El invernadero encantado (Spellshop 2) Capítulo treinta y cuatro
96%

Capítulo treinta y cuatro

L a nieve caía suavemente sobre el mar.

Habían pasado cinco días desde las naranjas con chocolate y Terlu estaba atareada rebuscando entre los diarios de Laiken en la torre del hechicero cuando vio la sierpe marina por la ventana del taller. Con una sonrisa, se puso el abrigo y se afanó a bajar al muelle.

Si la sierpe marina había regresado, Marin y Ree no podían andar lejos.

Los saludó con la mano cuando los tuvo a la vista y observó cómo Marin viraba el barco hacia el muelle. Ree, el mirto, trepaba por las jarcias arriba y abajo como si lo llevara en la savia.

—¡Bienvenidos de vuelta a Belde! —gritó Terlu mientras Marin arrojaba una soga alrededor de uno de los bolardos. Acto seguido saltó del barco para asegurar el nudo.

Con una amplia sonrisa, Marin le devolvió el saludo a Terlu y corrió por el muelle hacia ella.

—¿Alguna carta?

—De hecho, sí, una —respondió Marin mientras sacaba una carta de la bolsa que llevaba al costado—, aunque me parte el corazón que no estés contenta solo por verme.

—¡Y a mí! —gritó Ree.

—Claro que estoy contenta. Me encanta que estéis aquí —dijo Terlu, pero tenía los ojos fijos en la carta.

Estaba atada con una cinta de varios de colores: rojo, amarillo y naranja, a juego con la pintura de la casa de su familia.

La tomó, se la acercó a la nariz e inhaló.

Podía olerlo en el papel; el leve aroma a cítrico y agua salada.

Casa . Quería abrirla y leerla allí mismo.

No, esperaría a estar a solas. Había esperado todo ese tiempo, podía esperar un poco más—.

Gracias. —Aferró el papel contra el pecho.

—Ni lo menciones. Tenía que pasar por aquí de todos modos.

—¿De veras?

—Te dije que volvería a tiempo de celebrar el festival de invierno, ¿recuerdas?

—le dijo Marin—. Yo soy fiel a mi palabra.

Sobre todo, cuando me pagan con rubíes. Tengo los suministros habituales de tu jardinero, además de algunas cosas extra.

—Se hizo a un lado y del barco empezó a desembarcar gente: una pareja con un niño, todos con un suave pelaje marrón y pequeñas astas que les sobresalían de la cabeza, así como una anciana que tenía escamas plateadas en vez de piel—.

Son refugiados de Alyssium. Tenéis sitio aquí, ¿verdad?

—Sí, por supuesto. —Las palabras abandonaron su boca antes de que pudiera pensarlas siquiera, pero ¿cómo le iba a decir que no?

En especial cuando la estaban mirando con ojos asustados, cansados y esperanzados.

Y solo eran cuatro. Seguro que podían hacerles sitio en Belde, ¿no?

Además, uno era un niño. Saludó a los recién llegados y les indicó que subieran por el camino hacia donde estaban Birch, Rowan y los demás, y esperó que no les importara que acabara de aceptar a cuatro nuevos residentes—.

La tercera casa a mano derecha —les indicó Terlu—.

Encontraréis a algunas personas que deberían poder ayudaros a encontrar un lugar donde quedaros.

Cuantos más, mejor, ¿no?

A menos que fueran a causar problemas con el uso de la magia. Ya no solo la practicaba ella. También conjuraban todas las plantas parlantes, así como varios de los primos de Yarrow y su tía Rin, que había ayudado a arreglar las grietas de los cristales.

Cuando los refugiados se marcharon del muelle, Terlu bajó la voz para que no pudieran oírla.

—Lo único será ver si se adaptan a vivir cerca de un invernadero encantado. Hay mucha hechicería por aquí… —Dejó la frase en el aire, con cuidado de no mencionar quién lanzaba los hechizos.

Marin negó con la cabeza.

—No veo que eso vaya a ser un problema. Las leyes están cambiando a diestro y siniestro, y nadie se va a escandalizar por un poco de hechicería en una isla casi desierta, siempre y cuando no cause ningún daño.

Causar daño sigue siendo ilegal. Pero la ley que determinó que te convirtieran en estatua…

Terlu reculó un paso.

—¿Cómo sabes eso?

—¿Quién te crees que te trajo aquí?

—Ah… —No lo sabía. Pero si Marin había sido la marinera que había transportado su estatua, entonces por supuesto que debió de darse cuenta al instante de quién era la persona de carne y hueso que había en el muelle y que se parecía a la estatua de madera que había trasladado en su nave.

Eligió no decir nada . Sin saber muy bien cómo sentirse al respecto, Terlu se quedó mirando boquiabierta a la marinera—.

¿Lo has sabido durante todo este tiempo?

—Claro. —Marin se encogió de hombros como si fuera un detalle sin importancia y no el acontecimiento más trascendental (y traumático) de la vida de Terlu—.

No accedo a transportar delincuentes así como así, sin saber qué han hecho antes.

