El italiano que no merece mi perdón (Herencia Ferraro 2) Capítulo 26
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Capítulo 26

Los días que siguieron fueron una especie de infierno silencioso que yo no conocía. El caos, la pelea, la furia… sabía cómo afrontar todo eso. ¿Pero el silencio de Larissa? Aquel era un territorio desconocido y cruel.

La llamé. Le envié mensajes. Fui hasta su edificio dos veces, pero el portero, con una lealtad recién adquirida, me informaba educadamente de que «la señora Moretti no recibía visitas».

Se había convertido en una fortaleza, y yo estaba fuera, en el frío, sin ningún arma con la que derribar sus muros.

Revivía la noche en su piso en un bucle infinito.

La forma en que su cuerpo se rindió, la vulnerabilidad en sus ojos y, después, el muro de odio que levantó para expulsarme.

Cada detalle me carcomía. Lo había echado todo a perder, otra vez.

Había confirmado todos sus temores sobre mí, actuando por impulso, por un deseo egoísta que solo sirvió para agravar la herida.

Aquella mañana estaba en mi despacho, fingiendo revisar informes de ventas que no me interesaban. Mi mente estaba a kilómetros de distancia, atrapada en aquel pequeño piso, en aquel sofá donde todo se vino abajo.

Fue entonces cuando mi secretaria, una señora italiana eficiente y discreta llamada Elena, entró en la oficina. Se acercó a mi escritorio con pasos silenciosos y dejó una revista sobre la pila de papeles que tenía delante.

—Acaba de llegar de la imprenta, señor Ferraro. La nueva edición de In Moda .

Se me heló el estómago. Era ella. El reportaje.

Durante un segundo, no fui capaz de tocar la revista.

La brillante portada parecía burlarse de mí.

Finalmente, conteniendo la respiración, la cogí.

Las páginas se pasaban con una lentitud torturante hasta que encontré el título: «El Imperio Ferraro Uomo: La anatomía del poder ».

Y debajo, en letras más pequeñas: por Larissa Moretti .

Mi corazón latía con fuerza contra las costillas mientras mis ojos recorrían las líneas. Esperaba encontrar ira, acusaciones veladas, cualquier vestigio de nuestra historia sangrando entre líneas. Pero no había nada.

El artículo era brillante. Impecable. Larissa había diseccionado la marca con precisión quirúrgica.

Hablaba de nuestra estrategia de mercado, de nuestra influencia en la moda masculina, del peso de nuestro legado.

Me describía a mí, o mejor dicho, describía la figura pública de Enzo Ferraro, con una objetividad tan fría que se me puso la piel de gallina.

«Una fuerza que seduce y destruye con la misma intensidad».

Su frase estaba ahí, pero insertada en un contexto tan profesional, tan analítico, que perdía todo su veneno personal. Para cualquier otro lector, no era más que una observación astuta sobre un director ejecutivo implacable. Solo yo sabía la sangre que había detrás de aquellas palabras.

Leí hasta el final; cada párrafo era una prueba de su competencia y de su fuerza.

Había tomado todo nuestro dolor, toda nuestra ruina, y lo había transformado en una pieza periodística perfecta e impersonal.

No había ni un solo indicio de nuestra relación, ni una pista del caos que reinaba entre nosotros.

Me había borrado por completo de la ecuación personal, convirtiéndome únicamente en el objeto de su análisis.

Cerré la revista y la tiré sobre la mesa.

Un sentimiento de admiración a regañadientes se mezcló con una frustración abrumadora.

Era buena… Demasiado buena, y aquel reportaje era su declaración definitiva: no me necesitaba.

Podía verme, analizarme, describirme y, al final, descartarme con una elegancia cruel.

Sin embargo, yo no iba a aceptarlo. Si ella creía que podía reducirme a un tema, a un artículo en una revista, estaba totalmente equivocada.

Aquello no era el final. Solo era la prueba de que tendría que luchar de otra manera.

Porque, si ella era capaz de escribir sobre mí con tanta frialdad, yo tendría que encontrar una forma de hacerle sentir algo que ya no pudiera ocultar tras las palabras.