El jardín de algún día ciğerpare #2
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ciğerpare #2

—Que yo sepa, nunca te has rendido —dijo ella despacio, pensativa.

—Quizá esta sea la primera vez.

—Lo dudo —replicó mi madre. Me dio un fuerte apretón en el brazo y me miró con complicidad—. No eres de las que rompen sus promesas, retoña. No rompiste la promesa que le hiciste a Harrie y tampoco vas a romper esta.

Mi madre no lo entendía, pero agradecí la confianza que depositaba en mí, aunque yo misma me negaba a tenerla.

De repente, se oyó el chirrido del micrófono al acoplarse.

Mi madre y yo dimos un respingo, sobresaltadas, y nos dimos media vuelta hacia el escenario.

La música se detuvo de repente, y Wykofski carraspeó.

—Mmm... Perdón, perdón. Todavía no me me acostumbro a este micro. ¿Euls? —dijo, mirando hacia abajo—. ¡Para ti!

Al principio, no vi a nadie más al micrófono, pero entre los cuerpos de los invitados capté el brillo de un vestido rosa. Eula estaba sentada en una esquina del escenario y saludaba a todo el mundo.

—¡En fin! Qué personas más estupendas tengo en el jardín esta noche. No sé muy bien por qué estáis todos aquí. ¡Creo que estáis desperdiciando una noche muy bonita!

La multitud empezó a reirse y a abuchear en broma.

—Pero... —siguió ella, que levantó una galletita salada con Brie negro— Juliette ha preparado la tabla de quesos perfecta, así que entiendo por qué os habéis quedado todos.

—Más vítores. Solté una carcajada. Eula me localizó y me guiñó un ojo antes de concentrarse de nuevo en el resto de los presentes—.

Aunque me ofende muchísimo que nadie se desmelene en esta fiesta.

A ver, Juliette, ¿crees que porque soy vieja no merezco un buen espectáculo?

Alguien, seguramente uno de los bomberos, gritó:

—¡Eso te lo damos nosotros gratis, Euls!

—Pienso recordártelo —replicó ella, encantada.

Y luego, después de tomar una honda bocanada de aire, entrelazó los dedos alrededor del cable del micrófono y dijo—: Bromas aparte, gracias por venir y por celebrar todo lo que Henry y yo pasamos años aprendiendo a cultivar.

Desde que murió, me he sentido perdida...

Tenía demasiado miedo de pasar página y era demasiado cerca como para mirar atrás, y por eso los jardines tampoco han cambiado.

Pero hace poco recordé una cosa que Henry siempre me decía cuando me enredaba demasiado en las malas hierbas.

Decía: «Eula, un jardín es para hacer crecer cosas».

Se refería a que un jardín está destinado al cambio.

Está destinado a convertirse en algo nuevo, una y otra vez.

Y Lilymoor ha estado sumido en el invierno desde que Henry murió.

Aunque de un tiempo a esta parte me he estado preguntando si tal vez debería dejar que vuelva a la primavera.

Así que pedí ayuda, y el universo me mandó a Sophie Drear.

—Me miró de nuevo, de pie junto al sauce del fondo, y levantó su copa de champán en mi honor—.

Todos deberíais darle las gracias cuando tengáis la oportunidad.

Ella ha salvado este sitio, haciendo más de lo que he hecho yo en diez años.

Por eso me jubilo, y estoy segura de que por eso estáis todos aquí, y ¡qué mejor noche para anunciarlo que durante la celebración del precioso bicentenario de Lilymoor!

La multitud vitoreó. Y el viento sopló entre los sauces.

—Henry y yo nunca tuvimos hijos, pero cada verano de su infancia, mis sobrinos nietos, Ollie y Rus, venían de visita, y era la época más mágica del año.

De entrada, yo no era una persona a la que le gustaran mucho los niños, pero sí me gustaba ser la tía divertida, y a Henry le encantaba ser tío.

No estábamos pensando en el legado. Plantábamos flores y él veía su...

madreselva favorita... crecer. —Se sumió en el silencio, mientras retorcía el cable del micrófono con gesto nervioso—.

Pero los jardines son cosas extrañas. Pueden estar llenos de flores, de árboles, de hierbas o de frutas y hortalizas, y creo que el mejor jardín de Henry no es un lugar.

Creo que son las personas que están aquí, en Lilymoor, y también creo que él estaría de acuerdo.

Y estoy muy agradecida de poder compartirlo con todos vosotros.

Él creó los jardines de Lilymoor con una idea sencilla en mente: que, sin importar por dónde camines, por dónde deambules, todos los caminos te llevarán de vuelta a casa.

«A casa». Ya sabía cómo era a esas alturas.

Y, pese a todo, no me arrepentía de nada de lo que me había llevado hasta allí. Aunque Rus no me cayera bien, lo habría ayudado de todos modos. Yo era la experta de las tareas imposibles, del tiempo perdido. Lo intentaba incluso cuando ya sabía cuál sería el resultado.

Eligiera lo que eligiese, habría acabado allí de todas formas.

Aunque no hubiera querido a Lilymoor tanto como lo quería, cuando Jeff fue a proponerme la cesión, diciéndome que era la mejor para el trabajo, habría ido pese a todo.

Aunque no hubiera conocido a Rus, le habría prometido ayudarlo.

Habría querido reunir a Oliver con su mejor amigo.

Habría intentado convencer a los dos sobrinos de que Lilymoor merecía la pena. Lo habría hecho todo exactamente igual.

Todos los senderos del jardín conducían hasta allí.

«Todos los senderos del jardín...»

Me quedé sin aliento.

—Perdona, te-tengo que irme —le dije a mi madre a toda prisa mientras me daba media vuelta y salía corriendo del Bosquecillo de los Sauces.

Necesitaba un mazo... ya.