El invierno de Hamburgo (Archivos del exilio 3 Hierro y sal) Episodio V El Baile de los Espías
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Episodio V El Baile de los Espías

L a mañana no rompió la noche; simplemente diluyó la negrura en un gris sucio que se filtraba por las cortinas raídas. James Macleod se despertó con el sonido de la lluvia golpeando el cristal, un ritmo constante que enmascaraba, pero no borraba, el zumbido de sus propios pensamientos.

Helga dormía a su lado, hecha un ovillo bajo las mantas delgadas.

En el sueño, su rostro había perdido la tensión del miedo, revelando la juventud que la vida en Govan le estaba robando.

Macleod observó la curva de su hombro desnudo, las marcas púrpuras en su cuello donde la pasión de la noche anterior había dejado huella, mezclándose con los hematomas de la supervivencia.

Se sintió culpable. Y terroríficamente feliz.

Se levantó con cuidado para no despertarla.

Su cuerpo era un mapa de dolores: los nudillos hinchados, el corte en el antebrazo, las costillas magulladas.

Se vistió en silencio. Recogió el diario de Hans Beck de la mesilla de noche y lo guardó en el bolsillo interior de su chaqueta, junto a su corazón.

Luego tomó las notas que habían traducido. Las especificaciones técnicas. Los nombres de los barcos. La ubicación del almacén.

—James... —la voz de Helga fue un susurro adormilado.

Él se giró. Ella le miraba desde la almohada, con los ojos azules todavía velados por el sueño.

—Tengo que irme, Helga. Tengo que llevar esto a la comisaría.

Ella se incorporó, sujetando la sábana contra su pecho. La realidad del día anterior volvió a sus ojos de golpe.

—Dijiste que Gunn no era de fiar. Dijiste que la policía estaba comprada.

—Gunn es un sargento. Pero por encima de Gunn hay un superintendente.

Y por encima, el comisionado. —Macleod se abrochó el cuello de la camisa, intentando proyectar una confianza que no sentía—.

Esto ya no es un asesinato callejero. Es robo de tecnología militar.

Si pongo esto en el escritorio del superintendente Miller, no podrán ignorarlo.

Miller es un hombre de la vieja escuela. Un patriota.

—Los patriotas son los que matan a gente como Hans —dijo Helga con amargura—. James, no vayas. Vámonos. Tengo algo de dinero guardado. Podemos ir al sur. O a América.

—Si huimos ahora, nos cazarán. Somos testigos de un crimen de Estado, Helga. La única forma de estar seguros es hacer que esta información sea pública, oficial. Cuando el Almirantazgo sepa que sus turbinas están en un almacén de Partick, la red caerá. Y nosotros seremos libres.

Se acercó a la cama y le besó la frente.

—Quédate aquí. No abras la puerta. Volveré antes de que anochezca. Y entonces... entonces hablaremos de América.

◆◆◆

Comisaría Central de Glasgow. 09:00 horas.

La comisaría olía a cera de suelos, tabaco rancio y esa desesperación burocrática que impregna los lugares donde se archivan las miserias humanas.

Macleod entró cojeando levemente. Evitó la mirada del sargento de guardia. Fue directo a su escritorio, situado en una sala común llena de humo y ruido de máquinas de escribir.

Se sentó y sacó papel carbón. Empezó a mecanografiar su informe. No usó eufemismos. «Asunto: Robo de Propiedad Naval y Homicidio del súbdito alemán Hans Beck».

Detalló el hallazgo del cuerpo, las inconsistencias forenses, la traducción del diario (omitiendo la participación de Helga y refiriéndose a una «fuente confidencial») y, lo más importante, el hallazgo de la turbina Parsons en el almacén de Partick.

Era dinamita. Era el tipo de informe que podía hacer caer a un gobierno o, al menos, purgar un departamento de policía.

Cuando terminó, metió el original y las copias de las notas traducidas en un sobre de papel manila. Lo selló con lacre rojo.

Levantó la vista. El despacho del superintendente Miller estaba al otro lado de la sala, tras una puerta de cristal esmerilado. Estaba cerrada. Miller estaba en una reunión con el Concejo Municipal.

—Macleod.

La voz de Gunn sonó a sus espaldas. Macleod no se sobresaltó, pero sintió cómo se le tensaban los músculos de la espalda. Gunn estaba de pie junto a su escritorio, con las manos en los bolsillos y una expresión indescifrable. Parecía cansado. Había ojeras oscuras bajo sus ojos.

—Sargento —dijo Macleod, poniendo una mano sobre el sobre sellado.

—Te veo muy laborioso para un hombre que debería estar de baja por heridas en acto de servicio —dijo Gunn, mirando el vendaje que asomaba por el puño de la camisa de Macleod—. O’Malley dice que te peleaste en Govan.

—Un malentendido, señor.

—Escucha, James. —Gunn se inclinó, bajando la voz—. La gente de arriba... están nerviosos. El cónsul alemán ha estado preguntando por el marinero. Y la gente de Beardmore ha estado preguntando por qué hay policías husmeando en sus almacenes secundarios.

