El italiano que no merece mi perdón (Herencia Ferraro 2) Capítulo 35
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Capítulo 35

Los días siguientes se convirtieron en una tortura lenta y silenciosa, pero el ruido dentro de mi propio cuerpo era otra cosa.

Las náuseas matutinas se convirtieron en compañeras constantes, en una náusea ácida que persistía a lo largo del día y se intensificaba con olores que antes eran inofensivos.

El perfume de una compañera, el aroma del café de la cocina…

todo parecía una agresión a mis sentidos.

Junto con las náuseas, llegaron los dolores de cabeza.

Una presión sorda y constante en las sienes que hacía que la luz fluorescente de la redacción resultara casi insoportable.

Me esforzaba por concentrarme, por parecer normal, pero mi cuerpo estaba librando una guerra contra mí.

Sabía lo que significaban esos síntomas.

Los conocía con una intimidad aterradora. Pero mi mente se negaba a aceptarlo.

Aquella tarde, estaba inclinada sobre mi mesa, con la frente apoyada en mi mano fría, intentando concentrarme en un correo electrónico, cuando sentí una presencia a mi lado.

—¿Larissa?

Levanté la cabeza lentamente. Era mi jefa y su mirada, normalmente aguda y crítica, en ese momento se había suavizado con un atisbo de preocupación.

—No tienes buen aspecto. Estás pálida.

Esbocé una sonrisa forzada, en un gesto que pareció exigirme una energía de la que carecía.

—Estoy bien —mentí, con una voz un poco más débil de lo que me hubiera gustado—. Solo es una migraña. El estrés del cierre de la edición, supongo.

Ella siguió mirándome fijamente, sin parecer del todo convencida.

—Si no te encuentras bien, puedes irte a casa. El reportaje ya está cerrado, has hecho un trabajo excelente.

—No, de ninguna manera. Estoy bien, de verdad —insistí, enderezando la postura en la silla, en un esfuerzo titánico por parecer firme.

Ella asintió lentamente y se alejó. Respiré hondo, intentando contener la oleada de mareo que me invadió.

No estaba bien y eso me aterrorizaba. Porque, por mucho que intentara negarlo, la verdad era una semilla que crecía dentro de mí, imposible de arrancar.

Sabía que, muy pronto, ya no podría ocultársela a nadie.

Salí del trabajo con la excusa de la migraña flotando en el aire. El sol de Milán ya se ponía, tiñendo el cielo de tonos anaranjados y morados, pero yo no veía la belleza. Solo sentía el frío recorriendo mi espina dorsal, un presentimiento gélido que me acompañaba desde por la mañana.

Caminé por las calles sin un destino concreto, con los tacones golpeando la acera a un ritmo irregular, ansioso. Podría irme a casa, tomarme un té, tumbarme y fingir que todo no era más que estrés. Podría seguir mintiéndome a mí misma.

Sin embargo, al pasar por una farmacia, con su cruz verde parpadeando en la penumbra, mis pies se detuvieron por sí solos.

Me quedé allí, en la acera, mirando fijamente el escaparate.

Ya no podía huir. La incertidumbre me estaba matando, carcomiéndome por dentro de una forma casi tan dolorosa como la peor de las certezas.

Respiré hondo, sintiendo cómo el aire frío me llenaba los pulmones, y entré.

El ambiente era aséptico y silencioso. Compré lo que necesitaba en voz baja, sin mirar a la dependienta, y salí lo más rápido que pude, con la pequeña caja de cartón pesando en mi bolso como si estuviera hecha de plomo.

En casa, no encendí las luces. Fui directamente al baño, que me parecía lo suficientemente pequeño y seguro como para afrontar lo que estaba por venir. Dejé la caja sobre el lavabo de mármol y la miré fijamente durante un largo rato.

Con las manos temblorosas, seguí las instrucciones.

Cada paso era una tortura. La espera, tres minutos que parecieron tres vidas, fue lo peor.

Me senté en el borde de la bañera, encogida, abrazándome las rodillas.

La imagen de la primera prueba, de la ingenua esperanza que sentí, volvió con una claridad brutal, mezclándose con el pánico que me asfixiaba en ese momento.

Por fin, con el corazón latiéndome con fuerza en la garganta, me levanté y miré.

Dos rayas… Nítidas, inequívocas, crueles.

El aire se me escapó de los pulmones.

La prueba de embarazo se me resbaló de los dedos y cayó al suelo con un golpe sordo. Me apoyé en el lavabo para no derrumbarme, mirando mi reflejo en el espejo: una mujer con los ojos muy abiertos, el rostro pálido como el de un fantasma.

Embarazada.

Otra vez.

Del mismo hombre…

La historia no se estaba repitiendo. Se estaba convirtiendo en una tragedia aún mayor, y yo estaba, una vez más, en el epicentro del huracán.

Las piernas me fallaron. Me deslicé por la fría pared del baño hasta el suelo, con la pequeña prueba de plástico aún allí, una sentencia de dos líneas.

El llanto que me invadió no fue de tristeza, sino de puro pánico.

Un sonido desgarrador, que brotaba desde lo más profundo de mi alma, el lamento por la vida que había perdido y el terror por la vida que ahora crecía en mi interior, en el lugar equivocado, en el momento equivocado.

Las lágrimas corrían cálidas, incesantes, un diluvio de dolor que parecía no tener fin.

Entonces llegó la rabia, ardiente y furiosa, quemando las lágrimas.

Rabia hacia Enzo. Rabia hacia él por haber vuelto, por haberme encontrado, por haberme destrozado de nuevo con ese roce que mi estúpido cuerpo se negaba a olvidar.

Y rabia hacia mí misma, por haberlo permitido, por haber sido débil una vez más.

Sin embargo, en medio del caos, mi mano, por voluntad propia, se dirigió hacia mi vientre.

Posé la palma sobre la piel y, bajo todo el dolor y toda la furia, sentí algo más.

Una chispa. Pequeña, frágil, pero obstinada.

Una vida. Una nueva oportunidad. No para nosotros.

No para él. Para mí… Una oportunidad de recuperar lo que me habían robado y, con ese pensamiento, brotó un nuevo tipo de lágrima, que no era solo de desesperación.

Era de una esperanza aterradora, de una madre que, contra todo y contra todos, ya amaba al niño que llevaba en su vientre.