El jardín de algún día bricoleur
12%

bricoleur

saudade

Era la víspera de la celebración del bicentenario, y me levanté antes del amanecer.

Saqué el folleto gastado con un mapa de Lilymoor que había robado del escritorio de Juliette semanas antes.

Metódicamente, había marcado cada zona de los jardines donde había buscado la puerta y, en aquellos lugares donde el mapa no coincidía del todo, había comprobado con los planos de la propiedad para no pasar por alto otra zona del tamaño de un invernadero.

Sabía que había cubierto cada centímetro de la propiedad y más.

Pero mientras los pájaros se despertaban cantando, allí estaba yo de nuevo, recorriendo los terrenos con la precisión de un equipo de búsqueda.

Cuando el sol se elevó por completo en el cielo, yo ya estaba al límite de mis fuerzas.

¿Cómo podía haber pasado por alto ese enorme sauce, aunque estuviera detrás de un muro?

¡Y si el jardín no existía en realidad y había malgastado todo ese tiempo para nada!

—Es que tiene que estar en algún sitio —me dije mientras revisaba el Laberinto.

Iba de regreso al Jardín Central, agotada y dispuesta a desplomarme en un banco, cuando un movimiento cerca de la ventana del segundo piso me llamó la atención.

Al principio, pensé que era Eula, pero luego vi la coronilla de una cabeza rubia de melena corta agachándose de nuevo detrás de la barandilla del balcón.

¿Juliette? ¿Qué hacía en su escondite?

Aquello no presagiaba nada bueno.

Doblé el folleto, me lo guardé en el bolsillo trasero y decidí, por el bien de Juliette y por el mío, tomarme un descanso para ir a ver qué estaba haciendo allí arriba.

Dentro de la casa, me encontré a Yafir y Oliver que la estaban buscando, pero les dije que no sabía dónde se había metido y me escabullí sigilosamente hacia el balcón del dormitorio de Oliver, algo muy atrevido, teniendo en cuenta las circunstancias.

—¡Juliette? —la llamé.

Ella me miró alarmada y se llevó un dedo a los labios.

—¡Shhh! ¡Cierra la ventana!

Salí al balcón y cerré la ventana del dormitorio de invitados con cuidado.

—¿Hay alguna razón por la que te estés escondiendo?

—No me estoy escondiendo —contestó, ocupada con su teléfono, sentada en uno de los taburetes. Se estaba escondiendo, estaba clarísimo.

—¿Es por Oliver?

Dejó caer los hombros.

—¿Tanto se nota?

No me quedaban fuerzas para mentir.

—Pues la verdad es que sí.

Avergonzada, dejó caer el móvil en su regazo con un gemido y se cubrió la cara con las manos.

Levanté una ceja.

—Creo que me he enamorado —se lamentó.

Ya me lo había imaginado, pero oírlo... En fin.

—¿De Oliver?

Se cubrió la cara con las manos.

—¡Es horrible, Sonrisas! ¡Es lo peor!

—Claro que no lo es —repliqué al tiempo que me acercaba a ella—. Es muy guapo.

—¿Tú crees?

Asentí con la cabeza.

Titubeó.

—Pero ¿él y tú no...?

Zanjé el tema de inmediato.

—No. A ver, puede que al principio hubiera algo, pero no. No, no hay nada entre Oliver y yo.

El alivio la hizo enderezar un poco los hombros.

—¡Ah...! Ah, bien. Porque me preocupaba... —Se mordió el labio inferior—. A ver, en fin, que has estado muy feliz de un tiempo a esta parte y de vez en cuando desaparecías... y ¿si te ibas con Oliver? Así que se me metió en la cabeza que había vuelto a enamorarme del hombre equivocado...

¿Feliz? Suponía que sí (descontando el leve pánico que me había asaltado esa mañana), que si me paraba a pensarlo, era feliz. Desde luego que ya no estaba triste, como sí lo estaba a principio de verano. Yo casi no recordaba la imagen de esa Sophie en el espejo.

—Soy feliz —repliqué—, pero no es por Oliver. Sin embargo... —añadí al tiempo que me sentaba a su lado—, creo que él no es el peor hombre del que puedes enamorarte. A ver, que no es Myke con i griega, pero...

Se le escapó una carcajada.

—Es difícil caer más bajo que Myke con i griega.

—Se sentó un poco más derecha en el taburete para mirar hacia el jardín mientras se daba tironcitos a una uña rota.

Era muy raro verla alterada, aunque fuera un poquito.

Debía de estar enamoradísima de Oliver—.

¿En serio? ¿Crees que...? A ver... ¿Crees que es una tontería? ¿Estoy haciendo el tonto?

—No —contesté al tiempo que le daba un apretón en una mano—. En absoluto. Creo que podríais ser buenos el uno para el otro, la verdad.

Eso la sorprendió. Parpadeó y puso los ojos como platos.

—Yo no iría tan lejos, Sonrisas. Creo que a él se le podría dar muy bien lo del sexo. Llevo muchísimo sin hacerlo.

Si se parecía un poquito a su antiguo mejor amigo...

—Yo voto por que lo averigües.

Se echó a reír.

—¡Eres una influencia pésima! ¡Que es el sobrino de nuestra jefa! No puedo hacer eso. Es, no sé, una pesadilla para Recursos Humanos.

