El irresistible tutor de una duquesa Capítulo 13
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Capítulo 13

Había pasado más de una semana desde que Philip aguardó en la biblioteca de Lord Balfour a Lady Lockhart, solo para que le comunicaran que se encontraba indispuesta y no podía recibirlo.

La joven doncella le había prometido que la dama le escribiría en cuanto se encontrara lo bastante recuperada para reanudar las sesiones de tutoría, pero no había tenido noticias de ella.

Cada mañana despertaba con la esperanza de encontrar una carta, de que el mayordomo llamara a su puerta con la habitual bandeja de plata donde traía toda la correspondencia.

Pero cuando este llegaba y Philip revisaba las cartas, nunca encontraba ninguna de Lady Lockhart.

Con cada decepción, su corazón se hundía un poco más, y crecía su vergüenza por haber decidido evitarla.

Pero entonces recordaba lo que había sucedido en el carruaje.

Recordaba cómo se había aprovechado de la pobre mujer, albergando pensamientos lujuriosos y del todo inapropiados antes de dejarse llevar por ellos.

Aún le hormigueaban los labios cada vez que pensaba en ello, y se le encogía el estómago al recordar lo equivocado que había estado al ponerle las manos encima.

No era de extrañar que ella estuviera tan empeñada en evitarlo.

Porque estaba convencido de que eso era lo que ocurría; no podía imaginar que Lady Lockhart llevara tanto tiempo enferma.

Al fin y al cabo, era una mujer joven y llena de vida, y de estar tan enferma, las noticias y los chismes habrían corrido ya por todo Oxford.

Alguien, en algún lugar, estaría susurrando que Lady Lockhart estaba a las puertas de la muerte o que el pobre Lord Balfour debía de estar fuera de sí de la preocupación, pero no había oído nada, ni el más mínimo rumor sobre la familia Lockhart.

—¿Te encuentras bien, hijo?

La preocupación en la voz de su padre, que estaba sentado con aire estudioso en la biblioteca con un libro en la mano, hizo que Philip casi diera un brinco.

Había olvidado por completo que su padre llevaba un rato sentado a su escritorio, revisando papeles mientras él estudiaba en un sofá al otro lado de la habitación.

—Sea lo que sea que estés mirando por esa ventana, no puede ser ni de lejos tan importante como lo que tienes en la mano.

Philip se sobresaltó ante las palabras de su padre y bajó la vista hacia el libro que tenía en la mano, que se había ido cerrando sobre su pulgar mientras él miraba distraído por la ventana más cercana, sin leerlo.

Todos sus pensamientos habían estado puestos en Lady Lockhart, en su hermoso rostro y en sus suaves labios de rosa, en lo que había sentido al besarla, y más aún en cuánto la había echado de menos el día que decidió no presentarse a la sesión de tutoría.

En aquel momento se había arrepentido de no asistir, pero ahora, tras casi una semana echándola de menos, lo lamentaba diez veces más.

—Tiene razón —suspiró Philip, sabiendo que no tenía sentido intentar contarle a su padre cómo se sentía.

Peor aún, ni siquiera podía admitírselo a sí mismo.

Lo único que sabía era que se sentía fatal desde su último encuentro con Lady Lockhart—.

Aunque creo que he pasado demasiado tiempo con la vista clavada en estas páginas.

Empiezan a confundirse unas con otras. Creo que saldré a tomar el aire.

Cerró el libro que había estado leyendo y lo dejó sobre la mesa que tenía al lado, dispuesto a retomarlo en cuanto tuviera la mente más despejada. Cuando alzó la vista de nuevo, su padre lo observaba desde detrás del monóculo con una ceja enarcada y expresión severa.

—¿Sucede algo, padre? —preguntó Philip, mientras se le formaba un nudo en la garganta ante la idea de que el conde pudiera hacerle una pregunta sumamente incómoda, una que no tenía intención de responder aunque supiera qué contestar.

—Creo que debería ser yo quien te hiciera esa pregunta —señaló el conde, con la ceja aún enarcada. Se inclinó hacia delante en su asiento, y los papeles que tenía en la mano cayeron, olvidados, sobre el escritorio.

—Todo está bien —respondió Philip con presteza, con la esperanza de evitar más preguntas desagradables—. Me temo que he pasado demasiado tiempo aquí dentro esta mañana. Me despejaré con un poco de aire fresco y quizá algo de comer, y luego volveré.

El conde gruñó y resopló levemente, como si supiera que su hijo le estaba ocultando algo, pero no lo interrogó más. En lugar de eso, lo despidió con un gesto de la mano y sacudió la cabeza.

—Vete entonces, antes de que me distraigas por completo de mi trabajo.

Philip contuvo el impulso de protestar que nunca había intentado distraerlo, que había sido él quien lo había interrogado y lo había hecho dar un brinco.

Al decidir que era mucho mejor no reabrir la conversación, Philip hizo una reverencia y se ajustó el chaleco verde y marrón antes de ponerse la chaqueta, que había dejado colgada en el respaldo de su asiento.