—Deberían estar nerviosos —dijo Macleod—. He encontrado lo que buscaban, Gunn. Sé lo que están sacando del país.

Gunn miró el sobre. Hubo un destello de algo en sus ojos. ¿Codicia? ¿Miedo?

—¿Lo has escrito?

—Todo. Voy a entregárselo a Miller en cuanto salga de su reunión.

Gunn suspiró. Se pasó una mano por el pelo.

—Miller no te va a recibir hoy. Está ocupado con el presupuesto anual.

—Esperaré.

—Bien. Haz lo que quieras. Pero te advierto, Macleod: en este edificio, los papeles tienen la costumbre de perderse si no siguen la cadena de mando.

—Este no se perderá.

Gunn asintió lentamente y se alejó hacia su propio despacho. Macleod se quedó vigilando la puerta de Miller. Pasó una hora. Luego dos. El hambre y el dolor de las heridas empezaron a morder. Necesitaba un café. Necesitaba ir al lavabo.

Miró el sobre. Estaba en su escritorio, en el centro de la comisaría, rodeado de treinta policías.

Nadie se atrevería a tocarlo a plena luz del día.

Abrió el cajón de su escritorio, metió el sobre al fondo, bajo una pila de formularios de arresto, y cerró con llave. Se metió la llave en el bolsillo.

Se levantó y fue hacia la cantina del sótano. Tardó diez minutos. Solo diez minutos.

Cuando volvió, la sala parecía igual. El humo, el ruido, los teléfonos. Se sentó. Abrió el cajón con su llave. Los formularios de arresto estaban allí. Pero el sobre no.

Macleod se quedó helado. Rebuscó frenéticamente. Sacó los papeles, volcó el cajón. Nada. El sobre manila había desaparecido.

Levantó la vista, el pánico subiendo por su garganta como bilis.

Miró alrededor. Nadie le miraba. Todos trabajaban, hablaban, reían.

Era una normalidad aterradora. Alguien, uno de sus «hermanos» de azul, había forzado la cerradura —o tenía una llave maestra— y se había llevado la única prueba que tenía.

Miró hacia el despacho de Gunn. Gunn estaba allí, sentado tras su escritorio, mirando a través del cristal. Le sostuvo la mirada a Macleod. No sonrió. No hizo gestos. Simplemente levantó una taza de té en un saludo burlón y volvió a mirar sus papeles.

Macleod comprendió entonces la magnitud de su estupidez. No era solo Gunn. No eran solo unos cuantos policías corruptos. La comisaría entera era una trampa. El sistema inmunológico de la corrupción había detectado el virus —él— y había neutralizado la amenaza con una eficiencia quirúrgica.

Se levantó, tirando la silla. Algunos constables se giraron. Macleod salió corriendo de la sala, bajando las escaleras hacia la calle. El aire frío de Glasgow le golpeó la cara, pero no le enfrió la sangre. Le vigilaban. Sabían lo que tenía. Y ahora sabían que él sabía.

Caminó rápido, mezclándose con la multitud de Buchanan Street.

Se giró. Un hombre con un abrigo gris y sombrero hongo le seguía a veinte metros.

Se detuvo ante un escaparate. El hombre se detuvo a encender un cigarrillo.

Profesionales. No eran matones de muelle.

Eran espías. O policías de paisano trabajando para la red.

El Baile de los Espías había comenzado, y Macleod acababa de darse cuenta de que él no sabía los pasos.

◆◆◆

Habitación de Helga. Atardecer.

Cuando Macleod llegó, cerró la puerta y echó el pestillo con manos temblorosas. Helga estaba sentada en la cama, con su maleta de cartón hecha a medio cerrar. Había estado llorando.

—¿Qué ha pasado? —preguntó ella al ver su cara.

—Se lo han llevado —dijo Macleod, caminando de un lado a otro de la habitación pequeña como un animal enjaulado—. Mi informe. Las notas. Desaparecieron de mi escritorio cerrado con llave en medio de la comisaría central.

—Te lo dije —susurró Helga—. Te dije que no podías confiar en ellos.

—Me están siguiendo, Helga. Hay un hombre en la esquina de la calle. Lo he visto desde la ventana del pasillo.

Helga se levantó y le agarró de los brazos, deteniendo su paseo frenético.

—James, escúchame. Tenemos que irnos. Ahora. Esta noche sale un carguero hacia Hamburgo. El Nordsee . Conozco al cocinero, es primo de una amiga. Puede colarnos.

—¿Hamburgo?

—Es mi casa. Allí... allí la policía es diferente. O al menos, no nos buscan a nosotros. Podemos desaparecer en Altona. Mi tía tiene una panadería.

Macleod la miró. La tentación fue abrumadora.

Dejarlo todo. Glasgow, el cuerpo de policía, el honor, la lluvia.

Irse con ella a un lugar nuevo. Empezar de cero.

