fernweh
tidsoptimist
La tarde siguiente, la hora dorada era más fresca, se notaba un poco la brisa costera y, por primera vez, me di cuenta de que empezaba cada vez más temprano conforme el verano llegaba a su fin.
La puerta estaba de nuevo en el Bosquecillo de los Sauces, junto a un sauce llorón.
Saqué el móvil para tomar nota (tal como había hecho las últimas veces sobre dónde aparecía) y entré esperando encontrar a Cyrus en uno de los parterres donde siempre estaba, regando las semillas recién plantadas o entrelazando ramas de sauce para formar una valla a la altura de las rodillas, pero no lo vi.
El jardín estaba casi terminado y, gracias a la extraña magia que había allí, parecía un lugar cuidado con mimo durante años en vez de semanas. Era consciente de que casi todo había florecido cuando Rus se sacudió la apatía que había estado usando como escudo.
—¿Rus? —lo llamé mientras deambulaba por el jardín. Aparté la cortina de ramas de sauce, con la esperanza de verlo allí, pero no estaba.
Sin embargo, había colgado el columpio de una rama.
Me senté en él. La vieja rama de sauce crujió. La luz del sol se filtraba a través de las hojas, suave y brillante, como reflejos en el fondo de un estanque. Podría quedarme allí para siempre, la verdad.
—¡Ah, ahí estás, solecillo!
Sobresaltada, levanté la mirada hacia la voz.
Rus apartó las ramas de sauce al entrar en la sombra, con una sonrisa despreocupada en la cara.
Se acercó y agarró el columpio. Se inclinó hacia mí, apoyándose en la cuerda, con la seguridad que le daba el sauce que nos cubría.
Su pelo cobrizo brillaba a la luz como latón pulido, enmarcándole la cara con una delicada sombra.
Mientras lo miraba, decidí que era el hombre más guapo que había visto en la vida.
—Creo que el columpio es el toque perfecto. La vista es preciosa desde aquí —dije, aunque yo no miraba más allá de su cara, y él no miraba más allá de la mía.
—Pues sí —convino, inclinándose más hacia mí, despacio y con paciencia, cuando lo único que yo quería era acortar la distancia de inmediato.
Quería tomarle la cara entre las manos y unir nuestros labios solo para ver cómo encajaban.
El impulso era tan fuerte que me aferré con más fuerza a la cuerda del columpio.
Eché la cabeza hacia atrás, como una flor hacia el sol, y cuando me rozó la nariz con la suya, sentí el susurro de sus labios sobre los míos—.
Hoy hueles a rosas —murmuró, con su aliento caliente contra mi oído.
—He podado la Rosaleda —dije—. Un enjambre de abejas había hecho una colmena. Hemos tenido que trasladarlas.
—Eso parece peligroso.
—Muchísimo.
—Me alegro de que hayas sobrevivido.
—Yo también.
Me besó en una de las comisuras de los labios.
Creo que sentía algo más, que además de gustarme había algo más, pero era una palabra muchísimo más inmensa y con muchísimo más peso que cualquiera que hubiera pronunciado antes. Era una semilla que guardaba en un rinconcito de mi corazón, enterrada, sin pensar que algún día pudiera brotar.
O que el día que lo hiciera, pudiera estar tan segura, tanto que hasta dolía.
Había una cicatriz muy tenue rodeándole el antebrazo. Casi no se notaba a menos que se supiera dónde mirar. Extendí un brazo y la recorrí, y él se estremeció.
—No me había dado cuenta antes de esto —susurré.
Se bajó de nuevo la manga por debajo del codo.
—No es nada —replicó. Lo miré en silencio mientras me columpiaba, adelante y atrás. Al cabo de un rato, admitió—: Es un recordatorio del incendio. Un souvenir.
Recorrí despacio las casi imperceptibles líneas de la quemadura con los dedos.
—¿Intentaste salvar el invernadero?
—Pues claro. Y la cicatriz me recuerda que no pude.
En Lilymoor hay muchas cosas que me lo recuerdan.
Por eso no quería volver. Y era una sensación que yo comprendía perfectamente; una sensación con la que, de habernos conocido unos meses antes, habría estado de acuerdo—.
Eres lo primero, desde hace mucho tiempo, que no me recuerda los errores que cometí aquí.
—Luego se arrodilló delante de mí y me tomó las manos, entrelazando nuestros dedos.
Los míos eran muy pequeños en comparación, pero pegados los unos con los otros tenían historias parecidas, callos parecidos, uñas cortas manchadas de tierra parecidas—.
Me has ayudado a recordar que no odiaba este sitio.
Que antes lo amaba. Que antes creía que pasaría el resto de la vida en Lilymoor.
Sentí que me rebosaba el corazón al oír sus palabras y experimenté tal opresión en el pecho que no estaba segura de si seguía respirando.
—¿Y ahora?
—Sigo soñando con tu aspecto a cualquier luz; a la de la mañana, a la de la tarde, en la oscuridad.
Quiero saber cómo te ilumina la luz de la luna por la noche y quiero verte en invierno, en primavera y en otoño.
Lo quiero todo. No solo una tarde perfecta de verano.