—Jules, que solo somos cuatro trabajando aquí... Bueno, tres en realidad...

—Tú también cuentas —protestó.

—Solo durante el verano —le recordé, algo en lo que había estado intentando no pensar—. Y, de cualquier forma, creo que es perfectamente válido enamorarse de un hombre guapísimo que da la casualidad de que es el sobrino de nuestra jefa. Las apps de citas nunca conseguirían algo así.

Hizo una mueca.

—Pues no sé qué decirte. Porque en Nueva York, una app de citas una vez me recomendó a mi propio hermano. Eso fue muy raro.

—Muy bien, sí, me retracto —dije, como muchísima menos confianza en la humanidad de la que tenía al principio.

Su móvil vibró con la llegada de un mensaje de correo electrónico, y respiró hondo, armándose de valor.

—Esta fiesta va a ser la mejor que he organizado en la vida..., o un desastre total. Pero la única salida es seguir adelante.

—La única salida es seguir adelante —repetí—. Lo tienes controlado. —Le di un apretón tranquilizador en la mano, aunque también era un modo de recordármelo a mí misma.

«La única salida es seguir adelante».

La hora dorada llegó en un suspiro de color naranja, y la puerta apareció donde la encontré la primera vez, en el Laberinto.

Las enredaderas se habían enroscado alrededor del marco de la puerta, cargadas de capullos a punto de florecer.

Madreselvas. Como si hubieran crecido a través del tiempo y del espacio para llegar hasta mí.

Después de dejar a Juliette (y de usar el balcón como mirador para buscar), había peinado cada centímetro de la propiedad una vez más, recorriendo el terreno que había recorrido durante semanas, todos los lugares donde había trepado por los muros y donde no encontré nada.

No iba a encontrarlo. En el caso de que existiera. Lo que significaba que solo me quedaba una cosa por hacer.

Debía evitar que Cyrus encontrase el jardín. No había podido impedir que asistiera a través de una carta..., pero ¿en persona? A lo mejor así podía convencerlo.

No me quedaba más alternativa que convencerlo.

Llegar a esa conclusión fue como darle la vuelta muy despacio a una pesada piedra y ver lo limpio que estaba todo debajo. Limpio... y vacío.

Porque si lo conseguía, el Rus del jardín nunca existiría. Y, en ese caso..., nada de lo que había sucedido entre nosotros existiría nunca, ¿verdad?

Casi me caí de espaldas por el golpe que supuso esa idea.

Las flores, el sauce, nuestras conversaciones, nuestros besos.

Haber compartido mi corazón con él. Que él desnudara el suyo.

¿Se borrarían nuestros recuerdos o yo sí seguiría recordándolo?

No sabía bien qué era peor. Porque yo había cambiado ese verano en el jardín, pero solo imaginar que era la única que quedaría para atesorar esos recuerdos me abrió una herida profunda en el corazón.

Estar sola con la alegría y sentir el peso de su pérdida.

Como con Harrie.

Ya sabía que si le contaba mi nuevo plan, él no estaría de acuerdo.

Sabía que no había ninguna garantía de que pudiéramos encontrarnos de nuevo como lo habíamos hecho mientras él estaba atrapado en ese jardín, aunque me lo volviera a encontrar después del bicentenario.

Ese espacio donde el tiempo no transcurría nos había cambiado demasiado a los dos.

Sin embargo, no me quedaban opciones, ni tiempo.

«No se lo dirés», decidí mientras aferraba el pomo y abría la vieja puerta azul.

Y entré en El Jardín de Algún Día, sabiendo que podría ser la última vez.

A lo largo del último mes, el jardín se había transformado en un hermoso oasis de flores, tréboles y suaves ramas de sauce. Quizá era hermoso a cualquier hora del día, pero Henry había acertado al diseñarlo para la puesta de sol. La luz mágica de la hora dorada obraba magia de verdad.

Las sombras y la luz se repartían a partes iguales sobre las flores, y las plantas autóctonas se mezclaban en coloridos ramos.

Grandes tallos de algodoncillo se mecían entre los rayos de los girasoles; las achicorias crecían en ráfagas de violeta entre la hierba de San Juan y las pímulas; las trepadoras se arrastraban por el suelo entre la hierbabuena y la hierba de San Antonio.

Había budelias tomando el sol junto a rudbeckias, ranúnculos, aquileas y zanahoria silvestre, mezclándose como en una velada colorida, mientras las varas de oro brotaban en los lugares más soleados junto a las nomeolvides y a las campanillas azules.

Era un caleidoscopio de colores y de flores, mientras las incansables abejas, con sus pantaloncitos amarillos de polen, volaban de una flor a otra.

Henry tenía un sueño y, en ese momento, de pie en la versión terminada de Rus, era un buen sueño. A Eula le encantaría.

—¡Rus? —lo llamé, mirando las coloridas flores y los arbustos, la sombra del sauce y el suave verde de los tréboles.

El muro del fondo por fin estaba cubierto de flores de madreselva de un amarillo intenso, que parecían oro fundido que se derramaba sobre la hierba.

Subí la pendiente hasta el sauce y aparté la cortina.

Estaba allí sentado en el columpio, sumido en sus pensamientos. Era tan grande para el asiento que resultaba cómico, con las piernas abiertas mientras se balanceaba suavemente hacia delante y hacia atrás.

—¿Rus? —repetí, un poco más alto.