El invernadero encantado (Spellshop 2) Capítulo treinta y cinco
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Capítulo treinta y cinco

E l día del festival de invierno, el solsticio, amaneció brillante.

Terlu salió de la cama de un salto y Yarrow la siguió.

Lo había ayudado a preparar la masa la noche anterior, y había aprendido lo suficiente sobre panadería como para saber qué debía hacerse a continuación.

Mientras ella les daba la forma a las hogazas para la segunda fermentación, él se metió en el cuarto de baño para asearse.

Tras salir, empezó a preparar las decoraciones de azúcar: pequeñas rosas y enredaderas hechas de glasa blanca.

Tras terminar las hogazas, Terlu se lavó y se preparó.

Había elegido ponerse un vestido colorido de Alyssium que le había prestado Ambrel, y volvió con Yarrow a la cocina.

Él también se había mudado, con unos suaves pantalones de lana con enredaderas bordadas en los lados y una camisa blanca que le quedaba ceñida en el pecho.

Se había peinado y afeitado, y Terlu lo admiraba mientras preparaba la mesa para dos.

Yarrow sonrió al darse cuenta y se la quedó mirando, sus ojos se posaron en los labios de ella como si estuviera pensando en un recuerdo agradable.

Comieron sobras de tarta de miel y Terlu frio dos huevos.

Uno de los nuevos habitantes de la isla había traído algunas gallinas que transportaba en el fondo de la bodega del barco de Marin.

Se hablaba de llevar más gallinas a la isla, así como una cabra y quizá una vaca.

(Marin se había negado en redondo a llevar un animal tan grande en el barco, pero había otros mensajeros que sí estarían dispuestos).

Como la pequeña población de la isla estaba creciendo, nadie quería diezmar los pájaros de la zona cazándolos en exceso o recolectando sus huevos h asta que no quedara ninguno.

Más personas significaba más bocas que alimentar.

Pero también significa más ideas y más sueños .

En general, creía que había sido un éxito rotundo.

—¿Has hablado con Ambrel sobre las decoraciones? —preguntó Yarrow. Había terminado sus huevos y había retomado los preparativos para los postres del festival de invierno. Ya había escudillado varias bandejas llenas de decoraciones, todas de una elaboración exquisita.

—Me dijo que Rowan quería ayudar.

Yarrow dejó de formar una rosa con la glasa.

—No.

—¿Por qué no? Parecía entusiasmada.

Profirió un profundo suspiro.

—Ha estado cosiendo a ganchillo unos ojos de lana para pegarlos a las plantas. Cree que puede ser divertido.

Terlu sonrió.

—Podría ser divertido, si a las plantas les parece bien.

—Fue idea de Lotti.

—Entonces ¿dónde está el problema?

El hombre resopló.

—Es ridículo.

—Ya, ¿y? El festival de invierno no es un acontecimiento solemne. Es una celebración de la luz en la oscuridad. De los amigos y de la familia. Reírnos todos juntos envueltos de las solitarias sombras. Creo que es muy apropiado.

Volvió a suspirar, aunque Terlu sospechaba que no lo hacía de corazón. Mientras nadie le pidiera que se pusiera unos ojos de ganchillo, dudaba de que se opusiera.

—Será divertido —insistió ella.

Yarrow resopló, pero entonces sonrió y le extendió una galleta de glasa en forma de rosa a medio terminar.

—¿La quieres probar?

—Se supone que las estás preparando para el festival. No puedo…

Se la metió en la boca.

Se derritió y desprendió todo su sabor. Esperaba que fuera azúcar pura, pero lo que saboreó era fresa y vainilla, un bocado de primavera.

—¡Oh! ¿Cómo lo has hecho?

—Cada color va a tener un sabor distinto.

—Eres brillante.

Él se sonrojó.

—Me alegro de que te guste. Las voy a poner por encima del cristal de azúcar, para que simbolicen las grietas que curaron las plantas.

—Maravilloso.

Otro resoplido.

—Mejor que los ojos de ganchillo.

Terlu se inclinó hacia delante y le dio un beso en la mejilla. Le dejó restos de azúcar en la piel.

—Solo quieres refunfuñar. Admítelo, te gusta que tu hermana esté en casa.

—No me importa que ande por aquí.

Ella sonrió. Acababa básicamente de admitir que tenía razón.

—Volveré después de ver cómo van los demás. Rijes va a intentar cocinar por primera vez y le prometí que me pasaría para asegurarme de que no haga arder la torre por accidente. Por lo visto, es una posibilidad real… —No podía imaginar que la directora de la biblioteca no fuera brillante en todo.

Terlu se puso el abrigo y abrió la puerta.

—¿Terlu?

Volvió la vista atrás.

—Para el festival de verano, invitaremos a tu familia… A tus padres, tu hermana y tu sobrina. Y a tu amigo planta también, si quieres.

Viniendo de Yarrow, se trataba de una proposición enorme: ¿Más personas en su isla? ¿Además, desconocidos? Incluso parecía decirlo en serio. Ella lo aceptó como el regalo que era.