Pero luego pensó en la turbina. Pensó en los acorazados alemanes que se construirían con esa tecnología.

Pensó en la guerra que inevitablemente vendría, una guerra en la que hombres británicos morirían destrozados por máquinas diseñadas con secretos robados en Glasgow.

Si se iba, él sería cómplice.

—No puedo irme a Alemania, Helga —dijo él, con la voz rota—. Si cruzo esa frontera, soy un traidor. Y tú... tú estarías llevando a un policía enemigo a tu casa.

—Me da igual la política —dijo ella, con una intensidad feroz—. Me da igual el káiser y me da igual la reina Victoria. Solo me importas tú. Me importa que no te encuentren flotando en el Clyde como a Hans.

—Si me voy ahora, ganan ellos. Gunn gana. Los espías ganan.

—¡Ya han ganado, James! —gritó ella—. ¡Tienen el poder! ¡Tienen la policía! Tú solo tienes una libreta y un brazo herido. No es valentía, es suicidio.

—Tengo el diario —recordó Macleod, tocándose el pecho— Aún tengo el original. No se lo llevaron.

Helga retrocedió un paso.

—Ese diario nos va a matar. Tíralo al fuego. Por favor.

Macleod sacó el pequeño cuaderno negro. Lo sopesó en su mano. Pesaba más que el oro.

—Es la única prueba de que Hans existió. De que no fue un accidente. Si lo quemo... borro su muerte.

Helga se sentó en la cama, derrotada.

—Estoy embarazada —dijo.

Las palabras cayeron en la habitación como piedras en un estanque quieto. Macleod se quedó paralizado. El diario casi se le cae de las manos.

—¿Qué?

—Lo sospechaba hace semanas. Hoy... hoy estoy segura. No me ha venido la sangre.

Macleod la miró. Su mente, entrenada para hechos y evidencias, colapsó ante la realidad biológica. Embarazada. Un hijo. Su hijo. Se arrodilló frente a ella, tomando sus manos. Estaban frías.

—Helga... yo...

—No te lo dije porque no quería atraparte —dijo ella, con lágrimas en los ojos—. Pero ahora... ahora tengo miedo, James. Tengo miedo por mí, y tengo miedo por lo que llevo dentro. No quiero que mi hijo nazca en una prisión o en un orfanato porque su padre quiso ser un héroe muerto.

Macleod apoyó la cabeza en el regazo de ella. Sintió el calor de su cuerpo a través de la tela barata del vestido. Sintió el peso inmenso de la responsabilidad aplastando sus ideales. Un hijo. El mundo se redujo a esa habitación. El Imperio, las turbinas, la corrupción... todo se volvió secundario.

—Te sacaré de aquí —dijo él, levantando la vista. Sus ojos grises ya no tenían dudas—. Te llevaré a Hamburgo.

—¿Vendrás conmigo?

—Te llevaré al barco. Me aseguraré de que subas a ese carguero esta noche.

—¿Y tú?

Macleod no respondió inmediatamente. Sabía lo que tenía que hacer.

Tenía que asegurarse de que la red no les siguiera.

Tenía que distraerlos. Tenía que ser el señuelo.

Si él se iba con ella, les buscarían a los dos.

Si él se quedaba y hacía ruido, perseguirían al policía loco y dejarían escapar a la chica alemana invisible.

—Yo iré después —mintió Macleod. Fue la primera mentira que le dijo, y le supo a veneno—. Tengo que despistar al hombre de la esquina. Tengo que hacerles creer que sigo aquí. Iré en el siguiente barco. Te buscaré en la panadería de tu tía.

Helga le miró. Quería creerle. Necesitaba creerle.

—Promételo.

—Lo prometo —dijo Macleod, besando sus manos—. Por nuestro hijo.

Fuera, la noche cayó sobre Glasgow, trayendo consigo la niebla y los monstruos. El baile de los espías había terminado. Ahora empezaba la huida. Y Macleod sabía, con la certeza de los condenados, que su papel en esa huida era quedarse atrás y mantener la puerta cerrada mientras ella corría.

◆◆◆

Posada Der Alpenhof, Austria. 1928.

Friedrich Weber estaba pálido. Había escuchado la historia con la rigidez de una estatua.

—Ella estaba embarazada —dijo Friedrich—. Lo sabías. Lo sabías antes de enviarla lejos.

—Lo sabía —confirmó Macleod, mirando al techo de madera—. Y por eso tuve que hacerlo. Si ella se quedaba, la habrían usado para llegar a mí. La habrían matado para silenciarme. La única forma de salvaros a los dos era... cortarme el corazón y ponerlo en un barco rumbo a Alemania.

—Me dejaste sin padre para salvarme la vida.

—Te dejé sin padre para que tuvieras una vida —dijo Macleod—. Y para que yo pudiera intentar destruir a los hombres que nos obligaron a elegir.

Macleod cerró los ojos, agotado.

—Pero fallé, Friedrich. No destruí nada. Solo sobreviví. Y ese es el precio que he pagado cada día desde entonces.