El invierno de Hamburgo (Archivos del exilio 3 Hierro y sal) Episodio III Carbón y Secretos
33%

Episodio III Carbón y Secretos

E l vendaje era una tira de lino blanco, rasgada de una enagua vieja, pero las manos de Helga lo aplicaron con una delicadeza que James Macleod no había sentido en años.

El olor a yodo y agua hirviendo llenaba la pequeña cocina del sótano, un refugio subterráneo contra la lluvia y la violencia de la calle.

—Está muy apretado —dijo ella, fijando el nudo sobre el antebrazo de Macleod.

—Está perfecto —mintió él. El brazo le latía al ritmo de su corazón, pero el dolor era un ancla necesaria; le mantenía alerta en un momento en que la fatiga amenazaba con derribarle.

Macleod observó a Helga mientras ella recogía los restos de gasas manchadas de sangre.

A la luz de la lámpara de gas, su perfil parecía esculpido en mármol pálido, tenso por el miedo pero sostenido por una dignidad férrea.

Acababan de pelear contra matones, pero ella no lloraba.

Limpiaba. Era su forma de imponer orden en el caos.

—La carta —recordó Macleod suavemente.

Helga se detuvo. Se secó las manos en el delantal y fue hacia una lata de galletas oxidada situada en la repisa más alta, detrás de unos tarros de encurtidos. La abrió y sacó un pequeño cuaderno de tapas negras, no más grande que una mano, con las esquinas desgastadas.

—No es una carta —dijo ella, dejándolo sobre la mesa de madera fregada—. Es un diario. Hans escribía en él todas las noches.

Macleod lo tomó. El cuero estaba impregnado de un olor débil a tabaco barato y al aceite de las máquinas. Lo abrió.

Las páginas estaban cubiertas de una caligrafía apretada, gótica, inclinada hacia la derecha como si las letras huyeran del margen.

Alemán. Macleod conocía algunas palabras sueltas, fragmentos aprendidos de marineros en los bares o de los informes de inteligencia naval que circulaban por la comisaría, pero aquello era un muro de texto impenetrable.

—No puedo leerlo —admitió Macleod, empujando el cuaderno hacia ella—. Necesito que seas mis ojos, Helga.

Ella se sentó frente a él. Dudó un momento, acariciando la cubierta.

—Si leo esto... ¿seré una espía? ¿Como él?

—Si lees esto, serás la única persona que puede decirnos por qué mataron a un hombre que tocaba el violín. No lo haces por la Corona, Helga. Lo haces por Hans.

Ella asintió lentamente. Abrió el cuaderno por la última página escrita, fechada dos días atrás. Sus ojos recorrieron las líneas, frunciendo el ceño.

—No entiendo —murmuró—. Pensé que hablaría de su familia. De Hamburgo. Pero son... números. Listas.

—Léelo. Traduce.

Helga carraspeó y comenzó a leer, su voz temblando al principio para luego ganar firmeza.

—«12 de noviembre. Muelle 4. Carguero Kestrel . Carga declarada: 400 toneladas de Antracita de Gales Grado A. Observación visual de la línea de flotación: el barco está demasiado alto. El calado no corresponde a la carga. Faltan al menos cincuenta toneladas de peso».

Macleod se inclinó hacia adelante, olvidando el dolor de su brazo.

—¿Falta peso? Normalmente, los contrabandistas añaden peso. Ocultan cosas entre el carbón.

—Sigue escribiendo —continuó Helga—. «No es la primera vez.

El Osprey la semana pasada. El Hawk ayer.

Todos barcos de la naviera Red Star. El carbón se carga de noche.

Las grúas mueven contenedores que parecen llenos, pero el sonido al caer en la bodega es incorrecto. Demasiado hueco. Demasiado eco».

—Carbón fantasma —susurró Macleod.

—Aquí hay más. —Helga pasó la página—. «Hablé con el capataz de carga.

Un escocés grande, pelirrojo. Le pregunté por qué el carbón sonaba a madera vacía.

Me dijo que cerrara la boca si no quería comer fango del Clyde.

Creo que no están robando carbón. Creo que están enviando aire.

O que lo que va en el fondo de esas bodegas no es carbón, sino algo que ocupa mucho espacio y pesa muy poco. Algo envuelto en paja».

Macleod sacó su propia libreta y empezó a tomar notas frenéticamente con su mano sana.

—Red Star Lines. Es una subsidiaria pequeña. Hacen la ruta del mar del Norte. Glasgow, Rotterdam, Hamburgo.

—«Tengo miedo» —leyó Helga, y su voz se quebró—. «Creo que me siguen. Un hombre con una cicatriz en la ceja. Debo ir a la policía, pero ¿a quién? Aquí todos cobran de la misma mano. Mañana intentaré hablar con el cónsul. Si no llego, que Dios perdone mis pecados».

