El italiano que no merece mi perdón (Herencia Ferraro 2) Capítulo 34
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Capítulo 34

Las luces de los focos eran cálidas y casi agresivas.

La música latía con un ritmo electrónico y sofisticado, marcando la cadencia de los modelos que desfilaban por la pasarela con las prendas de la nueva colección de Ferraro Uomo.

Los fotógrafos se empujaban entre sí y el sonido de los clics de sus cámaras era como una ametralladora constante.

Inversores, famosos y la flor y nata de la prensa de moda europea se mezclaban en un ballet de copas de champán y sonrisas calculadas.

Ese era mi mundo. La cúspide de mi trabajo. El momento en el que el nombre Ferraro se reafirmaba como sinónimo de poder y elegancia. Debería estar eufórico, sintiendo la adrenalina del éxito. Sin embargo, mi cuerpo estaba allí, y mi mente, en otra parte.

Sonreía, estrechaba manos, respondía a preguntas sobre inspiraciones y tendencias con la precisión de un guion memorizado. Sin embargo, mis ojos no estaban fijos en los rostros que me felicitaban. Estaban en la multitud… La buscaba.

Con una urgencia casi febril, registraba cada rincón de aquel grandioso salón.

Cada mujer de pelo oscuro que pasaba por mi campo de visión hacía que mi corazón diera un salto estúpido.

El equipo de In Moda estaba allí, en una mesa privilegiada cerca de la pasarela.

Vi a su jefa, con su postura impecable. Vi otros rostros familiares de la redacción, pero Larissa no estaba allí.

Esperaba que viniera. Una parte de mí, la parte arrogante, creía que no se perdería el mayor evento de moda de la temporada.

Otra parte, la más desesperada, simplemente necesitaba que viniera.

Que me viera allí, en mi elemento, tal vez para que entendiera el mundo del que formaba parte.

O tal vez solo necesitaba la oportunidad de volver a mirarla.

El desfile terminó entre una oleada de aplausos. Subí a la pasarela, di las gracias con un gesto contenido, como siempre hacía, y bajé para enfrentarme al inevitable mar de felicitaciones. Cada «enhorabuena» y cada apretón de manos me parecían vacíos. Mi mente solo registraba una ausencia.

Ella no vino.

Cuando la mayoría de los invitados ya se habían dispersado, encontré un rincón más apartado cerca de la barra y pedí un whisky. El líquido bajó ardiendo, pero no alivió el frío que se había instalado en mi pecho.

Ella no había venido. Tras la escena en la redacción, después de que yo le hubiera puesto el mundo patas arriba, simplemente no apareció.

Esa era su respuesta. Un «no» tácito en el silencio ensordecedor de su ausencia.

Y ese rechazo, tan público y tan sutil, me dolió más que cualquier palabra que ella pudiera haber gritado.

No solo me estaba evitando. Me estaba demostrando que mi mundo, mi poder, mi éxito… nada de eso le llegaba ya.

El hielo de mi vaso ya se había derretido, diluyendo el whisky hasta convertirlo en una pálida imitación de lo que debería ser, igual que yo. Una sombra se proyectó a mi lado, y el olor familiar a colonia cara y tabaco me llegó incluso antes de que me diera la vuelta.

Mi padre.

—La colección ha sido un éxito indiscutible. —La voz de Alessandro Ferraro era, como siempre, fría y analítica: un veredicto, no un elogio—. Los críticos están satisfechos; los inversores, aún más. ¡Buen trabajo!

Enderecé la postura al instante, dejándome llevar por el instinto de años de entrenamiento. Esbocé una media sonrisa, de las que solía poner en las reuniones del consejo, y me giré para mirarlo a los ojos.

—Era lo mínimo que esperaba —respondí, firme y seguro—. Las previsiones para el próximo trimestre son prometedoras. La expansión en Asia responderá bien a esta nueva línea.

Cada palabra era una pieza de armadura que me ponía a toda prisa. Mi padre veía al heredero. No veía al hombre que, por dentro, se estaba desmoronando porque una mujer no había aparecido.

Asintió con la cabeza, recorriendo el salón con aire de aprobación contenida.

—Mantén la concentración. El éxito de hoy no garantiza el de mañana.

—Estoy totalmente centrado —mentí, levantando la copa en un brindis silencioso por él, en un gesto de deferencia que él esperaba.

El esfuerzo por parecer seguro de mí mismo, por ser el hijo que él había moldeado, era insoportable. La victoria profesional, frente a mi fracaso personal, nunca me había parecido tan vacía.