Capítulo 4
La sala de reuniones de Ferraro Uomo era un reflejo de nuestra marca: paredes de cristal, cortinas discretas, una larga mesa de roble pulido, rodeada de sillas de cuero. El ambiente desprendía sofisticación y poder; sin embargo, para mí, no era más que otro campo de batalla.
Los directores ya estaban sentados, cada uno con sus carpetas abiertas y sus tabletas encendidas. El aire olía a perfume amaderado mezclado con las notas florales de las mujeres del equipo. Entré en la sala y todos se levantaron. Hice un rápido gesto con la mano.
—Sentaos —dije, dejando caer el maletín sobre la mesa con firmeza.
El sonido resonó en la sala, imponiendo el silencio.
Andrea, la directora de marketing, dio inicio a la reunión.
—Estamos a pocos días del lanzamiento de la nueva colección. Ya está confirmada la presencia de la prensa internacional en el desfile y, por supuesto, la de In Moda.
Crucé los brazos y me recosté en la silla, observando cada rostro alrededor de la mesa. Ya sabía que sería otra temporada más de discursos y actuaciones calculadas. Nada que no hubiera hecho antes.
—Queremos destacar una entrevista exclusiva —continuó Andrea, deslizando una hoja en mi dirección—. La idea es mostrar el lado humano que hay detrás de la marca, Enzo. Acercar al público a ti, no solo al imperio.
Pasé la hoja con desinterés, dispuesto a rechazarla, hasta que el nombre me saltó a la vista como un puñetazo.
Larissa…
Sentí cómo se me tensaba todo el cuerpo. El corazón, que siempre había mantenido bajo control, se aceleró de repente, latiendo a un ritmo que ya no recordaba.
—¿Quién ha aprobado esto? —pregunté, dando un golpe con la palma de la mano sobre la mesa con tanta fuerza que el sonido resonó en el cristal.
Andrea tragó saliva y se ajustó las gafas.
—Fue decisión de la revista. Exigieron que Larissa fuera la responsable. Al consejo le pareció interesante, al fin y al cabo… es la columnista más respetada en este momento.
Su nombre me quemaba en la boca como fuego. Podía sentir el peso de los recuerdos llegando en oleadas, trayéndome de vuelta la noche del accidente, la sangre, su grito, las palabras que me condenaron para siempre…
Cerré los ojos un instante, respirando hondo, intentando contener la furia y el miedo que se mezclaban en mi interior. Cuando volví a mirar al equipo, mi rostro ya era de piedra, sin lugar para debilidades.
—Pues que empiece la entrevista —dije, apretando el puño contra la mesa—. Si la revista quiere un espectáculo, sabré ofrecerles el espectáculo que esperan.
Sin embargo, en mi interior, lo sabía. No era solo una entrevista. Era el juicio que no había podido evitar durante todos estos años.