El invernadero encantado (Spellshop 2) Capítulo treinta y cuatro #2
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Capítulo treinta y cuatro #2

—Oh. —Era mucha información que procesar.

Terlu se había pasado mucho tiempo temiendo que la volvieran a convertir en estatua, y lo único que había hecho falta había sido que derrocaran un gobierno que contaba con mil años de historia.

Lo único que ha hecho falta… ¡Ja! Esbozó una sonrisa.

El libro que tenía en las manos era la prueba indiscutible de que lo que decía Marin era verdad.

Si las leyes imperiales siguieran vigentes, jamás se habría permitido su impresión.

Lo abrazó contra su pecho, junto con la carta de su familia.

Ambos sus objetos más preciados—. No hay un regalo de solsticio mejor.

—Ha sido un placer. Bueno, ¿me he ganado la invitación a la fiesta?

—Por supuesto.

Desde el barco se elevó una voz que Terlu reconoció:

—¿Estoy invitada yo también? —Y la directora de la Gran Biblioteca de Alyssium, la mujer que había pugnado por la vida de Terlu y había perdido, pero había hallado de todos modos la manera de salvarla, salió de la bodega.

—¡Rijes Velk! —gritó Terlu. Entonces inclinó la cabeza—.

Ah… Oh… Vaya. —Sintió que las lágrimas se le acumulaban en los ojos cuando se volvió hacia Marin.

Todo era demasiado. Primero la carta, luego su libertad, y ¿ahora eso?

Le flojearon las rodillas—. ¿La has encontrado? ¿Cómo? Vaya, esto es… Vaya.

—Era un rubí muy grande. Y me ayudó saber dónde estaba.

—¡Te dije que sería toda una sorpresa! —dijo Ree sacudiendo sus hojas—. ¡Wiii! ¡Lo hemos hecho increíblemente bien!

Terlu no había pensado en el supuesto de que Marin pudiera conocer a Rijes, pero claro que tenía que ser así, si ella era la que había llevado la estatua de Terlu a un lugar seguro.

Nada de todo aquello se trataba de un milagro o de una coincidencia; las dos ya compartían algún tipo de conexión.

Aun así, seguía sintiendo que era un milagro.

—Creía que estaba pidiendo un imposible. Pero aquí está. No sé cómo darle las gracias. Yo… Gracias.

—Tienes buen aspecto —dijo Rijes.

Rijes parecía… distinta. Durante el juicio, la directora de la biblioteca se había enfundado una túnica hecha de seda bordada.

Llevaba el pelo trenzado siguiendo un patrón que recordaba a las decoraciones de la gran puerta de la Sala Kinney, y la cara pintada con los símbolos que reafirmaban el juramento que había hecho de defender la historia, la sabiduría y el conocimiento de las Islas Crecientes.

Sin embargo, en aquel momento llevaba puesta una simple túnica, su rostro ónice estaba limpio y arrugado, sus ojos azul oscuro rojos y cansados, y su delicado pelo gris suelto.

Tenía el aspecto de la anciana que era al final de un largo viaje y no la encarnación de su puesto.

—Usted también —dijo Terlu—. Tiene un aspecto maravilloso.

Los labios de la mujer se curvaron en una sonrisa.

—Siempre fuiste más bondadosa de lo que el mundo te permitía. Me complació mucho oír la noticia de que habías prosperado aquí.

Demasiado tarde, se dio cuenta de que estaban de pie en el muelle, bajo el azote de la fría brisa marina.

—Venid dentro —les propuso Terlu—. Debéis estar cansadas y hambrientas.

—Yo lo estoy —intervino Marin.

—Yo estoy bien —dijo Ree.

—¿Lleva alguna maleta? Puedo cargarlas. —Se adelantó—.

La casa del difunto hechicero no está ocupada.

Solía estar encantada, pero el fantasma desapareció.

Puede quedarse allí, si lo desea, el tiempo que quiera.

—Supuso que debía consultarlo con los demás residentes de Belde antes de acoger a nadie más.

Sin embargo, no pensó que nadie le fuera a importar, menos a Yarrow.

Sabía lo que Rijes significaba para ella.

Y nadie se opondría a Marin ni a Ree, los rescatadores de los refugiados.

Marin se metió en la bodega del barco y salió con dos bolsas que arrojó sobre el muelle con un gruñido.

—Prefiero dormir en el barco, pero gracias.

—Yo igual —dijo Ree.

—¿Cuánto tiempo puedes quedarte? —preguntó Terlu.

—Solo hasta que cambie el viento —contestó Marin.

—Ah —repuso Terlu, aunque no estaba del todo segura de qué significaba eso.

Una fecha en el calendario habría sido mucho más específica, pero podían quedarse el tiempo que quisieran, aunque tenía la esperanza de que Rijes se quedara con ella una temporada larga.

Alzó una de las bolsas y trastabilló—. ¿Libros?

—Unos cuantos —admitió Rijes.

—Entonces no hay duda, a la torre de Laiken.

Tiene estanterías. Ah, y también una rosa parlante llamada Lotti.

Ahora mismo está en el invernadero, pero vive en la torre.

Estoy segura de que agradecerá la compañía.

Es muy simpática. —Terlu avanzó a trompicones con las bolsas de la directora, mientras Marin las seguía con otra mochila además de una caja llena de lo que Terlu supuso que eran más libros—.

He estado revisando los cuadernos del hechicero…

—Las llevó hasta el taller y abrió la puerta.

