fernweh #2
—Si eso es cierto, si Lilymoor no guarda rencor, ¿por qué estoy atrapado aquí, en este jardín, solecillo?
Era una pregunta estupenda.
—Me refiero a los jardines normales. La verdad es que no entiendo de jardines mágicos.
—Así que podría estar guardándome rencor, solo por aclararlo —replicó con un brillo travieso en los ojos.
—¿Y si el jardín solo te ha estado echando de menos y quiere retenerte? —me pregunté en voz alta.
—En ese caso, sería tonto por retenerme a mí y dejarte marchar a ti.
—Me cambiaría por ti si pudiera —confesé.
Era poéticamente muy injusto que el único sitio que para mí era un bálsamo acabara hiriéndolo de formas que yo ni alcanzaba a imaginar.
Aunque también sabía lo difícil que resultaba desprenderse de una tristeza que te mantenía anclado, como si fuera un lastre.
Al fin y al cabo, ¿quién era yo si no lamentaba la pérdida de Harrie?
¿Qué propósito tenía yo, qué sentido tenía mi tristeza, si no lloraba cada segundo de mi vida?
No lo sabía, pero allí, en ese jardín, veía destellos de ella, igual que veía destellos de Cyrus sin sus cicatrices.
Me preguntaba si se desvanecerían más con el tiempo, si desaparecerían con la puesta de sol, si se moverían como las crestas de las olas bajo el sol de la mañana.
Quería saberlo. Quería verlo en cada estación, en cada año...
Iba a encontrar esa puerta. La verdadera.
Aunque tuviera que desenterrar cada arbusto de boj y derribar cada muro...
La encontraría.
Me giró una mano para besarme la delicada piel de la muñeca. Y luego me besó en los labios. Fue un beso apasionado y embriagador, mientras me deslizaba las manos por el torso hasta las caderas. Me hizo retroceder hasta el sauce, y mis omóplatos quedaron pegados a la suave corteza.
Me besó, mientras me acariciaba la mejilla con una mano y mantenía la otra apoyada en el sauce a mi espalda.
El viento empezó a susurrar por el jardín, y el dulce aroma de las flores y la tierra calmó los desaforados latidos de mi corazón.
Imité su caricia y le rosé el mentón, recorriéndole con delicadeza el cuello.
Tenía rasgos marcados, angulosos, aunque antes lo había imaginado como una nube de tormenta atrapada en forma de hombre, a esas alturas ya sabía lo mucho que me equivocaba.
Era luz del sol atrapada, cálida, intensa y desconcertante.
Despacio, con delicadeza, me besó el cuello, arrancándome un suave gemido mientras se pegaba a mí por completo.
Empezaron a temblarme los dedos mientras le desabrochaba la camisa gris oscuro.
Se le había arrugado con el paso de cada hora dorada cuando yo iba a verlo, tanto como había cambiado él, un hombre muy controlado que se iba descontrolando de visita en visita.
Cyrus tenía un buen cuerpo debajo de la ropa, un torso fuerte con vello casi rubio y el asomo de unos abdominales que se perdían por debajo de la cinturilla de los pantalones. Se quitó la camisa mientras yo le colocaba las manos en el sólido pecho y sentía su corazón desbocado bajo las palmas.
—No es justo —murmuré al tiempo que lo miraba de nuevo a la cara, clavando la mirada en esos ojos del color de una tormenta.
Se oscurecían cada vez más, aunque tal vez fuera porque le iba deslizando los dedos despacio, muy despacio, por el pecho, acariciándole el musculoso torso—. No me habías dicho que eres guapísimo.
—¿Mi cara no te dio una pista? —replicó con deje juguetón.
—¿Tienes cara?
Me miró con expresión enfurruñada.
—Qué graciosa —dijo con sorna antes de ladear la cabeza.
Me descubrí mirándole de nuevo ese ridículo pecho.
—¿Graciosa?
Me agarró la barbilla entre el pulgar y el índice, y me obligó a echar la cabeza hacia atrás para mirarlo a la cara.
—Guapísima —se limitó a decir.
No tardé ni un segundo en quitarme la camiseta.
Me besó el cuello. La marca de nacimiento que tenía en el hombro.
El canalillo mientras me desabrochaba el sujetador de algodón.
No tenía mucho en cuanto a pecho (algo que siempre me había dado un poco de vergüenza), pero él murmuró que quienquiera que hubiese dicho que tenía poco era un idiota.
Se inclinó y me besó de nuevo entre ellos mientras los exploraba con delicadas caricias.
—Te deseo, Sophie —confesó con una mirada embriagada y los párpados entornados—. Toda entera. Cada centímetro, cada aliento, cada segundo.
—Yo también te deseo —repliqué.
Y, en vez de incorporarse, bajó todavía más, descendiendo por mi abdomen con los labios mientras me desabrochaba los pantalones cortos y me metía los pulgares en la cinturilla de las bragas de algodón. Me besó en la cara interna de un muslo.
