Capítulo treinta y cinco #2
El invernadero de las rosas estaba a rebosar de gente, y las voces y las risas subían hasta las vigas donde Emeral y los dragoncitos comían sus bocados favoritos.
El gato y los dragones parecían haber acordado una tregua, junto con los ratoncitos foliáceos, debido a la abundancia de comida.
Los dos niños de la isla, Epu y el hijo de la última llegada a la isla, se habían convertido rápidamente en amigos y se perseguían el uno al otro por la sala.
Rowan había sacado una flauta y estaba tocando una melodía alegre mientras Ambrel bailaba con Birch.
Yarrow estaba sentado al lado de Terlu y parecía, milagrosamente, estar pasándoselo bien, a pesar de la cacofonía de la muchedumbre. Al otro lado de Terlu estaba Rijes, que daba palmas al ritmo de la música. Las mariposas y las libélulas soltaban destellos en el aire.
Todos los que sabían cocinar lo habían hecho:
Zanahorias que sabían a caramelo. Espárragos embadurnados de una salsa cremosa de color amarillo.
Patatas preparadas de cuatro maneras distintas: fritas, a la parrilla, asadas, y cocinadas con queso y nata.
Pescado aromatizado con hierbas cuyo nombre Terlu ni siquiera conocía pero que eran un manjar.
Había algunos platos que no le acababan de gustar, como los mejillones con mantequilla que a Yarrow le encantaban pero que a ella le recordaban demasiado a unas babosas.
Lo que sí adoraba eran unos fideos de calabaza mezclados con una salsa de frutos secos, así como un pan de zanahoria dulce que había hecho uno de sus tíos.
Y Yarrow había preparado el plato preferido de Terlu, el milhojas de calabacín, calabaza y tomate que había ido perfeccionando.
Comieron, hablaron, rieron, cantaron, contaron historias y bailaron.
La nieve caía lentamente sobre el tejado del invernadero mientras el día más corto del año se precipitaba hacia el anochecer.
Cuando sacaron los postres, todos los presentes se deshicieron en alabanzas.
El cristal de azúcar de Yarrow con rosas de sabor fue proclamado el plato estrella, pero también había tartas de frutos rojos (Terlu había contribuido con una tarta de arándanos) y pasteles, hojaldres de fruta y una impresionante tarta de melocotón (receta del abuelo de Yarrow).
Y, por supuesto, naranjas bañadas en chocolate.
Después de atiborrarse tanto que todo el mundo se apoltronó en su silla y clamaba una y otra vez que no tendrían que volver a comer en la vida, Terlu le dio una palmadita a Yarrow en el hombro y le susurró al oído:
—¿Qué te parece?
—Es maravilloso —le contestó en un bisbiseo.
—¿Quieres que nos marchemos ya? —le preguntó.
—Te quiero —respondió él.
Terlu sonrió.
—Lo suponía.
Terlu le extendió la mano y él se la aceptó.
Se excusaron de la mesa y dieron las gracias y les desearon un feliz solsticio a todo el mundo.
Tardaron algo más de unos minutos en liberarse y estar paseando a solas, con las manos estrechadas, a través de los invernaderos.
Terlu inhaló el delicado dulzor de las flores de primavera.
—¿De verdad no te ha importado lo de hoy, que toda esa gente y plantas estuvieran en tu invernadero?
—inquirió Terlu, cuando se hubieron alejado lo suficiente de la festividad como para que la música y las voces solo fueran un agradable zumbido—.
¿Te parece bien que vivamos todos aquí en Belde?
—No se lo había preguntado en su momento.
Simplemente había ocurrido, de alguna manera, y él no había tenido la oportunidad de pronunciarse al respecto.
Su vida tranquila se había puesto patas arriba, aunque Terlu creía que era algo bueno, pero ¿opinaba Yarrow lo mismo?
—Está bien.
—¿Está bien de verdad o solo lo dices para dejarme tranquila?
Se detuvo al lado de una lila, se giró y envolvió las manos de ella con las suyas.
—Desde que llegaste a mi vida… —Tragó saliva, y Terlu pensó, durante un segundo, que no iba a ser capaz de encontrar las palabras, pero siguió hablando.
Con los ojos pegados a los suyos, continuó—: Creía que estaba satisfecho con pasar el resto de mi vida solo en Belde.
Tenía un objetivo, y pensaba que con eso bastaba.
Sin embargo, tú… Tú fuiste algo inesperado.
Terlu se mordió el labio para evitar preguntarle si «inesperado» era algo bueno o malo.
—Lo cambiaste todo.
Ella tragó en seco. Era verdad.
—Me cambiaste.
—No era mi intención. Creo que eres increíble tal y como eres.
Yarrow negó con la cabeza.
—Lo que estoy intentando decir es que haces que mi mundo sea mejor. Cada día, de mil maneras distintas. Me trajiste a la vida.
—Entonces… ¿es bueno? Todo esto. ¿Nosotros?
—Muy bueno. ¿Y tú? Esta tampoco es la vida que tenías planeada.
No tuviste más opción que venir aquí y despertar en el frío sola…
Lo siento mucho por ese día, si es que nunca te lo he dicho.
No debería haberme marchado. Después de conjurar el hechizo…
como no funcionó al instante, pensaba que no iba a funcionar nunca.
Después de todos los hechizos fallidos que había intentado…
lo comprendía completamente. Al menos no los había atrapado dentro de una burbuja impermeable o había convertido el cristal de las ventanas en agua.
Por fortuna, no había ocasionado ningún desastre recientemente, y creía haber aprendido lo suficiente como para al menos ir con más cuidado en el futuro.
—No pasa nada.
—¿Eres feliz? —le preguntó.
Le dio la misma respuesta que le había dado a Rijes:
—Sí, lo soy.
Jamás se había imaginado nada de todo aquello: la isla, los invernaderos, el propósito que había encontrado al traducir los hechizos del hechicero fallecido, la nueva comunidad que estaban construyendo, las plantas y los dragones, el gato alado y Yarrow.
Todo. Ni siquiera sabía que existía esa vida con la que soñar.
Sin embargo, había pasado a ser la vida que anhelaba.
—Estoy en casa —le dijo Terlu.
La acercó a sí y la besó, y ella le devolvió el beso. Sobre sus cabezas, la nieve caía con suavidad sobre el invernadero, mientras que dentro y a todo su alrededor, las flores se abrían.