—Me encantaría.

Con una sonrisa de oreja a oreja, salió al día invernal, con el abrigo puesto, las botas y una chillona bufanda roja.

A pesar de la hora temprana, todo el mundo estaba despierto y se afanaba de aquí para allá entre las casitas y el invernadero.

Saludó a todos los habitantes con los que se cruzó, y estos le devolvieron el gesto.

Enfiló el caminito, abriéndose paso por la nieve, hacia la torre de Laiken. Llamó y esperó a que abrieran la puerta. Respondió Marin y de dentro salieron volutas de humo.

A Terlu le escocieron los ojos y retrocedió un paso. No veía ninguna llama dentro, lo que le hizo pensar que se trataba de un desastre pasado, y no de uno que estuviera ocurriendo en ese momento.

—¿Estáis bien?

—No vamos a llevar comida para el festival —dijo Marin.

—He decidido —se oyó a Rijes desde dentro de la torre—, que mi contribución para la celebración del solsticio van a ser algunas historias. Conozco varias que estoy segura de que nadie en Belde habrá oído nunca.

—Me parece una idea excelente —dijo Terlu—.

A todo el mundo le gustan las historias.

—Con los ojos entornados y la nariz arrugada, entró en la torre y abrió las ventanas para disipar el humo.

Un montón de… bueno, era un montón de algo chamuscado que no tenía del todo claro qué era, pero comido desde luego no.

Los restos reposaban arrugados y tristes en una sartén y el taller apestaba a cebolla quemada.

Prefirió no preguntar. Supuso que incluso las directoras de biblioteca tenían sus limitaciones—. Empezamos al mediodía, ¿sí?

—Estupendo.

Las dejó con su desastre culinario. De camino, se detuvo en cada una de las casas terminadas (y casi terminadas) para confirmar que todos los habitantes supieran que el festival empezaría al mediodía.

Además, tuvo la oportunidad de catar muchos de los platos —todo el mundo quería que los probara— y no se encontró con más restos carbonizados.

Al parecer, Yarrow había heredado el talento para la cocina de manera natural.

Todo iba a estar para chuparse los dedos.

En el interior del invernadero, dentro de la sala de las lilas, se encontró con Lotti y Dendy. Ambos lucían los ojos de ganchillo de Rowan. Dendy llevaba uno en cada una de sus hojas más grandes, mientras que Lotti se había pegado dos pequeñitos en el centro de los pétalos.

—Tenéis un aspecto… —Terlu dejó la frase a medias, sin saber qué adjetivo estaba buscando.

—¿Increíble? —propuso Lotti.

—Sí, eso, increíble.

—Yo me hubieeese decantaaado por absurdo —metió cizaña Dendy.

—Eso también —estuvo de acuerdo Terlu.

Paseó con ellos hasta la sala de las rosas, que estaba en proceso de transformarse en un gran salón de celebraciones.

Birch y Rorick les estaban dando órdenes a sus parientes más jóvenes, que estaban acomodando las mesas —mesas nuevas que habían construido una semana antes a partir de planchas de madera sobrantes—.

Ubri y Pipa estaban colocando una variedad de sillas, todas diferentes, alrededor de las mesas.

Una de las últimas incorporaciones a la isla —Flick, un hombre con pelaje marrón y astas— estaba repartiendo las servilletas, mientras Rin, la tía de Yarrow, añadía ramos de flores en unos jarrones cada pocos palmos.

Varias de las plantas sintientes, entre las que se contaba Ree, el mirto convertido en marinero, colgaban cintas de las vigas, formando lazos ondulantes, mientras que una bandada de dragoncitos estaba posada cerca, mordisqueando las cintas y observando el entusiasmo que se desplegaba por debajo de ellos.

En una esquina, tres de los residentes que sabían tocar un instrumento se estaban preparando, dirigidos por la tía de Yarrow, Harvena.

Durante la comida, iban a mover un conjunto de flores cantarinas para que proporcionaran música de ambiente, pero antes y después, cualquiera que quisiera podía actuar.

Terlu se había presentado voluntaria para tocar también.

Vix, el primo de Yarrow al que le gustaba pescar, tenía una guitarra de seis cuerdas que podía tomar prestada.

No había practicado desde que había llegado a Belde ni, por supuesto, había practicado durante los seis años que había estado convertida en estatua, pero a nadie parecía importarle que la música fuera buena. Solo que no parara.

Cuando Terlu se había despertado sola en mitad de la fría nieve, no se esperaba formar parte de una celebración completa del festival de invierno esa misma estación.

No se esperaba nada de lo que había acontecido.

Supuso que por eso ese día era tan importante para ella: era un día para celebrar la improbable luz que había empezado a arder en la implacable oscuridad.

Lotti le pasó por al lado bamboleándose, con una cinta entre los pétalos.

Y es un día para conmemorar a un montón de plantas , pensó con una sonrisa.

¡Dio inicio al mediodía!