Y, oh... ¡Oh!
Eso era lo único que yo deseaba. Y, al mismo tiempo, deseaba muchísimo más.
Me desnudó despacio, metódicamente, prenda a prenda, y allí contra el sauce, se apoderó de mí con la boca y me saboreó con la lengua, aferrándome las caderas con las manos, clavándome los dedos en los glúteos.
Me estremecí entera. Me quedé sin aliento.
Tanteé para agarrarme a algo (su pelo cobrizo, muy suave, muy fuerte) mientras me levantaba una pierna y se la colocaba sobre un hombro para llegar más hondo.
El cuerpo me ardía de deseo, se tensaba por la expectación...
—Para —jadeé, enterrándole los dedos en el pelo—. Para, que quiero... —Seguía jadeando mientras lo miraba allí entre mis muslos, perfecto, perfectísimo—. Quiero correrme contigo... dentro.
La sorpresa de su cara pronto se transformó en una expresión feroz.
—Como desees —dijo antes de quitarse mi pierna del hombro con cuidado.
Me dejó sobre el trébol y en ese momento me tocó a mí desnudarlo, poco a poco, los pantalones, los calzoncillos y los calcetines.
Las enredaderas se movieron a nuestro alrededor, floreciendo con tonos amarillos y rosas; las margaritas de otoño, blancas; los narcisos, los cosmos y las rudbeckias.
Los parterres se desbordaron; las enredaderas cubrieron raíces y muro; la glicinia descendió por las cuerdas del columpio, con sus flores moradas.
Recorrí el vello pelirrojo que descendía desde su ombligo y tomé su erección con ambas manos para acariciársela.
Una vez, y luego otra, hasta que gimió y me apartó las manos.
—Tengo talento, pero no soy perfecto —me advirtió antes de besarme de nuevo.
Descubrir mi sabor en su boca fue algo poderoso.
Me tumbó entre los tréboles y luego me aseguró que tenía un condón en la cartera mientras yo le decía que tenía el DIU.
Tardamos un poco en recuperar dicha cartera (la llevaba en uno de los bolsillos traseros) y otro poco más en abrirla, riéndonos todo el tiempo por lo absurdo que era.
Pero al final consiguió ponérselo y masculló—: ¿Por dónde íbamos?
Ah, sí —dijo, y volvió a acariciarme los pechos con la boca y a lamerme los pezones—.
¿Estás segura? —susurró, aunque ya sabía que lo estaba.
Lo miré a la cara. No estaba segura de estar enamorada de un hombre al que solo conocía desde hacía mes y medio, pero iba por ese camino de todas formas. Con delicadeza, le aparté un mechón de pelo cobrizo de la frente, y me pareció guapísimo bajo esa luz dorada y mágica.
—Sí —susurré.
Me puso los labios en el cuello y se pegó a mí hasta penetrarme.
Se me escapó un jadeo y puse los ojos como platos al tiempo que encogía los dedos contra su espalda.
Esperó a que me adaptara a su tamaño y luego empezó a moverse, despacio.
Arqueé la espalda sin querer, porque deseaba sentirlo más adentro.
Respiraba entre jadeos y sentía su aliento mientras me murmuraba frases alentadoras contra el cuello.
Al principio, no encontramos el ritmo, pero luego me puso una mano en un muslo y me levantó la pierna.
Él tenía las mejillas sonrosadas, brillantes y preciosas por el esfuerzo.
Quería conservar ese momento. Quería capturarlo como si de una fotografía se tratase. Nuestro tiempo se escapaba, y quería recordar cada segundo. Cada momento.
Tiempo perdido, tiempo gastado.
Me apoderé de su boca, compartiendo secretos entre besos, con jadeos y suspiros, sintiéndolo en todas partes; y aunque no era la primera vez que besaba a Cyrus Beek, era la primera vez, la primerísima, que lo veía de verdad.
Me sentía viva.
Y eso era algo bueno y terrible y salvaje. Cambiar, crecer y convertirnos en algo, una y otra vez, a medida que sacudíamos nuestras hojas, extendíamos nuestras raíces y buscábamos el cielo. Qué cosa más gloriosa y dorada era estar vivos. Qué regalo más maravilloso y horrible era dejar cosas atrás.
Había vivido tanto tiempo intentando seguir adelante que se me olvidó guardar los trocitos que las personas iban dejando atrás y añadirlos al agujero inconmensurable de mi pecho. En mi irreflexiva carrera por huir, había llevado muy poco equipaje. Se me olvidó llevarlos conmigo.
El sol se fue poniendo, y por mucho que yo deseara que ese momento nunca acabase, que durara para siempre, nada lo hacía. Eso era algo que, como jardinera, sabía demasiado bien. Nada duraba, mucho menos lo hermoso.
Sin embargo, lo malo tampoco duraba para siempre.