Cerró el cuaderno. El silencio volvió a la cocina, solo roto por el goteo del grifo.

—El hombre de la cicatriz —dijo Macleod—. El que estuvo aquí.

—El que mató a Hans —concluyó Helga. Le miró con unos ojos que ya no eran de una sirvienta asustada, sino de alguien que acababa de ver el engranaje sucio del mundo—. ¿Qué significa, señor Macleod? ¿Por qué matar por carbón que no existe?

—Porque el fraude al seguro o el robo de suministros no justifica un asesinato premeditado y un allanamiento —dijo Macleod, guardando su libreta—.

Si envían barcos con menos carga de la declarada, o con carga falsa, están ocultando algo más grande.

Hans vio algo que no debía. No fue el peso lo que le mató. Fue la curiosidad.

Macleod se puso de pie. El mareo le golpeó, pero se obligó a mantenerse erguido.

—Tengo que irme. Tengo que contrastar estos nombres de barcos con los registros del puerto.

—¿Vas a volver a la comisaría? —preguntó Helga, alarmada—. Dijiste que era peligroso. Hans escribió que la policía cobran de la misma mano.

—No todos —dijo Macleod, ajustándose el abrigo sobre el vendaje—. Aún quedamos algunos que no nos vendemos por una pinta de cerveza. Pero...

Se detuvo en la puerta. Se giró hacia ella. La cocina parecía de repente muy cálida, muy segura, comparada con la niebla gris que esperaba fuera.

—No puedes quedarte aquí, Helga. Esos hombres volverán. Saben que te he ayudado, pero pensarán que sabes lo que Hans sabía.

—No tengo a dónde ir. Mi tía vive en Edimburgo, pero no tengo dinero para el tren.

Macleod metió la mano en el bolsillo. Sacó tres chelines y seis peniques. Todo lo que tenía hasta la paga del viernes. Lo dejó sobre la mesa.

—Coge una habitación en una pensión en el West End. Algo anónimo. Lejos del río. Te buscaré mañana.

—¿Volverás?

La pregunta quedó suspendida en el aire. Macleod la miró. En ese momento, supo que volvería aunque tuviera que arrastrarse sobre cristales rotos.

—Lo prometo. Guarda ese diario. Es tu seguro de vida. Y el mío.

◆◆◆

Comisaría Central de Glasgow, St. Andrew’s Square. 16:00 horas.

La comisaría era un hervidero de actividad. Teléfonos sonando, borrachos cantando en las celdas de espera y el repiqueteo constante de las máquinas de escribir. Macleod entró intentando parecer invisible, con el brazo pegado al cuerpo para disimular la rigidez.

Fue directo a los archivos del sótano. Necesitaba los manifiestos de carga de la Red Star Lines.

—¡Macleod!

La voz le detuvo en seco en el pasillo. Se giró. El sargento Roderick Gunn bajaba las escaleras, con una carpeta bajo el brazo y una expresión que oscilaba entre la preocupación fraternal y la irritación profesional.

—Sargento —saludó Macleod, cuadrándose.

Gunn le agarró del brazo sano y le empujó hacia un hueco bajo la escalera, lejos de oídos indiscretos.

—¿Dónde demonios te has metido, James? O’Malley dice que te fuiste del muelle como un alma que lleva el diablo. Y tengo un informe de una alteración del orden público en una pensión de Govan. Unos matones expulsados por un policía joven.

Macleod sostuvo la mirada de Gunn. Vio algo en los ojos del sargento. No era ira. Era miedo. Un miedo sutil, político.

—Estaba siguiendo una pista, señor. La dirección en la caja de cerillas.

—Te dije que dejaras eso —siseó Gunn—. Te dije que lo archivaras.

—El muerto se llamaba Hans Beck. Era mecánico naval. Y no se cayó al río, sargento. Lo cazaron.

Gunn se pasó una mano por el pelo engominado. Miró a su alrededor, verificando que nadie escuchaba.

—Escucha, James. Me caes bien. Eres listo. Eres tenaz. Me recuerdas a mí antes de que aprendiera cómo funciona el mundo. Pero estás caminando sobre hielo muy fino.

—¿Por qué? Es un asesinato.

—Porque hace una hora, un caballero de la Oficina Naval de Inteligencia ha estado en el despacho del superintendente. Un tal capitán Blackwood. ¿Te suena?

Macleod negó con la cabeza.

—No.

—Es gente de Londres, James. Gente de arriba. Han venido a recoger el cuerpo del alemán. Han confiscado todas las notas de O’Malley. Han declarado el asunto como cuestión de seguridad nacional.