Quiero verlas todas —dijo, apretándome las manos con fuerza—. ¿Me acompañarás cuando me vaya?
Me escocía la garganta. Tragué saliva con dificultad, concentrándome en nuestros dedos entrelazados. En el fondo, ya sabía que él no iba a quedarse. Que una vez que abandonara ese jardín, nunca volvería.
—Quizá si te quedas en Lilymoor, puedas aprender a amarlo todo de nuevo. Te he visto cobrar vida cuidando el jardín, sentado en su magia. Amas este sitio, no me cabe la menor duda...
—Los sitios nunca pueden corresponderte, solecillo —me interrumpió, soltándome las manos.
De repente, sentí un escalofrío en los dedos por su ausencia—.
Si la propiedad es mágica, ¿por qué no protegió el invernadero?
¿Por qué no protegió a mi tío? O a mí. —Meneó la cabeza, con los labios tan apretados que casi perdieron todo el color—.
Este sitio es mágico, sí; pero si lo único que hace es atraparte, prefiero que me deje fuera de sus rarezas.
De todas. Seguro que Oliver te habló de la fiesta, pero ¿te dijo que, aunque fue idea suya, la hoguera fue idea mía?
Eula nos había advertido que no hiciéramos fuego.
Había sido un verano bastante seco, teniendo en cuenta las circunstancias.
Yo también sabía que fue un verano seco; había estado trabajando en los jardines desde que acabaron las clases.
Lo sabía. Solo hacía falta una chispa. Oliver y yo lo vimos casi de inmediato.
Le dije que entrara y llamase a emergencias, y yo fui a intentar apagarlo.
—Se puso en pie con la ayuda del columpio.
La rama crujió—. Después, decidí asumir la culpa.
Teníamos cerveza, hierba y toda esa mierda, y yo ya tenía fama de alborotador en la familia, así que...
tenía sentido. Como era menor de edad, tuve que hacer servicio comunitario y me pusieron antecedentes menores en mi expediente.
Eula pagó las multas y me dijo que no era culpa mía.
—Apretó los labios—. No odio este sitio por el incendio, Sophie.
Odio este sitio porque me recuerda a la persona que ya no puedo ser —confesó y apartó la mirada.
Se tocó la cicatriz de la quemadura del antebrazo, como si eso lo mantuviera con los pies en la tierra—.
Y no querría serlo. El incendio me puso las cosas claras. Me dio un propósito.
Pensé en aquel chico, manchado de hollín y sentado en la parte trasera de la ambulancia con una quemadura en el brazo, mirando hacia el humo mientras se fundía con el cielo nocturno.
—Pero huiste del único lugar donde podías ser tú mismo —dije.
—Y quizá hice bien en marcharme. Cambié por completo después del incendio.
Estudié mucho. Trabajé. Me convertí en alguien.
Soy socio de uno de los mayores bufetes de abogados de Portland, Sophie.
Soy importante. ¿Crees que aquel chico de hace veinte años podría haber hecho eso?
No. —Meneó la cabeza—. No, él no veía más allá del muro del jardín. No quería hacerlo.
—Pero aquel chico era feliz.
—Yo soy feliz.
—¿De verdad? —le pregunté con tono desafiante—. ¿En serio?
Meneó de nuevo la cabeza.
—No lo entiendes, ya está.
—No, creo que sí lo entiendo —lo corregí al recordar los últimos meses, el último año, en realidad, desde que Harrie murió.
Siempre caminando por la cuerda floja que suponía que me importaran las cosas, pero no demasiado.
Siempre manteniendo el equilibrio en esa finísima separación entre la satisfacción y la apatía.
La soledad era un consuelo. Sí, conocía bien ese tipo de «felicidad»—.
Pero mereces la verdadera felicidad, Cyrus.
—No creo que la merezca.
—Pues te equivocas. Merecemos una buena vida aunque creamos que no nos corresponde.
Y... quizá una buena vida no sea como siempre creíste que sería.
Ahora eres distinto, pero este sitio también lo es.
Los jardines cambian. Se supone que deben hacerlo.
Todo tiene sus estaciones. Nuevas épocas, nuevas flores, nuevas tormentas que amenazan con arrancarlo todo de raíz.
Por eso me gustan tanto, porque si un jardín puede cambiar y seguir siendo hermoso, ¿por qué no podemos hacerlo nosotros?
Cometiste un error de juventud. No los has cometido toda la vida.
—Me levanté del columpio y acorté la distancia que nos separaba.
No quería que malinterpretase lo que iba a decirle.
Me miró con expresión titubeante, y se me encogió el corazón porque, aunque todavía no me creyera del todo, confiaba en mí lo suficiente como para intentarlo.
Le tomé el rostro entre las manos, y le coloqué los pulgares, ligeros como plumas, sobre los labios—.
Creo que puedes perdonarte a ti mismo, Cyrus.
Has dicho que los sitios no pueden amarte, pero tampoco pueden guardar rencor.
Eso solo lo hacen las personas. Y la única persona que mantiene vivo este lugar eres tú.
Me agarró ambas manos y me besó las palmas, inclinándose hacia mí.