El invernadero encantado (Spellshop 2) Capítulo treinta y cuatro #3
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Capítulo treinta y cuatro #3

—Hay té caliente —le dijo Yarrow.

—Te quiero.

Esas no eran las palabras que esperaba que salieran de su boca.

—Lo suponía.

Terlu se sintió como si hubiese salido al sol. Las palabras estaban fuera, y sentía que eran correctas. Y él seguía allí, sonriéndole, como si también notara el calor.

—Cuéntamelo todo, te escucho —la instó él.

Terlu se enfrascó en una descripción de los recién llegados: Marin, los refugiados y, lo más importante, Rijes, la mujer que la había salvado.

—He pensado que podría vivir en la torre de Laiken.

—Por supuesto —convino Yarrow—. Todo el mundo estará contento que la habite algo que no sean los recuerdos. ¿Crees que te puede ayudar con los hechizos?

—Parece mostrar interés. Le he prometido que le llevaría el libro de código.

Yarrow se la quedó mirando fijamente.

—Hay algo más.

Ella sonrió.

—Hay más. —Meneó la carta al aire para mostrársela—. Mi familia me ha respondido. Ahora mismo, me estoy imaginando que dice todo lo que quiero que diga: que me perdonan, que me comprenden y quizá incluso que están orgullosos de mí.

—¿No la has leído aún?

—Tenía la esperanza de que lo hicieras tú.

Después de quitarse el abrigo y las botas, se dejó caer sobre la cama con el nuevo libro de hechizos que le había regalado Marin. Acurrucado entre las mantas, Emeral maulló en protesta.

—Puedes seguir durmiendo.

Estiró las patitas, se recolocó las alas y cerró los ojos.

—¿Habías oído mencionar Caltrey alguna vez? —le preguntó Terlu a Yarrow.

Él negó con la cabeza.

—¿Está al norte?

—Podría ser.

—¿Estás segura que quieres que la lea? ¿En voz alta? —Deshizo el lazo que la rodeaba y Emeral se abalanzó sobre la cinta. Voló hacia el techo con su premio.

—En silencio —le indicó Terlu—. Y me dices si me va a poner feliz o triste.

Yarrow leyó en diagonal las páginas.

—Son tres cartas. Una de tu madre, otra de tu padre y una de Cerri, que es tu hermana, ¿no?

Ella asintió, sin atreverse a hablar, mientras que él leía en silencio. Entonces sonrió.

Terlu exhaló como una pompa que estallaba.

—Te perdonan, te comprenden y están orgullosos de ti. —Le pasó las cartas—. Deberías leerlas.

Arrodillada en la cama, las aceptó y las leyó.

La primera era de su madre, en ella la reñía por no haber escrito antes, y decía que había estado muy preocupada y que estaban muy felices de saber que estaba bien.

Su padre hablaba de las mareas, de cómo las estrellas le habían dicho que encontraría la felicidad y de lo mucho que la echaban de menos.

—Mi padre dice que sabía que saldría airosa. Y mi hermana… —Leyó la carta de Cerri—. ¡Ah! Está embarazada. Voy a ser tía. Quieren que vaya a conocer a mi sobrina.

Se apretó las cartas contra el pecho como si pudiera absorberlas directamente en el corazón.

Había perdido seis años convertida en estatua, pero no pensaba perder ni uno más.

Todavía le importaba a su familia. No estaban enfadados y la echaban de menos.

Quizá no la comprendían del todo, pero se preocupaban por ella.

Si iban a visitarla… Cuando la fueran a visitar, se corrigió, intentaría explicárselo.

Se había marchado de Eano para hallar un lugar donde tuviera un propósito.

Le había llevado más tiempo del que pensaba encontrarlo. Todo iría bien.

Tengo una sobrina . Y su padre sabía que iba a encontrar la felicidad.

Releyó las cartas tres veces mientras Yarrow trabajaba en la encimera de la cocina preparando la masa y dejándola leudar en un cuenco tapado al lado del hogar. Cuando, al fin, se aseguró que era real y que su familia estaba bien, Terlu abrió su regalo, el nuevo libro de hechizos.

Soltó un jadeo.

En la portada, en letra cursiva, aparecían los autores: Kiela y Caz de Caltrey. Terlu se quedó sin aliento. No sabía quién era Kiela, pero Caz…

Podría tratarse de una coincidencia .

No tenía por qué ser necesariamente su Caz, la planta cinta parlante que había creado hacía tantos años.

No era un nombre muy común, pero tampoco era desconocido.

No obstante, podía ser él. Sin embargo, ¿cómo había terminado siendo el coautor de un libro de hechizos?

Y ¿dónde estaba Caltrey? Lo último que sabía es que estaba en Alyssium.

Si de verdad es él, escapó al fuego de la biblioteca .

Deseó con todas sus fuerzas que fuera él.

—¿Terlu? —preguntó Yarrow con voz preocupada.

Giró las páginas. Contenían hechizos, escritos fonéticamente, con listas de ingredientes.

La mayoría era para el crecimiento de las plantas y para revitalizar los árboles, pero el libro también contenía unas cuantas recetas, una de mermelada de frambuesa y otra de bollitos de canela, atribuida a una panadera local llamada Bryn.

Pero ¿qué pasaba con Caz? ¿Era su Caz?

Terlu llegó al final y encontró una breve nota sobre los autores: Kiela y Caz eran los copropietarios de una tienda de mermeladas en la isla de Caltrey.

Kiela era una antigua bibliotecaria de la Gran Biblioteca de Alyssium, donde Caz, una planta cinta sintiente, había sido su ayudante.

Le daba las gracias a su marido, Larran, así como a una larga lista de amigos.

Caz le daba las gracias a su compañere, Miip.

Yarrow le rodeó los hombros con los brazos.

Terlu se dio cuenta de que estaba llorando.

—Está bien —dijo Terlu—. Hice lo correcto.