Detrás de ella, Rijes soltó un leve jadeo cuando contempló las estanterías. Era el sonido de una mujer que no esperaba encontrarse con la felicidad pero que daba con ella de improviso. Terlu conocía bien ese sonido.

—Es perfecto —proclamó Rijes.

El taller había pasado de ser un espacio abandonado y destartalado a un lugar hogareño parecido a una biblioteca.

—Está mucho más limpio que antes. —Le estaba agradecida a Yarrow por haber frotado todas las superficies a conciencia.

No esperaba mostrárselo a la directora de la biblioteca más magnificente de todas las Islas Crecientes.

Terlu dejó las bolsas de libros en el suelo mientras Rijes se abalanzaba al instante sobre las estanterías y sacaba un volumen.

Hojeó las páginas y frunció el ceño.

—Qué curioso.

—Usaba un código —la informó Terlu—. Puedo mostrarle la traducción…

—Sí, ¡eso me encantaría!

—¿Después de comer? —propuso Marin con aire quejumbroso.

Terlu se rio.

—Sí, después de comer. ¿Por qué no se instala y regreso con algo de cenar?

Y el libro de código. Ree, sé que a tus amigos les hará ilusión saber que estás bien.

—Si Rijes mostraba interés por los cuadernos…

podía tratarse de un avance realmente excelente.

No había nadie más en la isla con sus conocimientos.

—Te lo agradezco enormemente —dijo Rijes. Cuando Terlu se dirigía hacia la puerta, Rijes añadió—: ¿Terlu? Enviarte aquí… ojalá hubiese podido hacer algo más, y ahora aquí estoy, abusando de tu amabilidad.

—Lo hago encantada —contestó Terlu—. Para mí es un honor. —Creía firmemente en cada una de sus palabras.

—Alyssium fue mi hogar durante décadas. Esperaba morir, dichosa, entre las estanterías de la Gran Biblioteca como sirviente del conocimiento y de la sabiduría que había recopilado el imperio. —Suspiró sonoramente—. Ya no queda ningún lugar para mí allí.

—Tiene un lugar aquí —dijo Terlu con firmeza—. El tiempo que quiera. Para siempre, si lo desea. —Lo decía de corazón. Si podía hacer por Rijes lo que la directora había hecho por ella…— Este es el lugar perfecto para un nuevo comienzo.

—Te lo dije —le soltó Marin a Rijes al tiempo que le propinaba un leve codazo con una sonrisa de oreja a oreja.

—Lo sé —convino Rijes—, pero es pedir mucho.

Terlu no se imaginaba diciendo que no, y no iba a permitir que nadie más de la isla se negara, aunque dudaba de que alguien se opusiera. Aquel sitio no era solo un refugio para las plantas, ya no.

—Me salvó la vida.

—Enviándote lejos de todo y de todos los que conocías —contrapuso Rijes—. Era lo máximo que pude hacer, debido a las circunstancias, pero me temo que te impuse una carga injusta y no te di ninguna pista de lo que esperaba que lograras. Estás… ¿Estás feliz aquí, querida?

Esa era una pregunta de fácil respuesta. Terlu sonrió.

—Sí. Mucho.

—Entonces puedo darme por satisfecha.

—Se arriesgó tanto… y a duras penas me conoce.

—Hice lo que creí justo —dijo Rijes—. Es mi deber, de hecho, creo que es el deber de todas las personas, sobre todo de las que ostentan poder, no subyugarse a las leyes injustas. Elegir la amabilidad y el altruismo siempre que podamos.

—No sé cómo agradecérselo.

—Ya lo has hecho. —Señaló la torre y, con un gesto más amplio, la isla que se extendía más allá.

Con una sonrisa en el rostro, Terlu dejó a la directora de la biblioteca para que se instalara, con la ayuda de Marin, y salió de la torre para ir a pedirle a Yarrow si podía hornear una hogaza o dos de pan extra para la noche.

¡Está aquí! Lo máximo a lo que había aspirado Terlu era que Marin encontrara a Rijes y le diera las gracias en su nombre.

Sin embargo… poco se había imaginado que podría ofrecerle a Rijes una segunda oportunidad como agradecimiento.

Cuando Terlu se acercó a las casas, vio a los demás recién llegados con Birch y Ambrel.

Los saludó con la mano y le devolvieron el gesto, felices.

El niño, que llevaba un gorro nuevo y guantes, estaba jugando en la nieve.

Les deben de haber dicho que pueden quedarse sin problema .

Estaba contenta por ello. No le sorprendía, la familia de Yarrow sabía lo que era ser un refugiado y que te obligaran a depender de la amabilidad de los demás.

Sabía que también aceptarían a Rijes. Serán todos felices aquí .

La comunidad de Belde estaba creciendo a un ritmo mucho más rápido de lo que se esperaba.

Había pasado a ser la semilla de una aldea, y eso era una buena señal.

Aquel lugar no necesitaba aislarse del mundo para estar a salvo; Laiken lo había entendido todo al revés y había confundido las cosas.

La única manera de que la isla sobreviviera —la única manera en la que todos prosperarían— era trabajando juntos.

Le gustaba mucho ese pensamiento.

Se apresuró a la casa, donde Yarrow estaba preparando el postre. Levantó la mirada. Terlu sabía que tenía una sonrisa tan amplia que casi le dolían las mejillas sonrojadas.

—Tengo muchas cosas que contarte —anunció Terlu.