mis sobrinos estén peleados.

Esperaba que esto los uniera. Ya ves lo bien que ha funcionado.

Tragué saliva con dificultad.

—Por lo menos, él viene mañana.

—¡Ah, sí, lo sé! —confirmó ella con alegría—.

¡Ay, Sophie, querida, estoy emocionadísima!

Espero que vea lo que has hecho con la propiedad y que la eche de menos.

Sé que lo hará. Siempre le ha encantado este sitio.

Estoy segura de que todavía le encanta. Su problema es que cree que no merece hacerlo después de todo lo que ha pasado.

Espero poder demostrarle que se equivoca.

—Quizá lo consigas —repliqué con el corazón encogido al pensar en Rus.

Reggie gimió, y ella se agachó y lo acarició detrás de las orejas.

—Verás, Henry y yo nunca tuvimos hijos. Lo intentamos, pero...

—Se le apagó la voz y bebió un poco más de vino—.

Ollie y Rus eran nuestros hijos, en la medida en la que podíamos tenerlos.

Los queríamos muchísimo, y ¿te cuento un secreto?

—Se inclinó hacia mí, desprendiendo un fuerte aroma a vino seco y perfume Red—.

Los herederos siempre fueron ellos. Desde antes de que Henry muriera.

Cuando eran unos renacuajos correteando por ahí, ya sabíamos que les dejaríamos Lilymoor a ellos.

—Así que esta fiesta de jubilación y el anuncio del heredero... —repliqué, atando cabos.

—Era para traerlos de vuelta —confirmó con un brillo pícaro en los ojos—.

Y puede que funcione... ¡Ah! —exclamó al tiempo que señalaba un insecto luminoso en la distancia—.

¡Ahí hay una! Sabía que íbamos a verlas.

A Henry le encantaban. Decía a menudo: «Eula, si los jardines no fueran mágicos, las luciérnagas los harían mágicos para nosotros».

Creo que tuvimos suerte de encontrar este lugar.

—Lilymoor también tuvo suerte de teneros a vosotros —repliqué, y ella se inclinó y me dio un apretón en el brazo—. Y de tenerte a ti.

Eula sonrió, y fue una sonrisa de adoración. No creía que existiera un mundo en el que ella no amara a su marido.

—Espero que sus próximos administradores tengan la misma suerte. Creo que sería una buena vida para quienquiera que la desee.

Mañanas tranquilas con una taza de café, los trinos de los pájaros, la preciosa floración de las plantas a lo largo de la primavera, el verano y el otoño.

Envejecer en una mecedora, soñar con nuevos paisajes en el bosque y escuchar el viento mecer desde los acantilados, buscando voces que una vez conocimos.

—Pues sí —convine, permitiéndome imaginarlo por primera vez.

Levanté mi copa y brindé con la suya una vez más, deseando que, si había magia en algún lugar de este mundo, estuviera allí, en un pueblecito costero de Maine, en medio de ese verano que se desvanecía a marchas forzadas, con un hombre que hacía florecer mi corazón, donde las noches eran frescas y los cielos azules, y yo solo deseaba con todo mi corazón estar en casa.

—Por una buena vida —repetí, y quizá algún día lo fuera.