Me lo contaron, y lo comprendí. Al caso, la ley por la que te convirtieron en estatua ha sido revocada. Pensé que te gustaría saberlo.

Que… ¿¡Qué!?

Tanta preocupación. Tanto miedo…

Y ¿a miles de kilómetros de distancia habían revocado la ley?

Si no llegaba a hablar con Marin, quizá no lo hubiese sabido nunca y habría seguido viviendo bajo la sombra del miedo de que un inspector imperial apareciera en la isla y la apartara de todo y de todos aquellos a los que había llegado a querer.

—Los inspectores imperiales…

—Desarticulados —dijo Marin.

—¿Y quién…? ¿Cómo…?

Marin hizo un gesto vago en dirección a Alyssium.

—Están reescribiendo las leyes. El gobierno provisional todavía está decidiendo cómo ordenar las cosas, pero sí, el imperio ha caído, lo que significa que va a haber un montón de cambios, para mejor o para peor, pero este es un cambio a mejor que creo que permanecerá.

Has oído lo de las tormentas mágicas que asolan las islas exteriores, ¿verdad?

¿O no? Has estado bastante recluida, primero en la biblioteca y luego en Belde.

—Marin se quedó callada para que Terlu respondiera, pero esta estaba demasiado atónica como para hacer otra cosa que no fuera mirarla fijamente—.

Bueno, por lo visto, uno de los efectos secundarios de que el emperador acaparara el poder mágico ha sido un incremento en tormentas devastadoras.

Así que todo el mundo está contento de no volver a las viejas costumbres. Menos muerte y destrucción, ¿sabes?

No tenía ni idea de que se había escampado la muerte y el caos mientras ella estaba paralizada en su pedestal, pero menos…

Sí, menos sonaba bien. Terlu sintió que la mente le daba vueltas.

¿Marin sabía desde un inicio que había sido una estatua?

¿Y había dado el visto bueno a que Terlu dejara de ser una estatua, aunque había tenido lugar un juicio, junto con la sentencia y la imposición de la pena?

—¿Estabas dispuesta a arriesgarte… por mí?

—Sí, bueno, ¿de qué sirve navegar libre y elegir tu propio horizonte, si no vas a elegir lo que es correcto por delante de lo que es fácil? —Durante un instante, la sonrisa de Marin flaqueó y desvió la mirada hacia el horizonte.

Terlu abrió la boca y la cerró, sin saber qué decir.

Ree se balanceó de una cuerda, sosteniéndose con sus ramas, y se soltó dibujando un arco por encima del barco hasta el muelle, donde aterrizó con un sonido sordo cuando su cepellón impactó contra las tablas de madera.

—Eh, Marin, ¿lo has visto? ¡Lo he hecho!

Marin lo vitoreó.

—Impecable. Como siempre. —Bajó la voz y le dijo a Terlu—: La primera docena de veces que lo intentó, se pasó de largo. —Hizo el gesto de un arbusto volando por encima del muelle y zambulléndose en el agua.

—Por suerte, soy…

—Halófito —terminó la frase Marin por él, con cariño en la voz—. Sí, lo sabemos.

—Bienvenido a casa, Ree —le dijo Terlu—. ¿Dónde está el otro marinero que estaba contigo? —No recordaba su nombre, pero tenía cuernos de diamante. Había parecido estar cómodo en el barco y había dado por hecho que se trataba de una adición permanente de la tripulación.

Marin se encogió de hombros.

—Ha vuelto a tierra, donde pertenece. No todo el mundo está hecho para el mar como Ree. —Le sonrió con afecto al arbusto.

Ree agitó sus hojas como un pájaro que se acicala.

—Tus amigos estarán contentos de verte —le dijo Terlu—. Me alegra mucho que hayas podido venir para celebrar el festival de invierno.

—Ah, ahora que lo mencionas… —Marin hurgó en la bolsa a su costado y sacó un libro fino forrado con una cubierta de tela verde—. Te he traído un regalo. ¡Feliz solsticio!

Un regalo. Terlu sentía que ya la habían obsequiado con el mayor presente que se pudiera imaginar: su vida, libre de miedo. Y una carta de su familia, que seguía aferrando contra su corazón.

—No te he traído nada.

—Me diste un rubí enorme, ¿recuerdas? —Puso los ojos en blanco y Marin le dio el libro a Terlu—.

Es un nuevo libro de hechizos que ha entrado en circulación hace poco, escrito para los ciudadanos de a pie.

Se supone que trata muchos temas sobre plantas, jardines y demás, y, bueno, con lo del invernadero y tal…

pensé que te sería útil. Lo encontré en una adorable tienda de mermeladas y no me pude resistir.

—¿Tanto han cambiado las leyes? —Terlu se quedó mirando el libro, boquiabierta. Tenía por título Hechizos de Caltrey. No sabía dónde estaba situada Caltrey… no era un nombre que reconociera.

—Sí.

Aquella era la prueba, lo que tenía en las manos. Un libro de hechizos para una persona cualquiera.

—Ahí fuera se está estableciendo un mundo completamente nuevo. Una segunda oportunidad para mucha gente, no solo tú.