El irresistible tutor de una duquesa Capítulo 24
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Capítulo 24

El hedor de la enfermedad le inundaba las fosas nasales, y apenas podía soportarlo. Sentado junto a la cama de su padre, habría dado cualquier cosa por detener la tos desgarradora que sacudía todo el cuerpo del enfermo y aliviar el dolor de garganta que se adivinaba en cada respiración ronca.

—Padre, permítame abrir la ventana —suplicó Philip. ¿De qué servía estar enfermo en el campo si no se dejaba entrar el aire fresco para facilitar la respiración? A Philip le parecía absurdo, y tras varios años estudiando medicina, estaba convencido de que ayudaría.

Sin embargo, el conde negó con la cabeza y gimió:

—No, quiero que sigan cerradas.

Philip se mordió el labio para no contestarle con brusquedad. La enfermedad de su padre no podría haber llegado en peor momento: lo había obligado a abandonar Oxford justo el día en que pensaba presentarse ante el duque para pedir la mano de Lady Daisy.

Eso había sido hacía casi una semana. Todavía le dolía pensar en la carta apresurada que le había escrito a la hermosa joven, en la que le prometía que, en cuanto su padre se recuperara o llegara alguno de sus hermanos para cuidarlo, regresaría a terminar lo que había empezado.

Hasta el momento no había recibido respuesta alguna, y el corazón le pesaba.

—¿Cómo se encuentra hoy? —le preguntó Philip, con la esperanza de que el hecho de que pudiera hablar, después de varios días en los que solo había podido toser y asentir, fuera buena señal.

—Como si tuviera... —comenzó el conde, pero un nuevo ataque de tos lo interrumpió.

—Está bien. No intente hablar más —insistió Philip, y se levantó para servirle un vaso de agua de la jarra que había sobre la mesita de noche.

Mientras lo ayudaba a beber, no pudo evitar fijarse en lo frágil que se había vuelto.

El hombre que en otro tiempo había sido un dechado de autoridad y poder ahora no era más que un pobre ser tembloroso y sacudido por la tos, con la piel en torno a los ojos tan oscura y hundida que resultaba imposible no advertir lo enfermo que estaba.

Procurando no pensar en lo que podría suceder, Philip instó a su padre a descansar y cogió un libro del estante más cercano para leérselo.

Comprendió lo enfermo que estaba cuando no protestó por su elección: un sencillo libro de cuentos de hadas, de los que su madre solía leerles de niños cuando estaban enfermos.

Estaba a punto de comenzar cuando llamaron a la puerta.

Se volvió en el asiento en el que se había dejado caer justo a tiempo de ver entrar al mayordomo.

El anciano hizo una reverencia y dirigió la mirada hacia la cama para comprobar que su amo tenía los ojos cerrados, como si durmiera, antes de volverse hacia Philip:

—Sr. Radcliffe, usted deseaba saber cuando llegaran noticias de su hermana.

—Sí, sí, así es —asintió Philip, sintiendo renacer la esperanza. Quizá pronto estaría de vuelta camino de Oxford.

—Ha escrito para decir que necesitará unos días más para dejarlo todo preparado, ya que su esposo sigue fuera por negocios, aunque ya viene de camino con los niños —explicó el mayordomo, y el corazón de Philip volvió a encogerse.

Le habría gustado partir hacia Oxford esa misma tarde, pero parecía que no iba a poder ser—.

Cree que llegará en un día o dos, señor.

—Gracias, Reeves.

El mayordomo hizo una reverencia y volvió a mirar a su amo en la cama, como si quisiera saber si había algún cambio en su estado.

—Se recuperará —le aseguró Philip, consciente de que el mayordomo llevaba con su padre más años de los que él tenía de vida. Aunque eran amo y criado, los dos eran prácticamente amigos, y la preocupación era evidente en el rostro del anciano.

—Lo sé, Sr. Radcliffe —respondió el mayordomo con una sonrisa y un gesto de asentimiento—. Tengo fe.

Dicho esto, el mayordomo hizo una reverencia y se dispuso a abandonar la habitación en penumbra.

Sin poder contenerse, Philip lo llamó:

—¿Reeves?

El mayordomo se volvió con la mano en el pomo, dispuesto a cerrar tras de sí en cuanto saliera.

—¿Sí, Sr. Radcliffe?

—¿Ha habido otras cartas? —preguntó Philip con la voz quebrada por la desesperación, aunque en el fondo sabía que, de haber recibido algo, el mayordomo se lo habría traído de inmediato.

—No ha llegado más correo, Sr. Radcliffe —dijo Reeves negando con la cabeza. Luego enarcó una de sus pobladas cejas canosas y preguntó—: ¿Esperaba algo?

—No exactamente. Gracias, Reeves. Puede retirarse —respondió Philip, avergonzado de haberse molestado siquiera en preguntar cuando ya conocía la respuesta.

«Espero que Lady Daisy haya recibido mi carta», pensó con pesar, recordando todo lo que se habían dicho en los jardines del baile.

Apenas le había dado tiempo, antes de partir de Oxford, a hacerle saber adónde iba y que regresaría con la promesa que aún pensaba hacerle.

Aun así, no podía imaginar que ella siguiera guardando silencio.

Una dama como ella no le guardaría rencor por haber ido a casa a cuidar de su padre enfermo; era demasiado considerada para eso.

«Tengo que concentrarme en mi padre», se recordó Philip, consciente de que, pasara lo que pasara en Oxford desde su marcha, pronto podría volver y arreglarlo.

Pero quedarse allí dándole vueltas a algo que no podía remediar hasta entonces no le serviría de nada.

Consideró escribirle de nuevo, pero algo en su interior le decía que sería un desperdicio de papel.

Pasara lo que pasara, estaba seguro de una cosa: el momento que él y Lady Daisy habían compartido en los jardines del baile no se desvanecería.

Ella lo esperaría, del mismo modo que él ansiaba volver a su lado.