—¿Seguridad nacional? —Macleod sintió un escalofrío—. Era un mecánico con un violín, Gunn. ¿Qué tiene que ver con la seguridad nacional?

—No lo sé, y no quiero saberlo —dijo Gunn, acercándose más, invadiendo su espacio personal—. Y tú tampoco deberías querer. Si la Inteligencia Naval está involucrada, esto ya no es policía. Es política. Y la política tritura a los constables como tú.

—Encontré un diario —soltó Macleod.

Gunn se quedó paralizado. La carpeta bajo su brazo se deslizó unos centímetros.

—¿Qué?

—El muerto tenía un diario. Habla de barcos. De la Red Star. Habla de cargas que no pesan lo que dicen los papeles.

La cara de Gunn pasó de la preocupación a la alarma pura.

—¿Lo tienes aquí? ¿Lo has registrado?

—No. Está... en un lugar seguro.

Gunn exhaló lentamente. Parecía aliviado, pero también calculador. En ese momento, Macleod vio la grieta en la armadura de su mentor. Gunn estaba sopesando opciones. No estaba pensando en la justicia; estaba pensando en su carrera. En cómo sobrevivir a la tormenta que se avecinaba.

—James —dijo Gunn, poniendo una mano en su hombro.

El gesto pretendía ser reconfortante, pero se sintió pesado—.

Hazme un favor. No registres ese diario.

No lo menciones en tu informe. Si lo haces, vendrán a por ti.

Y no serán matones de callejón. Serán hombres con órdenes firmadas por el Almirantazgo.

—¿Me está pidiendo que encubra pruebas, señor?

—Te estoy pidiendo que sobrevivas hasta el viernes —dijo Gunn con una sinceridad brutal—. Hay algo podrido en el río, James. Lo huelo. Carbón que no pesa. Alemanes muertos. Inteligencia Naval husmeando. Es una partida demasiado grande para nosotros.

—Si no hacemos nada, matarán a más gente. Ya han intentado atacar a la chica de la pensión.

—¿Hay una chica? —Gunn cerró los ojos, maldiciendo por lo bajo—. Por supuesto que hay una chica. Siempre hay una maldita chica.

—Es la testigo. Y la traductora.

Gunn abrió los ojos. Eran duros ahora. La ambición había ganado la batalla contra la conciencia en ese preciso instante. Macleod lo vio suceder. Vio cómo la luz se apagaba en los ojos del sargento.

—Esconde a la chica, Macleod. Y esconde ese diario. Voy a intentar averiguar qué quiere Blackwood realmente. Te daré veinticuatro horas. Pero si veo que esto te va a hundir, cortaré la cuerda. ¿Entendido? No me arrastrarás contigo.

—Entendido, señor.

Gunn se apartó y subió las escaleras sin mirar atrás. Macleod se quedó solo en la penumbra del pasillo. Se tocó el vendaje bajo el abrigo.

El sistema estaba cerrado. Gunn tenía razón: era política. Pero Macleod pensó en Helga, fregando el suelo de rodillas. Pensó en Hans Beck, escribiendo con miedo en una habitación fría.

Si el Almirantazgo estaba involucrado, lo del carbón ligero no era contrabando ordinario. Era algo técnico. Algo estratégico.

Macleod salió de la comisaría. La lluvia había vuelto, lavando el hollín de las calles pero no la suciedad moral de la ciudad. No iba a ir a su casa. Iba a buscar a Helga.

Ya no eran un policía y una testigo. Eran cómplices en un secreto que el Imperio británico quería enterrar bajo el fango del Clyde.

Y Macleod, con la terquedad suicida de su juventud, acababa de decidir que iba a desenterrarlo, aunque tuviera que usar sus propias uñas.

◆◆◆

Posada Der Alpenhof, Austria. 1928.

Macleod tosió, una tos seca que sacudió su cuerpo mutilado. Friedrich le sostuvo la mano.

—Gunn... —murmuró el viejo detective—. Siempre pensé que era un malvado. Pero esa tarde, en 1899... creo que intentó salvarme. A su manera cobarde.

—Te advirtió —dijo Friedrich.

—Sí. Pero no me advirtió de mí mismo. —Macleod miró por la ventana hacia los Alpes—.

Esa noche volví con tu madre. No a la pensión, sino a una habitación barata en West End.

Tradujimos el resto del diario. Y allí, entre palabras alemanas sobre turbinas y peso muerto, me di cuenta de que ya no me importaba la Ley.

Solo me importaba que ella no temblara de frío.

Macleod apretó la mano de su hijo.

—El carbón, Friedrich... no era carbón. Eran carcasas huecas. Moldes. Estaban robando tecnología, pieza a pieza, bajo las narices de la Royal Navy . Y tu madre y yo éramos los únicos que teníamos la llave del código.