—Le deseo éxito en su trabajo, padre —le dijo Philip, y por toda respuesta recibió otro gruñido.

Salió de la habitación y se dirigió por el pasillo; el repiqueteo de sus tacones resonaba en el suelo de baldosas.

El ruido reverberaba en el vasto corredor y lo hacía sentirse pequeño e insignificante, y una vez más se descubrió pensando en Lady Lockhart, preguntándose si acaso habría arruinado las cosas de forma irreparable.

No, no, de verdad está enferma, se dijo mientras salía del pasillo hacia el vestíbulo, donde cogió el sobretodo de la percha junto a la puerta y se lo echó al brazo. Aunque el día parecía luminoso y estaba casi seguro de que no llovería, no quería que lo pillara la lluvia como la semana anterior.

El mero hecho de coger el abrigo le retorció el corazón al recordar cómo había rescatado a Lady Lockhart de Christ Church Meadow.

Aún recordaba lo instintivo que le había resultado ayudarla, guiarla con galantería hasta su carruaje y escoltarla a casa.

Aun así, una parte de él se preguntaba si no debería haber actuado como si nunca la hubiera visto.

Quizá entonces no se sentiría como se sentía.

Si no le hubiera ofrecido ayuda, no la habría besado, y entonces no estaría consumiéndose por una mujer que claramente no tenía ningún interés en verlo.

—Mi señor, ¿desea que mande llamar un carruaje?

La voz del mayordomo, que llegaba desde el pasillo a su espalda, hizo que Philip casi diera un brinco, y se maldijo una vez más por estar tan absorto en sus pensamientos sobre Lady Lockhart.

Estaba tan embriagado por los pensamientos sobre ella que parecía incapaz de pensar en otra cosa o de prestar atención a lo que lo rodeaba.

Quizá salir al mundo real no fuera la mejor idea, pero era lo único que se le ocurría que pudiera empezar a aliviar su tormento.

—No, gracias. Prefiero caminar —le dijo Philip al mayordomo, y el hombre sonrió y asintió con una reverencia antes de cruzar el vestíbulo para abrirle la puerta principal de la casa señorial.

—Le deseo un buen paseo, mi señor —anunció el mayordomo con una sonrisa cordial. Mantuvo la puerta abierta e indicó a Philip que pasara—. Creo que va a hacer una tarde excelente para ello.

—Gracias —repitió Philip, y cogió el sombrero de copa para encasquetárselo antes de salir de la casa y bajar los escalones de piedra arenisca.

Al salir del pequeño jardín delantero, giró a la izquierda y comenzó a caminar deliberadamente en dirección contraria a Summertown. Lo último que quería era ir adonde no lo querían, y estaba completamente seguro de que la posibilidad de ver a Lady Lockhart le resultaría demasiado dolorosa.

Alzó el rostro hacia el cielo mientras caminaba, disfrutando de la caricia del cálido sol en las mejillas. Entornó los ojos ante la luz brillante y admiró el cielo casi despejado, en el que apenas se distinguía alguna voluta de nube aquí y allá.

—Qué día tan hermoso —suspiró con melancolía. Quizá si el tiempo hubiera sido así el día que encontró a Lady Lockhart en Christ Church Meadow, las cosas serían muy distintas ahora.

Quizás habrían compartido un agradable paseo, hablando de la fauna y las flores, admirando los estanques y conversando de cualquier cosa salvo de romance; quizás nunca habría ocurrido un beso porque habrían estado demasiado ocupados admirándose mutuamente el intelecto.

«¡Basta, Philip!», se reprendió con enfado.

«Que la admires no significa que ella te admire a ti».

Sin embargo, no podía evitar sentir que ella sí lo hacía.

Recordaba cómo lo miraba con admiración, tan empeñada en absorber cada palabra que salía de sus labios como si fuera un conocimiento vital que deseaba atesorar para siempre por si algún día le resultaba útil.

Philip echaba de menos esa mirada más que ninguna otra cosa.

Aún más echaba de menos su curiosidad innata y su empeño en cuestionarlo y poner a prueba sus conocimientos en lugar de aceptar sin más lo que él decía. Aunque nunca se lo admitiría, ella incluso le había enseñado un par de cosas, y estaba más que agradecido por el tiempo que habían pasado juntos.

Mientras pensaba en ello, bajó la mirada del cielo para asegurarse de que no lo atropellaran al cruzar la calle, solo para darse cuenta de que había doblado una esquina y estaba desandando el camino. Sin ser consciente de ello, sus pies habían empezado a llevarlo de regreso hacia Summertown.

Había en él una determinación inconsciente de volver a verla, y Philip suspiró en cuanto vio la calle en forma de media luna asomando entre las hileras de casas.

La zona bullía de gente que intentaba vender sus mercancías desde pequeños carros de mano y cestas: mujeres que ofrecían rosas y hombres que querían que comprara alguna baratija para una amiga.